Cristian permanecía sentado en una butaca roja frente a una gran chimenea encendida mientras hojeaba el último libro que había adquirido en una vieja casa de empeño. La cubierta, de un cuero negro tan profundo que parecía absorber la luz, y las hojas amarillentas, vencidas por el tiempo, hablaban de una historia mucho más antigua que cualquiera de las que él pudiera imaginar. La tinta desvaída había condenado algunas palabras al olvido, aunque aquello solo despertaba más su curiosidad. Pasó los dedos por una de las páginas con la delicadeza con que se acarician los pétalos de una rosa.

Tomó un sorbo de café. El calor descendió lentamente por su garganta mientras el crepitar de la leña envolvía la habitación en una calma hipnótica. Entonces comenzó a leer.

La lluvia caía con una paciencia infinita, cubriendo el paisaje bajo un velo gris que parecía borrar cualquier rastro de alegría. Resultaba extraño, porque el verano seguía gobernando los días y el aire conservaba su tibieza. Sin embargo, dentro de él el invierno llevaba mucho tiempo instalado.

Era su cumpleaños.

Años atrás aquella fecha significaba abrazos, risas y una casa llena de voces conocidas. Esta vez solo existían el sonido de la lluvia y el silencio de unas habitaciones demasiado grandes para una sola persona. ¿De qué servía cumplir un año más si nadie compartía el recuerdo?

Las horas se deslizaron lentamente, como si el tiempo también hubiese decidido abandonarlo. Permaneció inmóvil junto a la ventana, observando las gotas resbalar por el cristal, hasta que el sueño comenzó a reclamarlo.

Fue entonces cuando apareció.

Una pequeña paloma blanca descendió frente a él sin el menor ruido. Su plumaje era de una blancura casi irreal, como si ninguna tormenta hubiera logrado rozarlo jamás. Cristian apenas tuvo tiempo de admirarla antes de descubrir la diminuta bolsa de cuero atada a una de sus patas.

Con movimientos lentos la desanudó.

Dentro había una única nota.

Ven al patio trasero de la casa de la colina en una hora.

Levantó la vista de inmediato.

No había nadie.

La paloma también había desaparecido.

Un leve escalofrío recorrió su espalda.

—Qué extraño… —murmuró.

La ventana seguía cerrada. La lluvia continuaba golpeando el vidrio con la misma insistencia. Era imposible que el ave hubiese entrado por allí.

Guardó la nota en el bolsillo de su pantalón.

Una hora.

Solo esas dos palabras giraban una y otra vez dentro de su cabeza.

No encontró ninguna explicación, pero la curiosidad terminó venciendo al sentido común. Cuando llegó el momento, salió de casa.

La lluvia había cesado, aunque el aire aún conservaba el olor húmedo de la tierra recién empapada. Caminó hacia la colina siguiendo un sendero apenas iluminado por una luna creciente que asomaba entre las nubes. A medida que avanzaba, el silencio se volvía cada vez más profundo, como si incluso los grillos hubieran decidido callar.

Al llegar al patio trasero, contuvo la respiración.

Entonces todo estalló.

—¡Sorpresa!

La oscuridad se llenó de risas, aplausos y luces. Sus amigos y familiares comenzaron a rodearlo mientras las felicitaciones se mezclaban con abrazos que parecían borrar, uno tras otro, los fantasmas de la tarde. Sintió cómo la tristeza se desmoronaba en su interior y, por primera vez en todo el día, volvió a sonreír de verdad.

La celebración se prolongó durante horas. Entre conversaciones, anécdotas y brindis, el tiempo volvió a adquirir la velocidad de los momentos felices.

Hasta que el cansancio comenzó a hacerse notar.

Sin decir nada, se apartó discretamente del grupo. Sus amigos le habían insistido en que aquella noche la casa era completamente suya, así que decidió buscar un momento de tranquilidad antes de regresar a la fiesta.

En lugar de subir a una habitación, caminó hacia la cocina.

Preparó una taza de café.

Siempre le había resultado curioso que la cafeína jamás lograra quitarle el sueño.

Con la taza aún humeante entre las manos atravesó el pasillo hasta llegar a un salón iluminado únicamente por una enorme chimenea.

Había una butaca roja frente al fuego.

Y alguien estaba sentado en ella.

Durante un instante creyó que se trataba de otro invitado.

Después distinguió el libro.

La cubierta negra.

Las hojas antiguas.

La taza de café sobre la pequeña mesa.

Sintió un nudo en el estómago.

El hombre llevaba exactamente la misma ropa que él había usado antes de abandonar su casa.

Entonces levantó lentamente la vista del libro.

Y sonrió.

FIN

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