Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo XIV)

Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo XIV)

Cata Lina

29/09/2026

CAPÍTULO XIV: El departamento

Nos mudamos en octubre de 1992. Si mamá se había sentido feliz cuando llegamos al dúplex de Cochabamba, en el departamento ese sentimiento se multiplicó de manera tal que ni siquiera puedo describir.

Estábamos en un lugar nuestro, llegamos solas, sin ayuda, sin que nadie metiera la nariz con consejos ni opiniones, sin abogados que nos hicieran pagar culpas ajenas. En la casa tuvimos que esperar 10 años para lograr escriturar después de la mudanza, atravesando tantos y tantos obstáculos. Aquí nos instalamos el fin de semana y el lunes escrituramos. Fue mágico.

Mamá siempre había querido vivir en un departamento, a pesar de que decía que eran “conventillos verticales”. Siempre había sido su sueño.

Y para nosotras implicaba no sólo la tranquilidad de un hogar nuestro sin la permanente zozobra de la pérdida inminente, era la sensación de un lugar seguro.

Matilde decía “acá sólo nos preocupamos por cerrar la puerta del departamento, allá estábamos prácticamente en la vereda”.

Tenía razón, la casa era muy chiquita como ya mencioné y de la puerta de calle se entraba directamente al living comedor. No había escalón y sin embargo siempre se tiraban a fumar grupitos de chicos y no tan chicos, con el paso del tiempo fue cada vez peor. Tetrabrik, porros, profilácticos.

La plaza cada vez más oscura, no solamente en términos de iluminación. A los pocos días de mudarnos nos enteramos por los medios que ocurrió un asesinato en la plaza, no sabemos quién, cuándo ni cómo, pero fue una confirmación más de que habíamos hecho lo correcto, que no estábamos equivocadas en querer irnos.

El departamento tiene tres ambientes. Un living comedor amplio con balcón francés. Dos dormitorios, uno a la calle con balcón y otro interno con ventana al pozo de aire. Cocina y baño. No tiene lavadero y el balcón en el dormitorio es un verdadero desperdicio, hubiera sido mucho mejor en el living, pero son detalles menores.

Nos sentimos bien recibidas en el edificio, buenos vecinos, siempre alguna excepción obviamente. Nuestras vecinas del departamento de al lado eran soñadas, tres hermanas mayores que alquilaban y vivían juntas después de la viudez y la pérdida de sus hijos. La hermana menor, de la edad de mamá, vivía en el departamento de abajo con su esposo. Ella igual que sus hermanas, había tenido un hijo varón y murió siendo muy joven. Los hijos de todas murieron más o menos a la misma edad.

Y de lo mejor que encontramos en esta nueva etapa, el encargado y su esposa: Ernesto y Haydeé.

Nos encontrábamos a nueve cuadras de Dean Funes y a once cuadras de Cochabamba. Siempre por la misma zona. Pero ahora en Boedo, en el epicentro del barrio, a sólo cuatro cuadras de la mítica esquina del tango “Sur”, San Juan y Boedo.

Como siempre nos encontramos cerca de la zona, cuando éramos chicas íbamos muchas veces a pasear a Boedo, para mí era como ir al centro, lo sentía lejos de casa. La galería sobre la Av. San Juan donde se encontraba en el subsuelo un caballito mecánico que los chicos podíamos montar y la heladería sobre la Av. Independencia que tenía un gran mural que me maravillaba y todavía sigue vistiendo la esquina. 

Mural de Independencia y Boedo

Al mudarnos comenzamos a frecuentar otra parroquia, San José de Calasanz. Mamá había participado activamente en la otra, San Cristóbal, pero aquí fue distinto. Si bien en los avisos parroquiales anunciaban los días y horarios en que se reunían los distintos grupos nunca pudo integrarse a ninguno. Poco tiempo fue a la Liga de Madres de Familia, pero eran cerradas, no le daban lugar. Mamá no iba a ir porque sí, sólo por ir sin hacer nada, sin opinar. No iba con ella. No con esta nueva Matilde que revivió cuando se mudó, cuando ya no tenía el yugo de la deuda, que estaba llena de energía y de ganas de hacer.

Una de las primeras cosas que hizo mamá cuando nos mudamos fue ir a la parroquia para pedirle al sacerdote que viniera a bendecir el departamento. El padre Antonio, párroco, español, vino él mismo en persona y trajo como presente una lámina de la imagen de la Virgen de las Escuelas Pías. Enseguida la guardé, me imaginé que mi madre querría enmarcarla y entronizarla como protectora del departamento. No era de mi gusto ni del de mi hermana tener en la casa imágenes grandes, que la casa se convierta en una iglesia.

Mamá insistió varios días, dónde estaba, dónde estaba, hasta que se la tuve que entregar y fue a una casa de marcos y cuadros a dos cuadras del departamento. La enmarcó y todavía hoy nos acompaña presidiendo el living comedor.

En el edificio vivía una familia que eran misioneros de la Virgen de Schoenstatt y le ofrecieron a mamá si quería recibirla. Su alegría era total cuando la Mater llegaba a casa, le preparaba un lugar, una velita, flores y le rezaba un rosario.

Comenzó a ir a OSCUS, una organización católica fundada por la Beata Dolores Sopeña, donde dictaban distintos cursos: yoga, decoración de tortas, bijouterie, flores de tela, juguetería, pintura en tela, costura, primeros auxilios. Mamá los hizo todos menos el de repostería, y allí se integró desde el primer día.

Se llenó de amigas. Cuando no estaba con ellas en la sede hablaban por teléfono. Especialmente al pasar los años mi mamá se convirtió en una adolescente pegada todo el día al teléfono.

Después de cada curso había una charla catequística, era condición para tomar las clases. Mamá quiso que fuéramos a hacer algún curso, a mí no me convenció, pero mi hermana hizo algunos.

Sí fuimos las tres a yoga, poco tiempo, al final de la clase se hacía una meditación antes de la charla catequística. Acostadas en la colchoneta, la profesora guiaba con palabras e indicando cómo respirar. Mi hermana y yo éramos las jovencitas y algunas de las señoras se concentraban tanto que se dormían, una roncaba de manera tal que Mary y yo no podíamos contener la risa, la profesora nos echó y mamá se enojó. No fuimos más. Todavía me río recordando ese momento.

El 8 de diciembre de 1995 murió la abuela Mimí. Estuvo mal durante varios días. En su departamento. A una cuadra del piso del tío Coco. Mamá y la tía Ñata se turnaban para cuidarla, pasaban todo un día y se quedaban a dormir. La tía vivía en Quilmes, nosotras en Boedo y la abuela en Belgrano. Eran distancias importantes. La abuela Mimí como cualquier persona mayor que comienza a transitar el final de su vida requería mucha atención y cuidado. El tío dijo que buscaría una cuidadora con cama adentro pero nunca llegaba, pasaron varios días, semanas tal vez. Mamá y la tía estaban agotándose y la tía Ñata le reclamó a su hermano la búsqueda de una empleada.

Mientras tanto nadie reemplazaba ni a Ñata ni a Matilde, ellas no se quejaban, la cuidaron y acompañaron con amor y responsabilidad.

Mi madre iba por la abuela y eso lo entendíamos perfectamente. Había un lazo estrecho con su tía que la adoptó como hija cuando ella estaba siendo sometida a malos tratos por las “queridas tías”.

Veía a mi mamá agotada y preocupada, mi hermana estaba trabajando y yo tenía que quedarme porque estábamos en obra en el departamento. Todo el piso del baño levantado por cambio de cañerías. Con honestidad no me hubiera gustado ir a cuidarla y darles un respiro a la tía y a mamá, pero por Matilde seguramente lo hubiera intentado.

Finalmente tuvo que ser internada. Los médicos dijeron que debían tomar la decisión de dejar de alimentarla por suero porque ya no había nada que hacer. Yo me indigné, ¿Cómo no alimentarla? Era condenarla a morir. Mamá no opinó, sintió que sus verdaderos hijos tenían que tomar esa decisión. La tía Ñata se sometió a la decisión de su hermano. La abuela falleció, no les dio tiempo a decidir, los liberó de tremendo compromiso.

Matilde estaba cada vez más comprometida con OSCUS, además de los cursos colaboraba con la ropería donde clasificaban la ropa de las donaciones y comenzó a ir con un pequeño grupo a una villa en Dock Sud a enseñar en una capilla que se encontraba dentro de la misma.

Para ir salían desde la sede de OSCUS, las pasaba a buscar un remisero que vivía en el lugar, de lo contrario no les permitían pasar y se ponían en peligro. Las hermanas que manejaban la capilla, les habían advertido sobre esto. A mí me preocupaba, pero mamá era feliz. Enseñaba pintura en tela.

Al principio iban muchas señoras del barrio, y cuando por la crisis económica del 2001 comenzó el auge del club del trueque, las señoras hacían mantelitos que luego trocaban por alimentos.

Las otras señoras que iban enseñaban: macramé, peluquería y costura. Ellas llevaban todos los insumos y los cursos eran gratuitos.

Con el tiempo las alumnas eran cada vez menos, habían empezado otras épocas, el trueque desapareció. Una señora le dijo a mamá que les convenía más estar a disposición de los delegados del barrio que las convocaban para marchas y repartían bolsones de alimentos y dinero.

Ya no tenía mucho sentido seguir y yo creí que mamá dejaría, pero las monjas les pidieron que siguieran porque al no ir las señoras habían empezado a ir más chicos y era una forma de mantenerlos fuera de los peligros de la calle. Matilde lo hacía con gran alegría, les enseñaba a pintar a los chicos y ellos la recibían con mucho amor. Ella estaba llena de amor para dar y ahí encontró un lugar para vivir un abuelazgo que siempre deseó y nunca logró.

Yo decidí entrar al profesorado de matemática y astronomía a mis 30 años, estuve mucho tiempo “distraída”, con trabajos menores, clases particulares, cursos en Academias Pitman. Fui a muchos avisos clasificados y mi intención en ese entonces no era estudiar una carrera docente, aunque siempre fue lo que más me atrajo.

Un día por insistencia de mi mamá y mi hermana, que estaban preocupadas por mi futuro, me decidí a intentarlo y encontré mi lugar en el mundo. Mi primer amor fue la matemática, después vino la docencia. Como mamá que descubrió su vocación cuando comenzó a trabajar creo que me pasó algo parecido. Hoy no me imagino cómo hubiera sido de mi vida sin el aula.

Puedo decir que mamá estaba contenta, que se sintió orgullosa con mi 9,60 de promedio, que tanto ella como mi hermana me acompañaron con mucha felicidad a recibir mi título, que mamá me vistió una muñeca de graduada hecha por sus manos.

A mamá le pesaba que por tanto trabajar María del Pilar no había cumplido su sueño de ser abogada por eso se alegró tanto por mí.

Un día suena el teléfono y era del Colegio Mater para pedirme una entrevista. Yo nunca había dejado mis datos ni nada. Luego me enteré que habían puesto en el profesorado mi nombre entre el de otras chicas porque buscaban una nueva profesora. Nos entrevistaron a todas y la elegida fui yo. Me faltaban los últimos exámenes y entré a un lugar que fue como una casa para mí. Una familia. Porque en una familia no todos son hermanos. Hay cuñadas y suegras. Hay problemas. Hay alegrías. Todo lo viví allí. Mamá estaba muy contenta.

La misionera que traía la a la Virgen de Schoenstatt a casa al enterarse que entraba a trabajar allí le dijo a mi mamá: “La Virgen la llevó”. Yo lo creo. Mamá también lo creía.

Mi hermana no tuvo tanta suerte como yo, y en parte mi suerte se la debo a su paciencia para esperarme cuando yo no tomaba las riendas de mi vida y no me decidía a hacer algo productivo con ella.

El banco comenzó una reestructuración que duró cuatro años, despedían un grupo de gente todos los viernes. Mi hermana lloraba todos los fines de semana pensando que el próximo viernes le tocaría a ella. Fue de las últimas en ser despedida.

Al poco tiempo, después de un breve periodo como banca mayorista, cerraron todo y se fueron del país.

Luego entró a trabajar a un prestigioso laboratorio de análisis y medicina nuclear, un lugar donde le recomiendan a los pacientes, por ejemplo, tomar líquido suficiente para estar bien hidratados pero que a los empleados les prohibían tomar agua para no tener que orinar y dejar el puesto de trabajo. Mamá estaba triste y odiada. Más porque su trabajo había tenido que ver con la salud. No podía entender esta actitud que no era el único maltrato.

En una oportunidad una señora muy paqueta le dijo a una empleada que las esposas de los médicos debían estar muy tranquilas porque todas ellas eran feas y no valían nada. Otra le dijo a una recepcionista, “¿Vos sos estúpida?”, la chica se quejó, le contestó y finalmente la obligaron a disculparse por hacerle pasar un mal momento a la paciente. Eran una verdadera lacra.

En 2009 hubo una crisis económica mundial que se conoció como la Gran Recesión, colapsó el sistema financiero global, hubo quiebras bancarias y un fuerte aumento del desempleo mundial.

En ese contexto mi hermana fue despedida junto con otros compañeros porque debían ahorrar sacando a los empleados de sueldos más altos.

Cuando lo conté en el colegio, una compañera comentó que su hijo que estaba trabajando en Perú fue despedido por ser argentino, le dijeron: “el trabajo es para los peruanos”.

Me enteré que en la oficina de personal del colegio se iba una de las empleadas y hablé por ella. Antes de Navidad llamaron para confirmar su trabajo, para que pasáramos las fiestas tranquilas. Matilde estaba sola y habló largamente con la Hermana que llamó. Estaba feliz, aunque ganaría menos, mamá estaba segura que estaría en un lugar donde sería valorada.

Como en cualquier lugar hubo buenos y malos tiempos. Las chicas no duraban y por eso quisieron probar con alguien más grande.

Mi hermana aguantó porque necesitaba el trabajo y no quería perjudicar mi posición en el colegio. Mary no cuenta. No habla ni de los malos momentos ni de los elogios recibidos. Lamentablemente hubo más de los primeros. Mi mamá se desilusionó, se entristeció mucho por mi hermana.

Por eso mamá pedía siempre por las dos, pero en especial por Mary, su corazón de madre sabía que ella había sufrido mucho más que yo.

En OSCUS, conoció a varias señoras que fueron sus amigas: Irma, Olga, Telma, Lucy, Beatriz, Loly y varias más. Las más cercanas Irma, una señora de su edad y Olga, como diez años más joven. Ellas no iban a Dock Sud.

Si no se veían, hablaban por teléfono. Con Irma a diario. Compartían no sólo la vida de la fundación, compartían su vida, lo que les pasaba, se contenían, amigas leales, estaban cuando la otra necesitaba.

Telma era una mujer muy particular, tenía una forma de ser, de expresarse, algunas de las señoras no querían tratarla, era un poco intensa. Poetisa. Le gustaba recitar sus poemas, por lo general inspirados en Dolores Sopeña y su obra, ella pertenecía a la institución desde muy joven.

En un sorteo mamá ganó una imagen de María Rosa Mística, llegó a casa muy contenta. Nos miramos con mi hermana y le dijimos casi al unísono que no, era muy grande, le dijimos que no queríamos que convirtiera el departamento en una especie de capilla. Ya había colocado el gran cuadro de la Virgen, en esto cedió. Le dolió, lo sé, pero le insistimos en que no la conservara. Terminó regalándosela a Telma.

Una tarde fuimos al supermercado Día, estábamos en la cola para pagar y entraron dos hombres armados. Nos quedamos quietas, no nos tocaron. Se llevaron al fondo del local a un empleado y al de seguridad, los hicieron acostar en el piso. Eran jóvenes y muy violentos. Nosotras éramos las que seguíamos para pagar, yo pensé que nos quitarían nuestras cosas, pero nos ignoraron. El que quedó adelante vació la caja y le dijo a la chica que lo siguiera, había una puerta que daba a una oficina en la parte de adelante. La chica se agarró de la silla y no se movía, él insistía en que fuera con él. No quería dinero. La muchacha lo sabía y estaba aterrada. El del fondo apareció corriendo y le dijo que se fueran, se le acercó de manera repugnante al oído, no sé qué le dijo. Cuando se fueron bajaron de golpe la persiana y nos hicieron salir a todos sin las compras. Mamá se acercó a la chica y yo puse mi mano en su hombro, lloraba, no paraba de llorar, se sentían los latidos de su corazón, rápidos, agitados. No podía hablar. Nos hicieron ir. No volvimos a ese lugar por años.

Al otro día, mamá amaneció rara, no podía seguirnos la conversación ni mirarnos. No podía sostenernos la mirada y nos preocupamos. Llamamos a una ambulancia de emergencia. La médica que vino dijo que tenía todos los síntomas de un infarto cerebral y ordenó la internación urgente. Matilde tenía 79 años.

Con mi hermana nos miramos, vimos que durante el chequeo no podía seguir el dedo de la doctora con la mirada, ¿qué íbamos a hacer?

La noticia nos cayó como una bomba. Cuando íbamos llegando al Policlínico Bancario la doctora de la ambulancia nos dijo antes de irse: “las van a querer entretener con lo de los pulmones, pero no es eso. Es la cabeza. Insistan con eso”, le preguntamos que tenía en los pulmones y habló de un estado gripal o algo similar. Ella no tenía nada de eso. No había amanecido así. No había estado así el día anterior.

Cuando le conté lo del asalto, entendió que tal vez en la madrugada había tenido un pico de presión que le provocó el infarto cerebral, un derrame, que necesitaba una resonancia. Se fue con la ambulancia y nos quedamos solas.

Como nos había dicho, empezaron con que tenía algo en el pulmón, que le harían una placa, les insistimos con lo del derrame cerebral y nos dijeron que no, que no veían síntomas que justificaran el estudio. La controlaron y encontraron que tenía fiebre y un estado de resfrío. No podía mantenerse despierta teníamos que limpiarle la nariz porque no se daba cuenta que la mucosidad caía y no podía limpiarse sola.

Todos estos síntomas se desencadenaron estando en la guardia, de golpe. Y nosotras temíamos por lo que nos habían dicho: “no se dejen distraer con el pulmón”.

Estábamos con mi hermana esperando en un hall, sin sillas, y ella sola en la cama de emergencias, yo empecé a rezar. Le dije a la Virgen de Schoenstatt que la cuidaba de cualquier cosa pero que yo no iba a poder si ella perdía la cabeza, le dije que me sentía desesperada, con miedo y confundida, le pedí que se hiciera cargo: “me corro del volante, manejá vos y conducime”.

A poco de entrar en el colegio la Hermana Arntrudis, que era la rectora cuando comencé a trabajar, en una de sus charlas había dicho una frase como esta, que pensáramos la vida como si estuviéramos manejando un auto y que cuando los problemas se hacían pesados le pidiéramos que ella tomara el volante. Lo recordé en ese instante y me llenó de paz.

Me llamó la atención sentirme tan serena ante una situación tan sorpresiva como desconcertante. Pensé: esta tranquilidad viene del cielo.

Cuando nos dan el diagnóstico y la pasan a una habitación nos dicen que fue una bronquitis, que la fiebre le dio síntomas parecidos a un ACV, que por eso la médica había confundido el diagnóstico inicial. Yo sé que no había tenido fiebre cuando llamamos a la ambulancia, siempre sentí que el cuadro cambió por intervención divina. Respeto que quien lea esto no esté de acuerdo, pero yo sé lo viví ese día, yo lo creo.

Estuvo una semana internada con antibióticos intravenosos y la mandaron a casa con internación domiciliaria. Venía una enfermera a aplicarle las dosis que faltaban y un médico una vez por semana para ver cómo seguía. Finalmente, cuando le dio el alta le dijo que no podía salir a la calle. Era pleno invierno. Le dijo que se guardara y desde ese momento, en todos los inviernos. Que saliera recién con clima templado. Así terminó OSCUS y la villa.

El veintitrés de noviembre de ese año fue su cumpleaños número ochenta. Ya estaba recuperada. Sus amigas y compañeras le mandaron una bandeja con un desayuno adornado con flores, Telma vino personalmente a traerle un presente, el tío Coco le mandó un enorme ramo de flores. Mamá estaba feliz y emocionada. Nosotras también la agasajamos, no recuerdo cuál fue el regalo, ropa seguramente.

Pero para ella ese ramo de flores fue el gran regalo de su cumpleaños porque era la presencia de su primo hermano más hermano. Y se sintió feliz.

Lucy organizó la fiesta de cumpleaños en su casa, porque mamá, ella y otra señora que no recuerdo su nombre, cumplían ochenta todas en esos días. Fue la primera salida de mamá a la calle. Se divirtió, la pasó muy bien, disfrutó.

Después de eso si salía lo hacía sólo acompañada por alguna de nosotras, se acostumbró a no salir, y creo que le tomó un poco de temor a la calle.

Al principio le había costado mucho, ese primer invierno obligada a estar en casa, sin poder ir al Dock Sud, sin poder ir a OSCUS, con una cabeza lúcida, llena de ganas y energía y un cuerpo que comenzaba a no responderle. Se cansaba más rápidamente, ya no quería salir a caminar.

Lo único que lograba sacarla del departamento y con buena gana era… su amada Mar del Plata. Cuando nos íbamos una semana de vacaciones las tres.

Estuvimos dieciocho años sin ir a Mar del Plata, yo ya estaba trabajando en el colegio y llegó un momento en que me cansaba escuchar como todos contaban lo que habían hecho en sus vacaciones y yo no tenía nada para decir.

Ese primer viaje, ya sin departamento, volviendo a un hotel después de tantos años fue al de La Bancaria, frente al balneario Alfonsina en La Perla. Una semana. Después de tantos años y en medio de una tremenda ola de calor en Capital, nos equivocamos al armar la valija y llevamos poca ropa de abrigo. En cuanto volvimos fuimos a la calle Forest, donde en ese entonces había muchas casas de camperas, a comprar alguna de abrigo, pero no tan invernal pensando ya en volver el próximo verano.

Y seguimos yendo sin parar, una semana todos los eneros. En ese momento no había cansancio, ni falta de ganas de salir a la calle. Mamá rejuvenecía, como una plantita que le falta agua y revive con el riego fresco en una tarde de verano. Revivía. Alguna vez dijo: “es mucho dinero por una semana, no sé si vale la pena”. Lo vale, le dije. Y lo valía, porque a ella la hacía feliz, porque a mí me hacía feliz, Mary acompañaba. A ella nunca le gustó demasiado Mar del Plata, una vez me dijo: “vengo para acompañarte a vos, porque no podés venir sola con mamá”, era verdad. Mamá, cada vez más grande, cada vez más lenta, con más dolores, con más achaques, con más medicación. Era mucho para mí sola.

Y hacia allí íbamos las tres, juntas, a disfrutar del mar.

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Capítulo XV: Querida mamá y Epílogo, el próximo martes 6 de octubre de 2026.

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© 2026 – Cata Lina
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