La primera cana me apareció cerca de los cuarenta.
No puedo precisar la fecha exacta porque nadie anota esas cosas en una agenda:
Martes 17, seis y cuarenta y siete de la mañana: apareció la primera cana. Suspender actividades.
Solo recuerdo que una mañana estaba frente al espejo, acomodándome el pelo antes de salir, cuando vi algo extraño brillando en uno de los costados de mi cabeza.
Al principio pensé que era una pelusa.
Después creí que podía ser un reflejo de la luz.
Moví la cabeza hacia la derecha.
La cosa blanca se movió conmigo.
Hacia la izquierda.
También.
Apagué la luz del baño y la volví a encender, como cuando un aparato falla y uno espera que se arregle solo. Pero la desgraciada seguía allí, parada entre mis cabellos negros, con la insolencia de quien acaba de llegar a una fiesta sin invitación y ya está pidiendo hielo.
Me acerqué al espejo.
Era una cana.
Mi primera cana.
No un cabello rubio, ni una hebra desteñida por el sol, ni una consecuencia del champú. Era blanca. Blanca con vocación. Blanca desde la raíz hasta la punta, como dice el comercial de Pantene.
En ese momento sentí algo parecido a una traición.
Mi cuerpo había comenzado a envejecer sin consultarme.
Yo todavía me sentía joven. Bueno, tampoco un chiquillo, pero sí lo suficientemente joven como para creer que todavía podía correr una pichanga sin calentar, dormir cuatro horas y levantarme fresco, o comer cualquier cosa sin que el estómago me enviara una carta notarial.
Aquella cana venía a decirme que no.
Que el tiempo ya había revisado mis documentos.
Y que, según sus registros, yo ya no era un muchacho.
Mi primera reacción fue eliminarla.
Encontré unas pinzas en el baño. Yo vivía solo, así que supuse que quizás eran de alguna amiga que por aquellos años me visitaba algunos fines de semana y había olvidado allí parte de su equipo de supervivencia. No tenía claro para qué servían. Podían ser para depilarse las cejas, acomodarse las pestañas o desactivar una bomba. Las agarré y me planté frente al espejo.
La operación parecía sencilla.
Ubicar la cana.
Atraparla.
Jalar.
Pero una cosa es ver una cana en el espejo y otra encontrarla con una pinza mientras la imagen está al revés. Yo acercaba la mano hacia la derecha y terminaba atacando el lado izquierdo. Cerraba un ojo, sacaba la lengua y torcía la cabeza como un loro con problemas cervicales.
Después de varios intentos, atrapé un cabello.
Jalé.
—¡Ay!
Lo miré en la pinza.
Era negro.
Había asesinado a un inocente.
Volví a intentarlo.
Otro cabello negro.
Luego otro.
La cana seguía allí, intacta, viendo cómo yo ejecutaba a sus compañeros.
En pocos minutos había arrancado cinco pelos saludables y la única cana continuaba firme en su puesto, como si gozara de inmunidad diplomática.
Pensé en cortarla con una tijera.
Eso parecía más seguro.
Tomé una pequeña, me acerqué nuevamente al espejo y traté de separar aquel cabello rebelde. Pero las canas tienen una habilidad especial para esconderse. Cuando las buscas desaparecen; cuando guardas la tijera vuelven a brillar como una antena de televisión.
Finalmente logré atraparla entre dos dedos.
Le acerqué la tijera.
En ese preciso momento pensé que podía cortarme la oreja.
No sé por qué. La cana estaba arriba y la oreja bastante más abajo, pero cuando uno cumple cuarenta comienza a valorar ciertas partes del cuerpo que antes daba por garantizadas.
Dejé la tijera.
Entonces recordé una vieja amenaza:
—Si te arrancas una cana, te salen siete.
Nunca supe quién inventó esa teoría. Probablemente alguien que vendía tintes. Pero la idea me asustó. Imaginé que, al extraer aquella cana, a la mañana siguiente aparecerían siete alrededor. Después cuarenta y nueve. Luego trescientas setenta y tres. En pocas semanas tendría la cabeza de Papá Noel y estaría repartiendo regalos en un centro comercial.
Decidí dejarla.
Aunque durante varios días la vigilé.
La veía por la mañana y calculaba si había crecido. La buscaba al mediodía en los reflejos de las vitrinas. En los ascensores me acercaba al espejo para comprobar si había llamado a otras.
Era una sola.
Pero yo la sentía como una invasión.
Con el tiempo aparecieron algunas más, sobre todo en los costados. Sin escándalo, sin pedir permiso, sin hacer una entrada triunfal. Fueron llegando como llegan los años: de a pocos, mientras uno está ocupado con otras cosas.
Hoy tengo cincuenta y seis y todavía tengo pocas canas, o al menos eso creo.
Cuando me reúno con mis compañeros del colegio, compruebo que el tiempo no ha trabajado igual con todos. Algunos ya tienen la cabeza completamente blanca, como si hubieran pasado los últimos años negociando la paz mundial.
Otros no tienen una sola cana.
Tampoco tienen pelo.
Es una estrategia válida: si no existe el bosque, no puede verse la nieve.
En nuestras reuniones siempre terminamos observándonos con la discreción de un grupo de inspectores municipales.
Uno se tiñe.
Otro asegura que su pelo blanco es hereditario.
Alguno dice que se quedó calvo porque piensa demasiado, aunque todos sabemos que tampoco hay evidencia suficiente de eso.
Yo, por ahora, conservo el pelo y unas cuantas canas. Ya no me molestan. Incluso creo que me dan cierta apariencia de hombre sensato, aunque basta con escucharme hablar cinco minutos para que el efecto desaparezca.
El trauma duró poco.
Comprendí que una cana no era una sentencia, sino apenas una notificación. Un pequeño aviso de que el tiempo estaba pasando.
Y el tiempo pasa para todos.
Para el que se tiñe.
Para el que se rapa.
Para el que todavía conserva el pelo negro.
Y para el que, al quitarse la gorra, refleja el sol y puede orientar a los barcos.
Ahora no me preocupa demasiado verme viejo.
Me preocupa otra cosa.
Me pregunto cómo voy a llegar a la vejez.
No con cuánto pelo.
No con cuántas canas.
Sino con qué recuerdos.
Con qué amigos.
Con qué ganas.
Porque uno puede llegar a viejo con el cabello completamente negro y el alma agotada. También puede llegar con la cabeza blanca, las rodillas protestando y una alegría enorme por seguir aquí.
Quiero llegar con historias para contar. Con amigos que todavía se rían de las mismas tonterías del colegio. Con una guitarra cerca, aunque los dedos ya no obedezcan del todo. Con la capacidad de emocionarme, de querer a la gente y de pedir perdón cuando sea necesario.
Quiero llegar siendo yo.
Tal vez con más canas.
Tal vez con menos pelo.
Tal vez caminando más despacio.
Pero sin convertirme en un hombre amargado que solo hable de enfermedades, remedios y de lo bien que se vivía antes.
Me gustaría seguir riéndome. Incluso de mí mismo como siempre lo hago.
Hoy, cuando veo aquellas canas en mi cabeza, ya no intento arrancarlas. Las miro con simpatía. Son testigos de todo lo que he vivido. De las personas que amé, de las pérdidas que tuve que soportar, de los errores que cometí y de las veces que, pese a todo, volví a empezar.
La primera cana me hizo creer que estaba dejando de ser joven.
Ahora entiendo que solo estaba comenzando a ser otra versión de mí.
Y quizá envejecer no consista en perder lo que fuimos.
Tal vez consista en llevarlo con nosotros.
Al niño que jugaba en La Aurora.
Al muchacho del colegio.
Al hijo que alguna vez cantó con su madre.
Al hombre que todavía extraña a quienes ya no están.
Todos ellos siguen aquí.
Debajo de cada arruga.
Detrás de cada recuerdo.
Y también en esas canas que se asoman por mi cabeza.
Por eso ya no las arranco.
Porque uno nunca sabe.
Tal vez no sean cabellos blancos.
Tal vez sean las personas que amamos, regresando de a poquitos para acompañarnos mientras envejecemos.
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