Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo V)

Recordando a Matilde, mi madre (Capítulo V)

Cata Lina

28/07/2026

CAPÍTULO V: Regreso a Buenos Aires

La familia regresó en 1945 para alquilar un departamento en Avenida Montes de Oca 250, en Barracas. Allí vivía un hermano del abuelo Paco y seguramente ese fue el motivo de la elección del lugar.

El departamento era tipo casa. Había un largo pasillo que recuerdo era el lugar elegido para correr cuando de pequeña lo visitaba con mamá. Tenía un ventanal muy grande, de esos que tienen vidrios opacos, cuadrados, chicos, que dejan pasar la luz, pero no dejan ver más que siluetas o sombras.

Entre los vecinos estaba Pepe, peluquero. Estaba casado con una hermana del que más adelante sería el esposo de Ñata.

Ñata aprendió manicuría y trabajaba en la peluquería de Pepe. Mamá se teñía con él su cabello en color caoba. Su trabajo era de tanta calidad que todos creían que era su color natural.

La hija de Pepe se casó con un policía, tuvieron dos hijos discapacitados neurológicos profundos. Mamá los visitaba y la ayudaba a bañarlos cuando eran bebés. En especial al mayor, que cuando escuchaba su voz la buscaba y sonreía. Con el paso del tiempo, se fue profundizando su condición y terminaron internados porque se violentaban. El matrimonio no soportó la situación y terminaron separados.

A mamá le gustaba el barrio, era algo muy diferente a San Pedro. Más citadino, sobre una avenida. A tres cuadras, Av. Montes de Oca 550, se encontraba la Parroquia Santa Lucía Virgen y Mártir. Empezó a frecuentar la iglesia para escuchar misa y para la fiesta en honor a la Santa los 13 de diciembre, donde la imagen sale en procesión por el barrio y en su honor llueven pétalos desde el campanario. Cuando éramos muy chicas mamá nos llevaba a esas procesiones a mi hermana y a mí.

Se cortaba la calle, se realizaba un desfile con la participación hasta del comisario. Era un mundo de gente y el perfume a jazmines invadía el lugar y el momento. Hasta el día de hoy cuando aparecen los primeros jazmines su aroma me remonta a esos días y a Santa Lucía.

Si por algún motivo no podíamos armar el árbol de Navidad el 8 de diciembre, rara vez, mamá lo dejaba para el trece en honor a la Santa.

Las Navidades fueron otro tema muy importante para mamá en esos tiempos.

Al ochocientos de Av. Montes de Oca se encuentra la plaza Colombia. Allí se realizaba el pesebre viviente con miembros de la comunidad de la parroquia y el barrio, ¡llevaban animales reales!

La plaza ocupa una manzana. Paralela a la avenida está la calle Isabel la Católica y frente a la plaza se encuentra la Iglesia Santa Felicitas que encierra una historia de tiempos más lejanos de amor, desamor y muerte.

Mamá siempre recordaba sus fiestas navideñas de esa época, solía decir que fueron las más felices de su vida. A mí me dolía, alguna vez se lo dije: “¿fueron más felices las Navidades de soltera cuando tus hijas no existíamos?”.

No recuerdo puntualmente la respuesta, pero sí sé que para ella eran diferentes. No digo que no haya disfrutado con nosotras, pero eran diferentes. Menos conflictivas. Ya avanzaré en este tema.

Los vecinos del edificio se encontraban después de las doce, tal vez para ambas fiestas, fin de año seguro. Mesas en la calle, brindis, baile. Entiendo que las disfrutara. Hoy es impensado sacar la mesa a la calle, la inseguridad gana terreno a diario.

Y hablando de seguridad no puedo dejar de comentar algunas peculiaridades de Barracas y en especial de Montes de Oca que Matilde nos contaba.

En su misma cuadra, en el número 280 vivía un hombre joven de apellido Burgos que había matado y descuartizado a su novia por celos. Sucedió en el año cincuenta y cinco. Algunos vecinos pensaban que era inocente, lo veían muy tímido, parecía inofensivo. Pero él confesó cuando lo apresaron y la justicia lo condenó.

Dos años antes en el cincuenta y tres, Yiya Murano dejaba el mismo edificio de Burgos, donde vivía, para casarse. Años más tarde se convertiría en la envenenadora de Montserrat, una famosa asesina serial. Mamá decía que se la veía salir a la calle con porte elegante y orgulloso, no era especialmente bonita, pero se hacía notar en el vecindario.

Otra vecina famosa, por motivos positivos y artísticos, que vivía en el mismo edificio que mi madre era Lita Landi. Una cantante de boleros y tangos, de las primeras mujeres que cantaron en radio. Matilde contaba que en alguna oportunidad le habían hecho un reportaje para una revista y que posaba en un hermoso departamento que no era el suyo, el de Montes de Oca 250. Una estrategia publicitaria seguramente. También trabajó en televisión con Carlos Balá, muchos años después. Participaban juntos de un sketch “¿mamá cuando nos vamos?”, lo recuerdo especialmente porque Carlitos fue un ídolo de los niños de mi generación y más. Yo lo amaba.

Muchas son las historias de Barracas, pero me concentro sólo en lo que mamá contaba.

Siguiendo el consejo del doctor de San Pedro, mamá estudió en la Cruz Roja Argentina. La carta de recomendación que le había escrito le abrió las puertas.

Era muy estudiosa y dedicada, se juntaba con varias compañeras a estudiar todos los fines de semana. Largas tardes de mates, facturas y alguna charla para amenizar la tarea, pero el estudio era fundamental. Mamá sentía que se jugaba su futuro en ello.

Cuando tenían que rendir los exámenes con bolillero como se estilaba en ese momento, pasaban las alumnas por orden alfabético. Mamá siempre era la primera por su apellido: Argiz.

Cuando Matilde terminaba de rendir, sus amigas sabían que les iría bien o no según la nota que mamá obtenía. Estudiaban todas juntas y aprobaban por igual. Pero una de ellas, vecina de su edificio, fue la única que reprobó y perdió un año.

Un profesor muy exigente, se molestó por alguna actitud o respuesta de ella que le discutió sacudiendo su dedo índice acompañando su discurso.

Mamá le dijo, “ese dedito te va a costar caro”. Y así fue. Reprobó y perdió la cursada. Matilde la alentaba y ayudaba especialmente porque trabajaba mucho, estaba algo decepcionada y, a veces, se quedaba dormida. Finalmente se recibió un año después.

La carrera de enfermería se dividía en dos partes, primero se diplomó en 1947 como samaritana y luego, en 1949, como enfermera. Título final y el objetivo buscado.

Mamá nos contó que quería viajar como enfermera en barco cuando terminara sus estudios, la abuela Mimí lloraba porque no quería que se embarcara con tantos hombres, ella la había cuidado mucho y temía que le pasara algo malo al alejarse por tanto tiempo. Matilde desestimó la idea para no hacerla sufrir.

Con su título de samaritana en mano y creo que recomendada por una vecina que ya trabajaba en el lugar, mamá ingresó en el cuarenta y siete al Sanatorio Otamendi y Miroli, en la calle Azcuénaga al 800 y continuó con sus estudios mientras trabajaba. El Sanatorio se encuentra muy cerca de la Av. Santa Fe.

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Capítulo VI: El Sanatorio Otamendi, el próximo martes 4 de agosto de 2026.

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© 2026 – Cata Lina
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