//EL HoRizOnte

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Dinamo89

09/06/2026

por Andrés Obychniev

La creciente había dejado las islas convertidas en un archipiélago de huesos. Los sauces parecían costillas negras emergiendo del barro, y el Paraná avanzaba lento, espeso, como una criatura adormecida. Los pescadores de la costa decían que el río estaba enfermo. Que algo había despertado en las profundidades donde terminaban los mapas y comenzaban las supersticiones.

Nadie les creyó.

La Corporación de Asunción había instalado sus torres meses antes. Estructuras metálicas clavadas en los islotes, máquinas que vibraban noche y día produciendo una niebla dulce que perfumaba el aire. Según los ingenieros, era un proyecto experimental para recuperar ecosistemas degradados. Según los viejos isleños, era una forma elegante de llamar a la profanación.

El primero en desaparecer fue Benítez.

Había ido a revisar unas trampas para surubíes y jamás regresó. Hallaron su lancha varios kilómetros río abajo. Dentro encontraron jirones de piel pegados a los remos y una sustancia aceitosa que parecía sangre mezclada con petróleo.

Después desaparecieron otros.

La corporación envió drones. Los drones nunca volvieron.

Fue entonces cuando Ramón, un baqueano de pocas palabras, decidió internarse solo en las islas.

Conocía cada riacho, cada banco de arena, cada sendero oculto entre los camalotes. Pero a medida que avanzaba, el paisaje comenzó a deformarse.

Los árboles crecían en ángulos confusos.

Las raíces se enroscaban formando figuras semejantes a vértebras humanas.

Bandadas de pájaros volaban hacia atrás.

Y en ciertos momentos, el cielo parecía abrirse como una herida mostrando algo que no era espacio ni nube, sino una inmensa maquinaria oscura girando detrás de la realidad.

Aquella noche llegó a la toldería. Nadie recordaba ya quién la había construido.

Las chozas estaban vacías. Sin embargo, el fuego ardía. Un fuego azul. Un fuego imposible. Las llamas no consumían madera sino huesos. Miles de huesos.

Ramón sintió que algo observaba desde la oscuridad.

Entonces escuchó la voz. Venía de adentro de su cráneo.

—Izbanya recuerda.

La palabra despertó imágenes que no eran suyas.

Vio una civilización anterior al hombre. Vio continentes desaparecidos. Vio ciudades extendiéndose desde el Caribe hasta África y Asia. Vio torres hechas de carne mineralizada. Vio océanos llenos de organismos biomecánicos del tamaño de montañas. Y comprendió algo aterrador. La Atlántida no había desaparecido. Había descendido. Hundida bajo capas de tiempo. Esperando.

Las torres de Asunción no estaban restaurando ecosistemas. Estaban despertando algo.

El suelo comenzó a latir. Literalmente.

Bajo el barro existían músculos.

Gigantescos haces de tejido vivo se contraían debajo de kilómetros de tierra.

Ramón intentó correr. No pudo.

Las raíces lo atraparon. Pero ya no eran raíces. Eran nervios.

Cordones blancos y palpitantes que surgían del subsuelo y penetraban los troncos.

Los árboles eran órganos. Las islas eran órganos. Todo el delta era parte de una criatura. Una criatura tan inmensa que el Paraná entero circulaba dentro de ella como sangre.

Los cuerpos de los desaparecidos colgaban entre los sauces. Todavía vivos.

Fusionados con estructuras metálicas. Costillas atravesadas por cables. Mandíbulas convertidas en engranajes. Ojos reemplazados por lentes húmedas. De sus vientres brotaban tubos transparentes por donde circulaban larvas negras.

Ramón gritó.

Uno de los cuerpos abrió los ojos. Era Benítez…o lo que quedaba de él.

La mitad inferior había sido sustituida por una masa de pistones orgánicos.

—Nos están soñando —susurró.

La piel de su rostro se desprendió en tiras. Debajo no había carne. Había piezas móviles.

Mecanismos cubiertos por una baba roja.

Entonces apareció. Surgió desde el río. El agua explotó hacia los costados. Algo colosal emergió de las profundidades.

Su forma cambiaba constantemente. A veces parecía una serpiente. A veces una ciudad. A veces una montaña hecha de cadáveres.

Miles de rostros humanos sobresalían de su superficie.

Todos gritaban. Todos al mismo tiempo. El sonido era tan intenso que los tímpanos de Ramón estallaron. La sangre comenzó a brotar por sus oídos.

Las raíces nerviosas lo arrastraron hacia la criatura. Y mientras avanzaba vio la verdad final. La realidad era una membrana. Un tejido fino suspendido sobre algo mucho más vasto. La criatura de Izbanya existía detrás de esa membrana. Había existido siempre. Los seres humanos no eran habitantes del mundo. Eran células.

Parásitos microscópicos creciendo sobre la piel de un dios dormido.

La corporación había perforado accidentalmente la barrera. Había abierto un nervio. Y el dios estaba despertando.

Las primeras víctimas fueron absorbidas. Sus cuerpos se mezclaban formando nuevas estructuras.

Piernas creciendo desde torsos ajenos. Mandíbulas brotando en los hombros. Columnas vertebrales extendiéndose como tentáculos. Los gritos llenaban la noche. El aire olía a sangre caliente y a metal oxidado.

Los sauces comenzaron a caminar. Arrancaron sus raíces del barro y avanzaron como arañas gigantes hechas de madera y carne.

Las aguas del Paraná se volvieron rojas. Algo que había permanecido encerrado durante millones de años.

Ramón sintió cómo los nervios penetraban su cuerpo. Entraban por la boca. Por los ojos. Por debajo de las uñas.

Sintió que sus huesos se abrían. Que cada vértebra era separada una por una. No había dolor. Había algo peor. Comprensión.

Comprendió que la conciencia humana era apenas una fiebre pasajera. Un accidente. Una ilusión microscópica.

El verdadero universo era aquella entidad infinita enterrada bajo continentes enteros. Y ahora estaba recordándose a sí misma.

Su mandíbula se partió. Su tórax floreció como una fruta podrida. De su columna emergieron ramas metálicas cubiertas de ojos. Mientras su cuerpo era reconfigurado, observó el horizonte.

Las torres de Asunción colapsaban una tras otra.

Comayagua apareció ante él como una visión imposible.

La ciudad flotaba sobre un río negro donde ardían fuegos azules idénticos a los de la toldería. Y más allá, bajo un cielo sin estrellas, se extendían las ruinas interminables de Izbanya.

No eran ruinas sino embriones. Ciudades vivas esperando nacer.

El dios abrió finalmente sus millones de ojos.

En ese instante el Paraná desapareció. Las islas desaparecieron. La Tierra desapareció.

Sólo quedó aquella conciencia inmensa observándose a través de los restos del universo. Y los hombres, convertidos en engranajes de carne, siguieron gritando dentro de ella durante una eternidad sin tiempo, mientras la antigua Izbanya emergía otra vez desde las profundidades para reclamar el mundo que nunca había dejado de pertenecerle.

Cuando Izbanya terminó de emerger, no hubo cataclismo.

Eso fue lo más extraño.

No llegaron trompetas ni terremotos definitivos. No aparecieron jinetes ni profetas. Simplemente cesó la diferencia entre adentro y afuera.

Las cosas dejaron de tener bordes.

Los cuerpos continuaron existiendo, pero ya no era posible afirmar dónde terminaba una persona y dónde comenzaba otra. Las vértebras crecían como lianas. Los recuerdos migraban entre organismos igual que peces atravesando aguas comunicadas.

Y entonces apareció Soychu.

Nadie podría decir si descendió o despertó.

Tampoco si era una criatura o una idea o el recuerdo de una idea.

Su presencia no producía miedo sino una especie de melancolía insoportable, como recordar de golpe todos los amaneceres olvidados de la infancia.

La inmensa entidad luminosa atravesó los océanos de carne mecánica sin destruir nada.

Donde pasaba, los gritos disminuían.

Las mandíbulas cerraban.

Los nervios gigantes se relajaban.

Durante un instante increíble pareció que incluso la entidad enterrada bajo la realidad se detenía a escuchar.

Y desde muy lejos, desde una distancia que no podía medirse ni en kilómetros ni en siglos, llegó un sonido.

Primero una detonación.

Después otra.

Luego cientos.

Pistolas.

Disparos secos.

Rítmicos.

Cadenciosos.

Como un lenguaje.

Como una ceremonia.

Y mezclado con ellos comenzó a escucharse el giro lento de molinos.

Aspas antiguas.

Engranajes de viento.

Madera crujiendo contra el tiempo.

Las ondas atravesaron continentes inexistentes.

Atravesaron las ruinas vivientes de Izbanya.

Atravesaron el cuerpo de la entidad.

Atravesaron la muerte.

Y llegaron hasta Mérida.

La ciudad mexicana aparecía suspendida en un horizonte ajeno, flotando sobre capas de memoria acumuladas durante milenios.

Ahí las pistolas y los molinos parecían ordenar el Olimpo. Un Olimpo compuesto por todos los sueños abandonados de la humanidad.

Las entidades eran edificios.

Las montañas eran pensamientos.

Los ríos estaban hechos de recuerdos.

Y las aspas de los molinos organizaban aquellas corrientes invisibles mientras las detonaciones marcaban el ritmo de un universo nuevo.

Nadie comprendía qué estaba ocurriendo.

Ni siquiera el Soychu.

Especialmente él.

Porque la criatura enterrada bajo el mundo había despertado esperando reencontrarse consigo misma.

Pero halló otra cosa.

Halló resistencia.

Halló nostalgia.

Una nostalgia tan poderosa que sobrevivía incluso a la destrucción del cosmos.

«Un siglo de escalofríos Soychu nos da»

La frase apareció simultáneamente en millones de conciencias.

Como sensación. Como una corriente tibia atravesando un cementerio.

Como la certeza de que incluso después de la aniquilación absoluta todavía quedaba algo digno de ser amado.

Las grietas comenzaron entonces.

Pequeñas fracturas recorrieron el cuerpo colosal de Izbanya.

No eran heridas.

Eran recuerdos.

Cada fisura liberaba escenas olvidadas.

Un pescador riendo junto al Paraná.

Una madre peinando a su hija.

Un perro durmiendo bajo la lluvia.

Una canción silbada en una calle cualquiera.

Un beso torpe.

Un miedo infantil.

Un plato servido sobre una mesa humilde.

Millones de instantes insignificantes.

Millones de cosas que Soychu jamás había comprendido.

Porque podía contener galaxias.

Pero no podía entender aquello.

La pequeñez.

La fragilidad.

La ternura.

Una eternidad de paranoias con grietas de nostalgia enana.

Así era.

Toda la existencia parecía resumirse en eso.

El universo entero había sido una paranoia gigantesca.

Un monstruo intentando conocerse.

Un dios intentando llenarse.

Una maquinaria infinita buscando una respuesta.

Y al final las únicas grietas capaces de atravesarlo provenían de recuerdos diminutos.

La nostalgia de seres breves.

La nostalgia de criaturas destinadas a morir.

Soychu continuó avanzando.

Su luz no combatía.

No conquistaba.

No vencía.

Solo recordaba.

Y cada cosa recordada debilitaba el horror.

Las ciudades comenzaron a detenerse.

Los océanos de nervios dejaron de expandirse.

Las torres orgánicas de Izbanya quedaron inmóviles.

Incluso los cadáveres fusionados recuperaron por un momento rostros humanos.

Entonces ocurrió algo imposible.

La entidad lloró.

Las lágrimas eran mares enteros.

Caían a través de dimensiones.

Lluvias de memoria.

Lluvias de tiempo.

Lluvias de arrepentimiento.

Y donde aquellas lágrimas tocaban la realidad nacían árboles.

Árboles comunes.

Álamos.

Sauces.

Lapachos.

Nada monstruoso.

Nada divino.

Simplemente árboles.

Como si la creación estuviera comenzando nuevamente desde las cosas más sencillas.

Mucho después (o quizás antes) el Paraná volvió a existir.

Un Paraná distinto.

Silencioso.

Lento.

Bajo un cielo limpio.

Algunos pescadores afirmaban ver luces extrañas entre la niebla del amanecer.

Otros aseguraban escuchar, en noches de tormenta, el eco lejano de molinos girando y disparos perdidos que llegaban desde Mérida.

Nadie sabía qué significaban.

Nadie recordaba ya a Izbanya.

Ni a Soychu.

Ni a la corporación.

Ni a la catástrofe.

Sólo quedaba una vaga tristeza imposible de explicar.

Y una paz igualmente inexplicable.

Como si el mundo hubiese sobrevivido a una pesadilla tan inmensa que ninguna mente humana pudiera conservarla completa.

En algún lugar, más allá del horizonte visible, Soychu seguía caminando.

Llevaba una lámpara.

Nada más.

Una pequeña luz.

Ridículamente pequeña frente a la inmensidad del cosmos.

Pero suficiente.

Suficiente para que la oscuridad nunca volviera a sentirse absoluta.





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