Uno cree que despierta porque suena la alarma, porque entra la luz por la ventana o porque algún vecino decide taladrar una pared a las siete de la mañana como si estuviera buscando petróleo. Pero no. Uno despierta de verdad cuando el cuerpo, ese animal antiguo que llevamos puesto, decide hacer su ceremonia sagrada: la pandiculación.
Así se llama. Pandiculación.
Yo, cuando escuché la palabra por primera vez, pensé que era una enfermedad de esas raras, una ópera italiana o una pasta rara que venden en Wong o en algún mercado pituco en la sección delicatessen. “Señora, ¿me da medio kilo de pandiculación al pesto?”. Pero no. La pandiculación es simplemente esa necesidad animal de estirarse después de dormir o después de estar mucho rato sin moverse. Eso que hacemos todos, ricos, pobres, flacos, gordos, presidentes, cobradores de combi, expertos en marketing, jardineros y hasta los que dicen que no roncan.
El cuerpo se estira porque necesita volver a la vida. Porque durante la noche uno ha sido muchas cosas: un tronco, una bolsa de ropa sucia, una momia con pijama, un náufrago abrazado a una almohada. Y al amanecer, antes de cualquier pensamiento inteligente, antes incluso de recordar si uno tiene deudas, reuniones o dignidad, aparece ese impulso: levantar los brazos, arquear la espalda, abrir la boca como hipopótamo y emitir un sonido que no está registrado en ningún idioma.
—Aaaaaaahhhgggrrrmmmmm.
Eso no es un bostezo. Eso es el software del cuerpo actualizándose.
Los gatos, que son unos sabios insoportables, lo hacen mejor que nosotros. Un gato puede haber dormido diecisiete horas seguidas, como si hubiera trabajado en construcción civil, y al despertar se estira con una elegancia francamente insultante. Primero alarga las patas delanteras, luego levanta el poto, después estira la cola como antena de televisión antigua y finalmente mira alrededor con cara de: “el mundo sigue siendo mediocre”.
Uno, en cambio, intenta hacer lo mismo y parece que lo están exorcizando.
Yo tengo mañanas en que me levanto y mi columna suena como bolsa de cancha para microondas. Crack por aquí, croc por allá, un pequeño clic en la rodilla y un sonido misterioso en el hombro que prefiero no investigar para no preocuparme. A cierta edad, el cuerpo ya no se estira: negocia.
—A ver, rodilla izquierda, ¿estamos?
—Depende. ¿Hay escaleras?
—No, solo baño.
—Okay, pero sin apuro.
Y allí aparece la pandiculación, como una secretaria eficiente. Abre las cortinas internas, prende las luces, manda sangre a los músculos, lubrica las bisagras, acomoda los tendones, reinicia la espalda y le dice al cerebro: “jefe, ya podemos funcionar, pero no me pida milagros antes del café”.
Lo bonito es que nadie nos enseña a pandicular. No existe academia. Nadie dice: “hijo, cuando despiertes, estira un brazo en diagonal y emite un gemido tipo oso”. Sale solo. Es un recuerdo antiguo del cuerpo. Lo hacen los bebés, los perros, los gatos, los leones, los oficinistas. Todos.
Porque no hay nada más democrático que desperezarse. En ese momento todos somos iguales. El millonario se estira en sábanas egipcias. El estudiante se estira sobre un colchón que ya tiene forma de cachanga. El soltero se estira ocupando toda la cama. El casado se estira con cuidado, porque si mueve mucho el brazo puede recibir un codazo conyugal. Y muchos de los que tienen perro no se estiran: piden permiso.
Hay estiramientos de todo tipo. Está el estiramiento discreto, ese que uno hace en la oficina, apretando los dientes, disimulando o queriendo disimular lo aburrido de la reunión. Levantas un hombro, giras el cuello, haces como que estás pensando profundamente, pero en realidad estás tratando de que la lumbar 4 y la 5 vuelvan a su sitio.
También está el estiramiento de sofá, que ocurre después de ver tres capítulos de “La casa de papel”. Uno se incorpora lentamente, como faraón resucitando, y el cuerpo pregunta:
—¿Vamos a caminar?
—Sí.
—¿A dónde?
—A la cocina.
—Ah, bueno, entonces me esfuerzo.
El estiramiento más dramático es el de domingo por la mañana. Ese no es físico, es filosófico. Uno se despierta, mira el techo y estira los brazos como si quisiera tocar una vida paralela donde sí hace ejercicio, sí toma agua, sí ordena sus papeles y sí responde los mensajes a tiempo. Pero dura poco. Luego uno se da media vuelta y vuelve a dormir, porque la filosofía cansa.
Dicen los expertos —porque siempre hay expertos para todo— que la pandiculación ayuda a reactivar los músculos, mejorar la circulación y le avisa al sistema nervioso que seguimos vivos. A mí me parece una forma muy elegante de decir que el cuerpo se sacude la flojera. Como cuando uno enciende un carro antiguo y primero tose, vibra, humea un poquito y recién después arranca. Mi cuerpo es un Volkswagen Escarabajo del 69 con los papeles en regla, pero con detalles.
La pandiculación también tiene su lado sonoro. Hay gente que se estira en silencio, como espía. Otros hacen ruidos involuntarios. Yo pertenezco al segundo grupo. Me estiro y produzco sonidos que podrían servir como parte del soundtrack de Jurassic Park. No lo hago a propósito. Es el cuerpo expresándose. Hay quienes cantan en la ducha; yo hago doblaje de animal prehistórico al levantarme.
Y ni hablar cuando uno intenta estirarse en público. Estás en una sala de espera, en un aeropuerto, en una charla larga, y de pronto el cuerpo exige libertad. Empiezas suavecito: cuello a la derecha, cuello a la izquierda. Luego un brazo hacia arriba. Después los dos. Y cuando quieres darte cuenta, estás haciendo una coreografía Chayanne frente a desconocidos. Siempre hay alguien que mira. Siempre. Y uno baja los brazos rápido, como si lo hubieran descubierto robando pan.
Pero quizá lo más gracioso de la pandiculación es que nos recuerda que no somos tan sofisticados como creemos. Podemos tener celulares inteligentes, relojes que cuentan pasos, carros que estacionan solos, aplicaciones para meditar y cremas con nombres científicos. Pero al final, cada mañana, seguimos siendo un mamífero en pijama estirando las patas para asegurarse de que el cuerpo todavía responde.
Y eso tiene algo hermoso.
Porque en ese gesto torpe, simple y animal hay una pequeña celebración. El cuerpo diciendo: “aquí estoy”. No perfecto, no joven como antes, no atlético como en los cuentos que uno se inventa después de la tercera cerveza. Pero aquí estoy. Con mis crujidos, mis bostezos, mis rodillas sindicalizadas y mi espalda que a veces parece tener opinión propia.
La pandiculación es el aplauso silencioso del cuerpo después de haber sobrevivido otra noche. Es el bostezo del alma. Es el gato interior saliendo de debajo de la frazada, estirando la columna, mirando el día con desconfianza y diciendo: “bueno, ya que insistimos en estar vivos, hagámoslo con algo de elegancia”.
Aunque esa elegancia dure tres segundos.
Después uno se levanta, pisa una sandalia al revés, se golpea el dedo chico con la pata de la cama y todo el misterio de la biología humana se va al diablo.
Pero por un instante, apenas un instante, mientras los brazos suben, la espalda se arquea y la boca se abre como puerta de garaje, somos puro instinto, puro reinicio, pura vida desperezándose.
Y eso, aunque suene a palabra de farmacia antigua, se llama pandiculación.
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