CAPÍTULO X: Querido papá
Yo tomaría la comunión el 25 de noviembre de 1973 en la parroquia Santa Cruz.
El Padre Bernardo le pidió colaboración a las mamás para prepararnos porque no había suficientes catequistas para tantos chicos. Obviamente Matilde se ofreció. Mi mamá fue mi catequista durante dos años.
Tenía un carisma especial, en una oportunidad vinieron a pasar una tarde a la parroquia varios chicos con síndrome de Down, se quedaron hasta la misa. Uno de ellos no se despegaba de mamá, fue amor a primera vista. Matilde fue amorosa con él, como con todos los chicos, pero sin dudas, tuvieron una conexión especial.
Mamá desafinaba en la iglesia con un fervor y tanto entusiasmo que seguramente su voz viajaba hasta el cielo y Dios la recibiría como el canto de un ángel, por el amor que ponía en su interpretación.
Pero era muy, muy, muy desafinada. Me daba vergüenza, le pedía que no cantara porque llamaba la atención de los que estaban alrededor. La pobre se reprimía… a veces.
El abuelo estaba internado y todo se suspendió. Mamá había preparado todo para festejar y contratado la confitería que haría la torta que yo había elegido. Una torta adornada con una muñeca vestida de comunión. Se mandaron a hacer las estampitas que quedaron con la fecha original. Esa fiesta era en parte una compensación porque nunca se festejó mi cumpleaños porque es en verano.
El abuelo Chino murió el día 28 de noviembre. Mi comunión se hizo finalmente el 8 de diciembre.
La ceremonia fue muy linda y emotiva. Un chico que no pudo tomarla porque se había enfermado y yo entramos juntos con las ofrendas y detrás de nosotros, los otros compañeritos que tomarían su segunda comunión.
Mi mamá realizó la fiesta igual, a pesar del dolor de todos. La torta no fue la que elegí. En lugar de la muñeca tenía un cáliz con tul amarillo. La confitería no cumplió y para mí fue una gran decepción. Matilde ya no podía hacer nada con eso, les reclamó después y simplemente se disculparon por el error.
Papá estaba roto. Triste. De duelo. Hoy lo entiendo más que nunca.
Siempre fue un hombre más bien melancólico, solitario, serio. No usaba mucho su bella sonrisa, conmigo un poco más.
La relación que tenía con mi hermana era diferente de la que tenía conmigo, pero creo que pesaban los cinco años de diferencia entre nosotras. No era lo mismo ser el papá de una niña que de una adolescente.
Mamá siempre dijo que papá se enfermó cuando el abuelo murió. Que lo atormentaba el recuerdo de la morgue. Muchas noches habrán hablado de esto, lo habrá escuchado, consolado, la imagino abrazándolo para ahogar su llanto. Nunca lo vimos llorar. Creo que sólo se soltaba con ella. Mamá más que nunca era su compañera. Ella sabía del dolor de la pérdida desde pequeñita.
La vida siguió.
La abuela Cata se enfermó de tuberculosis después de la muerte del abuelo. Mi mamá la cuidó. Le daba la medicación y la llevaba a los chequeos. Cuando le dieron el alta el médico le dijo a mi abuela que si ella se había curado era gracias a la atención que le había dado su nuera. Tengo un recuerdo bastante claro de esos días. Mamá atenta a los horarios de la medicación, la abuela reacia a tomarlos, pero los tomaba, no tenía intenciones de morirse, pero creo que tampoco le gustaba mostrarse débil. Ni ante mamá ni ante nadie.
Mi hermana gestionó una vez el cobro de una mensualidad para sus gastos y papá dijo que si le pagaba a ella lo haría conmigo también.
Él cobraba en efectivo los días veinticinco de cada mes. Lo esperábamos y nos reuníamos en el dormitorio de mis padres. Nos daba la mensualidad a cada una, separaba dinero para sus gastos y el resto lo administraba mamá para la casa.
A ella le gustaba que fuera impecable a trabajar. El traje, la camisa, la corbata, el perfume. Yo no podía aceptar que mi mamá le comprara los perfumes y que se ocupara de que lo usara para ir a trabajar. ¿Cómo iba a perfumarse para ir a un lugar rodeado de mujeres? Yo le decía “está lleno de rubias”, los dos se reían. Yo sufría.
Hubo un tiempo en que tenían un proyecto que incluía vender la casa y comprar dos departamentos que estaban en construcción. Uno para nosotros y el otro para mis abuelos, que quedaría en el futuro para Pascual. Todavía vivía el abuelo. Papá llegaba de trabajar y miraba los planos. Estaba muy ilusionado. Era algo ideal. Se separaban, pero seguían todos juntos en el mismo edificio. Cuando llegó el momento de firmar mi abuela se negó. Para mis padres fue una gran decepción.
Cuando nos íbamos a Mar del Plata, con las protestas de mi hermana incluidas, los cuatro vivíamos una vida diferente. “Jugaban a la casita”, estábamos solos, sin los abuelos. Papá estaba presente porque no tenía que trabajar, mamá estaba en su casa, nadie decidía por ella dónde iba cada cosa. No teníamos televisor, y leíamos mucho. Se usaba el canje de revistas y era una salida obligada todas las noches ir a canjear. Teníamos el Intervalo, Patoruzú y mi preferido, Isidoro. Papá y mamá también leían novelas.
Cuando llegábamos papá separaba en sobres el dinero que se usaría en las vacaciones. Cenas, teatro, compras. Cuando llegaba el momento de regresar, íbamos los cuatro a comprar un regalo para mamá. Recuerdo un tapado de cuero que estaba muy de moda en los setenta. La idea era que recibiera algo especial porque cocinaba y limpiaba el departamento, trabajaba como ama de casa en vacaciones.
Para mamá era vivir la ilusión de estar con su esposo y sus hijas a solas en su casa, no era un trabajo.
Paseábamos todas las noches por la Av. Colón y veíamos a los artesanos. Elegíamos para comprar el último día. Siempre traíamos un recuerdo que comprábamos mi hermana y yo con “nuestro” dinero.
Para las vacaciones de invierno, sólo teníamos una estufa de dos velas de cuarzo, después de volver de pasear nos metíamos en la cama con varias frazadas y era la hora de leer. Son recuerdos que me dan mucha felicidad y nostalgia. Fueron buenos momentos para mí.
A veces fantaseaba con que nos quedábamos para siempre allí, que Mar del Plata podría ser nuestro hogar, nuestro lugar en el mundo. Era una ciudad espléndida en esa época. La rambla era maravillosa, me apena ver cómo todo eso se perdió.
Papá sacaba todos los años un crédito que le descontaban directamente del sueldo. Lo renovaba anualmente. Con ese dinero, que sólo se podía usar en la proveeduría bancaria, se podía comprar ropa, zapatos, perfumería, artículos para el hogar, toallas, sábanas, etc.
La proveeduría que se encontraba en el centro era hermosa. Tenía por lo que recuerdo, muchas molduras en madera, grandes escaleras y varios pisos. Había una hermosa confitería, pero nosotras nunca entrábamos. Íbamos con mamá y mi hermana. Mamá gastaba todo en nosotras, la casa y ropa para papá. Rara vez compraba algo para ella.
Un año papá sacó el crédito, como siempre, y en lugar de darle los bonos a ella fue solo a comprar ropa de mujer y se la trajo. De ese modo, si no le gustaba o no le quedaba, sólo podía cambiarlo por algo para ella y no gastarlo en nosotros. Me gusta recordar ese gesto de él para ella.
De la proveeduría bancaria en el centro no quedó nada. Todo desapareció en un incendio en 1975. Luego abrieron otra, más sencilla, pero con muchos productos y también con un supermercado. Allí compré mis primeros tacos altos, bien altos, alentada por mamá.
En casa siempre se habló mucho de política. A la abuela Cata le apasionaba el tema. Mi hermana le preguntaba por qué no se había nacionalizado argentina si estaba tan involucrada. Ella le dijo que de las unidades básicas buscaban a los vecinos para que se nacionalizaran y pudieran votar. La abuela no quería nada que viniera de parte del partido peronista y se negó. No hizo la gestión por su parte, estaba obsesionada con que era una maniobra para lograr más votos a través del voto femenino. ¿Quién la vigilaría en el cuarto oscuro? Nació y murió italiana, aunque nunca conoció su país de origen.
Se sentía profundamente argentina. Embanderaba la casa para todas las fechas patrias y las maestras esperaban sus gigantescas escarapelas de papel crepé para los actos escolares.
Mi mamá fue de las primeras mujeres que votaron en 1951, nunca votó al peronismo, nunca discutió con papá por este tema. No sé si él tenía claro que ella no votaba lo mismo que él o lo daba por descontado.
En 1973 hubo dos elecciones, la primera que ganó Cámpora y presentó su renuncia para habilitar la segunda elección de septiembre que ganó Perón, su tercera presidencia. El peronismo volvía después de dieciocho años de proscripción. Yo tenía 8 años. Mi hermana 13, con todas las charlas políticas de toda la vida en casa, estaba muy estimulada y discutía sus ideas con papá abiertamente, mamá no.
Fuimos los cuatro juntos. Mamá, mi hermana y yo esperamos en la puerta de la escuela donde votaba papá para después acompañar a votar a mamá. Para mi papá era un día de fiesta. Mi hermana estaba enojada con mi mamá, sabía que no pensaba como papá, pero no la apoyaba en su discusión y su lucha, mi mamá le dijo algo que me quedó grabado: “para qué discutir y complicar el clima de mi casa si en el cuarto oscuro estoy sola y hago lo que quiero”.
Creo que era una buena decisión para mantener la paz de la familia, por lo menos de su familia pequeña, nosotros cuatro, para qué discutir, ya había que escuchar a la abuela y era bastante.
El pensamiento político de la abuela Cata era el que pesaba en la casa. Era una familia matriarcal. Mi papá no discutía con ella y aguantaba sus dichos sobre Perón.
Recuerdo muy bien lo emocionado que estaba mi padre cuando vio por televisión el regreso de Perón. Estaba conmovido y reprimía sus sentimientos ante los comentarios contrarios de su madre. Matilde lo dejaba ser y ella era libre en el cuarto oscuro. Le pedí que me trajera boletas de todos los partidos. ¡Los conocía a todos!
Con mi hermana nos pasamos días jugando a las elecciones.
La abuela llegó a pelearse con sus hermanos varones por política, no se hablaron nunca más. Por Perón y Evita.
Los tíos Nicolás, Pascual y José siguieron tratando a mi papá, pero fuera de la casa, creo que la abuela no sabía o no quería saber.
Recuerdo haber conocido al tío abuelo José y a su esposa en su casa. Alguna vez fuimos con papá y mamá. Tenía una impresionante colección de violines. Le hicieron notas en algún diario o revista sobre este tema y tuvo varias propuestas de coleccionistas que querían comprarle sus violines.
Había uno que recuerdo especialmente, tenía tallado por detrás un paisaje con un camino y un castillo. Era bellísimo. Nos dijo que era muy lindo, pero no era el que sonaba mejor justamente por ese tallado en la caja del instrumento. Cuando los vimos ya eran bastante grandes, por lo que yo creo.
A los otros tíos no los conocí. El tío Pascual Mazzeo era un artista. No sé si se habrá destacado en su época. Actuaba y se dedicaba a la música, era tenor. Siempre había dicho que había conocido a Gardel y que le había presentado a su maestro de canto. Nunca le creyeron.
Un miércoles por la noche, viendo por canal 9 “Grandes Valores del Tango” estaban haciendo un homenaje a Carlos Gardel y hablaba un hombre que presentaron como su único maestro de canto, se llamaba Eduardo Bonessi. Y dijo por televisión que había conocido a Carlitos a través de su amigo Pascual Mazzeo. Todos se quedaron mudos. El tío abuelo no había mentido y nunca le habían creído. Hoy pueden encontrarse en Internet referencias a este hecho.
todotango.com-Entrevista a Eduardo Bonessi
El tío Nicolás tenía varias propiedades y adoptó a una niña. No sé mucho más de él.
Como dije, siempre se habló mucho de política y de cualquier tipo de temas delante de nosotras, en familia, con los que vivían en la casa o con la tía Angélica y el tío Pascual. Los que eran de absoluta confianza para hablar de cualquier cosa.
Mi hermana y yo sabíamos que lo que escucháramos en casa no se repetía afuera. Siempre se sintió el temor de descubrir el pensamiento de la casa y que eso significara peligro.
A mi papá le gustaban las series policiales. Veía por la noche “Starsky y Hutch”, a mí me encantaba ver el programa con él. A mamá no le parecía bien por la temática de la serie. Dos policías, un soplón que era un explotador de mujeres. Este personaje me resultaba gracioso y yo veía a las chicas bonitas. No me daba cuenta que se trataba de prostitutas.
Papá le decía que si la veía con él estaba bien, que él me cuidaba. Y lo hacía. Yo podía festejar alguna escena y Cholo se encargaba de aclararme: “Ese señor, aunque te parezca gracioso, es un delincuente, esas mujeres son explotadas por él”, ese era el sentido, seguramente con palabras más cercanas a mi edad, pero se encargaba de que yo entendiera que lo que sucedía en la serie eran situaciones peligrosas y delitos. De alguna manera, a la distancia, con lo que pasaría después, creo que sintió de alguna forma que me advertía sobre cosas que podrían pasar cuando él ya no estuviera para cuidarme, cuidarnos.
Cholo comenzó a sentirse mal. Dos años después de la muerte de su padre empezó con síntomas similares. Su aparato digestivo no podía soportar la comida y su intestino empezó a dar señales de que algo no estaba bien.
Le tenía pánico a los médicos. No recuerdo que viera a alguno. Mi mamá era muy rigurosa con controles periódicos para ella y nosotras.
Mamá insistió mucho para que se hiciera ver, apareció algún médico que le instaló la idea de que todo era nervioso. Que estaba mal por la experiencia vivida con su padre. Que esperara y se diera tiempo. Fue al gastroenterólogo ante la insistencia de mi madre, pero se negó a hacerse los estudios.
Matilde acudió a un psiquiatra que le recomendó mi tía Betty. Su mamá, Quita, estaba enferma de los nervios desde hacía mucho tiempo. Mi mamá le pidió al doctor que la ayudara a convencerlo de hacerse los estudios que los médicos indicaron. El psiquiatra le dijo a mi papá: “Cuando se le cure la cabeza, se le va a curar la cola”. Mi padre se agarró de eso y siguió negándose a la atención médica.
Mi mamá se peleó con él, discutieron, fue la única vez que los escuché discutir. La casa estaba rara. Habrán tenido, sin dudas, otras peleas y discusiones como cualquier pareja, pero nunca había llegado nada a nosotras.
Matilde empezó a hacer las valijas en un acto desesperado, le dijo que se iba con nosotras. Que lo dejaba. Papá aceptó hacerse los estudios de colon. Ya era tarde.
El gastroenterólogo y el oncólogo le dijeron a mamá, “Señora, se tendría que haber enojado hace dos años.”
Lo internaron en enero de 1977 en el Policlínico Bancario y lo operaron los primeros días de enero. El cirujano le dijo a mi mamá que al tomar el tumor se sacudía la columna, el cáncer había avanzado más de lo que pensaron en un principio. Le hicieron un “ano contra natura”, una ostomía.
Papá hablaba con los médicos de su ilusión por ver el mundial de fútbol de 1978, le encantaba el deporte, fanático de River, el estadio Monumental como sede. Hablaba de comprar las entradas, nunca había tenido la oportunidad de viajar para ver un mundial y ahora el mundial estaba en casa.
Los médicos hablaron con mi mamá y le dijeron que no le permitiera hacer ese gasto porque él no llegaría a vivirlo. Su marido se moría, ya no había remedio. El padre de sus hijas, su compañero, con luces y sombras, se estaba apagando. En esos tiempos no se acostumbraba informar al enfermo y mi mamá, apoyada por los doctores que lo atendían, decidieron que lo mejor era que él no se enterara. Se le ocultó la verdad sobre su salud hasta el último día. Él había pasado por un proceso muy doloroso y traumático con la muerte de su padre, estaba en tratamiento psiquiátrico por una depresión que “justificaba” sus descomposturas.
Pensaron que era lo mejor para él y así se hizo.
*******************************************************************
Capítulo XI: Papá se moría, el próximo martes 8 de septiembre de 2026.
*******************************************************************
© 2026 – Cata Lina
Algunos derechos reservados. Esta obra está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0).
OPINIONES Y COMENTARIOS