Una tarde fría de agosto, mientras caminaba por las calles del centro de Arequipa, me llegaron de golpe algunos recuerdos de infancia que ni siquiera sabía que todavía guardaba.
Las pistas empedradas, con sus adoquines lustrosos por tantos años de zapatos, parecían una pantalla donde se proyectaban escenas antiguas. Imágenes de una ciudad que hoy, con sus calles peatonales, sus nuevos comercios y sus tiendas modernas, parece muy distinta a la de hace treinta o cuarenta años.
Pero debajo de todo eso, si uno mira con atención, la vieja Arequipa todavía sigue ahí.
En los años ochenta, cuando yo tenía diez o doce años, no era raro que caminara solo desde mi casa hasta el paradero para esperar uno de esos buses viejos de color negro y amarillo.
Tenían los asientos de cuero gastado, las ventanas que sonaban con cada bache y unos cobradores que parecían haber trabajado en la ruta desde la fundación de Arequipa.
Casi todos eran señores mayores.
Salvo uno.
Había un cobrador que tenía cierto parecido con el “Loco” Quiroga, el arquero de la selección peruana de aquella época. Cuando alguien se lo decía, se reía. Y si uno tenía suerte, no le cobraba el pasaje.
Yo, por supuesto, se lo recordaba cada vez que podía.
—Señor, usted es igualito al Loco Quiroga.
No sé si realmente se parecía tanto, pero por ahorrarme el pasaje yo era capaz de encontrarle parecido hasta con Pelé.
Los cobradores llevaban amarrada a la cintura una especie de canguro donde guardaban todas las monedas. Entre los dedos de una mano sostenían varios boletos de colores: entero, medio y escolar, dependiendo de la tarifa.
Yo subía, entregaba mi moneda y recibía mi boleto como si fuera un pasaporte.
Porque tomar la Vallecito y bajarme en la esquina de la Mutual Arequipa, entre las calles Mercaderes y Jerusalén, era toda una aventura.
Y yo la disfrutaba completa.
El verdadero destino era el Banco Internacional del Perú, donde trabajaba mi mamá, Alicia. Estuvo allí durante más de treinta años.
Para ir a buscarla necesitaba inventar algún pretexto más o menos creíble.
Podía decirle que debía comprar láminas para una tarea en las librerías Codisa o Quintanilla Mariño. También podía asegurar que necesitaba comprar unos pósteres en Nuevo Mundo para seguir empapelando mi cuarto.
Mi habitación llegó a tener tantas imágenes pegadas en las paredes que parecía una mezcla entre museo, estadio y peluquería de barrio.
Pero la verdad era otra.
Ni las láminas ni los pósteres eran el verdadero motivo de la expedición.
Yo iba para sacarle a mi viejita una invitación al Delicias.
El Delicias era una pequeña confitería que hoy se encuentra frente al Banco de la Nación, en la calle Piérola. En aquella época quedaba en la calle Rivero, al costado de la puerta del Teatro Municipal.
La hermana de la señora Dorita, dueña del local, había compartido habitación con mi madre años atrás en el Hospital del Empleado. Su hijo y yo habíamos nacido el mismo día, con apenas unas horas de diferencia.
Ese pequeño detalle fue suficiente para que, cada vez que yo aparecía por el Delicias, me trataran como si fuera accionista mayoritario del negocio.
Apenas entraba, la señora Dorita me recibía con un abrazo y un beso.
Después venía la pregunta que yo esperaba desde que había subido al bus:
—¿Qué te sirvo, hijito?
Aquellas palabras eran música para mis oídos.
Yo no necesitaba revisar la carta ni consultar los precios. Tenía el pedido estudiado desde varias cuadras antes.
—Un sánguche de pierna, tres canastitas dulces y, para tomar, un jugo de papaya arequipeña.
No pedía poco.
Uno de niño puede ser tímido para saludar a las visitas, pero frente a una confitería gratuita desarrolla una seguridad sorprendente.
Qué capacidad tenemos cuando somos niños para disfrutar las cosas pequeñas.
Aunque, pensándolo bien, un sánguche de pierna, tres canastitas y un jugo de papaya tampoco eran una cosa tan pequeña.
Pero no era solamente lo rico que se comía en el Delicias. Era la forma en que me recibían. El abrazo de la señora Dorita, su sonrisa y ese “hijito” que me hacía sentir importante.
Yo entraba siendo un niño cualquiera y salía sintiéndome un príncipe, aunque con algunas migas en la camisa.
Después de aquel banquete, regresaba al banco para buscar a mi mamá antes de las cuatro y media de la tarde, su hora de salida.
Por esos años, la atención al público era solamente durante las mañanas. Mientras esperaba que Alicia terminara de trabajar, yo jugaba y conversaba con sus compañeros del área de Moneda Extranjera.
Su oficina estaba frente a las ventanillas de los cajeros y se encontraba llena de máquinas de escribir.
Todavía recuerdo aquel sonido.
Decenas de teclas golpeando al mismo tiempo, mezcladas con el timbre de los teléfonos, el movimiento de las hojas y las voces de los trabajadores. Todo amplificado por el eco del edificio.
A mí me parecía una orquesta sinfónica.
Una orquesta que, en vez de violines, tenía máquinas de escribir.
Cuando se acercaba la hora de salida, mi mamá comenzaba a guardar sus cosas. Yo pasaba los diez minutos anteriores tratando de convencerla de regresar en la Vallecito y no en taxi, como era su costumbre.
—Vamos en la Vallecito, mamá.
—No, Gonzalo. Mejor tomamos un taxi.
—Pero la Vallecito nos deja cerca.
—El taxi también.
—Pero la Vallecito es más divertida.
Ella renegaba.
Yo insistía.
Finalmente aceptaba, seguramente porque sabía que discutir conmigo podía demorar más que esperar el bus.
Salíamos del banco y caminábamos tomados de la mano media cuadra hasta la esquina de la Mutual. Allí esperábamos la Vallecito para comenzar el viaje de regreso.
Yo llevaba mis láminas o mis pósteres bajo el brazo, como pruebas de que el pretexto había sido verdadero. Tenía la barriga llena y una sonrisa de oreja a oreja.
Luego llegaba el bus negro y amarillo.
Subíamos.
Buscábamos dos asientos.
Y regresábamos juntos a casa.
La travesía había terminado.
Solo faltaba que se me ocurriera algún nuevo pretexto para repetirla lo más pronto posible.
Han pasado muchos años desde entonces.
Las máquinas de escribir desaparecieron. Los bancos cambiaron. Los viejos buses negros y amarillos dejaron de circular. El centro de Arequipa se llenó de tiendas nuevas y las calles ya no parecen las mismas.
Tampoco está Alicia para salir del banco a las cuatro y media, tomarme de la mano y renegar porque otra vez quería regresar en la Vallecito.
Sin embargo, algunas tardes, cuando camino por esas calles y piso los antiguos adoquines, vuelvo a escuchar el ruido del bus acercándose.
Entonces me parece verla salir del banco, acomodándose la cartera y mirándome como si ya supiera que yo no había ido por las láminas.
Y durante unos segundos vuelvo a tener diez años.
Llevo mis pósteres bajo el brazo.
Todavía siento el sabor del jugo de papaya.
Mi mamá camina a mi lado.
Y la Vallecito está por llegar.
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