He llegado a una edad en la que ya no puedo echarle la culpa de todo a la juventud.
Tampoco a la inmadurez.
Ni a la mala suerte.
Ni al clima.
Ni a Mercurio retrógrado.
Ni siquiera al metabolismo, aunque ese desgraciado sigue siendo uno de mis sospechosos habituales.
Durante años tuve una facilidad extraordinaria para poner excusas. No cualquier excusa. Las mías eran buenas. Tenían argumento, contexto y, si era necesario, hasta presentación en PowerPoint.
—No entreno porque estoy cansado.
—No bajo de peso porque mi metabolismo ya no es el mismo.
—No escribo porque no estoy inspirado.
—No hago esto porque no tengo tiempo.
—No empiezo aquello porque ahorita no es el momento.
Y así.
El problema nunca fue inventar excusas.
Todos lo hacemos.
El verdadero problema empieza cuando uno se las cree.
Ahí comienza el autohueveo.
No sé si la palabra aparecerá algún día en la Real Academia Española. Seguramente no. Pero debería.
Autohueveo:
“Arte mediante el cual una persona se engaña a sí misma y, para colmo, termina convencida de que tiene razón”.
Yo podría dictar un diplomado.
Porque una cosa es decir:
—Hoy no tengo ganas de caminar.
Perfecto.
Eso es sinceridad.
Otra muy distinta es decir:
—Hoy no voy a caminar porque mi cuerpo necesita recuperarse de esta semana tan exigente.
Cuando lo más exigente que hice fue cambiar de canal buscando una película.
Eso ya es autohueveo.
Y es peligroso porque uno empieza a construir una realidad a su medida.
Por ejemplo, yo muchas veces decía que no tenía tiempo.
Qué frase tan bonita.
“No tengo tiempo”.
Suena importante.
Suena a hombre ocupado.
Uno imagina reuniones, llamadas, decisiones internacionales.
La verdad podía ser bastante menos heroica.
No tenía tiempo para hacer ejercicio, pero misteriosamente encontraba cuarenta minutos para ver videos en el teléfono.
No tenía tiempo para leer, pero podía revisar cuatro veces si alguien había respondido un mensaje.
No tenía tiempo para ordenar algo pendiente, pero sí para sentarme a pensar durante media hora en todo lo que tenía pendiente.
Era fantástico.
Yo mismo generaba el problema y luego me declaraba víctima.
También fui usuario frecuente del famoso:
—El lunes empiezo.
El lunes debe ser el día más utilizado de la historia y el menos cumplido.
Dietas.
Gimnasios.
Cursos.
Ahorros.
Proyectos.
Todo empieza el lunes.
El problema es que el lunes llega.
Y uno dice:
—Bueno… este lunes ya está medio fregado. Mejor el próximo.
Tengo la sospecha de que existen personas que llevan veinte años esperando un lunes adecuado.
Yo estuve cerca.
Hasta que un día entendí algo bastante simple: nadie iba a venir a rescatarme de mí mismo.
Esa frase me golpeó.
Porque uno siempre espera algo.
Más ganas.
Más tiempo.
Más dinero.
Más tranquilidad.
Más motivación.
Como si algún día fueran a tocar la puerta:
—Buenos días, señor. Venimos a entregarle las condiciones perfectas para que empiece a vivir como quiere.
No vienen.
Entonces tuve que empezar a hacer algo bastante incómodo:
dejar de creerme mis propias historias.
Cuando mi cabeza decía:
—Estás muy cansado.
Yo tenía que preguntarme:
—¿Cansado de verdad o simplemente flojo?
Cuando decía:
—No tengo tiempo.
La pregunta era:
—¿No tengo tiempo o no quiero hacerle espacio?
Cuando aparecía:
—Mañana lo hago.
Yo trataba de contestar:
—¿Y qué puedo hacer hoy?
Ahí comenzó a cambiar algo.
No me convertí en un monje tibetano.
Tampoco empecé a levantarme a las cuatro de la mañana para meterme en una tina con hielo mientras gritaba frases motivacionales.
Sigo teniendo flojera.
Sigo postergando cosas.
Sigo negociando conmigo mismo.
La diferencia es que ahora intento detectar cuándo me estoy hueveando solo.
Porque existe también el problema contrario.
“Cero excusas” no significa convertirse en un imbécil con uno mismo.
Hay días malos.
Hay enfermedad.
Hay cansancio real.
Hay problemas familiares.
Hay momentos en que simplemente uno no puede.
Eso no es una excusa.
Eso es la vida.
Pero también hay días en que uno sí puede y no quiere.
Y ahí es donde tenemos que ser sinceros.
Porque cuando uno repite demasiadas veces una excusa, ocurre algo peligroso.
Empieza a convertirse en identidad.
“No soy disciplinado”.
“Yo nunca termino nada”.
“No puedo bajar de peso”.
“No soy constante”.
“Ya estoy viejo”.
“Yo soy así”.
Cuidado con ese “yo soy así”.
Es una pequeña cárcel con una frase escrita en la puerta.
Muchas veces no somos así.
Simplemente nos acostumbramos a actuar así.
Y terminamos creyendo que no podemos cambiar.
Ese es quizás el peor daño del autohueveo.
No que posterguemos algo.
Sino que poco a poco dejamos de confiar en nosotros.
Porque cada vez que uno se promete algo y no cumple, queda una pequeña deuda.
Mañana entreno.
No entrenamos.
Esta semana termino.
No terminamos.
Ahora sí voy a cambiar.
No cambiamos.
Y llega un momento en que uno ya no se cree.
Se mira al espejo y piensa:
—Tú siempre dices lo mismo.
Eso duele.
Porque podemos soportar que alguien más dude de nosotros.
Lo complicado es cuando nosotros mismos empezamos a hacerlo.
Por eso ahora intento vivir con una idea sencilla:
cero excusas.
No significa cero errores.
Ni cero tropiezos.
Ni cero días de flojera.
Significa cero mentiras conmigo mismo.
Si no quiero hacerlo, digo:
—No quiero.
Pero no invento una novela.
Si tengo miedo, digo:
—Tengo miedo.
Pero no digo que “todavía estoy evaluando el momento adecuado”.
Si fallé, digo:
—Fallé.
Y vuelvo a empezar.
Porque quizá al final de la vida no nos arrepentimos tanto de las veces que perdimos.
Tal vez nos duelan más las veces que ni siquiera salimos a jugar.
Las llamadas que no hicimos.
Los abrazos que dejamos para después.
Los proyectos que siempre comenzaban el lunes.
Las palabras que guardamos.
La gente a la que quisimos y pensamos que habría tiempo para decírselo.
Ese es el problema.
Creemos que siempre habrá otro lunes.
Y no.
Algún día habrá un último lunes.
Un último café.
Una última llamada.
Una última conversación.
Incluso un último “mañana lo hago”.
Y quizás ese día uno quisiera regresar a todos esos momentos en los que tuvo tiempo, tuvo fuerzas, tuvo oportunidades… pero prefirió inventarse una buena excusa.
Por eso quiero dejar de huevearme.
No para convertirme en alguien perfecto.
Ya es tarde para semejante milagro.
Quiero hacerlo porque todavía estoy aquí.
Todavía puedo llamar.
Todavía puedo escribir.
Todavía puedo caminar.
Todavía puedo pedir perdón.
Todavía puedo intentar.
Todavía puedo decirle a alguien que lo quiero.
Todavía puedo cumplir alguna de esas promesas que tantas veces me hice.
Y mientras exista un “todavía”, hay algo que hacer.
Así que, cuando mi cabeza vuelva a decirme:
—Mañana.
Espero tener el valor de responderle:
—No.
Hoy.
Aunque sea poquito.
Aunque salga mal.
Aunque cueste.
Pero hoy.
Porque uno puede engañar a todo el mundo durante un tiempo.
Lo verdaderamente triste es pasarse la vida engañándose a uno mismo.
Y descubrir, cuando ya no queda tiempo, que la excusa era mentira…
pero la vida que dejamos pasar era de verdad.
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