Por mi barrio de La Aurora solía pasar un hombre montado en un triciclo enorme, de esos fabricados, aparentemente, con los restos de otros tres triciclos que habían tenido una vida bastante difícil.
Llevaba un megáfono amarrado al manubrio y avanzaba lentamente por las calles, anunciando su negocio con una voz metálica que podía escucharse desde varias cuadras:
—¡Compro catres viejos… ropa usada… botellas… fierros… juguetes!
Ahora le dirían reciclador.
Porque ahora todo tiene que tener un nombre rebuscado.
Al basurero le dicen gestor de residuos. Al vendedor, ejecutivo comercial. Al portero, encargado de seguridad. Y al que pasa todo el día caminando por la oficina sin que nadie sepa exactamente qué hace, seguramente le dicen coordinador de proyectos estratégicos.
Pero en aquellos años no existían esas delicadezas.
Al hombre del triciclo le decíamos chatarrero, ropavejero, botellero o, simplemente, “el señor de cosas viejas”.
En algunas casas, las mamás lo utilizaban como amenaza:
—¡Pórtate bien porque te voy a entregar al ropavejero!
Yo nunca tuve demasiado miedo. El triciclo siempre venía tan cargado de botellas, colchones, periódicos, fierros y muebles rotos que difícilmente habría podido llevarse a un niño tan enano. Y menos a uno alimentado por mi vieja Alicia, que consideraba que un plato de comida era apenas una introducción al segundo plato.
Corría el año 1982.
Se jugaba el Mundial de España y yo tenía doce años. Una edad extraña, porque uno todavía juega como niño, pero ya comienza a sentir la absurda necesidad de demostrar que ha crecido.
Yo tenía una obsesión: la Adidas Tango.
No cualquier pelota. Quería la pelota del mundial.
Yo había tenido varias pelotas de cuero, de las clásicas de 32 paños, cosidas como un rompecabezas. Eran buenas, resistentes y sobrevivían a las pistas de La Aurora, que no eran precisamente la cancha del Santiago Bernabéu.
El problema aparecía cuando llovía.
Una pelota de 32 paños mojada dejaba de ser una pelota y se convertía en una piedra redonda.
Patearla después de pasar por dos charcos era considerado deporte extremo. Uno tomaba carrera, le metía un puntazo con toda el alma y veía a Judas calato.
El dedo gordo quedaba latiendo dentro del zapato.
Cabecearla era todavía peor.
Si la pelota venía mojada y alta, uno tenía dos opciones: apartarse dignamente o intentar el cabezazo y olvidar durante algunos segundos su nombre, su dirección y el colegio al que iba y hasta el día que estaba viviendo.
Los arqueros tampoco querían agarrarla. Cuando venía un disparo fuerte, no intentaban atajar. Se cubrían la cara y dejaban que Dios decidiera el resultado.
Pero la Tango era distinta.
La veía en las vitrinas deportivas: blanca, elegante, con aquellos dibujos negros que parecían hechos para que la pelota girara mejor en televisión. Era la pelota de España 82. La pelota que uno imaginaba en los pies de Cubillas, Cueto, Maradona, Zico, Platini, Rummenigge o Paolo Rossi.
Yo no quería otra bola de demolición de 32 paños marca Volcán.
Yo quería la Tango.
El único problema era que costaba mucho más dinero del que podía tener un niño de doce años.
Mis ingresos provenían de fuentes poco estables: propinas de mis padres, las monedas que me daban los tíos, los vueltos de los mandados y esa clásica entrega que hacen las abuelas a escondidas de nuestros viejos.
Un día escuché acercarse la voz del hombre del triciclo:
—¡Compro catres viejos… ropa usada… botellas… fierros… juguetes!
Juguetes.
Esa palabra entró por la ventana y llegó directamente hasta mi cerebro.
Miré una caja que guardaba en el cuarto.
Allí estaban varios sobrevivientes de mi infancia: un camión al que le faltaba una rueda, un automóvil rojo con las puertas rotas, dos soldados sin brazos, un caballo de plástico sin cola, una pistola de vaquero que disparaba cuando le daba la gana y un robot japonés que había dejado de caminar.
El robot todavía encendía una pequeña luz roja en el pecho, pero solo después de golpearlo varias veces contra la palma de la mano. Era una tecnología bastante avanzada para la época: funcionaba mediante violencia doméstica.
Miré los juguetes.
Luego pensé en la Tango.
Yo ya tenía doce años. Me consideraba casi un adulto. Ya podía cruzar la calle sin que me agarraran de la mano, sabía algunas malas palabras y había comenzado a pedir que no me sirvieran la leche tan caliente.
Aquellos juguetes pertenecían a un niño.
Y yo, evidentemente, ya era un hombre.
Saqué la caja y revisé el inventario con la frialdad de un empresario que debe cerrar una fábrica.
Agarré el camión.
—Muchacho, tu ciclo ha terminado.
Revisé el robot.
—Japón ya no responde por la garantía.
Los soldados parecían mirarme con reproche, aunque, como no tenían brazos, tampoco podían hacer demasiado al respecto.
Esperé a que mi mamá estuviera ocupada en la cocina.
Sabía que si Alicia me descubría, toda la operación podía fracasar.
Las madres tienen una relación muy especial con los juguetes. Cuando están tirados por el suelo, amenazan con regalarlos, quemarlos o arrojarlos por la ventana. Pero cuando uno decide venderlos, se transforman inmediatamente en patrimonio cultural de la familia.
Saqué la caja hasta la vereda.
El chatarrero apareció doblando la esquina. Su triciclo llevaba botellas, una silla sin respaldo, periódicos, un colchón enrollado y una jaula vacía. Siempre me pregunté qué había ocurrido con el pájaro. Me gusta pensar que escapó y se fue a vivir a una zona más exclusiva.
Le levanté la mano.
—¡Señor!
El hombre frenó.
Me miró a mí, luego a la caja y nuevamente a mí.
—¿Qué vendes?
—Juguetes.
Se bajó del triciclo y comenzó a revisarlos.
Tomó el camión.
—Le falta una rueda.
—Pero tiene las otras tres —respondí.
Yo ya demostraba condiciones para las ventas.
Agarró el robot y trató de encenderlo.
—No funciona.
—Funciona como robot apagado.
No pareció convencido.
Tomó a los soldados.
—No tienen brazos.
—Son veteranos de guerra.
El hombre me miró con esa expresión que años después reconoceríamos en los clientes que saben que el vendedor está hablando tonterías, pero deciden escucharlo por educación.
Le mostré el automóvil.
—Este es de carrera.
—No tiene puertas.
—Para que el piloto salga más rápido.
El caballo tampoco ayudaba.
—Le falta la cola.
—Es una raza especial, como los Dóberman.
Finalmente hizo una oferta.
Era una cantidad miserable.
No recuerdo exactamente cuánto, pero debieron ser unas monedas que apenas alcanzaban para un pan con mantequilla y para observar una gaseosa desde una distancia prudente.
—Es muy poco —le dije.
—Todo está roto.
—No está roto. Está usado.
—Está roto.
—Es antiguo.
Creo que aquel día inventé el negocio de las antigüedades.
Negociamos durante varios minutos. Él aseguraba que se llevaba basura. Yo defendía piezas históricas de colección.
Al final llegamos a un acuerdo.
Me puso unas monedas en la mano y comenzó a guardar los juguetes en el triciclo.
El camión quedó debajo de unos periódicos. Los soldados fueron colocados dentro de la jaula. El automóvil rojo desapareció detrás de unas botellas. El caballo sin cola quedó entre dos fierros.
Al final subió al robot japonés.
Lo sentó sobre el colchón, mirando hacia atrás.
Por un instante sentí que me observaba.
Casi esperaba que se encendiera aquella lucecita roja de su pecho y dijera:
—Traidor.
Pero no ocurrió.
El hombre montó nuevamente su triciclo.
—¿Algo más?
—No.
Empezó a alejarse.
—¡Compro catres viejos… ropa usada… botellas… fierros… juguetes!
Me quedé en la vereda con las monedas apretadas en la mano.
Al principio me sentí orgulloso.
Había hecho un negocio.
Había convertido juguetes inútiles en dinero. Hoy diríamos que había liquidado activos improductivos para financiar una inversión deportiva.
En ese tiempo simplemente dije:
—Vendí mis cachivaches.
Durante las semanas siguientes hice mandados, guardé propinas y dejé de comprar algunas golosinas. A los doce años, renunciar voluntariamente a un chocolate era algo parecido a donar un órgano.
Finalmente reuní la cantidad necesaria después de una generosa donación del Gato Mayor.
Fuimos a comprar mi Tango.
Todavía recuerdo cuando me la entregaron.
Era blanca, perfecta, brillante. Olía a cuero nuevo, un aroma que deberían vender en frascos para hombres mayores con problemas nostálgicos.
La llevé abrazada hasta La Aurora.
No permití que tocara el suelo durante varias cuadras. Una pelota que me había costado tantos juguetes y tantos chocolates no podía estrenarse contra cualquier pista.
Cuando llegué al barrio, mis amigos aparecieron de inmediato.
Una pelota nueva tenía más poder de convocatoria que cualquier aplicación actual.
—¡Es la Tango!
—¡Déjame verla!
—¡Vamos a jugar!
Acepté, pero puse algunas condiciones.
Nada de patearla contra las paredes.
Nada de jugar cerca de las rejas.
Nada de patear hacia los jardines.
Nada de perros.
Nada de puntazos.
Nada de cabezazos.
En resumen, había comprado una pelota de fútbol, pero no quería que nadie jugara fútbol con ella.
El primer partido fue maravilloso.
Durante siete minutos.
Alguien la pateó mal y la Tango salió volando hacia el jardín de una casa. Cayó directamente entre unos rosales.
Todos se quedaron en silencio.
Yo sentí que el corazón dejó de latir en mi pecho.
Entramos con cuidado y la recuperamos. Tenía una espina clavada y dos pequeñas marcas.
Casi me desmayo.
Mis amigos dijeron que no era nada.
Claro.
Para ellos no era nada.
Ellos no habían vendido un robot japonés.
Con el tiempo, la Tango fue perdiendo su blancura. Se llenó de tierra, raspaduras y firmas hechas con lapicero. Jugó partidos interminables en pistas, parques y canchas improvisadas con dos piedras como arcos.
Recibió patadas, cabezazos, pisotones y alguna mordida de perro.
Fue una gran pelota.
Lo curioso es que no recuerdo qué ocurrió finalmente con ella.
Quizás se reventó.
Quizás alguien la pidió prestada y nunca la devolvió.
Quizás terminó sobre el techo de una casa, destino natural de muchas pelotas del barrio.
No recuerdo cómo se fue la Tango.
Pero sí recuerdo perfectamente cómo se fueron mis juguetes.
Recuerdo al camión debajo de los periódicos.
A los soldados dentro de la jaula.
Al caballo sin cola.
Y al robot sentado sobre el colchón, alejándose en el triciclo como un pequeño rey derrotado.
Durante mucho tiempo pensé que había realizado un buen negocio.
Había vendido juguetes que ya no utilizaba para comprar la pelota que deseaba.
Pero con los años comprendí que aquel día no había vendido solamente plástico viejo.
Había vendido tardes enteras.
El camión había recorrido debajo de mi cama transportando cargas imaginarias. Los soldados habían defendido fortalezas construidas con almohadas. El automóvil había ganado mil carreras sobre la baranda de las gradas de mi casa. El caballo había atravesado desiertos que eran, en realidad, una alfombra.
El robot había combatido contra monstruos invisibles.
Estaban rotos porque habían sido usados.
Y habían sido usados porque habían sido queridos.
Las cosas nuevas no tienen cicatrices.
Las cosas que uno ha amado, sí.
Ahora daría cualquier cosa por volver a abrir aquella caja. No porque necesite recuperar los juguetes, sino porque quisiera encontrar dentro al niño que fui cuando jugaba con ellos.
Ese niño todavía no sabía que el tiempo pasa como aquel chatarrero: lentamente, haciendo ruido y llevándose poco a poco las cosas que dejamos atrás.
Crecer consiste muchas veces en intercambiar algo sin conocer su verdadero valor.
Primero cambiamos juguetes por pelotas.
Después cambiamos pelotas por estudios.
Los estudios por trabajo.
El trabajo por dinero.
Y cuando finalmente tenemos algo de dinero, descubrimos que lo que nos falta es tiempo.
Tiempo para sentarnos nuevamente en el suelo.
Tiempo para empujar un camión sin una rueda.
Tiempo para hacer ruidos de motor con la boca sin sentirnos ridículos.
La Tango fue la primera gran cosa que “compré” con mi esfuerzo.
Pero aquellos juguetes fueron el primer pedazo de infancia que vendí sin saberlo.
Todavía hoy, algunas tardes, puedo escuchar en mi memoria aquella voz recorriendo las calles de La Aurora:
—¡Compro catres viejos… ropa usada… botellas… fierros… juguetes!
Y me dan ganas de salir corriendo detrás del triciclo.
No para pedirle al hombre que me devuelva mis juguetes.
Solo para decirle que tenga cuidado con ellos.
Porque aunque parecían viejos, incompletos y rotos, dentro llevaban la vida entera de un niño.
Y esa vida era la mía.
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