Efectivamente, Fátima tenía frente a sí a un unicornio.
Se trataba de una criatura singular, imponente y magnífica, cuya sola presencia bastaría para cautivar hasta el más inconmovible de los espíritus.
Un alargado cuerno negro coronaba su nívea testuz, irradiando una pálida refulgencia semejante al brillo de las luciérnagas.
De forma tímida, Fátima extendió su mano izquierda hasta el lomo del animal, convirtiéndose aquel primer contacto vacilante en una serie de caricias, a las cuales el unicornio respondió apenas con una acuosa mirada cargada de mansedumbre.
Guiada por un imperioso anhelo, la niña se subió entonces a lomos de esa bestia fabulosa, que al instante se echó a galopar, perdiéndose en medio de la noche.
Fátima reía con deleite mientras el unicornio se iba alejando, sintiendo que dejaba tras de sí todo dolor, miedo y desesperanza…
Atrás quedaba también, entre unos escombros humeantes, el pequeño cuerpo de una chiquilla, cuyos brazos inertes permanecían todavía abrazados a un raído caballito de trapo.
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