Carnada.

Corría a todo lo que daban mis cansadas piernas, las pantorrillas y los muslos ardían por el esfuerzo y mi pecho, contraído, me quemaba con cada exhalación. Al final del callejón veía el edificio donde nos encontraríamos con mi hermano.

Viendo el sol posarse sobre mi cabeza, calculé que era pasada “la hora del almuerzo”, lo cual era gracioso pues en estos tiempos poco se almorzaba; al contrario, los días transcurrían entre fallidos intentos de los muertos vivientes por convertirnos en su almuerzo.

Jadeando, miré atrás y vi un grupo de siete zombis que me seguía a una distancia de cinco metros. “En el edificio los perderé”, pensé, “ojalá este cabrón haga bien su parte”, recordando a mi hermano. Cuando nos separábamos, siempre recurríamos a la misma estrategia: yo distraía a las amenazas mientras él se abría paso hasta el edificio más alto del pueblo. De esta forma él despejaba la vía en su huida, eliminando la mayor cantidad de obstáculos que le fueran posibles. A su vez, yo corría por mi maldita vida.

Siempre fui el más rápido, a pesar de ser el más pequeño de los tres. Ahora éramos dos. Mis ojos llenos de lágrimas, irritados por el roce del viento en mi huida, dejaron salir un par al pensar en nuestra reciente pérdida.

—La extrañas, ¿verdad? —me preguntó mi hermano esa mañana. El vapor de nuestra pequeña tetera se arremolinaba hacia el cielo recién teñido por el sol del amanecer— No parabas de decir su nombre mientras dormías…

—¿Cómo no la voy a extrañar, pedazo de imbécil? —respondí, exaltado, las mañanas ya no eran lo mismo sin ella— Nunca olvidaré su rostro, pero quisiera poder recordar su sonrisa, ¿sabes?

Mi hermano asintió y luego negó con la cabeza y comenzó a recoger el campamento. Por un momento nos quedamos así, escuchando en silencio el compás de nuestras respiraciones agitadas al ritmo del vapor de la tetera y el crepitar de la leña. El frío matutino comenzaba a fundirse con el calor de nuestra pequeña hoguera, dando paso a un nuevo día de luz. Otro día con la gracia de poder vivir deseando de una vez morir.

—Ni siquiera sé por qué nos seguimos esforzando…—dije, al fin, para romper con el silencio mortuorio.

—¿Y es que acaso quieres rendirte?, ¿por eso se sacrificó nuestra hermana, pequeño pedazo de mierda? —espetó mi hermano, tirando a un lado su mochila, a la vez que se erguía detrás de la hoguera. El vapor salía raudo de la tetera, acompañado del burbujeo del agua en su interior— Te recuerdo que fue por salvar tu culo que la mordieron, tu estupidez la condenó, espero eso nunca lo…

—¡¿Y cómo carajos voy a olvidarlo?! —grité, mientras la tetera silbaba sobre el fuego— ¡Te recuerdo que fui yo quien tuvo que dispararle antes de que se convirtiera!

Una bandada de pájaros se apuró al cielo entre los árboles y un nudo se apretó en mi estómago. Mi hermano me miró con rechazo, pero no dijo nada. Los dos sabíamos que ambos teníamos razón, pero estaba siendo más difícil de lo que debía el estar en paz entre nosotros y con el recuerdo de nuestra fallecida hermana.

El sol empujaba las sombras de la mañana mientras preparábamos el desayuno: agua hervida con un poco de azúcar, unos pedazos de pan de harina y el desazón de una discusión matutina. Desayuno de campeones.

—Lo siento, David —mi hermano rompió el silencio, hablando con la boca llena—. La extraño mucho, ¿sabes? Todo se ha hecho más difícil desde que no está.

—Lo sé, Erick, créeme que lo sé…

—Por ella debemos sobrevivir, sólo somos tú y yo contra este mundo de mierda —sentenció.

Asentí, no quise echarle más leña al fuego; no cuando teníamos la esperanza de encontrar provisiones en un nuevo poblado, a unos seis o siete kilómetros de donde estábamos. Cinco días nos tomó llegar ahí y ya nuestras fuerzas y nuestras reservas flaqueaban. Nos apuramos en silencio a desarmar lo poco de campamento que nos quedaba.

El sol del mediodía se alzaba en el cielo cuando entramos al pueblo, si es que así podía llamarse a cuatro cuadras de edificios maltrechos, negocios vandalizados y estaciones de servicio vaciadas hasta la última gota. Nos encontrábamos llenando un bidón con gasolina cuando el rumor de unos pasos en masa nos sacó de nuestra labor.

—Vienen —dije, tapando el bidón para colgarlo en mi mochila.

—Ya sabes qué hacer, yo me adelantaré, juntémonos en aquel edificio, ¿lo ves? —respondió Erick, apuntando a una gran antena de telecomunicaciones que coronaba la azotea.

—Cúbreme —dije, apretando las correas de mi mochila y atándome bien los cordones de mis zapatos de escalada— Listo, nos vemos en un rato. ¡Treinta minutos o el servicio es gratis!

Entre risas ansiosas, me fui al trote a la avenida principal y ahí lo vi: un grupo de veinte muertos vivientes avanzaba por la calle, con paso cansino y trayendo el hedor de la muerte. La silueta de mi hermano, luego de dedicarme una mirada de ojos llorosos, se perdió al doblar por una esquina. Llegaba mi momento de actuar.

—¡Eh, pedazos de mierda! —grité hacia la horda— ¡Vengan por mí a ver si me alcanzan, hijos de su puta muerta madre!

Un frío recorrió mi espalda mientras los zombis se volteaban hacia mí, lanzando bramidos guturales de sus gargantas resecas. Sus bocas llenas de sangre salivando por mí, sus manos destrozadas extendidas hacia mí. Cuando estaban en grupo avanzaban lento, paso a paso siguiendo los rastros de vida que sus muertos sentidos percibían alrededor. Eran ciegos, o eso habíamos sacado en limpio de tantas incursiones que llevábamos en el cuerpo, pero teniendo enfrente una clara señal de alimento —en este caso Yo, gritando a todo pulmón—, el instinto se disparaba dentro de ellos; lanzándose a la carrera hacia donde los guiara su olfato y su oído.

Me di la vuelta, listo para emprender la huida y el corazón se me congeló en el pecho. Tres de ellos se habían escurrido entre los callejones y los tenía encima. Antes de reaccionar, sentí sus garras putrefactas trepándome por los brazos. Dedos sanguinolentos recorriéndome las extremidades, intentando llegar a mi rostro. Una mano gélida se aferró al cuello de mi chaqueta y un frío abrasador me recorrió el cuerpo desde la nuca hasta la punta de los pies.

Quien se aferraba a mis ropas era Rick, un conserje, o eso decía en los vestigios de su overol manchado de sangre, tierra y heces. Abrió sus desencajadas mandíbulas a centímetros de mi boca, estirándose a pesar de la fuerza que yo ejercía en contra. Sus dientes chasquearon en un tintineo mórbido.

El hedor de carne podrida me azotó como un puñetazo, haciéndome devolver parte de nuestro humilde desayuno dentro de mi boca. Lo tragué de vuelta por puro instinto, pero en medio del asco un destello repugnante me cruzó el cerebro: mi estómago rugió ante la posibilidad de comida.

Grité como no gritaba hace años, un alarido animal que me dio la fuerza necesaria para salir del aprieto en que me encontraba. El aire helado descendiendo por mi garganta y quemando en mis pulmones. Metí mi mano enguantada en sus fauces y tiré con todas mis fuerzas hacia abajo, arrancándole la mitad inferior de la mandíbula en un reguero de sangre, tendones y dientes.

El podrido estado de la carne y los huesos del anciano hicieron que se partiera con facilidad. Con los huesos maxilares astillados, encajé dos golpes certeros a sus colegas antes de echarme a correr. La tela de mi chaqueta se rasgó desde el cuello con un sonido agudo mientras el antaño conserje se desplomaba por la inercia del movimiento, permitiéndome zafar.

En cinco zancadas los dejé atrás a varios metros, temblando por la adrenalina y el miedo mientras corría. Poco a poco el calor inundaba mi vientre y el frío comenzaba a recorrerme la espina. Ya los tenía a una cuadra de distancia, pero no aflojé, no podía confiarme. Si algo habíamos aprendido es que nunca se detenían hasta dar caza a su presa. Correr. Siempre se había tratado de correr.

Mientras devoraba el asfalto a mis pies dirigiéndome al edificio, una risa macabra intentó colarse entre mis jadeos desesperados desde mis pulmones en llamas. Toda nuestra maldita vida se resumía al juego del “pillarse”. De niños, en el patio gris del orfanato jugábamos a atraparnos entre los tres para olvidar nuestra soledad. Éramos unos huérfanos desesperanzados pero ahí, esquivando los manotazos de mi hermano y mi hermana, era feliz. Era libre, libre en nuestro encierro. El juego cambió la noche que Erick cumplió los dieciocho, ya no le darían acogida y era muy probable que nos separásemos para siempre. No lo íbamos a permitir.

Planeamos durante todo el mes previo al cumpleaños de mi hermano y el mismo día que Erick podía comprar alcohol, nos fugamos. El juego se volvió real. Cambiamos los manotazos divertidos en ese patio gris por las porras y balizas de las autoridades, que intentaban darnos caza por las calles y carreteras de nuestra pequeña tierra natal. Policías y asistentes sociales intentaban pillarnos en nuestro interminable juego. Nos movíamos entre las sombras, avanzando poco a poco de ciudad en ciudad. Fue en esas andadas cuando todo se fue al carajo y el apocalipsis se sembró en el mundo en forma de un virus caníbal.

Los muertos se levantaron y el juego mutó ahora a su versión más macabra: si esos gélidos manotazos te herían, el juego se acababa para siempre. Por la eternidad estaríamos atrapados pillando a quien se cruzara en nuestro camino para darles un bocado. Erick y Mónica, nuestra hermana, siempre terminaban atrapados por las circunstancias de la supervivencia y yo, por ser el más escurridizo, siempre terminaba haciendo las veces de carnada. Quien corría y gritaba como un loco por su vida, para salvar la de los demás.

Me metí a un callejón con el sol alumbrando en lo alto y el edificio del encuentro al final. La hora del almuerzo se hizo notar en mi cuerpo, revolviendo mi estómago y haciéndome salivar. Mis vísceras rugieron con un clamor salvaje. Cada exhalación me apretaba el pecho, bajando hacia mi vientre y convirtiéndose en calor. ¡Qué hambriento estaba! Fuera del desayuno y una moderada cena la noche anterior, habían sido muchos días sin una comida decente. Mientras mis suelas resonaban en el asfalto de la vereda al salir del callejón, pensé, esperanzado, encontrar algún bocado en ese bendito edificio.

Llegué al acceso de emergencia del edificio con el corazón trepándome por la garganta y la horda pisándome los talones. Empujé la pesada puerta que Erick había dejado entreabierta y, cuando cruzaba el umbral, los zombis se agolparon contra la entrada. El instinto me hizo reaccionar de inmediato; empujé al primero de ellos con una fuerte patada, haciéndolos caer de espaldas. Suspiré recobrando el aliento y uno de ellos alcanzó a colar parte del torso dentro de la estancia. Sus gélidas manos me rozaban los tobillos, intentando asirme las piernas. Con un rugido gutural batí la puerta una y otra vez; el marco de acero crujió con una violencia seca al cerrarse definitivamente, partiendo al zombi en dos a la altura de la pelvis. Un chorro de sangre negra espesa bañó la puerta, mis zapatos y mis pantalones hasta la altura de los muslos. No me detuve a ver, con una patada alejé lo que quedaba del torso viviente.

Trabé la barra de seguridad y me giré hacia la escalera. El corazón desbocado y el estómago rugiendo feroz. De un salto evité los brazos del mutilado que se alzaban desde el suelo hacia mí y comencé el ascenso. Peldaño a peldaño sentía cómo mi cuerpo salía del trance de la supervivencia. A mis espaldas, un sonido húmedo y constante acompasaba mis jadeos. El hervor de la huída era reemplazado por un frío punzante que me bajaba desde la nuca hasta la punta de los pies. Y el hambre, dios mío, ¡qué hambre sentía!.

Mis sentidos se aguzaron poco a poco al abandonar mi cuerpo la adrenalina. Mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad de las escaleras, me di vuelta unos segundos sin dejar de subir. El torso amputado, que aún conservaba su rostro desfigurado y sus esqueléticos brazos, comenzó a arrastrarse por la escalera, dejando un rastro de sangre negra y vísceras en su ascenso. “Qué mala pata, amigo”, pensé, aguantando una risa nerviosa. El juego del pillarse había terminado para ese pobre infeliz. Sin embargo, seguía intentando atraparme. Lo ignoré, ya nos haríamos cargo de él en la azotea.

—¡Erick! —grité hacia arriba. Mi voz resonó en la caja de escalas y en mis adentros, mareándome— ¡Erick!, ¡¿estás ahí?!

La cabeza me dio un vuelco con cada palabra. Sucumbía poco a poco al cansancio y al hambre. El corazón en las sienes y la lengua rasposa, rígida. Mis piernas acalambrándose con cada peldaño y el pecho en carne viva. A la altura del tercer piso, escuché unos pasos apresurados que bajaban a mi encuentro. Un rugido hambriento afloró de mis entrañas al sentir la presencia de mi hermano: él tenía las pocas raciones de comida que nos quedaban y mi cuerpo lo sabía, necesitaba un buen bocado.

—Casi no la cuento, Erick, me hubieras visto, Mónica estaría orgullosa de… —me interrumpí al ver a mi hermano descender por el tramo derecho.

Su rostro pálido y desencajado por el pavor escudriñaba mis ropas rasgadas y manchadas de sangre putrefacta. Evitando toparse con mis ojos, me miró de pies a cabeza y luego alzó la vista por sobre mi hombro, donde el torso viviente seguía reptando tres escalones por debajo de mí. Erick soltó un grito de puro horror y se lanzó escaleras arriba en una frenética huida. Tropezaba con sus propios pies en su desesperación por alejarse, emitiendo gemidos de terror en cada zancada. “Puto cobarde de mierda, si ni siquiera tiene piernas”, pensé, contemplando los restos que nos perseguían peldaño a peldaño.

—¡¿Qué te pasa, gallina de mierda?! —rugí, reanudando la marcha hacia la azotea—. ¡Es sólo medio zombi, Erick! ¡Le volé las putas piernas, no puede ni correr! ¡¿Desde cuándo le temes a un maldito pedazo de carne que apenas y se arrastra?!

Crucé raudo el cuarto piso. La adrenalina volvía a encender mi cuerpo: mis extremidades se sentían fuertes, rígidas. Volé por las escaleras que me separaban de mi hermano. Sólo escuchaba sus sollozos y quejidos, acompañados del taconeo de sus botas a medida que subía, cada vez más lejos de mí, hacia la luz rojiza del atardecer en la azotea. Solté un bramido que trepó desde mis vísceras, un rugido espeso, espoleado por el hambre que aumentaba con cada peldaño. Llegué al techo tres zancadas detrás de Erick y el sol de la tarde, con sus tonos anaranjados, me cegó por un momento. Mi vista se tiñó de un rojo violento con destellos blancos que se negaron a desaparecer.

Mi hermano se había arrinconado contra la baranda de seguridad, junto a la oxidada antena de telecomunicaciones. Tenía su cuchillo empuñado con ambas manos y apuntaba hacia mí con él, temblando como una hoja. Antes de poder reclamarle, el torso reptó por entre mis piernas, apurándose hacia Erick con frenéticos rugidos de hambre. Sin embargo, se volteó un momento y su rostro desfigurado olfateó el aire frente a mí. Sus ojos nublados pasaron de largo mi cuerpo y reanudó su cacería. Erick, sin despegar la vista de mí, levantó su pierna derecha y dejó caer su pesado zapato con toda su fuerza, reventando la cabeza del zombi con estruendo seco. La sangre pútrida le salpicó los pantalones y pedazos de sesos adornaron sus cordones.

Mi hermano soltó un rugido de asco y desesperación, mi corazón soltó un único latido y di un paso al frente, congelándome ante su rostro despavorido.

—Ya relájate, ganamos, ¿no? Ganamos el juego del pillarse —espeté, intentando sonreír, pero los músculos de mi rostro no respondían. Sentía la cara rígida y no podía cerrar la boca, las palabras sonaron raras en mis oídos, como gruñidos de una bestia atrapada. Hambrienta y atrapada.

—Aléjate… —sollozó Erick con un hilo de voz y lágrimas corriéndole por las mejillas— David, por favor, no te acerques más… no me hagas esto…

La pendiente de la azotea hizo correr la sangre negra recién exprimida del cráneo de nuestro mutilado perseguidor. Un charco denso se formó a mis pies y vi mi reflejo en él. Un profundo tono negro enmarcaba mis ojos descoloridos; mi boca abierta dejaba ver mis encías bañadas en sangre y las venas en mi cuello se marcaban con un oscuro tono azul.

Alcé la vista hacia mi hermano, que sollozaba temblando sin bajar el cuchillo. Había perdido el juego, me habían pillado sin siquiera darme cuenta. Un torrente de imágenes de nuestra infancia se agolpó en mi memoria: recuerdos felices, los tres viviendo en paz, riendo juntos. Es verdad eso de que cuando uno muere ve toda su vida frente a sus ojos. Aquel último destello de mi existencia, la última pizca de humanidad que se aferraba a mi consciencia, me dio la fuerza para articular mis últimas palabras.

—Co… rre… E… rick… —gruñí entre arcadas sanguinolentas— Tú… no…

Mi hermano soltó su cuchillo, el metal tintineó en el cemento mientras rompía en estruendosos sollozos. Di dos pasos hacia él, impulsado por un espasmo ajeno a mi voluntad y me detuve ante su horror. Pegado a la baranda de seguridad, Erick miró el vacío. Me devolvió la mirada y sonrió. El maldito hijo de puta sonrió. Y se entregó al abismo.

No lo vi caer, pero el sonido de su cuerpo al reventarse contra el pavimento me arrebató lo poco de cordura que me quedaba. Lancé un rugido desde mis adentros al cielo anaranjado de la tarde. Nuestra última tarde en vida; el sol se nos ocultó para siempre.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS