Hay recuerdos que, si uno los cuenta muy serio, parecen delitos.
Pero si los cuenta cuarenta años después, parecen capítulos perdidos de una comedia escolar.
Esto pasó en 1986, en quinto de secundaria, en el Colegio La Salle de Arequipa. Éramos una promoción grande, ruidosa, hormonal, medio salvaje y con esa soberbia absurda que tienen los alumnos de último año: creíamos que ya sabíamos todo, cuando en realidad no sabíamos ni resolver un problema de física sin empezar a sudar como testigo falso.
Y justo de física se trataba.
También de inglés, claro, pero lo grave era física. Porque el inglés, más o menos, uno podía inventarlo poniendo cara de turista. Pero física no. Física era otra cosa. Física era una pared de concreto. Una frontera. Un idioma hecho de fórmulas, letras raras, flechas, masas, velocidades y profesores que parecían disfrutar viendo cómo uno se hundía lentamente.
Yo, personalmente, tenía con la física una relación diplomática rota.
No nos hablábamos.
Mis notas en ese curso eran las peores de toda la promoción, no había forma de que saque una menor calificación, porque no existía. Si el profesor ponía una pregunta de velocidad, yo pensaba en la pista de atletismo. Si salía fuerza, yo perdía fuerza. Si hablaban de masa, yo pensaba en tallarines. Mi rendimiento en física no necesitaba libreta de notas, necesitaba partida de defunción.
Así que la previa de ese examen tenía aroma de tragedia.
Hasta que ocurrió el milagro.
O mejor dicho: el asalto.
Tres compañeros —a quienes protegeremos con alias falsos porque uno nunca sabe cuándo la justicia escolar prescribe— decidieron hacer algo que, visto con ojos adultos, fue una barbaridad. Pero visto con ojos de quinto de secundaria, fue casi una operación de precisión quirúrgica, de inteligencia del Mossad o la CIA.
Los llamaremos:
La Sombra: De ojos dormidos, voz lenta y humor negro: parecía hablar desde una cueva, pero siempre soltaba la frase exacta. No hacía bulla; aparecía, decía una maldad ingeniosa y dejaba al salón riéndose.
El Rengo: caminaba distinto por alguna afección en su infancia, pero tenía la cabeza sumamente rápida. No necesitaba correr: pensaba, calculaba y seguramente ya tenía el plano del atraco en la mente.
Vizcacha: alto, moreno, nervioso y tranquilo a la vez, parecía no saber cómo había terminado metido ahí. Era el menos travieso de todos, pero justo apareció en el robo del siglo con cara de conejo asustado.
Ellos tres eran miembros fundadores de una organización clandestina que pasaría a la historia con un nombre digno de expediente policial:
Los Físicos.
No sé exactamente cómo lo hicieron. La memoria, cuando le conviene, se lava las manos. Pero la leyenda dice que entraron a la imprenta del colegio y se llevaron el examen de física y el de inglés.
Así nomás.
La imprenta.
Ese lugar sagrado donde se imprimían comunicados, circulares, exámenes y probablemente nuestras futuras desgracias. Un sitio al que uno no entraba ni por casualidad. Una especie de bóveda escolar. El Fort Knox lasallista. Solo que en vez de lingotes de oro había papel bond, papel periódico, olor a tinta y el destino académico de noventa adolescentes.
Yo me imagino la escena como una película.
Noche cerrada.
Aunque seguro fue de día, pero de noche queda mejor.
La Sombra pegado a la pared, vigilando el pasillo.
—Apuren, apuren, que viene alguien.
El Rengo, con una gota de sudor bajándole por la frente, abriendo una puerta que chirría como si quisiera delatarlos.
Vizcacha, metiendo la mano entre papeles, carpetas y sobres, hasta encontrarlo.
El botín.
Un sobre manila.
Y dentro del sobre, la salvación.
El examen de física.
El examen de inglés.
La vida misma impresa en tinta negra.
En ese momento, probablemente debieron haber hecho lo que hacen los grandes delincuentes: guardar el secreto, estudiar con cuidado, sacar una nota prudente y desaparecer entre la multitud.
Pero cometieron un error fatal.
Tuvieron amigos.
Y uno, a los dieciséis años, puede traicionar muchas cosas: el uniforme, el horario, la libreta de control, la misa de inicio de año. Pero no al amigo que se sienta a tu lado y que también está a punto de morir en física.
Entonces uno de ellos compartió el examen con su pata más cercano.
Ese pata, profundamente conmovido por el gesto, se lo pasó a otro. El otro se lo pasó a dos más. Esos dos tenían primos emocionales en “5to. A”. Y así, en cuestión de horas, el secreto mejor guardado del colegio se convirtió en aviso de servicio público.
El examen empezó a circular como pan caliente.
Al comienzo era “no le digas a nadie”.
Después fue “solo a los de confianza”.
Luego “ya lo tienen todos, huevón”.
Y al final, el examen era tan secreto como el himno del colegio.
Esa noche, en las casas de toda la promoción, ocurrió un fenómeno que debió alertar a los padres.
Muchachos que jamás abrían un cuaderno estaban “estudiando”. Chicos que normalmente confundían el libro de física con una tabla de picar, estaban resolviendo problemas. Madres emocionadas pensaban que por fin sus hijos habían madurado.
Pobres madres.
La fe de una madre es hermosa, pero a veces es más ingenua que vendedor nuevo en campaña navideña.
Yo también estudié.
Pero no estudié física.
Estudié el examen.
Es distinto.
Cuando uno estudia física, intenta entender el universo. Cuando uno copia el examen robado, intenta sobrevivir al martes.
Y yo sobreviví con una concentración admirable. Esa noche fui aplicado, metódico, ordenado y sobre todo, creativo. Preparé mi plagio para sacarlo durante el examen y copiar las respuestas. Una joya de alumno. Si me hubieran visto, habrían pensado que estaba preparando mi ingreso a la NASA, cuando en realidad estaba preparando mi coartada.
Llegó el día del examen.
Entramos al salón con una tranquilidad sospechosa. Esa tranquilidad que tienen los culpables cuando quieren parecer inocentes. Nadie hablaba mucho. Todos mirábamos al frente. Alguno hacía como que repasaba. Otro abría el cuaderno al azar, como actor secundario de una mentira colectiva.
Nos repartieron las hojas.
Yo miré el examen.
Era el mismo.
El mismo.
Sentí algo parecido a la felicidad, pero con taquicardia.
Saqué mi plagio, lo puse debajo de mi examen y empecé a contestar. Una pregunta. Otra. Un problema. Otro. Yo escribía como poseído por el espíritu de Newton, aunque Newton, de verme, seguramente habría pedido cambiarse de planeta.
Por primera vez en mi vida, la física me sonreía.
Claro, me sonreía porque la tenía secuestrada.
Pero yo no quería exagerar. Había que ser inteligente. Había que manejar el perfil. Había que cuidar la operación. Así que tomé una decisión estratégica: dejar dos preguntas sin responder.
“Así no sospechan”, pensé.
Qué ternura la mía.
Yo creía que estaba actuando como un delincuente fino, de esos que roban un museo y dejan una tarjeta perfumada. Me imaginaba al profesor corrigiendo mi examen y diciendo:
—Carpio ha mejorado. No mucho, pero ha mejorado.
La realidad fue otra.
Cuando salieron las notas, el colegio entero entró en estado de emergencia académica.
Yo saqué 18.
Dieciocho en física.
En mi caso, eso ya era motivo para llamar a Roma e investigar que se necesita para la canonización. Era imposible. Mis notas anteriores en física parecían resultados de presión arterial baja. Sacar 18 era como ver a un burro resolviendo álgebra con lentes.
Pero lo mío todavía podía pasar como un accidente estadístico. Una inspiración. Un relámpago. Un “Carpio por fin estudió”.
El problema fue que casi todos sacaron 20.
Veinte.
Veinte.
Veinte.
Era una lluvia de veintes. Una plaga de excelencia. Una pandemia de genios. De pronto, la promoción más normal del mundo parecía integrada por físicos nucleares, traductores simultáneos y futuros premios Nobel.
Había gente que no sabía si “apple” era manzana o marca de radio, sacando 20 en inglés. Había otros que en física no distinguían una fórmula de una receta de cocina, sacando 20 sin despeinarse.
Ahí la mentira empezó a hacer ruido.
Porque una cosa es que un alumno mejore. Dos alumnos, puede ser. Tres, milagro. Noventa, delito.
Al día siguiente comenzaron las investigaciones.
El ambiente cambió. El colegio ya no parecía colegio. Parecía comisaría. Los profesores caminaban serios. Los auxiliares miraban más de la cuenta. Los alumnos hablábamos bajito, que es la forma escolar de confesar sin decir nada.
Nos empezaron a llamar uno por uno.
Y por supuesto llamaron primero a los sospechosos de siempre. Los que teníamos antecedentes de conducta, de creatividad mal empleada o simplemente cara de haber estado cerca del incendio aunque no hubiéramos prendido el fósforo.
Uno entraba a una sala.
Yo la recuerdo —o la invento, que a estas alturas da lo mismo— oscura, con una silla al centro y un foco encima de la cabeza. Como en las películas. Solo faltaba un policía con bigote diciendo: “Habla, muchacho, sabemos todo”.
Pero eran profesores.
Peor.
Porque un policía te asusta.
Un profesor te decepciona.
—Carpio, ¿usted sabía algo del examen?
—No, profesor.
Mentira.
—¿Alguien se lo pasó?
—No, profe.
Mentira.
—¿Cómo explica entonces su 18 en física?
Ahí sí me agarraron.
Porque una cosa era negar el delito. Otra muy distinta era explicar un fenómeno paranormal.
Yo debí responder:
—Profe, la gracia del Señor actúa de formas misteriosas.
Pero no me atreví.
Creo que solo puse “cara de cojudo”. Esa cara que uno pone cuando quiere parecer inocente, pero parece más culpable todavía. La misma cara que pone el perro cuando se comió el pollo y todavía tiene el hueso al costado.
Nos interrogaron a varios. A mi mancha, a los amigos de los amigos, a los que habían celebrado demasiado, a los que por primera vez en su vida entregaron un examen antes de tiempo.
Pero nadie habló.
Eso sí hay que decirlo.
Nadie delató.
Nadie dijo nombres. Nadie señaló. Nadie vendió a nadie por salvarse. Y eso, visto hoy, me sigue pareciendo notable. Éramos unos tramposos, sí. Unos burros con información privilegiada, también. Pero no éramos soplones.
Había códigos.
Malos códigos, quizás. Juveniles, torpes, medio cavernícolas. Pero códigos al fin.
Como nadie confesaba y las notas no aguantaban ninguna probabilidad estadística, el colegio tomó una decisión lógica, cruel y devastadora:
Nos volvieron a tomar los exámenes.
Casi los mismos.
Casi las mismas preguntas.
Casi los mismos problemas.
Casi las mismas alternativas.
El mismo campo de batalla.
Pero esta vez sin sobre manila.
Sin milagro.
Sin filtración.
Sin la Hermandad.
Sin Newton secuestrado.
Y ahí ocurrió la masacre.
Yo saqué 02.
Dos.
No cinco.
No siete.
No ocho con dignidad.
Dos.
Pasé de 18 a 02 en veinticuatro horas. Eso no fue una caída. Fue avión estrellándose contra el mar. Si mi libreta de notas hubiera tenido cinturón de seguridad, igual se mataba.
El 18 había sido un disfraz.
El 02 era mi DNI.
El 18 decía: “Alumno aplicado”.
El 02 decía: “No te pases, Carpio”.
La promoción volvió también a su naturaleza. Los veintes desaparecieron como promesas de político. Aparecieron cincos, ochos, ceros, miradas perdidas y ese silencio triste que queda después de que la realidad entra al salón.
Pero todavía faltaba el capítulo final.
La caída de la banda.
Dicen que el portero, Pascual, los había visto saliendo de la imprenta del colegio en actitud sospechosa. Y uno de ellos llevaba un sobre manila bajo el brazo.
Pascual.
Siempre hay un Pascual.
Uno cree que está ejecutando el atraco perfecto. Que nadie vio nada. Que el plan fue impecable. Que el colegio entero duerme. Pero ahí está Pascual, parado en algún rincón, con su mirada tranquila de portero que no se pierde una.
Pascual no necesitó cámaras de seguridad. No necesitó huellas digitales. No necesitó laboratorio forense.
Vio un sobre manila y tres caras de culpables.
Suficiente.
A los tres los llamaron. Me imagino la escena como el final de una película policial barata, de esas que dan un domingo por la tarde.
La Sombra, sentado, tratando de mirar fijo. El Rengo temblando por dentro. Vizcacha intentando mantener la dignidad.
—Pascual los vio.
Y ahí se acabó la revolución.
Porque contra un profesor uno puede inventar. Contra un auxiliar uno puede hacerse el loco. Contra un cura del colegio o un Hermano de La Salle uno puede rezar. Pero contra Pascual no hay defensa.
Pascual era la cámara de seguridad con sombrero.
El Google Maps de la culpa.
El VAR del sobre manila.
No recuerdo bien qué pasó después. Creo que los expulsaron. No sé si definitivamente o solo por unos días. La memoria, cuando hay castigo, borra detalles para no pagar doble.
Lo que sí recuerdo es a nosotros.
Noventa alumnos castigados. Parados en el patio durante varios días, dos horas, pagando por haber participado en el festín aunque no hubiéramos cocinado el chancho.
Estábamos ahí, tiesos, aburridos, con cara de mártires. Como si fuéramos víctimas de una injusticia histórica.
Pero no lo éramos.
Habíamos hecho trampa.
No robamos el examen, es cierto. Pero lo usamos. Lo estudiamos. Lo disfrutamos. Lo celebramos en silencio. Nos pusimos el traje de genios por un día y después nos sorprendimos cuando nos pidieron pillaron.
Y sin embargo, en medio de todo eso, había algo que todavía me mueve por dentro.
La promoción no entregó a nadie.
Nadie.
Nos castigaron a todos. Nos interrogaron. Nos hicieron repetir los exámenes. Nos dejaron parados bajo el intenso Sol del cielo arequipeño. Y aun así, nadie señaló con el dedo.
Eso no hace correcto lo que hicimos. No convierte la trampa en virtud. No lava la culpa. Pero habla de una época, de una edad, de una forma torpe y profunda de entender la amistad.
Éramos muchachos.
Muchachos idiotas, si somos honestos.
Pero juntos.
No sabíamos mucho de ética. Tampoco de física, como quedó demostrado científicamente con mi 02. Pero sabíamos que había cosas que no se hacían. Y una de ellas era vender al compañero para salvar el pellejo.
Hoy me río cuando lo recuerdo.
Me río del 18.
Me río del 02.
Me río de la banda “Los Físicos”.
Me río de Pascual, el Sherlock Holmes de la portería.
Me río de nosotros creyéndonos protagonistas de “La gran estafa”, cuando en realidad éramos escolares con miedo a jalar física.
Pero después de la risa viene otra cosa.
Una especie de ternura y nostalgia.
Porque esos días, parados en el patio, castigados, derrotados, medio avergonzados y medio orgullosos, no sabíamos que la vida nos iba a tomar exámenes mucho más difíciles.
Exámenes sin aviso.
Sin temario.
Sin recreo.
Sin copia posible.
Exámenes donde no sirve robar la respuesta, porque la pregunta cambia mientras uno está contestando.
La vida después nos examinó en cosas más duras que física: en pérdidas, en amores que se fueron, en trabajos que no salieron, en padres que envejecieron, en amigos que desaparecieron del mapa, en sueños que se quedaron a medio camino.
Y ahí no había sobre manila.
Ahí cada uno tuvo que responder con lo que tenía.
Algunos aprobamos raspando.
Otros jalamos.
Otros seguimos dando el examen hasta hoy.
Por eso, cuando pienso en aquel 1986, no pienso solo en la trampa. Pienso en esos noventa chicos de La Salle, parados en el patio, creyendo que el mundo se acababa porque nos habían castigado dos horas.
Qué poco sabíamos del mundo.
Qué poco sabíamos de la vida.
Pero qué bien sabíamos estar juntos.
Y quizás eso, al final, fue lo único que aprobamos de verdad.
No física.
No inglés.
No conducta.
Aprobamos la materia más importante: compañerismo.
Con una nota discutible, claro. Tal vez un 11. Un 11 generoso, con el profesor mirando para otro lado.
Pero aprobado al fin.
Y yo, aunque al día siguiente la realidad me devolvió mi humilde 02, todavía guardo con cariño ese 18 imposible.
Ese 18 prestado.
Ese 18 delincuencial.
Ese 18 que duró menos que promesa de año nuevo.
Porque por un solo día fui brillante en física.
Falso, sí.
Pero brillante.
Y a veces la memoria, que también es medio tramposa, decide quedarse con ese relámpago.
Aunque al fondo, muy al fondo, siga Pascual mirándonos desde la portería, con el sobre manila bajo el brazo de la verdad.
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