Olía a metal, a humedad de lluvia reciente y a ese cansancio que se junta a las seis de la tarde después de una larga jornada de trabajo. Subí en Catedral, arrastrando los pies tras una jornada realmente interminable, y me acomodé cerca de las puertas. Me puse los auriculares, busqué una lista tranquila y me dejé llevar por el vaivén del subte.
En Tribunales explotó de gente. El aire se volvió más pesado y el espacio, un lujo. Levanté la vista sin ningún interés, haciendo un paneo general para ver las caras de quienes suben en cada estación, y la vi entrar. Tenía el pelo largo, oscuro y lleno de ondas, tan parecido al mío que por un segundo sentí un reflejo extraño. Llevaba jeans claros arremangados sobre unos borcegos algo gastados y una remera negra floja que, al moverse, dejaba al descubierto algunas líneas de tinta en la espalda. También llevaba auriculares. Su mirada, de un gris clarísimo, paseaba por el vagón hasta que chocó de lleno con la mía.
Fue un segundo. Como una descarga eléctrica.
Ambas desviamos la vista al instante, como si hubiéramos violado una regla implícita del transporte público. Volví a mirar por la puerta hacia afuera, sin demasiado paisaje para ver y fingiendo concentración, pero el corazón me dio un vuelco sumamente ridículo. Pasaron unos segundos y, con la excusa de mirar el cartel donde se informan las próximas paradas, sentí una mirada hacia mí. Ella ya me estaba mirando. Un segundo cruce, ínfimo, de esos donde mirás para el horizonte pero atenta a tu alrededor. A alguien que te está viendo. Esta vez más lento, con una sombra de sonrisa invisible que no llegó a los labios pero se sintió en el aire.
En Callao, el subte se desbordó. Entró un contingente entero de personas y una espalda ancha con una mochila enorme se interpuso entre las dos. «La perdí», pensé.
Pasaron las estaciones—Pueyrredón, Agüero, Bulnes—y el tren se convirtió en un laberinto insuperable de hombros, abrigos y gente apretada. Intenté buscar sus ondas oscuras entre la multitud, pero era imposible. Me recriminé mentalmente por ser tan idílica: era solo una desconocida en un subte, una coincidencia sin importancia. Aún así, una pequeña opresión absurda me quedó en el pecho…
Llegando a Plaza Italia, el vagón finalmente respiró. Una masa de gente bajó de golpe, abriendo un callejón de aire en el medio. Se sentía el aire correr y un vacío de no saber qué hacer. Y ahí estaba. Seguía agarrada del mismo caño, con la cabeza ligeramente inclinada hacia mí. Cuando los cuerpos que nos separaban terminaron de despejar el campo de visión, sus ojos grises me encontraron de inmediato, como si no hubieran dejado de buscarme en todo el trayecto.
No nos dijimos nada. No hubo gestos grandilocuentes ni nos acercamos. Pero al verla ahí, firme del otro lado del vagón sosteniéndome la mirada, una chispa cálida e indescriptible me recorrió el cuerpo. De pronto, la rutina, el cansancio y el día interminable quedaron completamente suspendidos. Supongo que esos son los famosos amores a primera vista que, casi, improbablemente, volvamos a encontrar…
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