No se nace en vano al pie de un volcán

No se nace en vano al pie de un volcán

Ojo de Gato

13/08/2026

Nunca he creído demasiado en la astrología.

Lo aclaro de entrada porque tampoco quiero que algún amigo lea esto y piense que, a estas alturas de mi vida, he comenzado a tomar decisiones importantes consultando si Mercurio está retrógrado.

—Gonzalo, ¿mandamos el pedido?

—Todavía no. Saturno está medio raro. Esperemos al jueves.

No.

Aún no he llegado a ese nivel de locura.

Pero hace unos días, en pleno agosto, mes de Arequipa, me dio curiosidad averiguar qué decía mi carta astral.

No porque crea.

Por curiosidad.

Nadie puede negar que alguna vez la ha sentido.

Ingresé mis datos:

3 de noviembre de 1969.

Entre la una y las dos de la mañana.

Arequipa.

Y creo que ahí comenzó el problema.

Porque la página empezó a calcular soles, lunas, planetas, casas, ascendentes y no sé cuántas cosas más, pero sospecho que el sistema no estaba preparado para procesar correctamente el último dato:

Arequipa.

Eso debería venir con una advertencia.

“Lugar de nacimiento: Arequipa.”

¿Está seguro?

Sí.

¿Completamente seguro?

Sí.

Perfecto. Entonces algunas características zodiacales podrían aparecer ligeramente aumentadas.

Porque nacer en Arequipa no es exactamente nacer en una ciudad.

Es nacer con una pequeña anomalía en la percepción geográfica del mundo.

El arequipeño sabe perfectamente que existen otros lugares.

Lima.

Cusco.

París.

Nueva York.

Madrid.

Son ciudades bonitas.

Algunas incluso importantes.

Pero Arequipa juega otro campeonato.

Y agosto empeora todo.

En agosto el arequipeño se vuelve más arequipeño.

Se infla un poquito.

Camina como pavo real.

Escucha un yaraví y por un momento siente que Mariano Melgar era primo suyo.

Ve una fotografía del Misti y piensa:

—Mira qué hermoso está mi volcán.

Mi volcán.

Como si tuviera la escritura pública a su nombre.

Los argentinos tienen fama de ser orgullosos.

Pobres.

Durante años han sido injustamente criticados.

Yo finalmente entendí lo que ocurre:

los argentinos no se creen superiores.

Los argentinos se creen arequipeños.

Eso explica todo.

Mi carta decía que tengo el Sol en Escorpio.

Bueno.

Eso ya lo sabía.

Ser Escorpio también tiene su carga.

Cuando alguien pregunta:

—¿Qué signo eres?

—Escorpio.

La respuesta casi siempre es:

—Ahhh…

Nunca he entendido ese “ahhh”.

Tiene un tono extraño.

Como cuando alguien descubre que tienes antecedentes penales.

—¿Escorpio?

—Sí.

—Ahhh…

Y te miran distinto.

Intenso.

Misterioso.

Frontal.

Apasionado.

Vengativo.

Profundo.

Uno termina pensando:

Carajo, yo pregunté por mi signo, no pedí que revisaran mi prontuario.

Después decía que tenía la Luna en Leo.

Ahí entendí que el universo se había pasado de vueltas.

Escorpio.

Luna en Leo.

Y nacido en Arequipa.

Era demasiado.

Era como echarle más picante a un rocoto relleno.

Completamente innecesario.

Supuestamente Leo tiene algo que ver con el orgullo, la necesidad de reconocimiento y cierta tendencia a sentirse especial.

Bueno.

Eso en un arequipeño es dificilísimo de medir.

¿Cómo saber dónde termina Leo y dónde comienza Arequipa?

Ese debería ser un problema serio para los astrólogos.

Imagino a uno diciendo:

—Usted tiene una fuerte influencia de Leo.

Y el paciente respondiendo:

—No, doctor. Soy de Arequipa.

—Ah, disculpe. Entonces retiro lo dicho.

Porque el orgullo arequipeño no necesita planeta regente.

Tiene volcán propio.

Además, el Misti está ahí, frente a la ciudad, desde hace siglos, como recordándonos diariamente:

“Compórtense como corresponde. Los estoy mirando.”

Creo que por eso un arequipeño puede estar tranquilamente tomando café en Miraflores, Madrid o Miami y, apenas alguien menciona Arequipa, levanta la cabeza.

—¿Arequipa?

Y entra en la conversación.

Aunque nadie lo haya llamado.

—Yo soy de Arequipa.

Perfecto, señor.

Solo estábamos preguntando dónde quedaba la barra.

No importa.

Había que decirlo.

Yo nací una madrugada de noviembre.

A una hora bastante absurda, además.

Entre la una y las dos de la mañana.

Mi pobre vieja, Alicia, seguramente pasando las de Caín, y yo apareciendo en este mundo con la puntualidad de alguien que llega a una fiesta cuando ya están poniendo la última canción.

—Buenas noches. Disculpen la hora.

Imagino que afuera Arequipa dormía.

El Misti estaba oscuro.

Las calles tranquilas.

El sillar seguramente helado.

Y yo no sabía nada.

No sabía que era Escorpio.

No sabía qué diablos era un ascendente.

No sabía que existía Mercurio retrógrado.

Tampoco sabía que había nacido en una ciudad de la que uno nunca termina de irse.

Porque esa es otra particularidad.

Uno puede dejar Arequipa.

Pero Arequipa tiene serias dificultades para dejarlo a uno.

Yo vivo en Lima hace años.

Mi vida está aquí.

Mi trabajo.

Mis rutinas.

Mis cosas.

Mi casa.

Y, sin embargo, basta aterrizar en Arequipa y ver aparecer el Misti desde la ventanilla para que ocurra algo raro.

No es exactamente nostalgia.

Es más parecido a entrar después de mucho tiempo a la casa donde uno vivió de niño.

Todo parece distinto.

Más pequeño.

Pero tu alma reconoce el lugar antes que la cabeza.

Camino por algunas calles y aparecen recuerdos que ni siquiera sabía que seguían guardados.

Una esquina.

Una fachada.

Los adoquines.

El frío de la tarde.

El olor a pan de tres puntas.

Y de pronto vuelvo a tener diez años.

Después doce.

Después diecisiete.

Tal vez esa sea mi verdadera carta astral.

No los planetas que estaban sobre mi cabeza cuando nací.

Sino las cosas que quedaron debajo de ellos.

La casa.

Las calles.

El colegio.

Los amigos.

Mi mamá, Alicia.

Mi viejo, Gerardo.

Las travesuras.

Las canciones.

Las primeras derrotas.

Las primeras veces que uno descubre que la vida no siempre hace lo que uno quiere.

La carta podía decirme dónde estaba Venus aquella madrugada, pero no decía que años después mi vieja se sentaría a cantar conmigo mientras yo, rascaba cuatro acordes en la guitarra.

No decía que mi viejo también sería el Gato y que me dejaría ese apodo como una herencia mucho más poderosa que cualquier signo zodiacal.

No decía quiénes serían mis amigos.

Quiénes se irían antes de tiempo.

Quiénes volverían.

A quién iba a querer.

Ni quién me rompería un poquito el corazón.

Ni a quién se lo rompería yo.

Porque tampoco hay que hacerse el santo.

No decía cuántas veces me equivocaría.

Ni cuántas tendría que comenzar de nuevo.

Entonces pensé que quizá las estrellas sirven para saber dónde estaba el cielo cuando llegamos.

Pero la vida ocurre abajo.

Entre personas.

En casas.

En calles.

En abrazos.

En pérdidas.

Y en estupideces que veinte años después uno recuerda matándose de risa.

Así que concluí que mi carta astral estaba incompleta.

Le faltaban algunos datos fundamentales:

Lugar de nacimiento: Arequipa.

Signo: Escorpio.

Subsigno: Arequipeño.

Ascendente: Misti.

Elemento: sillar.

Piedra energética: adoquín del centro.

Alimento cósmico: adobo con pan de Ripacha.

Bebida espiritual: Kola Escocesa con ascendente en Energina.

Nivel de orgullo: clínicamente preocupante.

Planetas regentes: Alicia y Gerardo.

Y una observación:

El sujeto puede vivir fuera de Arequipa durante décadas, pero seguirá explicándole a todo el mundo por qué Arequipa es mejor, incluso cuando nadie se lo pregunte.

Eso sí me representa.

Quizá por eso agosto me mueve algo.

No creo que sea astrología.

Creo que es memoria.

Porque las ciudades donde nacimos se parecen un poco a nuestros padres.

Durante años creemos que simplemente estarán ahí.

Esperándonos.

Hasta que un día regresamos y descubrimos que algunas calles cambiaron, algunos lugares desaparecieron y algunas personas ya no están.

Entonces entendemos que volver no siempre es regresar al mismo sitio.

A veces uno vuelve para encontrarse con quien fue.

Tal vez por eso quiero tanto a Arequipa.

Porque allá quedaron muchas versiones mías.

El niño.

El adolescente.

El hijo.

El amigo.

El idiota.

El soñador.

El que todavía no sabía que algún día iba a extrañar cosas que entonces parecían absolutamente normales.

Así que, después de mi profunda investigación astrológica de aproximadamente veinte minutos en internet, llegué a una conclusión científica:

No sé si las estrellas influyeron en mí aquella madrugada del 3 de noviembre de 1969.

Puede ser.

Puede que no.

Pero Arequipa sí.

Y mis viejos también.

El cielo puso las estrellas.

Arequipa puso el paisaje.

Alicia y Gerardo pusieron el amor.

Y la vida hizo el resto.

Lo que falta todavía no está escrito.

Por suerte.

Así que Mercurio puede ponerse retrógrado, directo, de costado o hacer la parada de manos.

Me tiene sin cuidado.

Después de todo, nací Escorpio.

Me dicen Gato.

Y encima soy arequipeño.

Con semejante carta astral…

Me quedo más que tranquilo.

¡Feliz Día Arequipa!

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