El club de los ausentes

El club de los ausentes

Ojo de Gato

26/06/2026

Uno no pierde amigos de golpe. Los amigos se van quedando en otras calles, en otros trabajos, en otras ciudades, en otros bares, en otros cansancios. Se quedan como monedas en el bolsillo de un saco viejo: siguen siendo tuyas, pero ya no las usas.

A mí me ha pasado con muchos.

Con los amigos del trabajo, por ejemplo. Esos con los que viajé por todo el sur del país visitando médicos, cargando muestras, folletos, resúmenes científicos y una fe vendedora que a veces parecía más pesada que la maleta. Con ellos aprendí que un viaje podía empezar con una visita formal a un médico y terminar a las dos de la mañana cantando Sui Generis, Silvio, Serrat y cerrar con unos valses y zambas en una guitarra desafinada, un buen chilcano de pisco y una conversación filosófica sobre la flaca de farmacia que nos sonrió tres segundos y nosotros, humildemente, ya la veíamos con otros ojos, mientras los colmillos nos iban apareciendo.

Éramos jóvenes, o al menos más jóvenes que ahora. Almorzábamos en manadas, cenábamos como si el colesterol fuera un invento de la ciencia, y recorríamos ciudades con esa mezcla de cansancio y entusiasmo de los vendedores de verdad.

A varios ya no los veo. Cambiaron de empresa, de rubro, de ciudad, de vida. Y yo también cambié. Pero a veces escucho una canción, huelo un pisco de esos de chacra o paso por una carretera, y vuelven. Los veo entrando al hotel de saco y corbata, contando la misma anécdota, riéndose antes de terminar, porque hay gente que no cuenta chistes: los revive.

También están los amigos del fútbol. Ahí la memoria llega con chimpunes embarrados y rodillas sonando como puerta vieja. Los Compadres. Qué equipazo. Bueno, “equipazo” es una palabra generosa. Éramos una mezcla rara de talento intermitente, barriga creciente, garra auténtica y reclamos arbitrales de nivel internacional. Todos creíamos tener pase largo, visión de juego y liderazgo natural, pero bastaba que nos apretaran un poquito para que apareciera el verdadero sistema táctico: “pásamela a mí, no seas huevón”.

Lo mejor no era siempre el partido. Lo mejor venía después. Quedarnos en el club, sudados, felices, derrotados o agrandados, tomando unas chelas como si hubiéramos ganado la Champions, y luego, un plato de chicharrón donde la señora María. Ese chicharrón debería estar en la Constitución o, por lo menos, en un altar con vela propia. La señora María nos miraba llegar y ya sabía: “estos vienen a recuperar las calorías que supuestamente quemaron”. Y tenía razón.

A esos amigos también los dejé de ver cuando dejé de jugar. Qué raro eso. Uno cree que deja el fútbol por una lesión, por la edad, por la espalda, por el trabajo, por la familia. Mentira. Uno deja el fútbol sin darse cuenta que se va a perder lo mas importante: ver a tu tribu. Deja de escuchar apodos absurdos, discusiones inútiles, apuestas de chela, arengas ridículas. Deja de tener un domingo con olor a pasto, sudor, cerveza y amistad.

Y luego están los del barrio. La Aurora. Cada vez que regreso por ahí, el parque no está vacío. Aunque esté vacío. Yo los veo jugando, corriendo, gritando, haciendo mancha, planeando nada con una seriedad impresionante. Los veo compartiendo un pucho como si fuera un pacto internacional. Uno daba una pitada, otro opinaba, otro tosía como motor viejo, y todos se sentían grandes, peligrosos, inmortales. Qué tiempos aquellos en que la vida cabía en una banca del parque, una pelota y una mentira bien contada.

La infancia tiene eso: no pide permiso para quedarse. Uno se va del barrio, pero el barrio no se va de uno. Se queda escondido en una vereda, en una pared despintada, en una ventana. La Aurora no es solo un lugar. Es una pandilla de fantasmas buenos jugando eternamente a la hora en que las mamás gritaban desde las casas y uno respondía “ya voy”, que quería decir exactamente “no voy todavía”.

Y están también los amigos del colegio, esos que no se fueron del todo porque siguen ocupando una carpeta vieja en la memoria. Mi mancha. Los mismos con los que nos sentábamos en los recreos a fumar escondidos dentro del colegio, creyéndonos delincuentes internacionales por prender un pucho detrás del kiosko de Coca Cola, cuando en realidad éramos unos mocosos asustados, con cara de vivos y pulmones de principiante. Con ellos aprendí esa primera forma de complicidad: mirar a los lados, reír bajito, inventar excusas malas y sentir que el mundo era nuestro durante quince minutos de recreo. Ahora los veo siempre que puedo cuando viajo a Arequipa, y aunque ya no somos esos flacos con uniforme plomo, basta un abrazo, una burla o una anécdota repetida para que vuelva la mancha completa, como si el tiempo hubiera salido a dar una vuelta y todavía no regresara.

Pero hay amigos que no solo dejé de ver. Hay amigos que se fueron antes. Antes de la próxima guitarra, antes del próximo abrazo, antes de esa llamada que uno posterga porque cree que la vida tiene agenda abierta.

Mi hermano Cuzzi. Mi compadre Chale. Pedrito. Mi cumpa Juan Luis.

Nombres que no deberían escribirse tan fácil. Porque cuando los escribo, algo se me desacomoda en el pecho. No sé si se fueron al cielo, a otra dimensión, al camerino de los que ya terminaron el partido, o donde diablos vayan los que nos hicieron reír tanto. Lo único que sé es que se fueron antes de lo que yo hubiera querido. Aunque quizás se fueron en el momento preciso que les tocaba. La vida tiene esa mala costumbre de no consultarnos sus decisiones.

A ellos los sigo viendo de otra forma. En una broma que aparece sola. En una canción. En una mesa donde falta una silla. En ese segundo incómodo en que alguien dice su nombre y todos sonreímos un poco menos de lo normal. Porque los muertos queridos no se van del todo. Sería una falta de educación. Se quedan rondando. Jodiendo bonito. Cuidándonos de alguna manera. Soplando al oído cuando uno está por hacer una tontería.

He dejado de ver muchos amigos, sí. Pero estoy seguro que no los perdí. Quizás la amistad verdadera no necesita asistencia perfecta. Quizás hay amigos que se guardan en el cuerpo, como marcas alegres. Están ahí y basta mirarlas para recordar que alguna vez fuimos otros: más flacos, más bravos, más ingenuos, más vivos.

A veces pienso que la vida es una gran reunión donde todos van llegando y saliendo sin avisar. Algunos traen pisco. Otros traen guitarra. Otros traen fútbol. Otros traen barrio. Y algunos, los más importantes, cuando se van, dejan prendida una luz chiquita para que no nos dé tanto miedo seguir.

Por eso hoy brindo por los amigos que dejé de ver. Por los que están lejos, por los que cambiaron de ruta, por los que todavía debo llamar, por los que ya no contestan, por los que siguen jugando en mi memoria con camiseta sudada y risa completa.

Y brindo por mí, que sigo aquí, medio nostálgico, medio ridículo, con la agenda llena de ausencias y el corazón, felizmente, todavía lleno de gente.

Etiquetas: amistad gratitud relatos

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