La fiesta de antifaces era el evento más reconocido y ansiado por todos. El alcalde del pueblo era quien organizaba dicha fiesta y únicamente las personas con mayor prestigio eran invitadas.
Uno de los motivos que avivaba el entusiasmo de los habitantes, era la oportunidad de codearse con grandes personajes adinerados, y quizá, obtener algo más allá que una plática casual. Por otro lado, estaban aquellos que les interesaba disfrutar de un glorioso baile, consumir bebidas y alimentos gratuitos, e inventarse un sinfín de disparates solo para aumentar la falsedad de su reputación.
Ninguno de esos motivos podía compararse con el estremecedor aliciente de la familia Branwen: noche de cacería. Los Branwen eran una de las facciones más antiguas que conformaban el pueblo, y sobre todo, era de las más llamativas debido a su inmaculada piel y a sus hermosos rasgos anatómicos que alcanzaban la perfección. Varios se cuestionaban su misteriosa existencia, mientras que otros se conformaban con el singular placer que obtenían al verlos.
Lo que desconocían era que esta exuberante familia guardaba un oscuro secreto. No eran humanos, ni mucho menos mortales; eran vampiros. Crueles y sanguinarios vampiros que llevaban años alimentándose de los pueblerinos. Nadie lo había notado gracias a su modus operandi y a su extrema cautela.
El linaje de los Branwen llevaba sangre real, por lo que no se consideraban como simples vampiros que asesinaban por placer. Se regían por normas estrictas y entre ellos mismos existían jerarquías.
Helena, la menor de la familia y la más obediente, sería quien asistiría a la fiesta de antifaces de aquel año. Los demás Branwen habían perdido ya el interés, además de que la cacería en lugares poco concurridos llamaba más su atención.
Luciendo un vestido largo de satin borgoña con la espalda descubierta, Helena ingresó a la mansión donde se llevaría a cabo la fiesta. Todos los presentes ya portaban el antifaz, así que ella no dudó en colocarse el suyo.
Al principio, todo parecía normal, incluso aburrido. No encontraba a alguien que despertara su apetito y comenzaba a pensar que su familia tenía razón. Al menos la música le resultaba agradable y las constantes miradas que recibía por parte de los invitados le entretenían. Quizá en alguna de ellos estaría su cena.
De pronto, una persona captó inevitablemente su atención. Era una joven, que a excepción de los demás, no le miraba. Helena concentró sus ojos en ella, observándola de arriba abajo y le agradó encontrarla atractiva. La sangre humana por sí sola ya era lo bastante exquisita, pero si la persona poseía una belleza excepcional, entonces su sabor sería alucinante.
Se acercó decidida, caminando con lentitud hacia ella. La cacería había comenzado.
—Usted disculpará mi atrevimiento, pero, ¿será posible que esta sea su primera vez en el baile?
La joven dio media vuelta y tan pronto como sus ojos se conectaron, un estremecimiento voluptuoso escaló por la piel de la vampira.
—Me temo que sí —su respuesta fue apocada—. Soy Lucia Pierce, encantada de conocerla.
El sonido de su voz despertó en Helena una sensación bastante olvidada para ella: la curiosidad. Había vivido entre los humanos demasiados milenios, que ya nada le causaba una genuina emoción; sin embargo, tal pareciera ser que la solución a sus problemas se encontraba justo frente a sus ojos.
—El placer es mío, señorita Pierce —sonrió con su característica elegancia y cuidadosamente tomó la mano de la joven para besar su dorso, rozando apenas su piel—. Yo soy Helena Branwen, espero que esta exquisita velada le complazca.
Aunque todos sus agudos sentidos estaban enfocados a su alrededor, miró por un momento a Lucia. Podía escuchar el palpitar acompasado de su corazón, bombeando vida por cada vena y arteria de su cuerpo. ¿Qué sabor tendría su sangre? Asimismo, era capaz de percibir el aroma de su piel mortal, pero pudo notar una ligera diferencia en comparación a todos los humanos que había matado. En definitiva, Lucia Pierce era una joven singular, y Helena ya estaba empecinada a descubrir el secreto que ocultaba.
—Si me permite preguntarle, ¿qué la trae por estos rumbos tan particulares del pueblo? ¿Nuestra deliciosa comida? ¿Las grandes y lujosas fiestas? —en un movimiento casi imperceptible, acercó la boca a la oreja de ella para susurrar:— ¿O será alguien motivada por la búsqueda de nuevas aventuras?
—Vine con mi familia por un asunto de negocios de mi padre—excusó—. Pero siempre estoy preparada para las sorpresas de la vida.
A pesar de todo el misterio, no podía negar que Lucia olía condenadamente bien. Se imaginó la calidez que habitaba debajo de su delicada tez, el color carmesí de su sangre desparramada por la finura de su vestido verde, su cuerpo erótico y sin vida entre sus brazos. Por primera vez en mucho tiempo, Helena tuvo que recurrir a un pensamiento de autocontrol, que no le tomó más de un segundo en obedecer.
<<Mira hacia allá, la señorita Branwen tiene un nuevo juguete>>, <<Maldición, se suponía que hoy sería mi noche>>, <<Ojalá estuviera en su lugar>>.
El cuchicheo se hizo presente entre los invitados, y aunque ellos rumoraban en un tono de voz muy bajo, Helena les escuchaba como si estuvieran a un lado de ella. Tratando de ocultar su repentino fastidio, invitó a Lucia a bailar. Le ofreció su brazo para que se apoyara en él, y de esta manera ingresaron a la pista de baile.
Un quinteto de músicos entonaba impecablemente melodías tanto elegantes como lentas y joviales. Los invitados danzaban al compás, reían, y rozaban sus cuerpos sutilmente. Helena tomó la mano de Lucia mientras colocaba la otra en su espalda baja, y con una de sus encantadoras sonrisas, comenzó a bailar al ritmo de la música.
—Señorita Pierce, concédame el permiso de mencionar lo hermosa que se ve esta noche. Lamento no haberla conocido antes, pues he perdido ya tantos días sin ser bendecida por su inmaculada belleza.
—En ese caso, me causa un gran placer haberme encontrado con usted. Estoy segura de que el encanto oculto por ese antifaz será el motivo de mis sueños más fascinantes.
El cuerpo de Helena volvió a estremecerse. Y justo en ese momento, la música adquirió un ritmo más rápido y sensual, por lo que la vampira pegó aún más sus cuerpos. Sin apartar la mirada de ella, comenzó a bailar por toda la pista. Los invitados habían hecho un gran círculo alrededor de ellas, maravillados por el espectáculo que presenciaban.
Helena no dejó de sonreír durante todo el encanto del baile. Por una parte, estaba orgullosa de sí misma al ver que sus habilidades como una vampira seductora aún no perdían efecto. Podría apostar que tenía a Lucia justo en la palma de su mano, lista para complacerla en lo que ella le pidiera. Adoraba tener ese tipo de control sobre los demás.
Sin embargo, le era imposible negar el hecho de que verdaderamente encontraba atractiva a la joven. La forma en que sus cuerpos se rozaban finamente, la notoria diferencia entre la temperatura de sus pieles, su figura esbelta y bien proporcionada; sin mencionar la destacable belleza natural de sus labios, así como el misterio que la envolvía. Todas esas cosas no hacían más que aumentar su deseo por devorarla.
Al término de la canción, ambas se dedicaron una ligera venia, recibiendo una fervorosa ovación por parte de aquellos que se habían convertido en su público.
—Sin el motivo de cometer alguna insolencia… —Lucia jadeaba bajito, pero se repuso tan pronto como bebió de una copa de vino—. Me preguntaba si usted me podría ayudar a calmar la curiosidad que tengo por este pueblo. No conozco sus alrededores, ni mucho menos sus habitantes. Si alguien tan interesante como usted disfruta venir a estas fiestas, entonces estoy segura de que aquí hay más allá de lo que nuestros ojos ven.
Helena no cabía en la morbosa felicidad que la embelesaba en ese instante.
—Le concedo el atrevimiento con todo gusto —respondió, mostrando una sonrisa encantadora—. Y precisamente poseo la solución para su…inquietud. Si acepta mi invitación para acompañarme al balcón y así podamos tener un poco de privacidad, dejaré que su sed sea saciada por mis palabras.
Luego de empinarse una copa, le ofreció su brazo para que lo tomara. Y con las miradas fisgonas de los demás puestas sobre ellas, salieron del salón en dirección al balcón más alejado de la fiesta. El plan de Helena estaba saliendo como lo esperaba. Gracias a la música y al constante parloteo vigoroso de los invitados, ningún grito de ayuda sería escuchado.
—¿No es una espléndida noche la de hoy? —la vampira cuestionó mientras admiraba la oscuridad que se revelaba ante ellas.
Un extenso jardín se postraba ensombrecido hasta perderse en los confines de la noche. Pinos altos se enfilaban en cada lado y un tenue brillo proveniente del lago centelleaba como el último vestigio de una esperanza. Si llegara a ser necesario, Helena se desharía del cadáver justo en las profundidades del agua, aunque esperaba no tener que recurrir a esa emergencia.
—Por supuesto que no existe comparación alguna con la belleza que usted posee. Ni siquiera la luna llena que nos acompaña en esta noche me sirve como ejemplo para describir su divina hermosura.
Helena observó una vez más a la muchacha, sintiendo un escozor en la boca por el veneno que comenzaba a acumularse. Definitivamente le sería difícil no drenarle la sangre de una sola mordida, pero correría el riesgo, ya no había marcha atrás.
Con sumo cuidado y haciendo movimientos propios de una elegancia sobrehumana, posó una mano sobre la espalda de Lucia, deslizándola después hacia abajo, quedándose fija en su cintura al final. Al mismo tiempo, se colocó detrás de ella, los efluvios que emanaban de su cuerpo inundaron su olfato de golpe. El aroma le resultó demasiado exquisito, no resistiría mucho tiempo más.
—¿Ha estado con alguna mujer antes? —pronunció en voz baja. Con la otra mano apartó su cabellera rubia para así dejar su cuello al descubierto, la vena palpitaba jugosa a la luz de la luna—. Por supuesto que el sabor femenino es mucho más dulce y suave que el de un hombre.
—Creo que usted tiene más experiencia que yo…
Un jadeo salió de sus labios cuando juntó sus cuerpos. En seguida, escabulló una mano hacia su abdomen, trazando un camino de caricias que fue subiendo hasta sus pechos. Tomó uno de ellos y comenzó a masajearlo con suavidad en tanto su boca se encargaba de aterrizar pequeños besos sobre la piel de su cuello.
—Me pregunto si su sangre será tan alucinante como lo imaginé…
En ese momento, Helena abrió la boca y perforó la tersura de la garganta ajena con su par de colmillos filosos. La sangre no tardó en salir y la vampira no desperdició ni una gota, comenzó entonces a beber de ella con desesperación, dejando que el éxtasis la invadiera sin piedad alguna.
El sabor de Lucia le resultó como la ambrosía de los dioses. Su sangre le colmaba de un gran placer, de una locura que le nubló los sentidos tal cual orgasmo. Fue así, por desgracia, que omitió la estaca que Lucia desenfundaba de su muslo y se la clavaba con fuerza por debajo de las costillas. El dolor arremetió contra ella despiadadamente, haciendo que se alejara de Lucia mientras gruñía feroz y el antifaz caía al suelo. Antes de que pudiera darse cuenta, Lucia penetró su pecho con otra estaca, justo a la altura del corazón. Helena se desplomó abatida, profiriendo alaridos y lanzando zarpazos al aire.
—Eres una maldita caza vampiros —escupió, furiosa.
Lucia mostró una sonrisa petulante. Tiró al suelo el antifaz y la luz lunar iluminó una gruesa cicatriz que cruzaba la mitad de su rostro.
—Soy Lucia Cain. Descendiente de los experimentos de Elias Cain. Mi sangre fue modificada para adormecer los sentidos de los vampiros. Me sorprende que no te hayas dado cuenta, para ser una Branwen —la cazadora se mofó de ella, sacando otra estaca—. Ustedes han dominado este pueblo durante milenios, pero eso acabará, empezando contigo.
Lucia se equivocaba en algo: Helena sí se había percatado de los constantes estremecimientos en su cuerpo, señales de alerta que solo los de sangre real poseían. No obstante, la belleza de aquella cazadora fue más embriagante que cualquier advertencia. Incluso ahora, con la sangre resbalando desde su cuello y manchando la abertura que desnudaba sus pechos. Era una imagen difícil de describir, y precisamente por eso Helena la encontraba tan excitante.
—Tienes razón, Lucia —la mirada de la vampira se ensombreció mientras arrancaba, una por una, las estacas clavadas en su cuerpo sin mostrar el menor gesto de incomodidad—. Soy una Branwen.
Acto seguido, se abalanzó sobre la cazadora con una violencia brutal. El impacto le arrebató la estaca de las manos y el crujido de algunos huesos quebrándose resonó en el aire. Lucia se dobló por el dolor, pero reaccionó enseguida desenvainando una daga.
Bajo el silencio mortecino de la noche, ambas se vieron envueltas en una pelea atroz, hecha de gruñidos, sangre y frenesí. Helena debía admitir que la cazadora poseía una destreza y osadía extraordinarias. Aún así no estaba a su altura. Podía acabar con ella en el instante que quisiera.
Pese a ello, la alternativa que empezaba a saborear en su mente prometía ser mucho más divertida.
Con una velocidad inhumana, la vampira atrapó los brazos de Lucia y los retorció contra su espalda antes de estrellarla contra un muro de piedra. Helena sonrió, impertérrita. Apartó nuevamente el cabello de la joven cazadora, dejando expuesto su cuello, y antes de que ella pudiera comprender sus intenciones, hundió los colmillos en la marca que había dejado momentos atrás.
—¡¿Qué haces?! —Lucia exclamó, confundida. La fuerza que Helena ejercía sobre ella le impedía mover un solo músculo—. Mi sangre… será tu fin.
Helena soltó una risa baja contra su piel.
—Tú serás mi fin.
La vampira se dedicó a lamer la sangre que escurría por la garganta de Lucia al mismo tiempo que deslizaba una mano por debajo de su vestido. Tocó sus suaves y firmes muslos, sintiendo todas las armas que aún permanecían sujetas a los ligueros. Después, ascendió lentamente hasta alcanzar el calor húmedo que escondía entre las piernas. Toda la cortesía propia de la fiesta quedó olvidada cuando llevó dos dedos a su boca, impregnándolos con su sabor antes de introducirlos con cadencia en el interior de Lucia.
—¡Ah!
El gemido de su contrincante despertó en Helena una pasión desconocida. Dominada por el deseo, continuó provocándola mientras sus colmillos se hundían una vez más en su piel. El placer comenzó a nublarle los sentidos hasta dejarla al borde del desvanecimiento. Entonces comprendió que eran los efectos de los experimentos de Cain.
Lucia aprovechó la debilidad de la vampira y la empujó lejos de ella, siéndole imposible ignorar el calor que ardía en su rostro y su palpitante feminidad. Helena cayó al suelo, sosteniéndose apenas con manos y rodillas mientras un hilo de sangre pendía de sus labios. Sabía que Lucia podía matarla en ese estado tan vulnerable. Sin embargo, cuando sus ojos se encontraron, supo que viviría un día más.
—Eres mía ahora, Lucia.
Fueron sus últimas palabras antes de que la cazadora se perdiera entre los pinos.
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