JORNALEROS
No encontraba trabajo porque el capataz le había manchado la hoja de vida con ácido. No con ácido verdadero, claro, aunque a veces pensaba que habría sido preferible. El ácido real deja marcas visibles; el otro actúa con mayor eficacia, porque se confunde con los comentarios, las miradas y las sonrisas de compromiso.
Fueron muchos años en las rutas de las caravanas, llevando cargas ajenas, vendiendo por quincenas lo que otros llamaban experiencia y él, en los momentos de sinceridad, llamaba dignidad. Sin embargo, podía haber sido peor. Se lo repetía a sí mismo como quien recita una oración olvidada:
«Logré salvar algo. No me arrastraron del todo.»
Había sobrevivido al baile interminable de rumores y murmuraciones. El mes estaba pagado. Durante algunas semanas más los chicos tendrían la despensa abastecida y la bandeja donde los cachorros comían sus croquetas no volvería vacía al fregadero. A veces los triunfos consistían solamente en eso.
En la última página del cuaderno que llevaba a todas partes había escrito una frase:
El árbol da leña aun al leñador mientras lo corta.
La releía con frecuencia, como si hubiera sido escrita por otra persona.
La dignidad en la ciudad estaba en oferta permanente. No hacían falta anuncios ni luces de neón. Se remataba sola, en voz baja, detrás de los escritorios, en las oficinas, en los descansos para el café. Él había escapado de cientos de pequeñas hechicerías. Al menos así las llamaba. Ensayaron con él cuanto pudieron.
La bruja de Caracha vociferaba su nombre para que el mal lo borrara por completo del mapa. Él nunca había sabido si la mujer existía realmente o si era una invención colectiva, una especie de franquicia del miedo administrada por varias personas a la vez.
—¿Qué habré hecho para despertar semejante caja de Pandora? —murmuró mientras limpiaba la vitrina donde se exhibían las mercancías del supermercado.
La pregunta quedó suspendida sobre los productos de aseo y las promociones de la semana.
En la buseta de regreso observaba los rostros de los pasajeros. Algunos le parecían familiares, otros cómplices de algo imposible de determinar. Había aprendido que todas las caras ocultaban historias. Adulterios, secretos, traiciones, arrepentimientos, pequeñas miserias domésticas acumuladas durante años. Pero cada uno llevaba consigo su propio destino, doblado cuidadosamente como un recibo dentro del bolsillo.
Y luego estaba la llegada al barrio.
Tal vez solo allí seguía siendo alguien. Un padre. Un vecino. Un hombre con nombre y apellido.
Entonces aparecía Shuby corriendo desde la puerta. El perro no preguntaba por los fracasos ni por las deudas ni por las versiones que circulaban sobre él. Se limitaba a celebrar su regreso con una alegría desproporcionada, casi milagrosa.
Y en ese momento, breve pero suficiente, volvía a la vida.
Hasta el día siguiente.
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