Esa no era mi puerta

Esa no era mi puerta

Ojo de Gato

02/08/2026

Ayer una amiga me hizo una confesión que, sospecho, millones de personas han hecho alguna vez.

—Creo que siempre escojo mal a mis parejas.

Después hizo una pausa, de esas que pesan más que la frase.

—Y creo que me cuesta estar sola. Me ilusiono demasiado rápido.

Como buen amigo, hice exactamente lo que hacemos todos cuando alguien nos abre el corazón.

Le di consejos.

Los de siempre.

Que primero se quiera ella misma.

Que no tenga apuro.

Que la persona indicada llegará cuando menos la espere.

Que aprenda a disfrutar su propia compañía.

En ese momento me sentí una mezcla entre psicólogo, filósofo griego y galleta de la fortuna, de esas que te regalan en los chifas.

Ella asentía con la cabeza.

Yo seguía repartiendo frases prefabricadas como si fueran muestras gratis en un supermercado.

La verdad es que mientras hablaba pensaba:

«Ojalá alguna de estas le sirva, porque yo tampoco tengo idea.»

Nos despedimos.

Horas más tarde, apenas abrí el celular, apareció una imagen.

Una supuesta leyenda japonesa.

No la busqué.

No escribí una palabra.

Abrí Instagram y simplemente apareció.

Como si el teléfono hubiera estado escondido debajo de la mesa escuchando toda la conversación.

Ya no sé si los celulares nos espían o simplemente nos conocen mejor que algunos familiares.

La imagen decía algo así como que cuando pierdes un autobús, quizá evitaste un accidente.

Que si alguien te rechaza, quizá te salvó del lugar equivocado.

Que cuando una puerta se cierra, muchas veces la vida te está empujando hacia el camino correcto.

No tengo la menor idea de si esa leyenda existe.

Con internet eso ya es imposible de saber.

Mañana descubrirán que en realidad la escribió un muchacho de Arequipa un domingo después de terminar con su novia.

Pero, verdadera o falsa, me dejó pensando.

No tanto en mí.

Más bien en mi amiga.

Porque, si soy sincero, yo tampoco puedo decir que haya sido un campeón del amor.

He tenido mis fracasos, claro.

Como cualquiera.

Chicas que llegaron y luego se fueron.

Historias que parecían eternas y duraron menos que una batería de celular viejo.

Mensajes que nunca contestaron.

Promesas que vencieron antes que el yogur de la refri.

Pero tampoco puedo dramatizar demasiado.

Nunca fui de aferrarme.

Siempre he sido bastante desapegado.

No porque sea valiente.

Ni porque tenga una inteligencia emocional de monje tibetano.

Simplemente soy así.

Cuando algo termina, me duele un tiempo… y después sigo caminando.

A veces creo que nací con el botón de «Aceptar términos y condiciones» demasiado desarrollado.

Eso sí.

Mi desapego tiene un efecto secundario.

Nunca he entendido muy bien a la gente que insiste en arreglar una relación que ya pidió jubilación seis meses antes.

Hay parejas que llevan tres años terminando.

Terminan el lunes.

Vuelven el jueves.

Se bloquean el sábado.

Se desbloquean el martes.

Y el domingo suben una foto diciendo:

«Mi lugar favorito.»

Uno ya no sabe si están enamorados o jugando ping-pong sentimental.

Mi amiga, en cambio, funciona distinto.

Ella apuesta.

Se entrega.

Se ilusiona.

Y cuando una historia termina, siente que perdió un pedazo de sí misma.

Supongo que ninguno de los dos tiene toda la razón.

Porque amar sin reservas es hermoso.

Pero también lo es saber soltar cuando ya no queda nada por abrazar.

Mientras leía aquella famosa leyenda japonesa, empecé a recordar algo curioso.

Las personas más importantes de mi vida casi nunca llegaron cuando las estaba buscando.

Aparecieron.

Así, sin cita previa.

Como llegan los buenos amigos.

Como llegan los mejores libros.

Como llegan esas canciones que escuchas por accidente y terminas cantando veinte años después.

En cambio, las veces que más desesperadamente busqué algo… normalmente encontré exactamente lo que no necesitaba.

Debe existir una ley universal que dice que el universo tiene un extraño sentido del humor.

Tú pides tranquilidad…

Y te manda una persona intensísima.

Pides una relación sencilla…

Y aparece alguien que convierte responder un «¿cómo estás?» en una negociación diplomática de la ONU.

Pides paz.

Y te llega alguien que escribe «tenemos que hablar».

Esas cuatro palabras deberían venderse con receta médica.

Porque no anuncian nada bueno.

Entonces pensé que quizá la famosa leyenda no habla de destino.

Habla de perspectiva.

No dice que todo pasa por alguna razón mágica.

Dice que muchas veces entendemos las cosas demasiado tarde.

Cuando una puerta se cierra, inmediatamente pensamos en la puerta.

No en el pasillo nuevo que acaba de aparecer.

Nos quedamos mirando la cerradura.

Llorando frente a una pared.

Mientras, cincuenta metros más allá, hay otra puerta abierta haciendo señas como un taxista en aeropuerto.

Pero claro.

Estamos demasiado ocupados sufriendo para verla.

Creo que eso era lo que realmente quería decirle a mi amiga.

No que deje de enamorarse.

Ojalá nunca deje de hacerlo.

El mundo necesita más gente capaz de ilusionarse.

Solo quisiera que, antes de entregarle el corazón a alguien, nunca se olvide de conservar una copia de las llaves.

Por si toca volver a casa.

Porque todos, absolutamente todos, vamos a perder algún autobús.

Nos van a romper el corazón alguna vez.

Vamos a equivocarnos de camino.

Vamos a confiar en quien no debíamos.

Eso no nos hace ingenuos.

Nos hace humanos.

Lo importante no es cuántas puertas se cerraron.

Lo importante es no terminar viviendo para siempre sentado frente a una de ellas.

La supuesta leyenda japonesa tal vez sea falsa.

Tal vez nunca existió.

Tal vez la escribió un publicista matando el tiempo.

Pero mientras la leía pensé en mi amiga.

Y deseé, de verdad, que algún día descubra que quedarse sola por un tiempo nunca fue el castigo.

Era simplemente el espacio que la vida necesitaba para que pudiera encontrarse primero con la única persona que jamás debería perder.

Ella misma.

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