A los dieciséis años tampoco es que yo me enamorara de cualquiera.
Siempre fui bastante selectivo.
Tenía mis gustos, mis preferencias, mi pequeño target, aunque en esa época obviamente no usaba esa palabra porque todavía no trabajaba en ventas ni hacía presentaciones con objetivos comerciales.
Simplemente había chicas que me gustaban y chicas que no.
Y punto.
Pero cuando una lograba pasar todos esos filtros misteriosos que uno tenía en la cabeza, ahí sí empezaban los problemas.
Porque a los quince, dieciséis o diecisiete años, si una chica me gustaba de verdad, inmediatamente se convertía en una prioridad nacional.
Si me decía:
—¿Nos vemos el martes?
Yo respondía:
—Sí.
Ni siquiera preguntaba qué martes.
Este martes.
El próximo.
Todos los martes de mi vida.
Después veía cómo hacía.
Podía tener entrenamiento, examen, reunión familiar o podía estar anunciada la segunda venida de Cristo.
Había que reorganizar.
Porque ella había dicho martes.
Y el martes se iba.
Además, en aquellos años existía una cosa maravillosa y terrible llamada teléfono fijo.
Uno no escribía:
“Hola, ¿qué haces?”
Y esperaba tranquilamente una respuesta.
No.
Había que llamar a su casa.
Eso requería preparación psicológica.
Marcabas el número y rezabas para que contestara ella.
—¿Aló?
Voz de hombre.
Mierda.
—Buenas tardes, señor. ¿Está Rocío?
—¿De parte de quién?
Nunca entendí esa pregunta.
¿De parte de quién?
Yo.
Obviamente.
—Gonzalo.
—¿Gonzalo qué?
Ahí ya parecía control migratorio.
Uno daba nombre, apellido y, si el padre seguía preguntando, faltaba nomás entregar partida de nacimiento y certificado de antecedentes penales.
Finalmente aparecía ella.
—¿Aló?
Y uno cambiaba inmediatamente la voz.
—Hola…
Como si los treinta segundos anteriores no hubiera estado sudando como detenido en comisaría.
Después podíamos hablar media hora de nada.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Yo tampoco.
Silencio.
—¿Y mañana?
—No sé.
—Yo tampoco.
Y éramos felices.
Ahora, si alguien me llama para hablar cuarenta minutos sin ningún tema concreto, a los dos minutos sale mi frase célebre. “Al grano.”
Con los años algo fue cambiando.
No sé exactamente cuándo.
Supongo que uno empieza a construir su propia vida y termina acostumbrándose demasiado a ella.
Sus horarios.
Su casa.
Sus amigos.
Sus silencios.
Sus fines de semana.
Sus manías.
La libertad de hacer algo o de no hacer absolutamente nada.
Y en mi caso hay algo más.
Aprendí a ser bastante desapegado.
No solo con las relaciones.
También con las cosas.
No suelo aferrarme demasiado.
Puedo querer mucho a alguien y, aun así, sentir perfectamente que cada uno debe tener su espacio, su tiempo, su vida.
Eso dicho así suena casi espiritual.
Desapego.
Uno imagina a un monje sentado frente al Himalaya.
En mi caso quizá sea menos profundo.
Tal vez sea simplemente:
“Estoy bastante cómodo así.”
Porque hoy puedo conocer a una chica que me guste.
Disfrutar conversar con ella.
Querer verla.
Pasarla muy bien.
Y si me dice:
—¿Nos vemos el martes?
Mi primera reacción probablemente sea:
—¿Y el viernes no puedes?
No porque no quiera verla.
Quiero.
Pero el viernes estoy más tranquilo.
Hay más tiempo.
No tengo que correr.
El sábado también podría ser.
El adolescente que hubiera movido cielo y tierra ahora revisa agenda.
Y eso me hace pensar.
Hoy no tengo una relación seria.
Tengo amigas.
Mujeres a las que quiero, con las que comparto momentos, conversaciones, cenas, risas y afecto.
Pero comprometerme me cuesta.
No porque tenga algún trauma extraordinario ni porque haya pasado por una colección de tragedias amorosas.
He tenido mis historias, mis aciertos, mis metidas de pata y mis fracasos, como casi todo el mundo.
Simplemente aprendí a vivir bien conmigo.
Y eso tiene ventajas.
Muchas.
Pero también puede convertirse en una pequeña trampa.
Porque cuando uno aprende a estar solo sin sentirse solo, ya no busca compañía por necesidad.
La busca solamente si realmente le provoca.
Y entonces uno se vuelve más exigente.
O más cómodo.
No estoy seguro.
Quizá un poco de ambas.
A veces pienso que confundimos madurez con comodidad.
Decimos:
—Ya no estoy para esas cosas.
Y suena muy adulto.
Pero quizá algunas veces significa:
—No quiero que nadie me desordene demasiado.
Porque enamorarse, al final, siempre desordena algo.
Un horario.
Una costumbre.
Un fin de semana.
Una certeza.
Hasta una parte de nosotros que creíamos perfectamente acomodada.
No quisiera volver a enamorarme como a los dieciséis.
No quiero esperar junto al teléfono.
Entre otras cosas porque ya no existe el teléfono fijo y porque hoy sería bastante ridículo quedarme parado junto al celular.
Tampoco quiero hacerme un drama porque alguien demoró una hora en responder.
Ni dejar todo cada vez que una chica diga martes.
Pero tampoco quisiera llegar al punto en que mi desapego se vuelva una excusa.
Una forma elegante de no arriesgar nada.
Porque hay una gran diferencia entre ser libre y no dejar entrar a nadie.
Yo siempre he pensado que querer bien también significa no poseer.
No necesitar.
No aferrarse.
Pero tal vez amar también implique concederle a alguien la posibilidad de alterar un poquito nuestra tranquilidad.
Hacer espacio.
Mover alguna costumbre.
Cambiar algún plan.
Dejar que una persona empiece a aparecer en lugares de nuestra vida donde antes solo estábamos nosotros.
Quizá enamorarse después de los cincuenta sea eso.
No correr detrás de nadie.
No perder la cabeza.
No renunciar a lo que uno es.
Simplemente descubrir que hay alguien cuya presencia comienza a importarnos más de lo que habíamos previsto.
Y entonces puede ocurrir algo extraño.
Algo que creíamos perdido.
Un día ella pregunta:
—¿Nos vemos el martes?
Uno mira la agenda.
Piensa en sus cosas.
En su cómoda y ordenada vida.
Y de pronto, sin saber muy bien por qué, responde:
—Sí.
¿A qué hora?
Porque tal vez los años cambien nuestra manera de enamorarnos.
Pero ojalá nunca nos quiten del todo las ganas de cambiar un viernes…
por un martes.
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