Hay recuerdos que no hacen bulla, pero se quedan.
Se quedan ahí, clavados en algún rincón de la casa, en una pared, en una foto vieja, en una puerta remendada o en esa esquina de la memoria donde uno vuelve sin pedir permiso.
Este recuerdo, para ser exactos, no quedó clavado primero en mi memoria.
Quedó clavado en una puerta.
Y no fue una metáfora.
Fue mi zapato.
La historia ocurrió en La Aurora, allá por el año 79 u 80, cuando Arequipa todavía olía a tierra mojada, a verde campiña, a pelota de jebe, a pan con mantequilla y a colonia Lancaster de mi viejo. Yo tendría unos cinco o seis años, que es esa edad maravillosa en la que uno cree que correr más rápido es una virtud moral, que llorar fuerte puede resolver conflictos internacionales y que una puerta cerrada en la cara es una agresión personal, casi una declaración de guerra.
Estábamos jugando en el parque con mi hermana Alejandra. Ella tendría unos nueve años, más o menos. Era flaca, larguirucha, rápida, con esas piernas de garza que parecía que no caminaban, sino que flotaban.
Yo, en cambio, era más compacto. Más terrenal. Más “todavía me falta desarrollo”.
El parque de La Aurora era nuestro estadio, nuestra plaza mayor, nuestro club privado. Allí estaban los Oviedo, los Meza, los Rodríguez, los Aza, los Vizcardo, los Cordano, los Salinas y una mancha interminable de niños que aparecían de todos lados, como si el barrio los fabricara por turnos.
No había celulares. No había PlayStation. No había tablets. No había padres mandando ubicación en tiempo real.
Había gritos, rodillas raspadas, pelotas, bicicletas, pesca pesca, escondidas, carreras, tierra en los zapatos y esa libertad antigua que ahora parece inventada por un escritor nostálgico.
Pero no.
Existió.
Y nosotros estuvimos ahí.
Mi casa quedaba en la esquina, pegada al parque. Una ubicación privilegiada para cualquier niño. Era como vivir dentro del club.
De pronto, desde una ventana de la casa, apareció mi papá.
El Gato Mayor.
No necesitaba gritar. Mi viejo tenía un silbido característico, uno de esos chiflidos que no se enseñan en ninguna escuela, pero que todos los hijos reconocen como si fuera una orden del ejército.
Era un sonido preciso, contundente, inconfundible. Un silbido que decía “vengan ya”, pero que también decía “no me hagan silbar dos veces porque ahí sí se complica la cosa”.
Mi hermana y yo lo escuchamos y salimos corriendo hacia la casa.
Alejandra, con su ventaja natural de flaca larguiricha, llegó primero. Yo venía atrás, posiblemente con la lengua afuera, el pelo despeinado y esa dignidad frágil de hermano menor que siente que la vida no ha sido justa en el reparto de estaturas.
Y entonces ocurrió el acto de maldad fraternal.
Mi hermana entró a la casa y, solo por hacerme enojar —deporte que practicaba con bastante talento— me cerró la puerta en la cara.
No una puerta simbólica.
No una puerta emocional.
La puerta real.
La puerta contraplacada de mi casa.
Ahí, en ese instante, mi alma de niño pacífico, tierno y angelical se transformó en una pequeña versión arequipeña de Hulk.
Me invadió una cólera de esas que a los cinco años parecen legítimas, monumentales, históricas. Una cólera que no pasa por el cerebro, sino directamente por el pie.
Porque uno, de niño, no dice:
“Alejandra, considero que tu conducta ha sido injusta y me ha generado una profunda frustración”.
No.
Uno actúa.
Y yo actué.
Le metí un puntazo a la puerta.
Pero no fue cualquier puntazo. No fue una patadita de advertencia ni un gesto dramático para hacer ruido. Fue un puntazo con convicción, con alma, con todas las frustraciones acumuladas de ser hermano menor, enano y víctima de una hermana flaca y malvada que acababa de humillarme frente al mundo.
La puerta sonó como si hubiera recibido una granada.
Y entonces vino el silencio.
Ese silencio peligroso que aparece justo después de una travesura grande. Ese silencio en el que hasta las moscas se quedan quietas.
Miré hacia abajo.
Y vi la escena.
Mi zapato, talla 34, estaba clavado en la puerta.
Clavado.
No apoyado. No rozando. Clavado.
Mi pie había entrado en la historia familiar con un nuevo tipo de violencia: violencia arquitectónica.
El zapato quedó ahí, incrustado, como bandera de guerra, como prueba del delito, como si la puerta hubiera decidido tragárselo para dejar constancia ante las autoridades competentes.
Yo me quedé de una sola pieza.
Hay momentos en la infancia en los que uno envejece veinte años en tres segundos. Ese fue uno.
Pasé de niño furioso a acusado principal. De víctima de una hermana siniestra a responsable de daños materiales. De indignado moral a delincuente de puerta.
Saqué el zapato como pude.
Y ahí quedó el hueco.
Inmenso para mí en ese momento.
Un hueco en la parte baja de la puerta.
Un hueco que me miraba.
Porque los huecos miran. Sobre todo cuando los hizo uno.
Mi cabeza empezó a trabajar a una velocidad desconocida. Pensé en mi papá. En el Gato Mayor. En su rostro. En su ceja levantada. En ese silencio suyo que a veces asustaba más que cualquier grito.
Yo sabía que el ruido había sido suficiente como para despertar a la casa, al barrio y probablemente a algún vecino en otro distrito.
Y entonces bajó mi papá.
No recuerdo si Alejandra seguía por ahí. Supongo que sí. Seguramente con esa cara de “yo no fui”, que las hermanas mayores perfeccionan desde pequeñas.
Porque ella, técnicamente, solo había cerrado la puerta.
El misil había sido mío.
Mi papá miró la puerta.
Me miró a mí.
Miró otra vez la puerta.
Respiró hondo.
Ese respiro hondo de padre que contiene, en un solo aire, la rabia, la decepción, la educación, el presupuesto familiar y las ganas de no matar al heredero.
No me gritó como yo esperaba.
Eso fue peor.
Me pidió que subiera a mi cuarto.
Castigado.
Y yo subí.
Derrotado, con la mirada clavada en el piso.
Con un zapato posiblemente lesionado, una dignidad aplastada y la certeza de que mi carrera delictiva había terminado demasiado pronto.
En esos tiempos, cuando algo se malograba, no se cambiaba. Se reparaba.
Esa era una ley de la casa y del mundo.
Las cosas no se botaban a la primera. Las puertas no se reemplazaban de un día para otro. Los muebles no eran descartables. Las radios se abrían. Los zapatos se mandaban al zapatero. Las bicicletas se ajustaban. Los juguetes se parchaban. Y las puertas, aunque fueran víctimas de ataques infantiles, se salvaban.
Mi papá era de esos tipos que sabían hacer de todo. Una especie de MacGyver arequipeño, pero sin música de serie gringa y con más carácter.
Sabía arreglar enchufes, tuberías, chapas, muebles, radios, bicicletas y problemas que uno ni siquiera sabía cómo se llamaban. Tenía esa habilidad de los papás de antes, que podían convertir un desastre doméstico en una obra de ingeniería familiar.
Así que reparó la puerta.
Cortó un taquito de madera triangular. Lo midió. Lo lijó. Lo clavó. Lo pegó. Lo acomodó en el hueco como quien cura una herida.
Y al final, una mano de barniz.
La puerta, pobre puerta mártir, siguió cumpliendo su función durante décadas.
Yo crecí.
Mi hermana creció.
El barrio cambió.
La mancha interminable del parque se fue dispersando por la vida.
Los Oviedo, los Meza, los Rodríguez, los Aza, los Vizcardo, los Salinas, los Cordano y tantos otros se fueron convirtiendo en apellidos con eco, en recuerdos de una infancia que parecía eterna y que, como todo lo eterno, duró muy poco.
Pero el taquito quedó.
Ahí sigue.
Más de cuarenta y cinco años después, ese remiendo sigue incrustado en la puerta de mi casa.
Y ahora, cuando voy a Arequipa y lo veo, ya no siento el miedo de aquel niño que esperaba la reprimenda del Gato Mayor. Ya no veo solamente el hueco de una patada ni el castigo de una travesura.
Veo otra cosa.
Veo una época.
Veo a mi hermana corriendo más rápido que yo y cerrándome la puerta con esa maldad doméstica que solo puede existir entre hermanos que se quieren, aunque en ese momento uno quiera desaparecer a toda la humanidad.
Veo el parque de La Aurora lleno de amigos.
Veo mi casa en la esquina.
Veo a mi papá en la ventana, silbando.
Veo al Gato Mayor bajando las escaleras, respirando hondo, conteniendo la tormenta.
Veo sus manos arreglando la puerta.
Y veo esa forma antigua de querer, donde no todo se decía con palabras, pero se notaba en los actos.
En reparar una puerta.
En enseñar sin sermones.
En no botar lo que todavía podía salvarse.
En dejar una marca que, sin saberlo, algún día iba a convertirse en recuerdo imborrable.
Ese taquito de madera es mucho más que un parche.
Es una pequeña cicatriz familiar.
Y las casas, como las personas, también tienen cicatrices.
Hay paredes que guardan abrazos. Mesas que recuerdan charlas y risas. Ventanas que todavía tienen pegado el eco de una voz. Puertas que saben quién salió, quién volvió, quién se fue para siempre y quién se quedó mirando el pasado desde el marco.
La puerta de mi casa tiene un remiendo triangular en la parte baja.
Para cualquiera que lo vea, será apenas una reparación vieja, un detalle sin importancia, una imperfección en la madera.
Para mí, no.
Para mí es una cápsula del tiempo.
Es mi infancia con zapato talla 34.
Es mi hermana Alejandra haciéndome rabiar.
Es mi papá enseñándome, sin decirlo, que las cosas rotas no siempre se descartan.
A veces se reparan.
A veces se lijan.
A veces se ajustan.
A veces se les pone un taquito de madera y siguen de pie otros cuarenta y cinco años.
Quizás eso también pasa con las familias.
No somos perfectos.
Nos cerramos puertas.
Nos damos puntazos.
Hacemos huecos.
Nos castigamos.
Nos enojamos.
Pero después, si hay amor y paciencia, alguien aparece con una herramienta, con un respiro hondo, con un poco de madera y con la voluntad de arreglar lo que todavía se pueda arreglar.
Hoy miro ese remiendo y sonrío.
Porque antes me recordaba una travesura.
Ahora me recuerda una casa.
Y, sobre todo, me recuerda que algunas huellas de infancia no se borran.
Se quedan ahí, calladitas, esperando que uno crezca lo suficiente para entenderlas.
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