Introducción
El que antaño fuera el mayor ejército jamás visto por la humanidad volvía a dejarse ver tras décadas de silencio. Al mando de este, Sador II Malmori, autoproclamado emperador para quedar bien ante los medios, el último descendiente de la familia que durante trescientos años esclavizó a la raza sin compasión alguna aprovechándose de los estragos que produjo en la especie humana la cruenta guerra contra las IA.
Empleando la antiquísima pero siempre efectiva táctica Blitzkrieg
y su tecnología de vanguardia, las tropas Malmori avanzaban por las colonias más alejadas como si fuesen una plaga, siendo la obsesión de una opinión pública, cada vez más alarmada. ¿Su próximo objetivo? El sistema Akir, núcleo financiero y político del sector Mutara.
Akir era el reflejo de la vida en las antiguas colonias tras su independencia de la Tierra, siendo muy evidente la existencia de dos clases principales. Los pudientes: aquellos que vivían en los barrios más exclusivos y tradicionales de las atestadas urbes; y los ciudadanos: el resto de la población, personas que se hacinaban en pisos o vivían en el campo, donde se partían el lomo trabajando duro para abastecer a las siempre hambrientas ciudades.
Pese a ello, Akir era un planeta tranquilo donde la libertad era la norma, pudiendo prosperar desde lo más bajo a base de esfuerzo y sacrificios; eso sí, manteniéndose siempre alejados de los puertos espaciales, rincones donde la ley del más fuerte era el único código vigente y el contrabando campaba a sus anchas para no acabar con antecedentes, algo muy mal visto en aquella sociedad.
Capítulo 1
En una apartada granja cercana a los bosques de Tillsard, un muchacho de 27 años, trabajaba duro en el viejo y enorme granero cercano a la magnífica vivienda familiar completamente absorto en su obsesión: un viejo y destartalado carguero de la clase CL-32.

No solo quería terminarlo, sino que lo necesitaba, y con urgencia o de lo contrario, jamás podría abandonar la casa de sus padres para irse a vivir con su pareja, Nanelia, aunque a ella le encantase vivir con la familia Wearn en la granja junto a la pequeña y curiosa Mol, la hermana de ocho años de aquel joven, Shad Wearn.
Aquella tobera de escape, la número 4, se había convertido en su mayor quebradero de cabeza hasta la fecha. ¿El último problema? Un constante goteo de refrigerante que su atenta hermanita localizó, motivo por el que Shad la premió sentándola en su regazo para que, guiándola, pusiera los motores en marcha y comprobar así el correcto funcionamiento de estos.
—¡Alerta, fuego en el 4!
—¡Joder!
A todo correr, se dirigió a la popa de su nave extintor en mano, vaciándolo sin contemplaciones en ella logrando extinguir las llamas de la rebelde tobera en cuestión de pocos segundos.

—¿Y por eso te echaron de la academia? ¿Por provocar incendios? —le preguntó Mol, que había salido tras él, dejándolo sin saber qué decir.
—Mol, deja en paz a tu hermano —Dijo en su defensa su madre, algo que su hijo mayor agradeció con una discreta sonrisa.
Ya a solas, Shad maldijo su puñetera mala suerte. ¿Quién podría imaginarse que el hijo del comandante Wearn, el as de Akir
con casi 140 victorias acreditadas y la mayor Spargo, una reputada Shark de Akir que se retiró del servicio cuando ella y su esposo se dieron cuenta de que su pequeñín de 10 años no podía ser criado tan solo por sus abuelos. Era tan mal piloto de combate? Sin duda pero Al menos de su madre tenía los reflejos y el entrenamiento de un Shark de Akir ¿pero de que le servía poder tumbar a un tipo más grande que él? De absolutamente nada lo mismo que poder acertarle a un blanco situado a 860 metros y todo lo demás.
—¡Maldito estómago, malditos nervios… Maldita sea!
Gracias a su jodido estómago y sus monumentales vomitonas durante sus días en la academia por culpa de las malditas fuerzas G laterales, fue conducido con sutileza y mucha amabilidad al Cuerpo de Búsqueda y Rescate, el desprecio de los pilotos de combate por ser simples técnicos de ambulancia, para aprovechar todo lo que la señora Wearn le enseño sobre medicina de combate sirviendo en esta unidad como piloto y técnico. Aunque pronto descubrió que aquello no estaba nada mal y se le daba de miedo Shad seguía queriendo ser piloto de combate como su padre a pesar de que pronto fue ascendido al grado de capitán y condecorado en dos ocasiones por su pericia al llevar su nave de rescate al límite en pos de salvar vidas. Pese a sus logros estaba enfadado consigo mismo, no importaba a cuantas puertas llamara, no le readmitían en la academia y punto siendo el golpe de gracia a sus aspiraciones la decisión del Alto Consejo de dejar en manos de los drones la defensa del sistema solar licenciando de forma fulminante a todos los pilotos incluido su padre.
Entristecido y vencido Shad pronto se licenció también pasando a la vida civil como un simple mecánico e ingeniero técnico; uno muy bueno, pero mal pagado según su familia y amigos por culpa de los Malmori y la cada vez mayor sensación entre los akirios de ser los siguientes en la lista del malvado Sador.
¿Lo mejor de aquellos días? Que conoció a Nanelia, una médico de combate con la que tenía pensado casarse algún día, si es que lograban ahorrar lo suficiente ya que sus sueldos no daban para mucho, razón por la que sus padres le habían alquilado a ella una habitación en la casa familiar a un precio de risa.
Su idea era simple: construir una nave de carga empleando el casco de un viejo CL-32 para transportar los excedentes producidos en la granja y venderlos en los famosos mercados del sistema Crorix RY1, donde aún pagaban un precio justo. Con seis viajes todo estaría resuelto, pero para ello tenía que terminar la maldita nave que se negaba a funcionar como debía.
—¿Déjame que lo adivine, otra vez la 4? —le preguntó su padre, reconvertido en granjero y vestido como no podía ser con la ropa típica de trabajo.
—Sí.
—¿Sabes que es de mala educación hacer esperar a la gente? Anda, sal de ahí, que Sigurd acaba de hacernos una coms preguntando dónde estás.
—¿Sigurd? Pero si había quedado con él a mediodía.
—¿Y qué hora te crees que es?
Durante el resto del día trabajó sin descanso para su vecino, reparando todo lo que este le pidió u observó defectuoso en su granja para compensarle por su falta de puntualidad. El tiempo volaba cuando trabajaba en su trasto, y aquella mañana había sido uno de esos momentos de pura absorción total y seguro que no el último.
Bien entrada la noche regresó a casa. En las alforjas de su AirBike llevaba carne de cerdo en abundancia y, lo mejor de todo, créditos. Unos créditos que, sumados a los que ya tenía, le permitirían comprar un hiperpropulsor; uno que, con suerte, no se recalentaría a los veinte minutos de ser activado.
El domingo, día de descanso desde tiempos inmemoriales tanto en Akir como en el resto de las colonias y la mismísima Tierra, Shad se levantó bien temprano ya que quería ir al puerto espacial de Flispuc a recoger a Nanelia a su salida del trabajo y, de paso, probar suerte con los vendedores errantes despidiéndose de sus padres a gritos en tanto devoraba una tostada a toda prisa antes de ponerse el casco y salir disparado.
—No me gusta nada que vaya a ese antro —se quejó su madre.
—Ni a mí, pero ya es mayor y ha de aprender a cuidarse por sí mismo.
—¿Ya se va? Quería decirle que ya tengo un nombre para la nave —se lamentó Mol, sorprendiendo a sus padres, ya que pensaban que seguía durmiendo.
—Les podría hacer una casita con mis herramientas —remató la pequeña empleando aquel tono de voz tan propio de ella, haciéndolos reír con ganas.
—Seguro que te lo agradecen.
Capítulo 2
El puerto espacial de Flispuc no era distinto a ningún otro: sucio, desorganizado y bastante peligroso por la presencia en él de bandas mafiosas y todo tipo de maleantes y buscavidas, mezclados con comerciantes y viajeros de dudosa procedencia. Sin embargo, aquello era precisamente lo que lo convertía en un magnífico lugar para encontrar lo que Shad buscaba.
Como capitán en la reserva e hijo de quien era, no tuvo problema alguno para aparcar su AirBike en el estacionamiento reservado de la clínica militar comenzando desde allí su búsqueda a pie, manteniendo las manos cerca de los bolsillos por si acaso. Hiperpropulsores había muchos, pero pedían demasiado; ¡el triple de lo que él tenía, y encima sin garantía alguna de que fuesen a funcionar!
Desanimado, decidió jugar su última carta entrando en la peor de todas las cantinas, caminando bien pegado a la pared y con las manos bien visibles en tanto examinaba los muros, ¡todos ellos plagados de impactos de armas de distinto calibre enmarcados y hasta firmados!, tras haber escondido sus créditos en las botas tal y como le había enseñado Nanelia. Ella saldría del trabajo en unas horas, así pues, le tocaba esperar, ¿y qué mejor que hacerlo junto a Cowboy?
El viejo amigo de su padre, además de superior y padrino de Shad, estaba, como de costumbre, sentado en la misma mesa de siempre, la que se había agenciado para sí mismo en tanto bebía y fumaba mientras su mente divagaba, tal vez recordando sus años de gloria como piloto de combate de las Fuerzas de Autodefensa de Akir antes de sufrir el fatídico accidente; aquel que le costó las dos piernas, el brazo derecho, la mano izquierda y tenerle que ser reemplazados varios órganos de vital importancia por otros sintéticos.

Tras saludar, Shad fue invitado a tomar asiento junto a él e invitado a un trago de cerveza importada, uno de los pequeños lujos que Cowboy se permitía a menudo comenzando a charlar sobre Nanelia entre trago y trago.
—¿Cuánto falta para que salga del trabajo?
—Unas cuatro horas.
—Y eso si no entra una urgencia. Desplegar todas estas clínicas gratuitas ha sido una muy buena idea por parte del Alto Consejo, pero deberían contratar a más personal y no tirar tanto de los pobres médicos de combate.
—Cierto.
Enseguida la conversación pasó a centrarse en la nave, aquella en la que Shad llevaba trabajando tanto tiempo, olvidándose de todo en demasiadas ocasiones. Tal era su fijación por terminarla.
—Ya me falta tan poco… Dos componentes más y habré terminado. Un hiperpropulsor que no dé problemas a los veinte minutos y un núcleo de procesado, nada más. Bueno, eso y que la puta tobera 4 deje de incendiarse.
—Mira que te lo dije: no le compres nada a Laks, pero tú ni caso. Jóvenes…
Alguien se acercó a Cowboy por la espalda, cortando en seco la conversación técnica. Sin venir a cuento, un ladrón le puso un cuchillo en la garganta exigiéndole sus créditos. Aunque sorprendido, Shad reaccionó con celeridad haciendo buen uso del adiestramiento de Morwen, su madre logrando desarmarlo en cuestión de segundos pasando por alto un detalle sin importancia: ¡aquel tipo no trabajaba solo!
Sus compinches se le echaron encima de inmediato y, aunque el local estaba lleno, nadie a excepción de un Cowboy ya liberado del cuchillo se movió para ayudar. Los vasos volaron, algunas sillas se rompieron y el líder de aquellos ladrones terminó electrocutado con una antigüedad que el padrino de Shad siempre llevaba consigo en el pintoresco cinturón logrando ahuyentarlos, aunque no sin sufrir heridas de diversa consideración. (¿Render cinturón de herramientas?)
—Creo que vamos a necesitar que alguien nos eche un vistazo.
—Y que lo digas, chico. ¿Qué tal si nos pasamos por la clínica a ver cómo le va a Nanelia?
Apoyados el uno en el otro, salieron de la taberna y accedieron a la clínica. Allí había bastante gente, incluidos sus propios ladrones. Nada más reconocerlos, una enfermera amiga de Nanelia los condujo rápidamente a un box.
—¿Qué os ha pasado?
—Un intento de atraco, nada más. Pero he aquí que tu Shad ha salido en mi defensa y lo ha evitado. Es todo un héroe.
—¿Héroe? No, Cowboy, de eso nada. Tan solo un estúpido.
A pesar de la bronca, Nanelia se ocupó de ellos. Algunos cortes y magulladuras, cosa sencilla y rápida de tratar gracias al avanzado material con el que contaban aquellas clínicas de campaña logrando despacharlos en menos de diez minutos para que volvieran a la calle a buscar pelea.
—Como te vuelva a ver por aquí sangrando, te juro que te sacudo con un martillo en la cabeza y luego se lo paso a Mol. ¿Te ha quedado claro, Shad?
—Vale, vale. Nada de peleas.
En tanto ambos jóvenes se despedían, Cowboy aprovechó el momento para mirar de mala hostia a aquellos ladrones mostrándoles de nuevo su aparato de descargas logrando que los muy cobardes salieran de allí a todo correr sin llegar a ser atendidos, desconcertando a todo el personal sanitario.
—Corred, cabronazos, corred —susurró Cowboy, sonriéndoles de forma perversa.

Una vez fuera de la clínica, se dirigieron a la vieja y muy modificada CL-32 de Cowboy. Estaba en deuda con su ahijado por salvarle el pescuezo en la taberna y, sin más, se lo llevó a lo más profundo de la bodega de carga, donde se encontraba tapada la estructura de un antiquísimo caza.
—Titanio. Todo entero. ¿Te lo puedes creer? Y según los números de registro, estás ante los restos de un EA-64 G Marauder de la Antigua Tierra. Demonios, los de los museos harían cola para comprarme todas las piezas de este reliquia de 9ª generación menos… una. Su núcleo de procesado. Ese es tuyo, chico, al igual que este hiperpropulsor que encontré escarbando entre la chatarra del Canal Jokga. ¿Funciona? Sí. ¿Está modificado? Ya lo creo porque la nave era de contrabandistas y de unos muy malos pilotando, porque dejaron el canal lleno de restos. ¿Andas corto de entendederas sobre por qué te los regalo? Pues por salvarme el pescuezo, y no se hable más. Así que esta noche no hagas planes con tu chica porque me vas a tener que ayudar a descargarlos y meterlos en tu granero.
—Un Marauder… ¡Wow! No sé qué decir, Cowboy.
—Con un simple gracias me conformo. Si no es por ti, ese tipo me hubiese rebanado el cuello de lado a lado.
Shad estaba en una nube, ¡por fin tenía las dos piezas que le faltaban! Y cuando Nanelia salió de su turno de trabajo, se volvió a pasar por la nave a escondidas para dejarle a Cowboy los créditos que llevaba encima como compensación, junto a un mensaje que le hizo escribir su pareja:
«Te estaré siempre agradecido. Firmado: tu ahijado y amigo Shad».
Capítulo 3
Durante casi dos meses, Shad se dedicó en cuerpo y alma a conectar ambos dispositivos a aquella nave, en tanto Mol jugaba en la pequeña cabina de la que se había apropiado pese a las protestas de su hermano mayor. A pesar de ello, le encantaba tenerla cerca soliendo preguntarle cosas o aportando ideas con frecuencia, como la apariencia que debería tener la interfaz.
—¡Que tenga forma de pelota y que se pueda mover por la nave! —pidió Mol, mientras jugueteaba en el asiento del copiloto, dando vueltas gracias a la idea de su hermano de suspender cada uno de los dos asientos sobre brazos articulados para mejorar la visibilidad en maniobras complejas, algo grabado a fuego en su interior tras su paso por el Cuerpo de Búsqueda y Rescate.
—Ahora que me acuerdo, ya tengo un nombre para ella. Se llamará Nell.
—Así que Nell. No está nada mal, pequeñaja, me gusta. Le contesto su hermano mayor en tanto ajustaba algunas sondas de diagnosis y sensores a aquel extraño interfaz ideado por Mol, desconociendo que en un futuro próximo odiaría a muerte a una de ellas.

En cuestión de pocos días, todo estuvo listo para comenzar con las pruebas, empezando por el reactor de plasma-antimateria centrífugo; lo último en tecnología… setenta años atrás. Pese a la edad de la compacta fuente de energía principal, las cosas pintaban bien: nada de radiación residual, un excelente flujo continuo y los suficientes excedentes de energía como para alimentar 10 granjas, incluyendo las toberas, respondiendo por primera vez la número 4 de forma correcta.
—Por fin. Un problema menos —respiró aliviado, dando paso a continuación al soporte vital y al hiperpropulsor. —¡No me jodas, si es casi tan viejo como este planeta! —gritó al ver los números en la pantalla de chequeo destinada a mostrarle los parámetros de aquella reliquia que, a pesar de todo, seguía funcionando sin protestar.
Muy contento con lo bien que había resultado la prueba de encendido, Shad no paró de sonreír durante la comida. Les pidió a todos que asistieran nada más terminar a la prueba final: la puesta en marcha del núcleo de procesado. La familia solo accedió si ayudaba primero a recoger la mesa y fregar los platos, cosa que hizo con gusto ya que lo acompañaba Nanelia, a la cual se comió a besos entre plato y plato.
Llegado por fin el momento, los cinco se apelotonaron en la cabina de mando, ansiosos por ver el resultado de tantos años de trabajo. Shad, con Mol sobre su regazo, inició el núcleo sonriendo como un tonto.
<… Iniciando diagnosis del sistema…>
<… Kernel… OK>
<… Controladores de dispositivos… OK>
<… Gestión de memoria… OK>
<… Gestión de procesos… OK>
<… Sistema de archivos… OK>

Una voz femenina fue cantando el resto de los procedimientos de diagnosis. Parecía ir muy bien hasta que, de pronto, aquella voz dejó de hablar como un simple robot recolector y comenzó a soltar tacos e insultos como una loca por no saber dónde estaba tras decir su nombre de registro.
—Tranquilízate, CN/34_S.
—¿Qué me tranquilice? ¡Pero tú de qué coño vas, chaval! ¿Qué has hecho con mi monocasco de titanio?
—¡¿Y a mí qué me cuentas, montón de cables cortocircuitados?!
—¿Cómo me has llamado? ¡A tomar por culo! ¡Fuera de aquí! —le ordenó una voz de mujer que sonaba a fumadora a tiempo completo, añadiendo una nueva andanada de improperios verbales mientras abría y cerraba en repetidas ocasiones todas las puertas y escotillas que controlaba para dejarle muy claro al chico que se largara, en tanto, la bola de la interfaz brillaba en agresivos tonos morados y rojos.
—¡Que te largues, he dicho, saco de huesos!
—Esta nave la he construido yo y no pienso irme —le respondió Shad, cada vez más enfadado, pasando Mol enseguida a los brazos de una Nanelia tan asombrada como el resto.
—¡O te largas o te juro que te aplico un correctivo a base de descargas en ese escuálido trasero que tienes, esmirriao!
Ambos no dejaban de gritarse; por lo visto, habían agarrado el mismo hueso y ninguno cedía, haciendo que la situación se volviera bastante cómica, sobre todo cuando la IA midió los niveles de feromonas de Shad.
—¡Escúchame bien, mono salido! ¡Cómo te vea machacándotela en mi presencia, te juro que te lanzo al vacío!
Tal humillación ante su familia y su pareja no la aceptó nada bien Shad, y el nivel de insultos y desprecios no hizo más que aumentar la tensión, sobre todo al indicarle a aquel núcleo tan malhablado su nuevo nombre varias veces, cada vez con más mala hostia.
—Paso de tus órdenes, esmirriao. ¡Mi nombre es CN/34_S y así será para toda la eternidad!
—¡Y una puta mierda, te llamarás Nell, te lo ordeno!
—¡Me niego, ese nombre es horrible!
—¡A que te borro el registro!
—¡No tienes huevos!
Escuchar que su elección de nombre no le gustaba a la IA hizo que Mol se pusiera a llorar, logrando que ambos se callaran por fin.
—Mira lo que has hecho —le reprochó CN/34_S a Shad, recibiendo en respuesta una peineta bien remarcada en tanto la bola de la interfaz descendió lentamente hacia la niña brillando en tonos azules y verdes. —Lo siento mucho, pequeña… ¿Cómo te llamas?
—Mol.
—¿Mol? Qué bonito.
—Yo me llamo CN/34_S, pero me puedes llamar como más te guste.
Aquel cambio en el comportamiento del rebelde núcleo dejó a Shad sin palabras, ya que aceptó su nuevo nombre sin quejas al explicarle la niña que se lo había puesto ella.
—Entonces trato hecho, de ahora en adelante me llamaré Nell.
Establecida la tregua padres e hija regresaron a la casa, ya que tocaba darle la merienda, dejando a Nanelia con los dos contendientes. La paz duró bien poco, ya que enseguida Nell descubrió algunas cosillas sin importancia en las tripas del carguero.
—Yo a ti te mato, esmirriao. Por todos mis circuitos, pedazo de imbécil… ¿Se puede saber dónde coño aprendiste a soldar? ¡Que algún técnico venga de inmediato a rescatarme, joder! —gritó en tanto la bola de la interfaz corría a toda velocidad por los raíles construidos por Shad, deteniéndose nerviosa luciendo en tonos rojos intermitentes, casi se diría que histérica, cada pocos centímetros. —Mal, fallo, fisura… ¡desgarro, desgarro! Esta lata de mierda tiene más huecos que un queso Emmental, pedazo de cretino.
—No me digas. Pues jódete.
Aquella contestación no le gustó nada a Nell y, sin permiso, activó los motores con la intención de largarse de inmediato a buscar a alguien que supiera soldar, cosa que evitó la tobera 4 al incendiarse de nuevo.
«¡Alerta, fuego en el 4!»

—¿Fuego? ¡Voy a morir!
La IA estaba… ¿asustada? Ambos pensaron que así era, pero ¿por qué? ¿Por un simple fogonazo en una tobera a ras de suelo? Aquello no tenía sentido, pero con el paso de los días se dieron cuenta de algo: ¡Nell era hipocondríaca! Cualquier fallo le parecía una catástrofe. Razón por la que las broncas entre ella y Shad eran continuas, saltándose en su transcurso todas las reglas cuando Shad amenazo con sacudirle una hostia al interfaz con un martillo y esta le aplicó una descarga eléctrica en el culo, tal y como le había advertido en repetidas ocasiones tras re-configurar la sonda que Shad le había instalado a la bola para que esta pudiera medir los niveles de CO2.

—Ya está, te voy a apagar y me aseguraré de enterrar tu núcleo bajo una montaña de estiércol, maldita chatarra —le terminó diciendo Shad, harto de la demencial situación mientras Nanelia le examinaba el trasero en busca de quemaduras.
—¿Ah, sí? Pues dame un segundo.
Asustada, la joven pareja se alejó del chisporroteante puente sin entender qué demonios estaba sucediendo, temiéndose Shad que la muy cabrona pretendiese autodestruirse. Sin embargo, la calma regresó enseguida entre las carcajadas histéricas de un núcleo luciendo en amarillo chillón.
—¿Bajo una montaña de qué? Me acabo de fusionar por completo con esta basura de nave tuya, así que intenta
desconectarme ahora si tienes huevos.
Shad había tenido suficiente. Estaba agotado y, sin más, se dejó caer en su asiento, el del piloto, poniendo cara de disgustado.
—¿Te vas a poner a llorar, esmirriao? ¡Ja, ja, ja! ¡Lo que me faltaba!
Harta de la situación, Nanelia expulsó a su chico del asiento para sentarse ella, ordenándole irse a dar un paseo por el campo mientras ambas tenían unas palabras. Por la mirada que le lanzó su chica, Shad tuvo muy claro que estaba verdaderamente cabreada, así que en silencio las dejó a solas.
Durante casi tres horas, el pobre caminó sin rumbo por la vasta propiedad familiar, deteniéndose tan solo unos pocos minutos bajo la sombra de los enormes árboles que había cerca del estanque donde se divertían los días de más calor, lamentándose por su mala suerte.
—«Shad, estómago basculante. Shad, cacho de carne. Esmirriao, ¡esmirriao!» —gritó para sí mismo, dejando salir toda la rabia en tanto lanzaba piedras al estanque, sin hacer mucho caso a su comunicador hasta pasado un rato.

«Vuelve al granero, ya».
La escueta orden de Nanelia emitida mediante un simple pings a su pulsera, dispositivo de comunicaciones empleado por toda la población de Akir ya fuese rico o pobre, fue cumplida a rajatabla recibiendo ambos una llamada al orden por parte de la muchacha bien clarita y con toda la mala hostia que pudo desplegar.
—Nada de insultos, desprecios, golpes, descargas o amenazas, ¿os ha quedado claro? Nell, tú le indicarás esos defectos a Shad y él los irá corrigiendo. Escuchadme: ¡os guste o no, ahora formáis equipo, así que aprended a comportaros, joder, o quien se pondrá a repartir hostias y descargas seré yo!
Capítulo 4
Los siguientes días fueron, entre ambos contendientes, algo más tranquilos pero agotadores para el joven ingeniero técnico, ya que la lista de cosas a reparar o reajustar ¡parecía no acabarse nunca! Con frecuencia rozaba el absurdo, ya que la IA pretendía que reparase cosas tan inútiles como el goteo de un grifo en el baño porque, según ella, el sonido era una tortura insufrible para sus sensores de audio o el ajuste del brillo de los holos por el bien de sus ojos cuánticos.
Siguiendo la petición de sus padres y de Nanelia, Mol se pasaba horas enteras dentro de la nave haciendo como que jugaba en su habitación, en tanto los mantenía controlados pasando luego un informe de lo observado a cambio de golosinas. Una tarde, la niña le pidió a su hermano que la bola de la interfaz pudiese flotar por su cuarto y que hubiese música saliéndose con la suya como siempre gracias a esa irresistible mirada que también sabía poner.
—¿Cuándo podrás volar, Nell? —preguntó la pequeña.
—¿Volar? Con lo cómodo que es el suelo—. Le contestó el núcleo desde el pasillo en tanto Shad pensaba donde colocar un par de altavoces y el maldito raíl en aquel diminuto dormitorio.

Sentado en el puesto del piloto, Shad estaba concentrado si hacer caso a nada ni a nadie pensando en cómo resolver de una vez por todas, el problema de la tobera 4 aprovechando que su peor pesadilla, Nell, estaba pasando un rato con su hermana en su cuarto poniéndole música de lo más antigua.
—¿Ozzy Osbourne? ¡Vaya! No sabía que Nell tuviese tan buen gusto musical —le comentó su madre, Morwen, sonriendo como si supiese algo que él no. Aquello siempre lo ponía nervioso, ya que solía significar que se había metido en algún lío, pero esta vez se equivocaba por completo; tras decirle aquello, su madre ordenó a sus hijos dejar lo que estuviesen haciendo en ese mismo momento para acompañarlos a la casa de Cowboy.
—Aún tengo que revisar los reguladores de plasma…
—… Pues que se esperen. Y ahora ponte algo de ropa limpia, que nos vamos.
A regañadientes, Shad obedeció.
En cuanto el AirCar familiar de nueve plazas se posó frente a la casa de su padrino, se preguntó qué demonios habría bajo aquella gigantesca lona azul que ocupaba el patio abriendo los ojos de par en par unos pocos minutos después cuando Cowboy con ayuda de su padre la retiraron.
—¡Pero si es tu CL-32!
—Así es, Shad. Una nave donante —le explicó Cowboy sin sacar las manos de los bolsillos, lo cual era rarísimo en él, ya que le gustaba gesticular demasiado en tanto hablaba. —Según los mata sanos, mis días de volar se acaban de terminar. Así que, como está tan hecha mierda como yo, te la regalo para que aproveches de ella lo que puedas.
Emocionado, Shad le estrechó la mano a su padrino de nacimiento, dándole las gracias de corazón por su inesperado regalo pasando luego ambos a apartarse un poco para poder hablar a solas un momento sobre el dictamen médico que el veterano acababa de recibir.
—¿Neuroesclerosis sintética?
—Una jodienda, chico. Por lo visto, mi cerebro está rechazando mis implantes cibernéticos, y eso solo significa que no me queda mucho. Así que va siendo hora de deshacerme de cosas que ya no voy a poder usar.
Acongojado, Shad le dio un fuerte abrazo, sorprendiendo al propio Cowboy. Le dio las gracias en repetidas ocasiones antes de liberarlo y regresar los dos a la vivienda, donde los esperaba el resto de la familia para comer. Pasaron un día de lo más agradable con el viejo Cowboy, logrando hacerlo sonreír a pesar del funesto diagnóstico. La velada concluyó con el ofrecimiento de que, si era necesario, le podían preparar una habitación para él en la casa de la granja, cosa que el veterano aceptó tras hablar a solas con Ryd y Morwen.
Pronto, aquella nueva unidad de carga acabó aparcada junto a Nell, desatando toda clase de disparatadas dudas conspiranoicas en la IA, teniendo el propio Cowboy que explicárselo.
—¿Piezas? ¡No me jodas, cacho de carne! Y supongo que tras pegármelas con cinta americana querréis hacerme volar o llevarme al jodido espacio a dar un voltio. ¿Acaso sabéis lo que la radiación ionizante le hará a mi chasis? Por no hablar del frío, la oscuridad, los micro proyectiles y toda clase de maleantes armados hasta los dientes que siempre andan por ahí buscando naves que despiezar—.

—Y a todo eso súmale los nervios y el vértigo. Cosas de las que sabe mucho mi puñetero estómago —añadió Shad mientras hacía un repaso rápido a los diagramas de las toberas para ver como desmontarlas.
Mientras tanto su padre, Ryd, haciendo lo propio que su hijo mayor pero de forma visual se preguntaba mentalmente cómo era posible que su hijo fuera tan pesimista y lastimero, a pesar de habérselas ingeniado en el pasado para ser condecorado en dos ocasiones en misiones críticas de rescate, entrando y saliendo con su nave de lugares completamente inaccesibles incluso para él mismo.
—Oye, ahora que tienes repuestos oficiales… no me vendrían nada mal unas mejoras —sugirió Nell, interrumpiendo los pensamientos del chico emitiendo una gama de colores amarillos que le daban mala espina. —Ya sé que este cuerpo civil está diseñado para cargar grano y cosas así, pero si me haces caso, podríamos hacer mucho más.
—¿Y ahora qué? Está bien, te escucho —le respondió Shad con voz cansada, apoyándose en el fuselaje.
Capítulo 5:
Sador
Toda su vida había sido una continua guerra, bien contra los caza recompensas que deseaban cobrar la enorme suma ofrecida por el Gobierno Conjunto por su cabeza, o bien contra su propia familia, todos ellos ansiosos por despojarlo de su derecho de nacimiento. Ya fuera a través de un accidente provocado, denunciando su paradero ante las autoridades o envenenándolo; estuvieron a punto de lograr esto último muchos años atrás, cuando aún era joven. Y es que en juego estaban, entre otras cosas, la dantesca fortuna familiar acumulada durante aquellos trescientos años terrestres que duró el Imperio Malmori sobre la humanidad y las tremendas ansias de recuperar el poder que todos sus familiares y él mismo tenían.

Aunque de aquel intento de asesinato salió con vida, su salud se vio muy mermada dada la gran toxicidad de la sustancia empleada. Desde entonces, se veía obligado a permanecer conectado a un respirador acoplado a su espalda que le suministraba oxígeno a través de sendos conductos, bien sujetos a sus maltrechos pulmones… unos pulmones donados forzosamente por el mismísimo culpable de su envenenamiento, al igual que otros órganos.
A pesar de todo, Sador se negaba a rendirse y, con furia ciega en tanto su esposa gastaba sin parar de planeta en planeta, pretendía restablecer el Imperio vaciando las arcas familiares para costear la construcción de aquella magnífica flota dron y sus factorías de ensamblaje montadas en las naves de mayor tamaño. Toda la armada estaba comandada por la Cabeza de Martillo, la nave de combate más avanzada jamás creada por el hombre, aunque esta guardase un terrible secreto: los elevadísimos niveles de radiación de microondas emitidos por el novedoso sistema de ocultación cuando este se encontraba en pleno funcionamiento.

«¿Qué es la salud comparada con la meta? Nada, solo la excusa de los débiles y los cobardes». Esas eran siempre las últimas palabras que escuchaba todo aquel médico o subordinado ingenuo que se atrevía a insinuarle que depusiese su actitud y regresase a casa para ser atendido como debía ejecutándolos sin más ante sus oficiales en el puente de mando, disparándoles en la frente con su arma personal: un revólver Colt Peacemaker de 1873.
El gran señor del mundo ordena al viento soplar.
El viento se ríe en su cara y se va a refrescar al mar.
El rey gritó con fuerza: ¡Yo mando en esta nación!
Pero una paloma traviesa le ensucia todo el sillón.
Recitó a los presentes a voz en grito, antes de dar la orden de avanzar con toda la flota sobre su siguiente objetivo: el Sistema Akir.
¿Llegaran a un entendimiento o los veremos resolver sus diferencias en el cuadrilátero, Nell con su sonda y Shad con…? Ni puta idea ¿alguna sugerencia?
Próximamente si es que logro burlar a los del psiquiátrico, la segunda parte.
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