Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo VI)

Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo VI)

Cata Lina

04/08/2026

CAPÍTULO VI: El Sanatorio Otamendi

Hoy muy rápidamente se lo nombra simplemente como el Otamendi. Pero el Sanatorio fue fundado por dos médicos, el Dr. Otamendi y el Dr. Miroli, en el año 1928.

Mamá los conoció y trabajó con ambos. Estuvo allí diez años, desde el cuarenta y siete, hasta que dejó su carrera para casarse en 1957.

Nos contaba que el Dr. Otamendi era especialmente rígido con ellas y con todos los trabajadores, que si una enfermera tenía un mechón de pelo fuera del turbante la despedía sin pensar. Lo que más me sorprendía era que mamá lo veía bien, decía que era responsabilidad de cada una cumplir con las exigencias pedidas, era tal su amor por su trabajo que llegaba a justificar algo semejante.

Para ella trabajar en ese Sanatorio era cumplir un sueño y dar un salto de alta calidad en su profesión, eso no la dejaba ver ese tipo de injusticias. Mi hermana y yo le decíamos: “podía reprenderla, suspenderla, pero echarla era mucho”. Obviamente esto terminó cuando durante el primer gobierno de Perón se incorporaron los derechos laborales y sociales para todos no sólo para los empleados públicos.

Mamá decía que Perón había usado las ideas del Dr. Alfredo Palacios, a quien ella admiraba. A Palacios, no a Perón.

El tiempo vivido en el Sanatorio fue muy importante para ella a nivel profesional y personal. Siento que logró alcanzar un lugar destacado en la institución. No cualquiera tenía la llave de la puerta de acceso del personal al Sanatorio, una pesada puerta de reja que se encontraba, hasta hace poco tiempo seguía allí, a la derecha de la entrada principal. Sólo dos enfermeras tenían esta llave, una de ellas era mi mamá. Pero estoy avanzando muy rápido.

Cuando mamá ingresó comenzó trabajando en los consultorios externos. Asistía a los médicos y atendía a los pacientes según sus indicaciones. Cada médico tenía distintas costumbres a la hora de trabajar y había que adaptarse a cada uno.

Tenía una compañera llamada Margarita que era la que debía entrenarla y prepararla para el trabajo en el sector, pero recordando la generosidad de su amiga Zulema en el Sanatorio de San Pedro, esto fue una historia muy diferente.

Margarita era bastante mayor, muy experimentada y respetada, pero entiendo que una gran insegura que vio en Matilde a una competidora en lugar de una compañera. Si podía guardarse información, lo hacía. Lo que entorpecía el desarrollo del trabajo de mamá y entonces ella quedaba como la salvadora de la situación que la “torpe y provinciana” enfermera nueva no había podido resolver.

Como Margarita no era popular entre las enfermeras y mucamas, pronto algunas llegaron en su auxilio. Sin exponerse para no enfrentar a una compañera tan compleja. Mamá fue aprendiendo y era obvio que había llegado para quedarse, necesitaba el trabajo y lo quería, le gustaba, no iba a rendirse fácilmente.

En algunas ocasiones las chicas del Sanatorio organizaban salidas después del trabajo o alguna despedida de soltera o un cumpleaños. Y allí Margarita era otra. Mamá contaba que se iluminaba. Era divertida y compartía con todas alegremente. Eran dos personas diferentes, en la vida personal y en el trabajo, una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde versión femenina.

También es importante recordar que en esos años había monjas en el Sanatorio, participaban como supervisoras del personal en general. Había de todo entre ellas. Matilde decía que cuando alguna era empática y cercana la reubicaban o la sacaban del Sanatorio directamente.

La que era una de las principales era alemana, muy fría y distante. Tenía un paquete con cartas que había pedido que cuando muriera lo pusieran en su cajón para llevarlas con ella. Claramente esto lo sabían las enfermeras por alguna monjita indiscreta. Y se tejían toda clase de novelas. Un amor que no pudo ser y tomó los hábitos, sus padres la obligaron a ser monja dejando atrás a su verdadero amor, la abandonó el hombre de su vida y no pudo olvidarlo…

Por lo que mamá contaba su deseo se cumplió. Cuando falleció la enterraron con sus cartas y nadie supo nunca su contenido.

Había una monja que era la encargada de suministrar los insumos a las enfermeras. Gasas, jeringas, algodones, termómetros, etc. Todo lo necesario para cumplir con el trabajo en las consultas. Siempre algo faltaba y la enfermera tenía problemas.

Mamá recordaba que la monja se quejaba de que pedían muchas cosas, un día que no quiso darle todo lo que necesitaba, sabiendo que el médico lo había pedido. Matilde le dijo que no se callaría, que no era ella la que incumplía su trabajo, que ella se lo impedía y que hablaría con el director médico de ser necesario. Le dio todo y nunca más le faltó nada.

En esos años el Sanatorio era un establecimiento de lujo, exclusivo para gente de muy buen pasar económico. Artistas, políticos, señoras de sociedad pasaban por el lugar y por los consultorios.

Recuerdo a mamá contar que se atendía en el lugar, y que ella había podido conocerla, la actriz y cantante Sofía Bozán. Era muy agradable con todos, desenfadada y graciosa. En alguna ocasión le había regalado a un grupo de enfermeras entradas para el teatro Maipo y fueron a verla.

El teatro se venía abajo entre risas y aplausos, mi madre nunca olvidó esa experiencia y sintió sinceramente su fallecimiento en el año cincuenta y ocho. Una de las cosas que recordaba era que Sofía aparecía en el escenario con un sombrero con una pluma que caía sobre su rostro y la soplaba mientras decía “cómo me molesta esta de arriba” en alusión a Eva Perón.

Antes dije que mi madre admiraba al Dr. Alfredo Palacios, abogado y político socialista. Mamá tuvo la oportunidad de conocerlo y atenderlo, siempre dijo que si se tenía que definir políticamente se inclinaba por el socialismo por Palacios.

Cuando iba al Sanatorio ella esperaba poder atenderlo, no era la única. Muy amable, ceremonioso y respetuoso con las enfermeras. Estaba en medio de algún tratamiento que requería la aplicación de inyecciones periódicamente. Mi mamá le decía: “recuéstese Dr. para estar más cómodo”, pero él agradecía y se negaba amablemente. Usaba un peluquín que se desacomodaba si se acostaba.

Amelia Bence, Libertad Lamarque y Mirtha Legrand eran algunas de las artistas que más recordaba. Mamá decía que Mirtha, que había tenido a su hija en el Sanatorio durante el tiempo que mamá trabajó allí, era realmente bella sin maquillaje y sumamente amable con quienes la atendían.

En 1949 se inició la construcción del Hospital de Clínicas, en Azcuénaga y Av. Córdoba, frente al Sanatorio. Alguno o varios médicos del Otamendi trabajaban allí también. Se debe recordar que este era el segundo edificio, el primero comenzó a atender pacientes en 1880 y se fue deteriorando por el paso del tiempo y era necesario uno nuevo que también se adaptara a la medicina moderna.

Los médicos involucrados en este proyecto les pidieron a algunas enfermeras del Sanatorio, entre ellas a mi mamá, que fueran a asesorar en la obra. Dónde ubicar autoclaves, la distribución de quirófano, office de enfermeras, etc. También les ofrecieron ir a trabajar allí con muy buen ingreso económico, no sé si alguna aceptó, mamá se quedó en el Sanatorio Otamendi.

Con el paso del tiempo Matilde logró llegar a la sala de operaciones, lugar que había afianzado su vocación en San Pedro.

Cada cirujano, al igual que los médicos en los consultorios, tenían sus costumbres. Había que preparar la sala según cada uno esperaba. Mamá trabajaba en todos los ámbitos de la sala: anestesia, instrumentación, autoclave para la esterilización de los elementos de trabajo. Comentaba que le gustaba más porque en ocasiones, cuando se enfrentaban a casos graves, era menos cercano a la familia del paciente. Las enfermeras de piso compartían con los familiares y a veces era duro ver tanto dolor. También decía que algunas personas eran soberbias y acostumbraban a tratarlas con desdén.

Ella decía que eran “los piojos resucitados”, que la mayoría de los que provenían de familias acomodadas de siempre solían ser más educados. Estaban acostumbrados a tener y no tenían la necesidad de alardear. Seguramente no era una regla inquebrantable, pero en la mayoría de los casos que ella conoció era así.

Una vez una jovencita fue “operada”, su mamá estaba muy angustiada llorando en sala de espera. El padre arregló todo con el médico. La realidad es que interrumpieron un embarazo, aparentemente el padre de la criatura era un familiar o alguien muy cercano. Lo supieron porque el médico lo contó al equipo que lo acompañó en el procedimiento, se enteraron en ese momento lo que pasaría realmente.

Cuando mamá y otra enfermera la llevaban a la habitación vieron llorar a su madre y comentaban la pena que les daba la mujer que pensaba que su hija estaba enferma. La paciente estaba saliendo de la anestesia y decía: “no quiero a las de blanco, no quiero a las de blanco”, en alusión a ellas porque las había escuchado.

Al poco tiempo vieron las fotos de la boda de la señorita en cuestión en alguna revista de la época que publicaba noticias sociales.

No le tocó participar en otra oportunidad de estos procedimientos, decía que no hubiera podido soportarlo.

Algunos médicos no eran de planta permanente, iban sólo a operar allí. Y al conocer a las enfermeras también las convocaban para realizar trabajos fuera del Sanatorio. Mamá llegó a tener muchísimo trabajo. Hacía curaciones de pacientes ambulatorios, ponía inyecciones de tratamientos prolongados, todos por pedido y recomendación de los médicos con los que trabajaba.

Una señora que venía habitualmente del interior a realizar un tratamiento porque no podía tener hijos, se alojaba en el Claridge Hotel, en la calle Tucumán al 500. Cuando pasábamos por allí al ir al centro, mamá siempre la recordaba. Era una mujer muy fina, de muy buena posición, la recibía en la habitación del hotel y la esperaba con el té para conversar con ella después de la inyección. Le pagaba muy, pero muy bien.

Le daba vergüenza, pero el médico que la enviaba le decía cuánto cobrar, no debía darle nada a él, pero le decía que era importante que hiciera valer su posición. No era una enfermera más, era una enfermera del Sanatorio Otamendi y eso se debía pagar especialmente.

Un doctor también la llevaba con él para asistirlo en operaciones y anestesias en otras instituciones de manera particular, él le pagaba mucho dinero por ello.

En una ocasión tuvo que ir al domicilio de un matrimonio, él necesitaba las inyecciones. Creo que estaban cerca de un parque, un lugar muy abierto. Comenzaba una tormenta y el viento se hacía cada vez más fuerte, mamá tenía que cruzar una avenida y no podía avanzar, el viento la tiraba para atrás. “La ayudo a cruzar, Señorita”, le dijo el policía que paraba en esa esquina. Aceptó y se tomó de su brazo. Era muy delgada, pesaba 47 kilos.

Un día el Dr. Otamendi la nombró caba de sala de operaciones. El cargo, que no sé si sigue denominándose así, era el de jefa de la sala. Era un puesto de gran responsabilidad porque debía organizar, dirigir al personal, controlar los insumos necesarios y tener en cuenta los protocolos y costumbres de cada cirujano.

Una compañera que esperaba ocupar ese lugar comenzó a sabotearla y a hacerle la vida imposible, aguantó un tiempo y no quiso seguir.

Habló con el Doctor y le dijo que le diera el puesto a la otra, que prefería trabajar tranquila. Él llamó a la otra enfermera y le dijo que no la molestara más, que él la tenía en cuenta para otro cargo que era para el que ella estaba capacitada: instrumentadora quirúrgica. Sólo debía esperar que la que estaba en ese momento dejara el lugar porque iba a casarse.

Se disculpó con mamá, se puso a llorar. Matilde volvió a su cargo y juntas formaron un gran equipo.

Otro de los médicos que iba a operar alquilando la sala era apodado por todos “el carnicero”, por lo brusco que era en las cirugías. Al operar una vesícula, por ejemplo, literalmente la arrancaba, la anestesia que usaba no era tan potente y los pacientes, aunque adormilados, gritaban de dolor. Ni siquiera terminaba el procedimiento, alguno de los residentes tenía que cerrar la herida y poner puntos, además de reparar algún daño que en su brutalidad cometía.

Mamá no lo aguantó más, habló con el Dr. Otamendi y le dijo lo que pasaba. Él le pidió que le avisara la próxima vez que viniera a operar. Así lo hizo y el Doctor se ubicó en la sala contigua al quirófano y corroboró lo que “el carnicero” hacía. Cuando salió de la operación, le dijo que no volviera nunca más.

Durante el primer gobierno peronista las enfermeras, mucamas y todos los empleados del Sanatorio comenzaron a sindicalizarse. Mamá y varias de sus compañeras no querían, decían que no lo necesitaban y no les gustaba ser obligadas.

Comenzaron a presionar fuertemente. No realizaban una huelga formal, pero paraban por momentos de forma esporádica. Cuando se les indicaba hacerlo era difícil enfrentarlos. Al pasar mamá y las otras, hacían sonidos de carnero “bee, bee” por no adherirse a las protestas.

Una vez un empleado de limpieza, que era delegado del sindicato, les pidió que se unieran a la huelga durante una operación, tenían que detenerse y apagar las luces. La paciente estaba anestesiada y ya habían comenzado la cirugía. Mamá salió del quirófano furiosa a increparlo, “¿te gustaría que paremos si es tu madre la que está ahí adentro?”. Él se fue y siguieron con la cirugía.

Pero el clima se ponía cada vez más espeso y el mismo Dr. Otamendi les pidió a los que no se habían sindicalizado que lo hicieran a la brevedad porque temía lo que podría suceder si no lo hacían. Por eso aceptaron, lo hicieron y pudieron seguir trabajando sin problemas.

Cuando Perón o Evita daban un discurso desde el balcón de la Rosada, tenían que ir todos a la plaza a escucharlos. Mamá y otras compañeras, cada vez que podían se escapaban por una calle lateral porque una de las chicas vivía camino al centro con su mamá.

La madre las esperaba con mate y tortas fritas y escuchaban el discurso por la radio. Esto era muy importante porque al otro día, siempre alguno de los más comprometidos preguntaba y ellas debían saber qué responder o comentar de lo escuchado. Alguna vez les dijeron, “no las vimos en la plaza”, “¿cómo qué no?”, decían muy indignadas y empezaban a comentar el discurso escuchado en la radio.

Una de las enfermeras que sería una de las más allegadas a mi mamá y continuarían su amistad por muchos años se llamaba Angélica.

Era provinciana, no recordamos ni mi hermana ni yo de dónde exactamente, más alta y corpulenta que mi madre. Se hicieron muy amigas. Compartían salidas y trabajo, pero no pensamiento político. Angélica era peronista y gran admiradora de Evita. Lograron un vínculo en el que pudieron respetar estas diferencias.

Mamá se levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar. Los pasajeros y el conductor del tranvía se conocían entre todos. Cuando pasaba por el frente de la casa de Matilde, si no la veía en la puerta el chofer hacía sonar el claxon, la bocina, y esperaba mientras ella corría a toda velocidad por el pasillo de la casa hacia la calle. Si por algún motivo no le correspondía ir a trabajar, le avisaba para que no la esperara.

Había una mujer que a veces se quedaba dormida en el viaje. Cuando llegaba su parada, los pasajeros la despertaban para que bajara.

Alguna vez viajando con su amiga Angélica en el tranvía, mamá se sentó del lado del pasillo y ella en la ventanilla. Un hombre se apoyaba insistentemente sobre el brazo de Matilde, no sólo la incomodaba, le dolía el brazo porque la “golpeaba” con su miembro erecto. Le dijo a Angélica al oído, “ya no lo aguanto más, me va a hacer un agujero”.

Su amiga en voz bien alta le contestó: “Cambiemos de asiento, a mí no me molestan porque voy armada”. Mientras lo decía miró fijo al hombre y dio vuelta la solapa de su tapado donde tenía un alfiler de sombrero, las que son muy largas con una punta filosa y en el otro extremo tienen ornamentos de piedras.

No hubo necesidad de cambiar lugares, el hombre se bajó del tranvía en ese mismo momento. ¡Contaron tantas veces esa anécdota las dos en casa! como si las estuviese viendo ahora. Mamá empezó a llevar su alfiler desde ese día para defenderse si fuera necesario.

En todas las épocas las mujeres han sufrido acosos y faltas de respeto. En otros tiempos, no tan lejanos, mi hermana y yo también hemos pasado malos momentos. Un piropo que a veces podía ser una galantería que agradara a nuestra autoestima en otras oportunidades era la excusa para decir groserías irreproducibles.

No fue la única vez que mamá pasó por situaciones desagradables, en especial tan temprano cuando iba hacia el trabajo.

Al bajar del tranvía debía caminar un par de cuadras hasta el Sanatorio.

Una vez un auto frenó cerca de ella, abrió la puerta y un hombre le dijo: “Flaca, subí que falta una”. Llegó a ver a otros hombres y a una mujer, salió corriendo hasta llegar al Otamendi.

También había un hombre por la zona que se acercaba a las mujeres y abría su sobretodo para mostrarles sus genitales y decía: “Mele que tengue”, así lo recordaba mamá con un acento raro. Y otra vez correr hacia el Sanatorio, pero en este caso, mientras insultaba al hombre a viva voz.

El día de franco, su día de descanso, era uno sólo en la semana. Y no era siempre el mismo día. Una de las salidas casi obligadas era el cine. Con Ñata y la tía Consuelo o con sus amigas.

Cuando mamá veía una película, siempre fue así, se concentraba de tal manera que se “metía” en la pantalla y se olvidaba del mundo que la rodeaba. Una vez, ensimismada en la historia que estaba viendo, un hombre sentado a su lado comenzó a acariciarle la pierna. Ella nunca se dio cuenta porque estaba concentrada en la película. Él habrá entendido su no reacción como aceptación y continuó. Se usaban las medias con portaligas y al llegar a la piel, sintió la mano del hombre tocándola y saltó de la butaca mientras gritó por la sorpresa y el susto. El hombre abandonó el cine corriendo y se armó un gran alboroto.

Una vez llegó al trabajo con los ojos hinchados de tanto llorar. Sus compañeras se preocuparon y le preguntaron qué había pasado, pensando en algún problema familiar. Mamá les dijo que había ido al cine la noche anterior a ver la película mexicana “El derecho de Nacer” con Jorge Mistral. Entendieron todo, no sólo ella había llorado en el cine por esta historia y además ya conocían cómo vivía las películas.

Otra salida, el zoológico. Una vez fue con amigas y Ñata. Mamá se había comprado una cartera muy linda y su prima se la pidió prestada. Ella no sabía negarse, ni siquiera la había estrenado. Ñata se asomó para tratar de ver más de cerca al hipopótamo y se le cayó la cartera al agua. Estaba vacía, sólo la quiso usar porque le había gustado y quería lucirla. El cuidador se la rescató. Mamá contaba que nunca la usó, no sé si se la regaló o la tiró o tal vez el cuero al mojarse se arruinó.

Al trabajar tan cerca de la Avenida Santa Fe, era muy común que al cobrar saliera a mirar las vidrieras y comprar alguna ropa o zapatos o cosas para la casa. Le gustaba hacerle regalos a su tía Consuelo, era como regalarle a su mamá. Por eso tenía mucha ropa, fantasías, zapatos, perfumes, cosas bonitas que quedaban en su ropero.

Allí guardaba, por ejemplo, sus ahorros en una caja vieja. Un día haciendo limpieza Consuelo vio la caja y la tiró pensando que estaba vacía. Cuando mamá volvió y no la encontró se desesperó porque tenía bastante dinero guardado. Había un lugar, como un cuarto, donde quedaba la basura del edificio hasta sacarla a la calle. La abuela Mimí le dijo que la había tirado, Matilde se metió en la basura y la pudo rescatar.

Al Sanatorio iban algunos vendedores que les ofrecían productos a pagar en cuotas, todas compraban. Alhajas de oro y fantasías, ropa. Un señor vendía medias de seda. Mamá compraba la caja cerrada y la guardaba en su ropero. Más de una vez iba a buscar un par de medias y veía como faltaban, pero no decía nada. Un día me dijo, “total la tonta pagaba”. Fue la única vez que dijo algo negativo de esos tiempos y la convivencia familiar.

También había un doctor que viajaba a Europa y traía mucha ropa y accesorios para vender entre las enfermeras y mucamas, mamá decía que terminaba recuperando gran parte de lo invertido en su viaje.

Cuando la monja que controlaba el presentismo y asignaba los francos necesitaba cubrir los feriados, siempre contaba con mamá. Ella prefería trabajar esos días, inclusive 25 de diciembre y primero de enero, porque sumaba una semana a las vacaciones. Algunas compañeras se quejaban de favoritismos, obviamente no era amiga de todas. Cuando alguna vez le dijeron a la monja que mamá era su preferida y que por eso le daba una semana más de licencia, ella les dijo: “Sólo cuento con Matilde cuando necesito cubrir feriados, ustedes lo quieren todo. Son sus días, no son días de más”. Con sinceridad Matilde contaba que le importaba poco lo que estas compañeras decían.

Unas vacaciones decidieron ir con algunas compañeras a Necochea. Contrataron un hotel que sólo vieron por fotografías, ofrecía media pensión. Cuando llegaron era muy distinto de lo que esperaban y la calidad de la comida era mediocre. Terminaron todas descompuestas, menos mamá que no había comido porque no le había visto buen aspecto al plato que les sirvieron.

En los veranos mi madre iba muchas veces unos días a San Pedro y se alojaba en la casa de Zulema. Una vez fue con su amiga Angélica. Cuando volvieron, pasaron por Chacarita que era el único lugar de Buenos Aires donde se vendían los alfajores Havanna en esos tiempos. Los compraron y les hicieron creer a todos en el Sanatorio que habían ido a Mar del Plata.

Uno de los empleados de la cocina, se llamaba Raúl. Era tucumano, muy buen mozo, alto, delgado y elegante. Cuando salía del Sanatorio lo hacía vistiendo traje y corbata, llevaba un maletín, sombrero y en invierno un sobretodo.

Le gustaba pasar por las obras en construcción cercanas al Sanatorio, los obreros lo veían salir de ahí y lo saludaban: “Buenas tardes, Doctor”. El respondía al saludo tocando el ala de su sombrero y seguía su camino.

Angélica y Raúl comenzaron una relación. Ella era unos años más grande que él. Se casaron y estuvieron juntos siempre. Nosotras la conocíamos como Angélica de Raúl. Trabajaron hasta la jubilación en el Sanatorio. Los tratamos mucho tiempo, más adelante contaré por qué mamá decidió alejarse.

Hay algunas historias que recuerdo que ella contaba que no eran sobre la actividad propiamente dicha, pero que son interesantes para describir algunas situaciones de su vida.

En algún momento de sus diez años en el Sanatorio, algunos médicos viajaron en avión, creo que, para un congreso en Mar del Plata o Rosario y la nave se estrelló. Ninguno sobrevivió. Mamá lo contaba como uno de los momentos en los que el Sanatorio se llenó de dolor.

Cuando estaba en los consultorios había un doctor que le pedía a las enfermeras, a mi mamá o cualquier otra, que no lo dejaran solo cuando venía una paciente que estaba muy determinada a tener una historia con él y se le insinuaba constantemente. Iba a la consulta con cualquier excusa sólo para verlo. Las enfermeras la apodaron la “come hombres”.

Otro doctor, muy prestigioso en el Sanatorio, comenzó una relación con una enfermera sin intenciones de blanquear el romance. Ella quedó embarazada, no sé si vivían juntos o no. Pero luego de este bebé, tuvieron tres más. ¡Por supuesto era un secreto a voces! La madre del médico habló con él y le dijo que hasta cuando seguirían así, tenían cuatro hijos, sus nietos y ella no toleraba más esa situación y lo intimó a casarse. Finalmente, por la insistencia de su mamá, se casaron.

Una mujer concurría habitualmente a la consulta acompañada de su hija, soltera, tal vez en sus treinta años, bonita, elegante y sumamente educada. El doctor, que atendía a la madre, quedó prendado de la hija desde el primer día. Él era un hombre maduro, soltero, el típico “ratón de biblioteca” que había dedicado su vida a estudiar.

Las enfermeras se percataron de la situación, era indisimulable la atracción y obraron como celestinas. Finalmente se casaron, hicieron una gran fiesta en una estancia donde invitaron a mucha gente del Sanatorio, y por supuesto, a casi todas las enfermeras que trabajaban con él. La revista Caras y Caretas publicó la reseña de la fiesta de matrimonio porque se trataba de personas de sociedad.

Mamá guardó la revista por muchos años, en una foto aparecía con los novios en una carreta, pero el paso del tiempo y la humedad ganaron y la revista se perdió.

Una mención aparte merece un cirujano plástico que se especializaba en hacer narices. Varias actrices de la época se operaron con él. Le sugirió a mi mamá, y a otras enfermeras, que se operaran.

Mi mamá nunca quiso, decía “hace todas las narices iguales”. En los comienzos de su carrera operaba a algunos “amigos” que resultaban heridos en peleas. Aunque esto habría ocurrido muchos años atrás, la fama de “arreglarle” la cara a personas de malvivir lo precedía y mi madre siempre prefirió tenerlo lejos.

Matilde recordaba con mucho cariño y alegría una función que realizaron en el Unione e Benevolenza, una mutual italiana donde alquilaron el salón para realizar un festival por el día de la Sanidad o algo similar con fines benéficos. No recuerdo para qué necesitaban juntar fondos o, si simplemente, fue una fiesta.

Durante un mes los que participaban tuvieron que ir a aprender a bailar el Pericón, nuestra danza nacional. Durante el festival debían bailar, hicieron un sketch y mamá fue la encargada de decir el discurso. Matilde contaba con mucha picardía que durante la actuación debían tomar mate y comer pastelitos, pero que las pavas estaban llenas ¡de vino tinto! Según ella recordaba fue todo un éxito.

Cuando mamá tuvo apendicitis se operó en el Sanatorio. Eligió hacerlo con uno de los residentes que conocía y veía como trabajaba en el quirófano. Le inspiraba confianza. La abuela Consuelo la acompañó a internarse, Matilde le dijo que se fuera tranquila, que la operarían al día siguiente, que no tenía sentido que pasara la noche allí, que estaría bien cuidada y acompañada, el Sanatorio era su segunda casa, todos la conocían.

La abuela llegó al día siguiente temprano a la mañana a verla antes de la cirugía. Se demoraban, no venían a buscarla, y Consuelo se enojó. “¿Por qué trabajas acá te hacen esperar tanto? No puede ser, qué falta de respeto. ¿Vas a seguir esperando?”

Mamá levantó la sábana y le dijo, “me operaron anoche cuando te fuiste” y se empezó a reír. La abuela se enojó, pero entendió que la quiso cuidar. Años atrás las altas médicas se demoraban más que en la actualidad. Estuvo unos días en recuperación, la visitaban todo el tiempo, familia, amigas, sus compañeras que la cuidaban. No estaba en una habitación de internación, de las que usaban los ricos y famosos, estaba en las habitaciones donde los residentes y los que debían hacer guardia descansaban.

Recordaba que, en una de esas visitas, con más personas de las autorizadas para cualquier paciente, empezaron a contar chistes, la hicieron reír tanto que se le saltaron algunos puntos. Por eso su cicatriz era muy chiquita, sólo quedó marca donde estaba la sutura.

Cuando se fue a su casa de alta debía descansar unos días. Lloraba cuando escuchaba los despertadores de los vecinos que salían a trabajar. Pidió volver antes, le dijeron que no era posible. Insistió tanto que la dejaron a condición de que trabajara sentada, preparando gasitas y algunos insumos que no significaran esfuerzo.

No recuerdo en qué año el abuelo Paco enfermó. Tenía un tumor en la garganta que afectaba sus cuerdas vocales. Obviamente ellos no se atendían en el Otamendi, no estaban a la altura del Sanatorio.

Los médicos le habían dicho que necesitaba sí o sí una cirugía, pero corría el riesgo de quedar mudo. Paco le dijo a su familia que si eso pasaba prefería morirse, y amenazó con suicidarse si perdía el habla. Comenzó a estar muy triste y deprimido. La copita nocturna en el bar de la esquina con los amigos se multiplicó. Comenzó a beber de más, no era un alcohólico, pero era una actitud que no lo representaba y evidenciaba lo mal que se sentía. La abuela se enojaba, si no venía del bar por su propio pie, decía “si va a venir con copas, que no venga”.

Matilde o Coco iban a buscarlo. Ñata ya se había casado y no vivía con ellos. Todos estaban muy afectados por esto, mamá se desesperó. Habló con alguno de los especialistas del Sanatorio y logró hacerlo operar allí. Quedó muy bien y con su voz intacta.

¿Cómo mi madre no iba a querer y recordar siempre un lugar que fue escenario de tantas historias en su vida profesional y personal?

Durante sus años laborales, la vida siguió. Pero eso es otro capítulo.

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Capítulo VII: Conocer a su padre, el próximo martes 11 de agosto de 2026.

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© 2026 – Cata Lina
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