CAPÍTULO IV: San Pedro
Mi mamá se convirtió en la hija mayor de Consuelo y Paco, vivieron en un conventillo de la calle Pepirí en Parque Patricios. Por primera vez en tantos años, volvía a ser hija. Una hija amada y valorada. Cuidada. Hasta mimada, en especial por su tío Paco.
Pero estaba tan rota que ellos y sus hijos siempre la presentaban como hija y como hermana ante los demás, pero ella hablaba de ellos como tíos y primos. Nunca pudo asumir del todo su lugar de hija, aunque los amó y los cuidó como tal.
En el futuro Consuelo y Paco serían para mi hermana y para mí, la abuela Mimí y el abuelo Paco.
Poco tiempo después la empresa donde Paco trabajaba, La Plata Cereal, le ofreció un trabajo mejor remunerado, pero debía elegir trasladarse con la familia a Montevideo o a San Pedro en la Provincia de Buenos Aires.
La abuela Mimí lloraba porque no quería alejarse tanto de la familia, no quería ir a Uruguay y la elección fue San Pedro.
Comienza una de las etapas más felices en la vida de Matilde.
San Pedro es una ciudad de la Provincia de Buenos Aires, aproximadamente a 170 km de la Capital Federal. La empresa le daba a Paco trabajo y una casa para vivir con su familia. Y hacia allí partieron los cuatro.
Si bien mi mamá nunca estuvo sola después de la muerte de su madre, era la primera vez que compartía su vida con una familia que la integraba con amor y aceptación. Como hija. Como hermana. Ñata era muy chiquita, unos 5 años, y se crio con Matilde a su lado, como su hermana mayor. Mamá tenía 10 años. Corría el año 1935.
Después de esos años tan tristes, de malvivir, de llorar. Después de extrañar a una mamá cuyo recuerdo se engrandece por la ausencia y el dolor, pero que se hace menos nítido por lo temprano de su partida y el paso del tiempo. Después de alimentar tanto rencor hacia su padre por desaparecer de su vida y por todo lo que le decían de él. Ahora, Matilde, formaba parte de una familia de cuatro.
Los tíos, Ñata y ella. Y San Pedro como escenario de esta nueva vida.
La casa era sencilla, pero una casa. No una habitación en un inquilinato. Fue para todos ellos un salto de calidad en su vida. No sé si la abuela Mimí trabajaba afuera o era ama de casa. Supongo que lo segundo. Casa nueva, ciudad nueva, dos niñas que cuidar.
La casa tenía fondo, donde había tierra y un lugar para el gallinero. En las ventanas que daban a la calle no tenían rejas ni persianas, había unas cortinas de mimbre o paja y la puerta no se cerraba con llave. Otros tiempos.
La abuela aprovechó cada centímetro cuadrado de ese lugar. Sembraba tomates, morrones (con semillas que le mandaron de España), lechuga, cebollas. Tenían gallinas ponedoras que les garantizaban los huevos diarios y también, patos. Algún limonero o naranjo, por lo que creo recordar que mamá contaba.
Entre los vecinos trocaban sus distintas cosechas y también acordaban qué sembrar.
Cada determinado período de tiempo acordaban quién plantaría papas exclusivamente y canjearía por los otros productos. La abuela Mimí contaba que era necesario porque las papas renovaban la tierra.
Se juntaban entre varios para comprar un chancho y lo repartían. Hacían jamón y otras preparaciones, tenían un lugar de la casa para dejar colgando los chorizos y secarlos.
Mamá recordaba que había un tabique de madera, de esos que forman una rejilla de cuadrados en diagonal. Así separaban el gallinero. También había plantas y flores.
Un hogar.
Dos años después de llegar a San Pedro, en 1937, nació Roberto, para todos Coco. Mamá con 12 años lo amó desde el primer día, su primito chiquito, su primo hermano más hermano.
No porque no quisiera a Ñata, pero ese bebé se robó su corazón desde su llegada. Con el paso del tiempo ese cariño era correspondido totalmente. Coco la quería muchísimo.
Un año antes del nacimiento de su primo, en 1936, dio inicio la guerra civil española. Uno de los hermanos de la abuela Mimí, Ángel, desapareció durante esos años. No se sabía si militaba en la resistencia antifranquista o si era franquista. No sabían nada de él. Llegaban noticias de la guerra, pero nadie sabía nada, ¿lo apresarían? ¿a qué bando pertenecía? ¿se mantenía escondido? ¿estaba con vida?
Todos los días debían rezar un rosario para pedirle a la Virgen que lo protegiera y lo mantuviera a salvo. La guerra terminó el primero de abril de 1939 y ya sin peligro, Ángel apareció. Había huido al monte, se escondió durante toda la guerra. Cuando volvió lo hizo acompañado de su mujer y tres niños. Fue una gran sorpresa porque no sabían que estuviera con nadie, tal vez se conocieron en el destierro elegido o ella lo siguió para estar con él y no quedarse sola, marcada como la mujer de uno de los abandonaron la lucha, de un lado o del otro. Mamá recordaba esto y decía que la abuela Mimí protestaba: “nosotras rezando y este teniendo un hijo por año”.
Pidieron que estuviese a salvo y así fue. Tal vez la forma que encontró la Virgen de protegerlo fue mantenerlo alejado del epicentro del conflicto junto a su mujer. Tanto pidieron que fueron escuchadas.
Matilde quiso entrar a la escuela normal, tuvo que dar examen. Quería ser maestra. Pero los sueños se truncaron. La prioridad de las vacantes era para las hijas de los políticos de la ciudad, eso le dijeron.
Siguió su vida en la casa, ayudando en las tareas, cuidando a sus primos, en especial a Coco.
Su primo lloraba mucho, no por hambre, no por sueño. La abuela lo llevó al médico, ya no sabía qué hacer para calmarlo. En ese mismo tiempo mamá comenzó a tener fuertes dolores de cabeza. El doctor le dijo: “llévelo con María Cufré”. Era una señora del pueblo, que “curaba” a los vecinos y hasta los médicos la recomendaban en algunos casos. La señora le dijo a mi abuela que desarmara el colchón de la cuna de Coco. Ella le dijo que lo había hecho ella misma, que había juntado las plumas más tiernas de las gallinas y los patos durante meses para hacerle su colchón y con lo que le quedó le hizo una almohada a Matilde. La señora María le dijo: “desarme el colchón y la almohada, después me cuenta”. Para su sorpresa cuando los abrió encontró que las plumas estaban atadas, en montones, con hilo de coser. ¿Cómo podía ser posible? ¿si la abuela lo había hecho, nadie más había intervenido en su confección?
Mamá contaba que se deshicieron de todo, creo que lo quemaron, no recuerdo. Pero Coco se calmó y mamá ya no tuvo dolores de cabeza. Por eso mi mamá, a pesar de ser una católica practicante, en muchos años de su vida orando diariamente el rosario, siempre decía: “yo no creo en brujas, pero que las hay, las hay”.
Era una niña, ya una adolescente, feliz. Recordaba muchas veces anécdotas de su vida sampedrina. Los amigos, hijos e hijas de los vecinos, con los que compartía visitas a la costanera, veranos en el balneario, ir a la estación para ver pasar el tren.
La misa de los domingos era infaltable y un gran acontecimiento. En esos tiempos se arreglaban muy especialmente para concurrir a la iglesia en el día del Señor.
Lo mejor que se tenía para vestir, bien peinados y acicalados, las mujeres usando mantillas para cubrir sus cabezas. Después de la misa el paseo obligado por la plaza y el diálogo con los vecinos.
Mamá contaba que una señora, creo que soltera y algo mayor, lucía un sombrero distinto casi todos los domingos. Los pedía a una casa en la capital, o a varias, y los usaba cuidando muy bien que no se viera la etiqueta para poder devolverlo con cualquier excusa. Alguna de sus más cercanas sabía de su costumbre y era un chisme demasiado divertido para mantenerlo guardado.
Todos se conocían, no sé si todo San Pedro, pero sí todos los que se encontraban en el radio de acción de la familia. El barrio, la fábrica, la iglesia, los vecinos.
Una de las vecinas comenzó en secreto una relación con uno de los amigos de su hijo, hasta que decidieron blanquearlo y se casaron o comenzaron a vivir juntos. Todo un escándalo por la diferencia de edad. Por lo que recuerdo haber escuchado seguían juntos cuando mamá y la familia dejaron la ciudad, creo que hasta tuvieron algún hijo. Pero el hijo mayor nunca aprobó la relación y cortó el vínculo con su mamá y su amigo padrastro.
Otra anécdota que recuerdo es una de los carnavales. Era una gran fiesta y todos salían a divertirse. Pero las chicas eran molestadas año tras año por alguien vestido de oso o algo así. Nadie sabía de quién se trataba. El tiempo fue pasando y cuando los chicos crecieron decidieron que descubrirían quién era es el que molestaba a sus amigas.
Un año le tendieron una especie de trampa y pudieron sacarle su careta. Resultó ser el padre de uno de los chicos del grupo. Mamá contaba que la noticia corrió rápidamente y que el muchacho no podía con la vergüenza. Fue un final triste que lo alejó de sus amigos.
Para la fiesta de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio, se organizaba una fogata y el gran protagonista era un muñeco que terminaría hecho cenizas. Matilde nos contaba que una de las señoras que se encargaba de prepararlo y le ponía unas cañitas voladoras en la bragueta. Cuando el fuego llegaba allí, ante la explosión de las mismas, todos festejaban con gritos y risas. Por lo que tengo entendido esta fiesta y la fogata siguen siendo una tradición sampedrina.
Cuando Ñata tenía 9 años le indicaron una operación de garganta, debían extirpar sus amígdalas. La cirugía se debía realizar en la capital porque no había un especialista en San Pedro. La abuela Mimí decidió viajar para instalarse en casa de alguno de sus hermanos con Ñata y Coco. Él era muy chiquito, dos años, y decidió llevarlo con ella. Todavía tomaba la teta, buscaba a su mamá y llevaba un banquito para tomar de su pecho.
Mi mamá se quedó sola con su tío Paco. Ella tenía 14 años y recordó toda su vida esa corta temporada a solas con él. Si bien estaba muy bien con toda la familia, esos días fue más mimada que nunca por su tío.
Cuando se conocían por los medios historias tan horribles de abuso intrafamiliar, qué ocurrieron siempre, aunque con el tiempo tuvieron más divulgación, mamá recordaba más especialmente esos días. El respeto y el cariño de ese tío padre que siempre la valoró y alentó, la cuidó y le ofreció su apoyo aún antes de que pudiera vivir con ellos.
La estadía de la abuela y los primos en Buenos Aires habrá sido de dos o tres semanas. Paco y Matilde comieron a cuerpo de rey, ¡no dejaron ni un pato!
Una noche el abuelo la dejó sola para ir a comer un asado con sus amigos y a su regreso trajo una bandeja con mucha carne y achuras para que comieran después. Matilde se levantó y mientras su tío dormía se comió todo el asado, todo.
Cuando Paco le preguntó dónde estaba la carne, ella le contestó que se la había comido. Él le preguntó asombrado si había comido todo, era mucho. Ella le dijo que sí, que entendió que era para ella porque él había comido la noche anterior con sus amigos. El abuelo Paco no la retó, pero se asustó muchísimo. Ella era muy flaquita, pensó que le haría mal, se habrá preguntado cómo le explicaba a Consuelo que no la había cuidado correctamente si terminaba enferma por eso. Nada pasó y ese episodio se convirtió en una anécdota familiar más.
Cuando Consuelo y los primos volvieron a la casa, resultó que Ñata no necesitó la operación. El que fue intervenido fue Coco, cuando la vio a Matilde le contó en su media lengua “Matine, etoy opedado” y corrió a abrazarla. Como si al haberse alejado de ella había perdido su protección, volvía a estar en un lugar seguro con su hermana mayor.
En el gallinero tenían varias gallinas y un gallo. Utilizaban los huevos, pero algunos se empollaban para tener más animales que obviamente se usaban para la alimentación de la familia y la renovación del gallinero.
En una oportunidad, hacía frío, la abuela había puesto varios pollitos muy chiquitos en una cacerola vieja para mantenerlos en un lugar cálido.
Coco lo vio y tapó la cacerola. Un gesto inocente de un niño que le costó la vida a todos los pollitos menos a uno. La abuela lo cuidó, la seguía por todos lados, se paraba en su hombro, era su “mamá”. Cuando ya era bastante grande le pesaba, pero él seguía buscándola siempre.
Consuelo que con tanta naturalidad dislocaba el cuello de los pollos y patos para consumir, no pudo con él. El pollo guacho vivió como mascota de la familia.
Mi mamá aprendió a coser y a tejer desde chica. Seguramente fue la abuela Mimí la que le enseñó y la guio en sus primeras prendas. Era muy prolija, siempre lo fue. Tenemos una foto en la que luce un saco tejido a cuadros hecho por ella. Mamá contaba que lo tejió cuando tenía catorce años y que había quedado por el derecho y por el revés igual, sin nudos, así le había enseñado Consuelo.
La abuela Mimí era una gran tejedora, no recuerdo que se destacara en costura, pero también lo hacía. Cuando entraba rápido a la casa y dejaba las bolsas con la compra sin guardar ya todos sabían qué pasaba. Paco decía, ya vio un punto que quiere sacar.
Y así era, tomaba las agujas y probaba y probaba hasta que el tejido, que llamó su atención en la prenda de alguna persona, salía. Nunca fallaba. Mamá admiraba este talento, con sólo verlo ya sabía cómo debían ser los puntos y las lazadas para lograrlo.
En 1940 cumplió 15 años. Rememoraba con alegría su festejo. Si para cualquier niña su fiesta de 15 siempre fue un momento de ilusión, cuanto más para ella después de todo lo vivido. Afianzada como parte de la familia de Paco y Consuelo el festejo se realizó sencillamente, un vestido nuevo, vecinos y amigos, tal vez algunos parientes de Buenos Aires.
En algún momento de su estancia en San Pedro se desató una gran tormenta. Relámpagos, truenos y mucho viento. Muchísimo. Ese viento que silba y parece que aúlla, que parece un personaje de película de terror o un supervillano de comic. La familia se reunió en una habitación, la que sintieron más fuerte de la casa, no sé cuál sería, supongo que el dormitorio de los tíos. La luz se cortó y pasaron la noche todos juntos. Hubo árboles caídos, algunos techos volados. Mamá recordaba que cuando volvió la energía se encontraron que el único daño en la casa era una gran rajadura en el techo… ¡de la habitación donde estaban refugiados!
Matilde siempre recordaba esa noche y nunca perdió el miedo al viento. Cuando nosotras éramos chicas se mostraba tranquila para que no nos asustáramos, en especial yo que temía mucho a los truenos.
Mamá con mucha naturalidad le restaba importancia y me decía: “San Pedro está corriendo los muebles para poder baldear el cielo”. Me tranquilizaba su tranquilidad, hizo un buen trabajo. No temo a las tormentas. Y me tocó tranquilizarla cuando ya muy grande se permitía mostrar ese miedo, en especial por el viento.
Cuando las jóvenes de su tiempo empezaban a verse usando pantalones, mi mamá tendría 18 años y se hizo un traje con pantalón en lugar de falda. Tenemos una foto de ella con esa ropa. En la fotografía aparecen algunas de sus amigas usándolos también, las jovencitas escandalizaban a las señoras del barrio.
Por esto, las críticas no se hicieron esperar y el tío Paco, una vez más, alentándola, diciéndole que lo usara, que le quedaba bien, que nadie podría hablar de su conducta o su moral por usar pantalón, que las que hablaban eran las envidiosas que no los podían usar porque no les quedaría bien. “¡Cómo van a usar pantalones con esos ‘cuartos’!”, refiriéndose a los traseros de las vecinas criticonas.
No sólo usaba pantalones, sino que también comenzó a teñirse el cabello no para tapar canas sino por coquetería y sus tíos la apoyaban.
El médico de la familia, en esos tiempos, visitaba a sus pacientes en sus casas además de tener su consulta. Era el dueño del Sanatorio Plaza, hoy convertido en hotel por lo que le contaron a mamá años después.
El doctor la observó en varias visitas, vio cómo atendía a los que estaban enfermos en su casa. Descubrió en ella un talento que ni ella pensó tener y que cambiaría su futuro.
Le ofreció formarse en el Sanatorio como enfermera. Habló con los tíos, pero ellos se oponían. No querían que nadie pensara que la mandaban a trabajar, que la explotaban, tendría apenas 15 años. Ella pidió y pidió y pidió hasta que lo logró.
Le dijeron que probara, pero que si no le gustaba dejaba de ir. Le pidieron al doctor que la cuidara. Y así lo hizo.
En el Sanatorio había mucamas y enfermeras, una cocinera y la esposa del doctor. El matrimonio no tenía hijos y vivían en el mismo Sanatorio, tenían un espacio que era su casa.
La hija de la cocinera era una jovencita muy bonita, pero tenía muy poco pelo y muy frágil. Algunos especialistas viajaban desde Rosario para atender en el Sanatorio periódicamente. Un dermatólogo le recomendó que le pusiera aceite de ricino y almendras tibio y le hiciera fomentos con una toalla caliente. Al pasar un año tenía una hermosa cabellera y fue la ganadora del concurso de belleza local.
Mamá recordaba a todos con gran cariño, nunca tuvo un mal recuerdo de ninguno de ellos.
Entró a trabajar sin saber nada, pero el doctor quería formarla como enfermera y se la encargó a Zulema. Ella era algo más grande que mamá, fue muy generosa, le enseñó todo el trabajo sin guardarse nada para sí.
Poner inyecciones, sueros, tomar la presión, la temperatura y el resumen clínico para el doctor, cambiar y lavar a los enfermos en sus camas. Todo lo aprendió con ella.
Se hicieron grandes amigas. Zulema estaba de novia con un muchacho que apodaban Pichin, eso recuerda mi hermana. No sé cuál era su trabajo, pero corría autos de carrera.
Alguna vez estaba probando el auto, su novia tenía miedo, no le gustaba subir. La invitó a mi mamá y ella aceptó. Contaba que iban a tal velocidad que sentía que el viento le arrancaría la cara, le encantó la experiencia.
Zulema se casó y quedó embarazada. En una carrera Pichín perdió la vida. Sus miedos se hicieron realidad y su hija Zully no conocería a su papá. Mi mamá se convirtió en su madrina.
Cuando ya estaba en el Sanatorio aprendiendo y avanzando en la que sería su profesión, la tía Eduviges llegó imprevistamente a buscarla para llevarla a Buenos Aires. Le había conseguido un trabajo no sé de qué.
Mamá se negó rotundamente, ahora que había demostrado que no era una carga, que era capaz de trabajar y colaborar con los gastos de la casa, de su casa familiar, ahora aparecía otra tía de Buenos Aires a querer aprovecharse de ella. Era muy claro para ella entonces y siempre pensó lo mismo.
Los tíos le dijeron que no tenía obligación de irse con ella a ningún lado, que esa era su casa, que ellos la apoyaban en lo que decidiera. Y decidió quedarse con ellos, con sus primos, con el Sanatorio, con esa vida que comenzaba a forjarse. Eduviges se fue enojada. Nadie se hizo demasiado problema por esto.
Matilde recordaba este hecho después de muchos años con bronca, me dijo en alguna oportunidad “quería que me fuera de repente, sin despedirme de nadie, sin volver al Sanatorio”. Tenía que esfumarse subiéndose al tren con ella para no volver.
Mamá no tenía un buen recuerdo de Eduviges porque en alguna de sus visitas a San Pedro le dijo que habían levantado los restos de la abuela Pilar y sus cenizas estaban en el osario general del Cementerio de la Chacarita. Lo hizo por su cuenta, sin consultar con nadie, ni con Consuelo, ni con Paco y mucho menos con mi madre.
Le reprocharon por qué hizo algo así sin preguntar, dijeron que ellos hubieran pagado por un nicho para Pilar. No sólo por ser la hermana mayor de Consuelo y los demás, especialmente porque era la mamá de esa sobrina que ellos cuidaban como una hija. Eduviges le restó importancia a esto. Ya estaba hecho. Mamá volvió a llorar por su madre.
No lo olvidó. No sé decir si lo perdonó o no. Perdonó a las “queridas tías” que tanto la humillaron, pero esto era distinto. No era con ella. Era con su mamá. Mamá siempre es mamá. Y siempre duele su ausencia.
La tía Eduviges era una persona especial, podría decirse que era una mujer de avanzada para la época si tenemos en cuenta que se casó grande. Su esposo era trece años menor que ella y tuvo dos hijas. Llegamos a conocerla, pero nunca hubo un trato estrecho entre Matilde y ella, por lo tanto, tampoco con nosotras.
Siguiendo con su vida en el Sanatorio, en una oportunidad atendiendo a un señor mayor que estaba internado, al terminar su trabajo se acercó a ella y la besó en la mejilla. Mamá se ofendió, lo retó y se fue corriendo. No lo quiso atender más. Los siguientes días lo atendían las otras enfermeras.
Este hombre lloraba, preguntaba por ella, decía que fue en agradecimiento, que no quiso ofenderla. Era un hombre de campo, de las chacras, Zulema la convenció y volvió con ella a verlo.
Le pidió perdón entre lágrimas y mamá lo perdonó, pero le dio un discurso sobre el respeto y le dijo que no aceptaría nunca más una actitud así. Con los años lo recordaba con ternura, no había tenido mala intención, tal vez fue la primera vez que recibía atención y cariño.
Un día el doctor le dijo si se animaba a presenciar una cirugía. Aceptó. Le dijo que se quedara parada en una esquina del quirófano y que si se impresionaba o se sentía mal se sentara y no mirara más.
Lejos de asustarse, no le alcanzaban los ojos para observar todo lo que allí pasaba. Había encontrado definitivamente su vocación. Cuando terminó la operación el doctor le dijo, “no me equivoqué con vos”.
Empezó a asistir a los pacientes no sólo en sus internaciones sino también en el quirófano. Era una esponja que absorbía todo lo que veía y le enseñaban.
Alguna vez contó que tuvo que asistir al doctor en la amputación de una pierna y que participó en varios partos, alguna bebé fue bautizada como Matilde como gesto de agradecimiento de sus padres hacia mi mamá.
Una de las historias que mamá contaba era que en el Sanatorio nació el hijo de la familia Pochulu, era un bebé hermoso de nombre Fernando y todas se desvivían por atenderlo. Mamá tenía poco más de 18 años. Con el tiempo se convertiría en Fernando Bravo, locutor, animador y periodista.
Después de diez años de vida sampedrina llegó el momento de volver a la Capital Federal, la empresa trasladó al abuelo nuevamente.
El doctor le hizo una carta en la que describía todo lo que había aprendido y sabía hacer como enfermera y le recomendó especialmente que siguiera con su profesión en Buenos Aires y que estudiara en la Cruz Roja Argentina.
Mamá siempre recordaría con mucho amor la vida en San Pedro: la casa, el río, la costanera, el balneario, la estación de tren, la escuela normal, el Sanatorio, los vecinos, sus amigos.
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Capítulo V: Regreso a Buenos Aires, el próximo martes 28 de julio de 2026.
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© 2026 – Cata Lina
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