He llegado a una edad en la que ya no puedo echarle la culpa de todo a la juventud. Tampoco a la inmadurez. Ni a la mala suerte. Ni al clima. Ni a Mercurio retrógrado. Ni siquiera al metabolismo, aunque ese desgraciado sigue siendo uno de mis sospechosos habituales. Durante años tuve una facilidad extraordinaria...
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