La noticia corrió por el pueblo como corre el agua cuando se rompe un jagüey: sin permiso de nadie. Mamá Isaura había muerto a la hora de la siesta, cuando el calor aplasta hasta a las gallinas y los perros se esconden bajo los almendros. Ochenta y tres años tenía. En ese tiempo había enterrado a un marido, a dos hermanos, a un nieto que no llegó a caminar, y —según decían las viejas del patio— a más de un secreto que se llevó envuelto en el pecho como quien guarda un santo bajo la ropa.
Esa misma tarde empezaron los preparativos para la fogata.
Era una costumbre más vieja que el pueblo mismo, de esas que nadie sabe explicar de dónde vinieron pero que todos obedecen como si las hubiera dictado el propio río. Cuando alguien moría, cada pariente escribía en un papel el peor recuerdo que guardaba del difunto —una palabra dura, una traición, un silencio que dolió— y esa noche, alrededor de una hoguera comunitaria, los papeles se quemaban uno por uno. El humo subía derechito hacia la luna, dicen, y con él subía también lo malo. Al otro día, el pueblo entero amanecía recordando solamente lo bueno. Así de simple, así de terrible.
—Es que el fuego limpia el duelo, Chepo —le decía su prima Custodia, mientras acomodaba las sillas plásticas alrededor del solar—. Uno queda liviano. Uno queda en paz.
José María —Chepo, para todo el mundo, porque el cariño en ese pueblo siempre encontraba una manera más corta de llamar— tenía sesenta y un años y una hoja de papel doblada en el bolsillo de la guayabera, arrugada de tantas veces que la había abierto y vuelto a cerrar con sus dedos arrugados de uñas amarillentas.
Se encerró en su cuarto cuando el pueblo empezó a llenarse de gente que traía flores, cirios, botellas de ron y acordeones envueltos en pañoletas, porque hasta el duelo, en ese pueblo, se acompañaba con música, como para despertar a los mismos muertos. Por la ventana entraba el olor dulzón de los azahares del patio de Mamá Isaura, mezclado con el humo de las velas que ya empezaban a encenderse en el zaguán.
Chepo se sentó en el borde de la cama y dejó que el recuerdo lo tomara, como toma el río a quien se descuida en la orilla. Pero no se dejó ir del todo. Llegó hasta el borde y se detuvo, como quien toca una cicatriz y retira la mano. No necesitaba revivirlo completo. Llevaba décadas cargándolo; sabía bien su peso, su forma, su temperatura exacta.
Estaba muy joven cuando conoció a Rosario y se enamoró de ella. Ella era rubia, de ojos claros como agua de arroyo, y él era de piel oscura, de labios gruesos y dientes de marfil, de una familia que había cargado en la memoria los tambores de otro continente. Se querían de verdad, eso Chepo nunca lo dudó, ni siquiera después, cuando el mundo se volvió más pequeño y el amor tuvo que esconderse detrás de los trapiches, entre los cañaduzales, bajo la luna que no le preguntaba a nadie de qué color venía.
Rosario quedó esperando. El parto llegó una noche de mucho viento, y la comadrona no pudo hacer nada: Rosario se fue con el alba, dejando en los brazos de Mamá Isaura a un varón que lloraba con la fuerza de quien no sabe todavía que ha llegado a un mundo en guerra. Joselito, lo llamaron, como el papá
El país, en esos años, estaba en guerra de la peor manera: la que se libra entre vecinos.
Fue apenas unos días después cuando el pueblo escuchó, antes de verlas, las botas. Los hombres del gobierno —los godos, como los llamaba la gente, con la boca torcida— venían registrando casa por casa, buscando lo que fuera para justificar lo que ya habían decidido hacer. Mamá Isaura, que para entonces había enterrado a un marido y aprendido que la prudencia también se hereda, alcanzó a esconder a sus hijos bajo las tablas sueltas del piso de la cabaña, en ese hueco que servía de despensa y que esa noche sirvió de refugio. Todos cabían. Todos, menos el silencio.
Joselito lloraba con la furia de sus pocos días de vida, sin entender que su llanto podía costarles la existencia a los seis cuerpos apretados en esa oscuridad de tierra y tablas.
Chepo, desde su escondite, no vio lo que pasó. Solo lo sintió: el cuerpo de su madre tensándose como una cuerda de tiple, su mano buscando en la penumbra la cara pequeña del bebé, el silencio que de pronto se hizo total. Después, cuando las botas se perdieron en el camino, ella no soltó el cuerpo. Lo apretó contra su pecho como si pudiera devolverle el aliento con la fuerza de sus brazos, y Chepo la vio llorar en silencio —un llanto que no hacía ruido, que era solo la boca abierta y los hombros temblando— y supo que ese llanto no era de tristeza, sino de algo peor: de haber conocido el límite exacto de lo que una persona puede hacer para seguir viviendo.
Él la odió durante años sin decírselo nunca. La odió en silencio, con ese odio que se sirve en la misma mesa donde se sirve también el amor, porque no había manera de separar los dos sentimientos: la misma mujer que le había apagado al hijo era la que lo había salvado a él, y a sus hermanos. Sin esa mano que buscó en la oscuridad, no habría quedado nadie para contar la historia.
Con los años, el odio se fue gastando como se gasta una peña bajo el agua del río que encuentra su forma definitiva. Chepo entendió, ya adulto, que su mamá no había elegido entre dos males con la cabeza fría de quien juega ajedrez: había elegido con el cuerpo, en el segundo exacto en que el cuerpo decide por uno. Y que después de esa noche, ella jamás volvió a nombrar al niño, ni a llorarlo en público, ni a pedir perdón, porque el perdón hay que pedirlo con palabras y a Mamá Isaura las palabras para eso se le habían muerto también.
Pero eso, Chepo nunca lo había dicho en voz alta. Ni a sus hermanas, ni a sus hijos, ni a Custodia que ahora tocaba la puerta con los nudillos suaves de quien ya sospecha la respuesta. Algunas verdades solo caben en el pecho de quien las vivió.
—Chepo, todos están esperando.
—Ya voy —dijo, y salió.
Se acercó a la hoguera. El calor le llegó a la cara como una bendición áspera. Vio a sus primos y sobrinos arrojando sus papeles doblados, vio cómo el fuego los recibía sin hacer preguntas, vio subir el humo derechito hacia una luna que esa noche estaba llena, testigo antigua de otras noches menos amables.
Custodia fue la primera en quemar su papel. Después los hermanos de Chepo, uno tras otro. Cada llama que crecía parecía aligerar el aire, y el pueblo respiraba más hondo mientras lo malo se iba con el humo. Chepo veía las caras de sus parientes, cómo sus hombros se soltaban, cómo sus ojos se volvían más claros. El fuego cumplía su oficio como siempre.
Chepo metió la mano en el bolsillo de la guayabera y tocó el papel. Estaba doblado con cuidado, lleno de sentencias terribles. Apenas había podido poner en tinta lo que llevaba dentro porque su recuerdo malo no era una acción que cupiera en una frase, sino una ausencia: el silencio de Mamá Isaura durante muchísimos años. Ella nunca habló de esa noche, nunca pidió perdón, nunca le dijo a Chepo que también ella cargaba con el niño muerto en algún rincón de su memoria. Su pecado no había sido apagar un llanto para salvar a los demás. Su pecado, para Chepo, había sido no compartir el peso.
Pero ahora, frente al fuego, con la mano sobre el papel en blanco, Chepo entendió algo que no había querido ver antes: que el silencio de ella no había sido olvido, sino la única manera que encontró para que sus hijos no cargaran también con lo que ella cargaba. No les había dado la verdad porque sabía que la verdad tenía dientes.
Cuando el fuego empezó a bajar, ya entrada la madrugada, los parientes se iban retirando con la lentitud de quien ha soltado un peso. Custodia se acercó a Chepo y lo abrazó sin preguntar.
—¿Ya estás más liviano, Chepo?
Él la miró. Quiso decirle que sí. Pero no era cierto.
—Estoy como tengo que estar —dijo.
Caminó de vuelta a la casa de Mamá Isaura, que ahora era solo la casa de él y sus hermanas, y se sentó en el patio donde ella solía podar los azahares.
Pero el alivio no llegó esa noche, ni quizás nunca. Y eso estaba bien. Porque algunos recuerdos no se cargan para aliviarlos, sino para que no se pierdan.
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