Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo XV)

Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo XV)

Cata Lina

06/10/2026

CAPÍTULO XV: Querida mamá

Cuando mamá volvió a casa de esa primera internación recibía la visita casi diaria de Haydeé, la esposa de Ernesto, el encargado. Matilde se acostumbró a su presencia y disfrutaba de la charla. Podían hablar por horas.

Él era muy especial, un carácter fuerte, pero amable. Siempre tuvimos muy buena relación. Tanto que cuando se jubiló pensamos seriamente en mudarnos, el edificio ya no sería lo mismo sin Ernesto.

Luego de esa primera internación la vida continuó casi normal, mamá no salía sola a la calle, pero lo hacía con nosotras. Yo salía del colegio y me esperaba con el almuerzo, en ese momento se había especializado en los fideos con atún.

Yo le contaba todo, charlábamos mucho de cualquier tema. Le gustaba estar actualizada y enterada de todo, por lo que veía muchos noticieros y leía los diarios. Si bien ya estaba mejor en los últimos tiempos de Cochabamba, en el departamento floreció. Se cuidaba el cabello, se pintaba los labios y usaba aros. Le gustaban las uñas pintadas de rojo o rosa y la sombra verde en los ojos. Y se volvió fanática de las cremas antiarrugas y los perfumes. Sweet Honesty de Avon y Prune II, sus favoritos.

Solía decir que salir a la calle sin aros era como andar desnuda.

Le encantaba que le hiciera el skin care: crema de limpieza, tónico y crema nocturna. A la mañana su rutina era lavarse la cara con jabón Dove, se lo recomendaba a todo el mundo. Para su edad casi no tenía arrugas, líneas de expresión sí, pero no tenía patas de gallo.

Poco después de sus ochenta años la diagnosticaron FA, fibrilación auricular, el cardiólogo dijo que por su edad no recomendaba la cardioversión y fue anticoagulada. Tenían que sacarle sangre para saber la dosis de anticoagulante adecuada. Al principio podía ser, una vez a la semana, cada quince días, hasta lograr un chequeo mensual que siempre podía cambiar. Yo avisé en el colegio la situación, esperaba, ingenuamente que siendo un colegio de monjas tuvieran una consideración especial, entendieran que había que llevarla personalmente al Policlínico Bancario para que le realizaran el análisis, que no podía ir sola. Me respondieron: “al colegio no le conviene esto”, ¿a mí me convenía? ¿acaso pensaron que me tomaba un día libre? ¿a mi mamá le convenía?

Mi hermana estaba todavía en el laboratorio, nos turnábamos para no ser siempre la misma la que la acompañara y poder espaciar las ausencias laborales.

Un día estando en una situación cotidiana, me encontraba en el sillón y la vi salir de la cocina con su bastón, su espalda encorvada, con una escoliosis cada vez más pronunciada. Por primera vez la vi vieja, vulnerable. Me entristeció. Fue como un descubrimiento, como si recién me enterara que mamá ya tenía ochenta y seis años, fue un golpe de realidad y el preludio de lo que seguiría pocos años después.

Llegó una segunda internación, en la primavera del 2012. Otra vez una afección bronquial, antibióticos, una semana adentro. Como siempre Mary y yo haciendo turnos de 24 horas, no la dejábamos sola. Nunca la confiamos al cuidado de las enfermeras o mucamas, siempre alguna de nosotras estuvo con ella. Recibía visitas, la alegraban mucho. Pero eran sólo visitas, nadie nos reemplazaba para cuidarla y que nosotras pudiéramos parar un poco. Una sola vez lo hizo su amiga Irma, pero también era una señora mayor y no queríamos abusar de ella, aunque ella estaba dispuesta a ayudarnos y acompañarla.

En realidad, preferíamos encargarnos nosotras, podíamos y sabíamos hacerlo. Nos trajo problemas en nuestros trabajos, algunas personas no entienden tanto cuidado y dedicación, otras personas también se atrevieron a decir que no íbamos a poder darle cuidado de calidad porque “como no estábamos casadas y no teníamos hijos no sabríamos cuidarla, no sabíamos llevar una casa adelante”.

¿Acaso pensaban que mamá se encargaba de la casa, de las compras, de la limpieza, de la comida? Era una mujer grande, lúcida, con ganas, pero grande y nosotras habíamos tomado el mando de la casa hacía muchos años.

Ese fue un disgusto grande, pero al final de cuentas fue mejor saber cómo algunas personas de nuestra familia nos veían y en qué concepto nos tenían. Mamá no se enteró nunca de esto. Cuando no fueron más a visitarla, tampoco le llamó la atención, no preguntó ni se lamentó. Pasó. No lo hablamos. Fue lo mejor.

De esa internación salió con mucha inestabilidad, poco equilibrio, era un peligro que se quedara sola en la casa. Pensamos en buscar a alguien que la acompañara mientras yo estaba en el colegio porque era la primera en volver a casa. Mamá no quería saber nada.

Pedí médico a domicilio porque no pude volver en cuanto la externaron y mi hermana tenía más problemas que yo para seguir faltando. Cuando vino la médica y la vio, le expliqué la situación y que necesitaba tiempo para encontrar a alguien. Me dijo que me quedara tranquila y que buscara a la persona que necesitaba. Me dio el certificado y se fue.

Cuando lo leo me había dado 24 horas de licencia, y tuvo el cinismo de decirme que me quedara tranquila. Mamá me dijo que no me hiciera tanto problema, que fuera a comprar a Famacity un bastón de cuatro patas, que ella sabía que allí los vendían, que lo había visto alguna vez que fuimos.

Se lo compré y ensayó esa tarde y al día siguiente. Volvió a quedarse sola, con la compañía de su bastón. Se recuperó y volvió a hacer las camas y la comida del mediodía. Y tres meses después nos fuimos con bastón y todo a Mar del Plata.

Mi prima Elisa decía: “ustedes están locas”. No sé, tal vez, pero fue una hermosa locura. Mamá estaba feliz, fue con su bastón una vez a la playa, al teatro, caminaba lento por la peatonal San Martín. Elegimos un Apart Hotel con vista al mar, piso 11, un pequeño departamento de un ambiente con tres camas, baño y cocina. Hacíamos las compras y concurríamos a las playas del centro. Mamá fue una sola vez, no le gustaba caminar sobre la arena, le resultaba dificultoso. Pero el departamento tenía un gran balcón desde donde podía ver el mar y el muelle de los pescadores.

Mary y yo salíamos a pasear o a la playa y ella se quedaba solita, con un celular por si nos necesitaba, con los datos de la recepción, con frutas para almorzar y su mate y algo rico para la merienda. Era su nuevo departamento en Mar del Plata y estaba feliz. Aunque estuvo más adentro que afuera, no quería salir porque se cansaba. Le dije si realmente estaba contenta, si lo pasaba bien, quedándose tanto tiempo en el departamento, sola, sin ir a la playa, me dijo: “Pero no ves lo lindo que es esto, tomo mate mirando el mar”. Le alcanzaba sólo verlo para sentirse feliz.

Pasaron muchas cosas desde que comenzamos a vivir en Boedo: yo me recibí y entré a trabajar en el colegio, Mary fue despedida del banco y entró al laboratorio, luego al colegio. Martín, el hijo de Elisa, se fue a vivir primero a Londres y finalmente a Barcelona, donde aún está. La tía Angélica murió. Nuestras vecinas, tan queridas, fueron muriendo también, quedó sólo la hermana del primer piso, Yolanda, que en esos años también enviudó. Murieron los tíos Tito, Betty y Pascual.

Todas las pérdidas que se iban sucediendo, la afectaban, la entristecían. ¿Cómo no? Si había compartido tantos años, tanta vida con todos ellos. Lo de la tía Betty le dolió especialmente. Dos días antes de morir llamó por teléfono a casa, yo atendí y hablé un poco con ella. Le pasé la llamada a mamá, era el aniversario de la muerte de papá, la tía lo había recordado. Hablaron, recordaron, compartieron. Cuando le dije que Betty había muerto le pregunté si quería ir a despedirla, no pudo. Lloró. Le costaba mucho salir y le costaba, aún más, decir adiós a alguien que quería mucho. Mi hermana y yo fuimos y ella se quedó sola, llorando.

Y murió el tío Coco. Mucho tiempo sin verlo, hablaban algunas veces por teléfono, seguramente cuando estábamos trabajando. Me comentó sobre estas llamadas en varias oportunidades. El tío le contaba cómo se sentía y compartía con ella, aunque no se veían.

Llamó la tía Ñata para avisarle que Coco había fallecido. Matilde me lo contó muy triste, para ella era un dolor muy grande. Ñata le dijo que había podido hablarle por teléfono y que le había hecho bien porque sentía que había podido despedirse de su hermano. Mamá me dijo que ella también había llamado, le dijeron que descansaba, que no lo podían molestar.

Le digo a mamá que me parecía lógico, que si ya habían hablado en otros momentos mientras él estaba enfermo, era posible que no se sintiera bien, que estuviera durmiendo, descansando. Me dice: “Pero con Ñata pudo hablar, conmigo no”, y lloró. Su primo hermano más hermano murió y “Matine” lloró. Recuerdo abrazarla, me atravesó su dolor. Rezó por él y lloró.

En el verano del 2016 fuimos nuevamente al mismo Apart Hotel, para mamá era su departamento, su balcón con vista al mar para tomar mate por la tarde. Para nuestra sorpresa ese verano hizo de todo. Alquilábamos una sombrilla cerca del camino de madera en la playa frente al hotel para que llegara más fácilmente, fue varios días. Caminó por la peatonal San Martín, fue al teatro y luego a cenar afuera ¡nunca quería hacerlo! comió pollo con papas fritas y un bombón escocés como postre, también aceptó otra cena en el restaurante del hotel, amplió sus caminatas por las calles laterales y por la calle Rivadavia, todo con paso lento. Disfrutó mucho la ciudad. Fue su último verano allí. Ya no pudo volver. De alguna manera en ese viaje se despidió de la ciudad de sus sueños.

En mayo de 2017 me enfermé de bronquitis y estuve casi una semana en cama con licencia médica. Mary se encargaba de la casa porque yo estaba en cama. Después del feriado del 25 de mayo volvería al trabajo. Trataba que mamá estuviera lejos, por temor a contagiarla.

La noche del 24 Matilde entró a mi habitación. Recuerdo su bella sonrisa, acompañada con su bastón. Yo la eché, le pedí que se fuera, que podía contagiarse. “Sólo te quería saludar antes de irme a dormir”, insistió en preguntarme si estaba bien. Lo estaba, no en óptimas condiciones, los médicos laborales no esperan a la recuperación total, había que volver.

Me saludó de lejos, no la dejé acercarse. Se fue al baño sola, como de costumbre. Se escuchó un ruido fuerte. María del Pilar corrió hacia el baño, yo me levanté para ver qué había pasado.

Mamá se había caído. No la pudimos levantar. Era como un peso muerto. No había perdido el conocimiento, pero no supo explicar qué pasó. ¿se mareó? ¿se tropezó con algo? No supimos ni sabemos.

Llamamos una ambulancia. Vinieron. La levantaron. Por su anticoagulación había que controlarla si sufría un golpe fuerte. Fue con mi hermana, le hacían unas placas por precaución y análisis para controlarla, después de eso volverían a casa.

Unas horas después Mary me llama al celular y me dice: “queda internada, le encontraron algo en el pulmón cuando hicieron la placa”.

Era la historia de siempre. Su pronunciada escoliosis le traía problemas pulmonares. Me levanté. Se había terminado el reposo. Volvíamos a estar preparadas para ella.

Esa internación fue nefasta. La destruyeron. Bajó más de 10 kilos que nunca pudo recuperar. La comida era horrible. Mezclaban en el mismo plato carne, verduras, fideos o arroz, todo junto, sin sal. Como una sopa espesa. Al verlo daba la impresión de que fueran las sobras de varios platos.

Mamá apenas comía en el desayuno y la merienda, el té y las galletitas con mermelada. No quería comer otra cosa, quisimos llevarle comida de casa, pero no quería, no podía comer, le tomó asco a los alimentos.

Le pusieron un suero. Como siempre estuvo una semana. Día a día se deterioraba más y más. No podía levantarse y su bastón ya no alcanzaba. Un kinesiólogo le hacía hacer ejercicios y el día que pudo sentarse en la cama fue un logro enorme. Una alegría porque era una mejoría y una gran tristeza porque no era la Matilde que entró a saludarme esa noche antes de la caída.

Mi madre estaba muy angustiada y triste. Yo tomé la decisión de tomar un mes sin goce de sueldo en el colegio, llamé y hablé con la Hermana rectora. Quiso convencerme, pero mamá era mi prioridad en ese momento. Lo aceptó, no le quedó otra.

Yo hablaba por celular desde el pasillo, entré en la habitación y le dije que me quedaría con ella todo junio. Para acompañarla hasta que se recuperara. Recuerdo su cara cuando me escuchó, su expresión cambió por completo, su gesto preocupado y tenso se disipó, se alegró, sobre todo se calmó. Ella era consciente de que no podía estar sola y no quería tener a nadie extraño.

Su carita de ese día es un recuerdo imborrable. Junio de 2017 fue un mes muy difícil, para mí fue agotador y agobiante, pero lo volvería hacer mil veces más.

Cuando llegamos a casa, estaba muy débil. En cama, sin apetito, con bajo peso, sin fuerza en las piernas para sostenerse. Mary volvió al trabajo y yo me quedé con ella todo ese mes. Venía una kinesióloga que mandaban del Policlínico, una chica muy joven. Nos dijo que le compráramos un andador.

Cuando terminaron las sesiones, la contratamos de manera particular. Trabajó mucho, muy duro, y pudo volver a caminar. Su bastón dejó la escena para dar paso a su nuevo acompañante, el andador.

No queríamos que se quedara sola, pero a ella la aterraba tener a alguien. Una de sus compañeras de OSCUS se rompió la cadera y cuando volvió a su casa contrataron una cuidadora, de una empresa, una chica muy joven. Pocos días después de empezar a trabajar, abrió la puerta a sus cómplices. La golpearon para que dijera si tenía dinero y joyas. Su hija terminó internándola en una clínica para su recuperación y de ahí a un geriátrico. Nunca volvió a su casa, a sus actividades, a su vida normal. Poco tiempo después murió.

El miedo de mamá era justificado, nosotras también estábamos asustadas y preocupadas. Pero la opción de quedarse sola era compleja y peligrosa. Para ese entonces ya teníamos nuevo encargado, Javier, un muchacho joven que llegó al edificio con su mujer y su hijo pequeño. Junio terminaba y yo debía volver. Le pedimos que subiera a verla cada tanto. Mamá lo apreciaba mucho y las veces que fue a verla tenían largas conversaciones.

En una ocasión cuando llegué del colegio estaban juntos charlando en el living, él se fue y mamá dijo: “Que vida sufrida tuvo este chico”. No dijo más, yo pregunté, pero ella prefirió no contar, era la vida privada de Javier y decidió respetarla.

Al principio fue bastante estresante saber que muchas horas estaba sola, pero de a poco estaba más recuperada, con más fuerza con más ánimo. Comenzó a tejer de nuevo. La comida era un problema, hasta que encontramos la solución: comida chatarra. Controlando y estudiando las etiquetas de los alimentos para no pasar de un gramo de sal diario que era lo que el médico había autorizado. Teníamos una adolescente de 91 años para cuidar y alimentar. Muchos remedios que a veces, no quería tomar.

Pasaron los meses y llegaron las vacaciones, desde ese momento ya no hubo más Mar del Plata. El andador no tuvo la misma suerte que el bastón y no pisó la arena. La única opción que teníamos era quedarnos en casa con ella. No digo que no lo haya sentido, que no haya extrañado salir a la playa, pero mamá nos necesitaba con ella y la única opción posible era quedarnos en casa.

Siempre lúcida, activa, con su andador acompañándola por el departamento. A veces lo dejaba a un costado, lo “estacionaba” y seguía caminando sola, “suelta”. Cuando la veía le decía que no se separara de él, que era su sostén. Pero se sentía bien y lo olvidaba. Hasta que le encontró otras funciones: perchero, cargador de bolsas cuando cambiaba de un ambiente a otro y, especialmente, sostén de la madeja de lana para hacer un ovillo. Seguía tejiendo. Viendo la tele. Las novelas, los programas políticos y noticieros, eran sus preferidos.

El 2 de enero de 2018 salí a almorzar con unas amigas, primer encuentro del año. Cuando vuelvo a casa, entusiasmada, les cuento a mi mamá y a mi hermana que habíamos proyectado con una de ellas un día en Colonia, Uruguay. Matilde se levantó sin decir nada y fue a la cocina. Era la hora de la merienda. Tardaba mucho. Demasiado. Fui a ver qué pasaba.

La encontré confundida, pensando que estaba en el baño, no reconociendo el lugar donde se encontraba. Llamé a mi hermana. En esos momentos, que no fueron muchos, yo me tildaba. Me desesperaba.

Le había dicho a la Virgen cuando tuvo su primera internación a los 79 años que no podría con eso, con cualquier cosa menos eso.

Mi hermana podía mantener otra calma. Fue hasta la cocina, la llevamos al baño y después al dormitorio. Mary comenzó a hablar con ella, a hacerle preguntas, estaba ubicada. Pensamos, todo pasó. Y lo dejamos pasar. Lo olvidamos. Yo necesitaba olvidarlo, ignorar esa señal, estaba bien, necesitaba que estuviera bien.

Pero terminando enero, otro episodio similar. En el dormitorio, no sabía dónde estaba. No podía hablar bien, ante una pregunta respondía con algún sonido gutural, no podía decir nuestros nombres. Llamamos una ambulancia. El médico le restó importancia porque cuando llegó la interrogó y hablaba bien. Igual que a principios de mes, un episodio aparentemente aislado. Insistimos en que queríamos una evaluación más exhaustiva, que la lleváramos al policlínico. Le pedimos a mamá que dijera nuestros nombres. Pudo decir el de mi hermana, pero el mío no.

Le digo al médico, que vea la situación, que no era normal. Fue un momento muy tenso, él insistía en que no la trasladaría. Mi hermana reaccionó, lo increpó y él, cedió.

La llevamos con la ambulancia. Fuimos con ella. La ingresaron por la guardia, la ambulancia se fue y quedamos solas. Los médicos que la atendieron no nos dejaban verla ni nos informaban nada. Pasaron horas. Sentadas en la sala contigua. Asomándonos para preguntar cómo estaba. Que nos dijeran algo.

Yo presentía una internación, nuevamente una semana o el tiempo que fuera adentro con ella. En turnos de 24 horas. Con la tranquilidad de estar de vacaciones y no tener que explicar la ausencia en el trabajo. Un problema menos.

Un médico sale a hablar y nos dice que la están evaluando, que no podía decirnos nada todavía. Le digo que una de nosotras se iría y volvería por la mañana, ya había empezado a anochecer. El doctor me responde enérgicamente: “No, se quedan las dos”. No entendía el por qué. No nos explicaban. Sentí miedo. Tratamos de descansar recostándonos en las sillas de esa sala de espera que avanzando la noche estaba cada vez más silenciosa y vacía.

Mi hermana se sintió mal. Me dice que no podía más, que necesitaba descansar, recostarse en una cama, se la veía mal. Hacía ya un tiempo le habían encontrado una fibrilación auricular y estaba anticoagulada. Tenía las piernas muy hinchadas y con sus antecedentes cardíacos, sentí más miedo aún.

Le dije que se fuera, que yo me quedaba sola con mamá, que estaba tranquila, que el policlínico me daba seguridad porque estaba atendida. Todas excusas para que se fuera. Le insistí en que prefería que descansara para suplantarme después si quedaba internada. A esa altura la internación era algo seguro.

En la madrugada me dejaron pasar a verla, me acerqué con mucho temor a su cama. Me saludó y me reconoció. Me sentí feliz, tranquila, pensé que había pasado lo peor.

Tuvimos un diálogo normal que me calmó. No me preguntó por Mary y yo no se la nombré. En un momento me dice: “Mirá esa mujer como tiene los pelos parados”. No había nadie. Me desmoroné.

Mi pesadilla se hacía realidad.

Unas horas después nos asignaron una habitación. Le aviso a mi hermana. Le digo que me quedaría yo con ella todo ese día. Que descansara y me reemplazara después. Pasé cuarenta y ocho horas en el policlínico, más de veinticuatro sola con ella. Ya había comenzado mi cumpleaños. El peor de mi vida.

Le hicieron una resonancia cerebral y me habían dicho en guardia que era normal, la médica de piso me dice que tenía rastros de varios infartos cerebrales. Le digo que en guardia me dijeron otra cosa, me dice que no. Que en realidad era una resonancia normal para sus 92 años.

Yo estaba sola, asustada, preocupada por mi madre y mi hermana, no estaba para ambigüedades. Normal es normal.

Durante mi cumpleaños, en esa habitación, a solas con mamá, vivimos momentos cada vez más extraños. Me reconocía, sabía quién era yo. Pero todo el tiempo sentía ruido de agua, de lluvia. Me pedía que descolgara la ropa. Movía las manos frente a su cara como si espantara moscas.

Le pedí a mi hermana que descansara, que yo podía seguir sola. No daba más de cansancio, miedo, angustia y tristeza. Me sentía agotada y atrapada. Pero nunca la dejaría sola, me quedé con ella todo el tiempo y mi hermana llegó por la tarde del dos de febrero. Me fui a casa. Encontré sobre la cama el regalo de cumpleaños que mi hermana ya tenía preparado. Dos blusas. Nunca pude usarlas.

Estuvo, como de costumbre, una semana internada. Con Mary nos turnamos, el descanso le permitió recuperarse. La evaluaron clínica y neurológicamente, insistían con que todo era normal para su edad.

Decidieron quitarle la anticoagulación y medicarla con quetiapina, en una dosis baja. La médica dijo que eso la ayudaría a “ordenar la cabeza”.

Cuando quisieron mandarla a casa, yo pedí hablar con la hematóloga que la había anticoagulado. Hacía más de diez años que le habían diagnosticado una fibrilación auricular y dijeron que la anticoagulación era necesaria para evitar problemas mayores a futuro, que era una protección, que era calidad de vida. ¿Si la fibrilación continuaba por qué sacarían la anticoagulación?

Quedó un día más para poder ver a la hematóloga. Vino hasta a la habitación, me explicó que por su edad correspondía dejar ese tratamiento por su “calidad de vida”. Le digo que es lo mismo que me dijo años atrás, ¿qué había cambiado? Su respuesta fue: “Su edad”. Y siguieron las dos, la clínica de piso y la hematóloga: “Que coma de todo, que coma con sal, con azúcar. Que haga todo lo que quiera”.

Lo sentí como un mensaje para un enfermo desahuciado, habían decidido que ya no trabajarían por su salud.

Llegamos a casa. Nos dijeron que ya no podría quedarse sola. Todavía quedaba algo de tiempo de vacaciones antes de volver al colegio y teníamos que encontrar a alguien.

Una vez en casa, mamá se recuperaba. Siempre había sido así. Aunque sumara alguna dificultad que se integraba a su cotidianeidad.

Empezamos a buscar una cuidadora, mamá no quería, pero, era indispensable. Necesaria. Ya no podíamos dejarla sola.

Una amiga me recomendó a alguien y cuando lo hizo dijo algo que fue determinante: “Si tuviera que buscar a alguien para cuidar a mis padres, sería a ella”. Su nombre: Irma.

La entrevistamos, era la más cara de las que habíamos conseguido, pero la recomendación era de mucho peso y nos generaba confianza.

Se la presentamos a mamá, a mí me preocupaba que la rechazara. Pero Matilde era una mujer muy educada y sabía que era una necesidad para que nosotras pudiéramos ir a trabajar. Se llevaron bien desde el primer momento y eso alivió mucho la tensión que estábamos viviendo.

La quetiapina funcionó como “mano de santo”, seguimos la vida, charlando, compartiendo una película, mamá estaba con nosotras, su cabeza estaba en orden. Hoy siento que en parte fui egoísta, que pedí por mí, no por ella. Pedí por el miedo que me daba verla perdida. Tal vez hubiera sufrido menos, porque tenía una cabeza más joven que su cuerpo. Le costó acostumbrarse a no hacer cosas, a todo lo que le prohibieron después de su primera internación: dejar OSCUS, yoga, las clases en el Dock Sud.

Pedí un turno con su cardiólogo y la llevamos con mi hermana. Le conté todo lo que había ocurrido, los cambios en su medicación y las sugerencias alimenticias.

Yo esperaba que él se indignara conmigo y para mi sorpresa después de escucharme dejó de mirarme, la miró a mamá y le dijo: “Matilde hace lo que quieras, comé lo que quieras. Usá más sal y azúcar, lo que quieras”. La carita de mamá se iluminó, siempre protestaba y extrañaba la sal en sus comidas.

Cuando salimos caminamos hacia el ascensor y me detuve, me paré frente a ella y le dije: “¿escuchaste todo lo que dijo?, olvidate. No sos su mamá, nosotras te vamos a seguir cuidando como siempre”.

La vida continuó, con Irma integrada al funcionamiento de la casa y al cuidado de mamá. Yo la reemplazaba a las dos de la tarde cuando volvía del colegio y nos quedábamos solas. Si bien mamá estaba bien con su cuidadora, le gustaba quedarse a solas conmigo, charlando, estaba lúcida. Bien lúcida.

Llegó su cumpleaños número noventa y tres y como siempre sus sobrinos Elisa y Eduardo vinieron a saludarla. Torta de cumpleaños, regalitos. Gustavo, el marido de Elisa, y Cecilia, su sobrina nieta, también vinieron. Martín le mandó un mensaje desde Barcelona. Habíamos pasado un año duro, estaba delgada, se la veía desmejorada, muchos cambios. Cuando se fueron estaba muy emocionada, volvió a sentarse en su sillón. Nos mira y dice: “Cómo me quieren los chicos”. La emoción la superó y se descompuso. La llevamos a la cama. Estaba agotada.

Yo deseaba que tuviera un médico clínico a domicilio, de manera particular, que le hiciera un seguimiento. Ella no quería volver al policlínico y ya habían dado sobradas pruebas de que no harían nada más por ella. Sentí que se había transformado en una pérdida, no les convenía prolongar su vida.

No era fácil lo que esperaba encontrar, ni siquiera hablo de dinero. Le pedí a su cardiólogo que viniera a verla a casa, que le abonaría la visita, no quiso, dijo que no hacía ese tipo de trabajo. Tampoco me convencía mucho, pero estaba ahí, cercano.

Una vecina tenía un nieto médico y siempre decía que la atendía en su casa, ella nunca se trasladaba, sólo por estudios médicos. Le pedí a ella el contacto para contratarlo, pero no quiso dármelo. Fue muy educada y cordial pero siempre que le sacaba el tema terminaba hablándome de otra cosa. No insistí.

Una amiga me recomendó a un médico cardiólogo. Vino a casa. Fue impuntual, bastante. Pensé que estaba demorado por algún paciente. Llegó acompañado de otra médica, venezolana. Dijeron que tardaron porque se entretuvieron en la tienda de tejidos que se encuentra en uno de los locales de mi edificio. Ella quería comprarse algo que vio y decidieron hacernos esperar en vez de hacer su trabajo y luego ir de compras. El coqueteo entre ambos era descarado.

Le mandó hacer muchos estudios: análisis, radiografía de tórax, ecocardiograma. Le dije que iría al policlínico para ver si conseguía quién me autorizara las órdenes para hacerlos, que hablaría con el cardiólogo. Me dijo: “usted no va a ir a ningún lado, esto se hace particular. Ahora el médico de su mamá soy yo”.

Nos habló de su tarea social, no escatimó elogios para su trabajo, para su compromiso con los necesitados. Terminó la consulta cantándole una canción a Matilde, un bolero, no recuerdo cuál. Resultó ser payamédico. Aparece a veces en reels de Instagram, alguna vez lo vi en televisión.

Había cobrado mucho por esa consulta, mi hermana y yo evaluaríamos si lo contrataríamos o no. Pero la soberbia no lo dejaba ver cuál era la realidad. Que, así como él evaluaba médicamente la salud de mi madre, nosotras evaluábamos su tarea para con ella y con nosotras. No podíamos costear toda la atención particular. Queríamos una consulta cada tanto, a nuestro criterio y necesidad, una guía, no podíamos hacer más. Nunca lo volvimos a llamar.

Seguimos adelante, la casa tenía un ritmo marcado por el trabajo de mi hermana y el mío, por los cuidados y el acompañamiento a mamá y por la presencia de Irma. Matilde fue fortaleciéndose y mejorando día a día, tenía mucha fuerza de voluntad y era una mujer fuerte, tal vez más de lo que ella misma sabía. Tenía ganas.

El 2019 fue un mejor año. Contemplando que era muy grande, adaptándonos y aceptando sus dificultades, los achaques, la lentitud. Pero con presencia viva, atenta, curiosa.

Tenía un fuerte dolor en una rodilla, llamamos médico a domicilio. Llegó una ambulancia con un doctor muy agradable. La revisó y se interesó por ella. Nos inspiró tranquilidad y confianza.

Nos dio su teléfono privado y nos dijo que si necesitábamos una consulta lo llamáramos directamente, que no pidiéramos ambulancia. Obviamente nos pidió discreción porque claramente no era muy ética su propuesta. Trabajaba para una empresa de salud a la que estaba quitándole clientes, digo, pacientes.

Había buscado mucho tiempo poder tener un médico a domicilio para poder consultar y el milagro llegó en la figura del Dr. P.

Vino varias veces. Le pasó suero en algunas oportunidades. Le mandó hacer una radiografía de rodilla. Llamamos al servicio de Emergencias y vinieron a hacerla. Se la pasé al Dr. P. a su WhatsApp. La vio y dijo que era la artrosis, que todos sus huesos estaban débiles, esos eran sus mayores dolores. Sus huesos.

Cuando llegó su cumpleaños estaba bien, mejor que el año anterior. Más entera, más fuerte. Sus sobrinos vinieron como todos los años a saludarla. Por algo que no me explico, decidí que quería decorar mejor la torta, siempre casera, a su gusto. Compré una gran blonda de papel blanco y amarillo para colocar debajo de la torta, un cartelito de feliz cumple plateado y dorado y dos velas formando el número 94. Estrenamos un mantel. La maquillé y ayudé con su peinado, estaba linda.

Ese sería su último cumpleaños. No lo sabíamos. ¿Quién podría decir cuántos años viviría? Yo siempre esperaba un cumpleaños más, una navidad más.

Llegaron las fiestas, sin saber que sería la última que compartiríamos, quise que para fin de año nos arregláramos distinto. Le hice una coronita dorada con una guirnalda del árbol de navidad. Mi hermana y yo también nos hicimos coronitas con guirnaldas plateadas y doradas y yo saqué del arbolito dos adornos para usar como aros. ¿Por qué, si nunca lo habíamos hecho?

Cuando miro las fotos la diferencia entre su cumpleaños y fin de año es impresionante. La delgadez, la expresión de su rostro, la pérdida de energía. Comenzaba a apagarse.

El 2020 sería para nosotras, y para muchos en todo el mundo, un año duro y muy difícil de vivir.

Mamá iba desmejorando, yo la veía flaquita. A veces sin querer tomar la medicación, comenzó a tener problemas para tragar las pastillas. Un día le rogué que los tomara, arrodillada a sus pies y ella en su sillón. Puso sus manos en mis hombros y me alejó, me miró con una mirada cansada y me dijo: “Caty, no te das cuenta la edad que tengo. ¿Hasta cuándo querés que me quede”. Lloré. Tomó su medicación.

Comenzaron a hablar en los medios del COVID, para algunos algo muy lejano que no llegaría, para otros una gripe un poco más fuerte y nada más. Las noticias se hacían cada vez más inquietantes y con temor hubo que volver a trabajar. Dos semanas de clases y cierre total. Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) anunciado por cadena nacional la noche del 19 de marzo.

Le dijimos a Irma que se quedara en su casa, que le seguiríamos pagando el sueldo normalmente. Mi hermana y yo empezamos a trabajar a distancia. Las clases por Zoom, las reuniones virtuales, la digitalización del material de trabajo, la planificación de esas clases atípicas, todo llevaba muchísimo tiempo.

Fue uno de los años más intensos de mi carrera y de mi vida personal. Casi al mediodía recién empezábamos a acicalar a mamá y a levantarla para ir al living. Ella estaba muy enterada de la pandemia, escuchaba todo por la televisión. Cuando salíamos al balcón a merendar y veía a alguien por la calle sin barbijo se indignaba: “no escuchan lo que pasa… ¡mirá ese que va por allá!”

No podía entender cómo era necesario explicar cómo lavarse las manos, ella siempre fue muy atenta con eso. Sus años en quirófano le habían dejado la costumbre del lavado meticuloso.

Cuando Cecilia y Martín eran chiquitos y venían a comer a casa siempre le pedían a su tía Matilde milanesas con puré. Antes de sentarnos a comer iban al baño y se lavaban sus manitos. Su mamá, Elisa, les había enseñado a hacerlo muy bien, pero la mirada de Matilde indicaba la “urgencia” del aseo y la espuma crecía con fervor. Mamá era feliz con sus visitas.

Antes de la pandemia, cuando la acompañaba al baño, Irma a veces le decía, que ya estaba bien, que ya se había lavado las manos. Pero ella con mucho cuidado enjabonaba por ambos lados y entre los dedos. A su meticulosidad había que sumar la creciente lentitud que los años le regalaron.

Para Matilde quedarse en casa era lo normal, no salía desde hacía muchísimo tiempo. Sólo para ir al médico y después de la última internación ya nos dijeron que no era necesario tanto chequeo, que fuera yo sola a buscar las recetas. Ella aceptó con gusto, no quería pisar el policlínico. Nos hizo prometerle que no volvería a internarse.

Mi mamá y mi hermana se quedaron adentro todo el tiempo y yo era la encargada de hacer las compras. Salía cada cinco o seis días, salvo que existiera alguna necesidad. Supermercado y farmacia. Nada más.

Mi madre ya había terminado el año anterior bastante deteriorada, como dije, desde su cumpleaños hasta las fiestas el cambio fue muy grande y negativo. Su cabeza ordenada pero su cuerpo delgado, cansado, inapetente. La pandemia no la ayudó para nada. No por no salir, sino porque de golpe Irma desapareció y nosotras estábamos todo el tiempo presente.

Empezó a decirme cuando terminaba las clases en Zoom: “¿los chicos ya se fueron?”

Durante muchos años daba clases particulares y ella esperaba en el dormitorio mientras yo usaba el living con los alumnos. Ella se fue a esos momentos. Al principio insistía en que entendiera que los chicos no estaban, que todos estábamos encerrados, pero me di cuenta que era inútil cuando debía repetirlo a diario y la dejé tranquila: “Sí, ya se fueron”.

Recuerdo que esa primera noche de confinamiento después del discurso del Presidente Fernández, al acostarme recé y le pedí a Dios que no le pasara nada a mamá durante el aislamiento. Con el pasar de los días y la prolongación del encierro le pedí a Dios: “Que no se muera en pandemia”. Pero sus planes diferían de los míos y no me escuchó.

Todos los servicios médicos se suspendieron y mi hermana no recibió atención por parte de su cardiólogo en todo el 2020. Su cuadro empezó a agravarse. Quería hacer más cosas, pero no le daba el cuerpo. Me ayudaba a cambiar y a vestir a mamá y trabajaba para el colegio a distancia, no podía hacer mucho más.

Busqué a su médico, un apellido poco común, con paciencia e Internet a mano no fue difícil de localizar. Llamé por teléfono, dije que era una paciente y antes de terminar la frase la mujer que me atendió me dice con tono enérgico: “llame a la clínica Bazterrica”, era una clara confirmación que era la persona que buscaba, le digo que ya había hablado y que me dijeron que el doctor no autorizó que nadie atienda a sus pacientes, me interrumpió y volvió a repetir con más energía que llamara a la clínica, me cortó.

Hablé a la obra social y tampoco se hacían cargo, no había cardiólogos disponibles ni siquiera de manera virtual porque ella no era paciente de ninguno de ellos. Se lavaron las manos.

Gracias a Dios en el colegio había una preceptora, Nancy, una gran compañera y mejor persona. Su esposo Juan es cardiólogo y a diferencia del que atendía a mi hermana compró otra línea de celular para tenerlo activo 24 hs para sus pacientes. No sólo es un médico de prestigio es también una gran persona, como su esposa. Comenzó a atender a mi hermana, le mandó estudios para controlarla. Por lo menos ya no estaba tan desamparada.

Mary quería hacer más y me decía que la dejara a ella, que también tenía que saber cómo era el aseo, las cremas, los pañales que tuvo que empezar a usar mamá. Yo le decía que sólo me ayudara, que no se preocupara. Algo en mí me decía que cuando finalmente volviera a trabajar presencialmente mamá no estaría. Cada día lo sentía con más fuerza. Mamá se estaba apagando.

Hay tantas cosas que sucedieron en esos días. El llamado de la tía Ñata a mi celular contándome que Daniel estaba mal, que había vuelto de sus vacaciones en Brasil enfermo y que tenía los dos pulmones comprometidos. Recuerdo cómo lloraba, cómo me decía que su hijo estaba muy mal, que no se lo contara a mamá. Cuatro meses de internación y el corazón de Dany dijo basta.

Irma llamaba por teléfono muy seguido, hablaba con mamá. Matilde tenía claro por qué no venía, pero con las clases se confundía. Y el teléfono que estaba siempre en sus manos para hablar con sus amigas, dejó de sonar.

Un día, muy inquieta, empezó a buscar en su agenda. Nos miramos con mi hermana preocupadas, ¿a quién querría llamar? ¿a su amiga Irma? ¿a su amiga Olga? ¿qué pasaba con ellas? No sabíamos nada y temimos que recibiera una mala noticia, ¿cómo lo manejaríamos en esas circunstancias?

Para nuestra sorpresa nos dice: “Tengo que llamar a Haydeé, cómo no le voy a dar el pésame”. Se me heló la sangre. Mi primo había muerto hacía pocos días y el aviso lo había recibido por Messenger, no hablamos delante de ella del tema. ¿Hablaba de la tía Ñata o de la mujer del encargado que se había jubilado hacía varios años? La mujer de Ernesto había perdido a un hijo hacía tiempo y hablaba con mamá por teléfono después que se fueron a vivir a 9 de julio. Siempre quedó la duda sobre con qué Haydeé quería hablar.

La segunda quincena de julio comenzó el receso escolar de invierno, en la segunda semana me encontraba en el supermercado haciendo compras y llamé a casa para consultar algo con mi hermana. Me contestó de manera extraña. Me quedé preocupada y volví a llamar. Me dijo: “¿te falta mucho?, venite”, le pregunto qué pasó y me dice que mamá está rara, que no puede hablar bien.

María del Pilar era la que conservaba la calma en esos momentos más que yo, tenía que ser grave y se sentía peor por la pandemia y el encierro. Salí corriendo, dejé todo, el hombre de seguridad del supermercado me paró y me dice que me tranquilice, quiso que esperara a serenarme. Le dije: “¡mi mamá está mal!” , lo empujé y corrí.

Llamamos una ambulancia, el médico fue muy desaprensivo, no era COVID, era una anciana. Nos trató mal, se quejó porque dijo que la estábamos medicando mal. Le explicamos de dónde venía la quetiapina. No le importó. Nos dijo que no le diéramos la pastilla y le mandó un jarabe, no recuerdo cuál ni la función que cumplía para reemplazar al otro remedio. Fui a comprarlo. Confiamos en un profesional de la salud. Ellos estudiaron para eso.

La noche fue aterradora, mamá no paró de delirar. Mi hermana no estaba bien. Yo pasé la noche con ella, sin dormir, escuchándola hablar todo el tiempo, totalmente desubicada, llamando a sus hijas, diciendo que esperaba que la fueran a buscar, no sé dónde pensó que estaba. Fue muy triste. Una pesadilla. Mi pesadilla, que perdiera la cabeza.

Pero, ¿cómo pudo pasar así? ¿de golpe? Si ella estaba débil, cansada, pero lúcida. Entendía perfectamente por qué su cuidadora no iba a casa, hablaban por teléfono sin problemas. Sabía y entendía que estábamos encerrados por la pandemia. Sólo se confundía al despertar cuando pensaba que los chicos estaban en el living tomando clases y no por Zoom. Esto era demasiado, una locura.

Por la mañana llamamos al Dr. P. Amable y empático, como de costumbre. Siempre la trató bien a ella y a nosotras. Nos dijo que volviéramos a la quetiapina y que duplicáramos la dosis. Que ese jarabe no era correcto para ella. Que seguramente se ordenaría su cabecita nuevamente.

Mamá se recuperó, volvió la lucidez, le di gracias a Dios por esto. El Dr. P. nos dijo que estaba haciendo un posgrado en gerontología.

Le conté que tenía la copia de la historia clínica y me dijo que sería muy bueno que se la diera para no tener que preguntarme cada vez por sus síntomas, para poder estudiar el caso. Se la envié por WhatsApp.

Pasaron los días y mamá comenzó un camino muy duro. Lúcida pero cada vez más débil y deteriorada, inapetente, cansada. Cuando la acompañábamos al baño y pasaba adelante del portarretratos de papá y los abuelos, los saludaba, les tiraba besos y la escuché alguna vez decirles: “ayúdenme, no se olviden de mí”.

A esto había que sumar el estado en que se encontraba mi hermana, cada día peor. Hacía mucho esfuerzo para ayudarme a atender a mamá. Estábamos agotadas. Hablamos con Irma y le dijimos si podía venir, obviamente para quedarse, mudarse con nosotras. No podía ir y venir porque la circulación estaba restringida. Dijo que sí, que arreglaríamos lo económico, que no nos dejaría solas.

Vino al comenzar agosto, le pedimos y pagamos un PCR. El Dr. P. nos dijo que era condición que le diera negativo para incorporarla a nuestra “burbuja”. En el medio de la pandemia las familias debían definir un grupo pequeño y fijo y no se podían integrar nuevas personas. Irma llegó a casa. Se instaló. Le pedimos que durmiera con ella. Que especialmente necesitábamos que nos asistiera por la noche para poder dormir y trabajar online al otro día.

Comenzó a caminar más lento y con dificultad. Cada día se apagaba más, no su cabeza, su cuerpo se apagaba y costaba mucho mantener la rutina de la cama al living. Irma nos dijo que alquiláramos una cama ortopédica, al Dr. P. le pareció lo mejor.

Yo sabía que no quedaba otra, pero era muy difícil para ella. Cuando la alquiló para papá fue para sostener su cuidado hasta su muerte.

Estaba atenta, lúcida, sabía que no bajaría más de esa cama. Lo aceptó, no se resistió, no se quejó. Sabía que era por nosotras, para poder atenderla.

La cama llegó y la mudamos allí, dejó el living y su sillón para siempre, hizo su última caminata frente a las fotos de los que ya habían partido, les tiró un beso y se entregó a su destino.

Irma le insistió en que se acostara, ella quería estar un rato sentada. Reconociendo de a poco su nuevo lugar, el cambio en el dormitorio, era inteligente, sabía que todo había cambiado para siempre y no era bueno.

La cuidadora la instó a acostarse, comenzó un tire y afloje entre ambas y le dije a Irma: “Dejala sentarse, dejala un rato”, fui firme, tuvo que ceder.

Se sentó con las piernas colgando al costado de la cama, yo me senté a su lado. Mamá a mi izquierda, tomando mi mano, apoyando su cabeza sobre mi hombro. Nos quedamos un rato, en silencio. La sentí tan vulnerable, tan chiquita, tan triste. Es un recuerdo doloroso que no me abandona, pero fue una necesidad por su bien y por el nuestro.

Agosto avanzó. El deterioro, los dolores, el no poder despertarla por la mañana. Le envié un audio al Dr. P. Estaba en línea. Con el teléfono en mi mano veo inmediatamente un texto: “Busque a otro médico” y en ese momento se borró la foto de perfil. Me había bloqueado. Ni siquiera escuchó el audio. No sabía que le comunicaría. Ya le había entregado la copia de la historia clínica, ya tenía material para su posgrado.

Empezamos a llamar ambulancias cada vez más seguido. Médicos horribles, los menos. Médicos empáticos, los más. Pasaron muchas cosas, no tiene sentido relatarlas todas. Tampoco puedo. Duele mucho.

El 26 de agosto llamamos una ambulancia porque no despertaba, sería la última vez. Le pusieron un suero, logró abrir los ojos. Irma empezó a masajearle los pies y a llamarla “Matilde, Matilde…”.

Yo le dije: “Te quiero, te amo”. Hizo mucha fuerza, quería hablar, apretó con sus manos las sábanas para intentar incorporarse, el paramédico la ayudó, y dijo: “Yo también”. Se dejó caer pesadamente en la cama. Mi hermana escuchó y entró en la habitación, la besó, le habló, ya no contestó. No volvió a despertar.

Le preguntamos a la médica si no era posible una internación, que, si había reaccionado así con el suero, tal vez unos días con sueros, con otra atención, podrían recuperarla, fortalecerla y después traerla de nuevo a casa. Sabíamos que los enfermos se debían internar en soledad, pero estábamos dispuestas. Tal vez tenía una oportunidad de mejorar.

Nos dice: “Si me la llevo, se va sola y las van a llamar para avisarles que murió”. Nos miramos con mi hermana y entendimos que eso no era posible, que mamá se quedaba en casa, con nosotras, hasta el final. Por duro que fuera.

Cuando bajo con ellos para que se fueran el paramédico me dice: “lo están haciendo muy bien, ella está muy bien con ustedes acá”.

Lo miro y le digo: “Cómo puede decir eso, si no nos conoce” y me contestó: “¿sabés las cosas que vemos? Ella está limpia, perfumada, con las uñas pintadas. La están cuidando bien”.

Y seguimos cuidándola, seguimos trabajando, conviviendo con Irma, dando clases, corrigiendo, planificando.

Cada vez que entraba a su habitación esperaba ver alguna diferencia, pero no era así. Respiraba muy tranquila, con un ritmo sereno. No comía. No bebía. No orinaba. Sólo respiraba. Lento, pausado.

No tuvo muchas escaras, las aprendí a tratar con aceite de oliva y azúcar y se curaban antes de avanzar. Pero tenía una en la cintura que no pude controlar, se quejaba de dolor durante las curaciones. En los siguientes tres días, después de la última ambulancia, no. Sin quejas. Sólo respiraba.

Irma me dijo que no valía la pena cambiarla, que estaba limpia, que no se ensuciaba. La miré y le dije: “A mi mamá se la cambia todos los días”. Pañal, remera, medias. Peinarla. Perfumarla. Curar esa escara. Todos los días. No dijo nada. Lo hacía yo, con su ayuda. Mi hermana ya no podía.

El veintiocho de agosto mi hermana tuvo una entrevista online con el Dr. Juan por la noche. Le pasó los estudios que se había hecho ese mismo día. Yo la había visto salir muy demacrada, mal, angustiada. La estaba esperando en la vereda del laboratorio. En esos tiempos los enfermos entraban solos, los acompañantes en la vereda con lluvia, viento, frío, como fuera. El doctor le dijo que si no estábamos en pandemia la internaba de inmediato, que intentaría un tratamiento a distancia para mejorar su situación. En octubre del 2020, ya mamá había dejado este mundo, María del Pilar se descompensó, la internaron y le realizaron una cardioversión que le salvó la vida. Años después me contó que el día de los estudios la médica que se los hizo le había dicho: “Señora, le queda poco”.

El sábado 29 de agosto por la mañana, entro a la habitación de mamá. Irma ya estaba levantada y había hecho su cama. Nos sentamos, organizamos la tarea. Ella le iba a hacer el desayuno a mi hermana y yo debía preparar todo para asear a mamá. No eran las 10 de la mañana.

Mientras estamos hablando, Matilde suspiró. Nos miramos. Me alegré. Pensé que estaba despertando. Había soñado esa noche que despertaba.

Dio un segundo suspiro, más profundo, se sacudió suavemente su cuerpo.

Irma fue a atender a mi hermana y yo me quedé con ella preparando todo: la ropa, las gasas, el pañal, las cremas, el perfume. Me acerqué y le di un beso. Me di cuenta que su respiración serena se había detenido. Le tomé la mano, la levanté y la solté. Cayó pesadamente. Estaba muerta. No tenía dudas.

Fui a la cocina y le dije a Irma: “Creo que mamá murió”, vino conmigo, me dijo que llamara a una ambulancia.

Cuando llamé les expliqué lo que pasaba. Mi hermana escuchó y me dice que no podía estar tan segura. Le digo que es así, que se murió. Abrí el balcón, quería que pudiera volar. Entendí que en ese suspiro su alma dejó su cuerpo y quería dejarla libre. Su espíritu en libertad después de la cárcel de su cuerpo viejo y cansado.

Por teléfono y por protocolo me indicaban las maniobras de resucitación. Estaba muerta. No tenía dudas. Igual obedecí. Fue tremendo. Masajear el cadáver de mi madre. Les decía que estaba muerta, insistían, “siga hasta que lleguen los médicos”. Seguí.

Mandaron dos ambulancias. Una con los equipos para la resucitación. Cuando la revisaron constataron la muerte. El médico me dice: “No recomendamos intentar reanimación”, le digo: “No lo queremos”.

Lo que siguió entra en un cono de sombra, como si un telón hubiera caído sobre mis ojos. No sé cómo salí de la habitación, ni cuánto tiempo pasó. Lo siguiente que recuerdo es que estaba sentada en una silla del comedor y un médico me tomaba la presión. Yo forcejeaba, no quería. Vinieron por ella, no por mí.

Y ella ya no estaba.

Por la pandemia no hubo velorio, ni flores, ni bendición. Nos despedimos al día siguiente por la mañana en Chacarita, acariciando su cajón.

Fuimos con Irma. Como único rito de despedida las tres nos pusimos aros, como ya dije, según Matilde: “una mujer sin aros camina desnuda”.

Fue lo único que se me ocurrió. Tan pequeño gesto, tan pequeño homenaje para una mujer tan grande. No se merecía esa despedida.

Mis primos Elisa y Eduardo estaban en un remise. No nos dejaban pasar al cementerio, éramos más de cinco personas porque contaban a los remiseros. Comenzaron a pelear el chofer de la cochería y el empleado del cementerio, la discusión escaló y comenzaban a forcejear, me acerqué y les digo que terminen. Qué despedimos a los remiseros y entramos caminando.

Le aviso a mis primos. No pudieron entrar porque su remise no los esperaba. Nuestro chofer ya se había ido. Mi hermana tuvo que caminar más de 500 metros hasta el lugar donde estaba el cajón de mamá, pensó que no lo lograría. Irma la sostenía. Fue muy difícil. Muy duro. Muy triste.

A lo lejos vimos un cajón con dos personas vestidas con la ropa de protección, de pies a cabeza, con barbijos y máscaras. Era una víctima de COVID, sola, sin familia.

El cajón de Matilde estaba en el coche fúnebre, le pido al empleado que nos deje estar con ella un momento a solas. Le agradecí por haber sido mi mamá, mi hermana le dedicó palabras amorosas.

Si para nosotras que pudimos brevemente acariciar su ataúd fue tan doloroso, triste, impersonal, incompleto, cuánto más lo habrá sido para esas familias que ni siquiera eso tuvieron.

Fueron pocos minutos. El coche partió al crematorio. En soledad.

© 2026 – Cata Lina

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