Mi tío Alberto Carrillo nació en Puno, pero él decía que era porteño.

Y lo decía con una seguridad tremenda, como si hubiera nacido en el Callao o en Buenos Aires, con barcos, sirenas y olor a mar. Pero no. Había nacido en Puno, frente al lago Titicaca. Puerto lacustre, sí, pero puerto al fin y al cabo. Entonces, técnicamente, mi tío no mentía.

—Yo soy porteño —decía.

Y se quedaba tan tranquilo mientras escondía una sonrisa pícara.

Creo que también lo decía para no decir que era de la sierra. Así, con esa viveza de los antiguos, le daba una vuelta graciosa al asunto. No renegaba de su origen, pero lo acomodaba a su manera. Como quien se peina antes de salir en la foto.

Mi tío Alberto era muy amigo de mi papá, Gerardo Carpio. A mi viejo, le decían el Gato Carpio. Y a mi tío Alberto también le decían Gato: el Gato Carrillo.

Dos gatos que paraban de arriba abajo juntos.

La vida tiene esas coincidencias raras que uno de chico no mira mucho, pero después, cuando ya va teniendo canas y más recuerdos que planes, empieza a mirar con otros ojos. Porque años después, uno de mis mejores amigos, mi compadrito Carlos Benavente, también tenía el mismo apodo que yo: Gato.

Parece que en mi vida los gatos siempre han estado rondando. No sé si para acompañarme, para cuidarme o para hacerme acordar que uno pertenece a una especie medio rara: independiente, sentimental, algo desconfiada, pero capaz de querer mucho aunque no lo diga todos los días.

Pero no me quiero desviar. Porque este relato no es sobre todos los gatos de mi vida. Es sobre uno en especial: mi tío Alberto, el Gato Carrillo.

Desde chico fui uno de sus sobrinos de cariño más queridos. No sé si el más, porque tampoco quiero agrandarme como pavo en Navidad, pero sí fui uno de sus engreídos. Eso lo sentía. Hay cariños que no necesitan papeles ni parentescos exactos. Uno simplemente sabe que ahí hay un sitio reservado para uno.

Mi tío era especialista poniéndome sobrenombres.

Varios.

Algunos rarísimos.

Me decía Cachiporongo. Me decía Morococho. Palabras que yo no sabía de dónde salían. Con los años creo haber escuchado que eran gentilicios de algunos pueblos olvidados de la Sierra central, o de algún lugar por ahí. No estoy seguro. Capaz ni él sabía bien. Tal vez solo le gustaba cómo sonaban. Porque hay palabras que no significan mucho, pero caen simpáticas. Como algunas personas.

Él las usaba para molestarme, para hacerme reír, para llamarme de una forma que solo él podía usar. Porque los apodos, cuando nacen del cariño, no ofenden. Más bien abrigan.

Pero hubo uno que se quedó más que todos.

Saqra.

Así me decía.

—¡Saqra!

Y yo volteaba.

Después supe que saqra, era una palabra quechua que significa algo así como malo, diablo, demonio, perverso, inquieto. Aunque en realidad, por lo que entiendo, no es tanto el demonio de película de terror, sino más bien el diablillo travieso, el que no puede estar quieto, el que siempre está metido en alguna travesura.

Y para ser honesto, el apodo me quedaba bien.

No voy a hacerme el santo ahora, porque a estas alturas ya nadie me cree. Era inquieto, curioso, palomilla. De esos niños que se acercan a mirar algo y terminan rompiéndolo sin mala intención, claro, pero rompiéndolo igual.

Mi tío me decía Saqra con gracia. No como insulto. Era casi un título nobiliario. Una especie de condecoración, de medalla de honor.

Y lo curioso es que, con el tiempo, los amigos de mi papá también empezaron a llamarme así. Yo pasé a ser el Saqra del grupo. El chiquillo travieso que andaba por ahí, escuchando conversaciones de grandes, mirando cómo se reían, cómo hablaban, cómo se bromeaban.

Uno de niño no entiende todo lo que pasa alrededor, pero va guardando imágenes. Guarda voces. Guarda gestos. Guarda frases que después, muchos años más tarde, vuelven solas, sin que uno las llame.

Una de las anécdotas que más recuerdo con mi tío Gato fue un sábado de 1980.

Jugaban Melgar contra la U en Arequipa.

Él era hincha de Universitario. Yo, por supuesto, de Melgar. Porque uno puede cambiar de casa, de trabajo, de camisa y hasta de corte de pelo, pero de equipo no. Y menos si uno es arequipeño. Ahí no se negocia.

Ese día íbamos al viejo estadio IV Centenario. Íbamos mi viejo, mi tío Alberto, Coco mi primo y yo. Yo tenía diez años.

Diez años.

A esa edad uno todavía cree que su equipo puede ganarle a cualquiera, que su papá lo sabe todo y que diez soles son una fortuna importante.

Me acuerdo que saqué mi alcancía. Mi tesoro. Mis ahorros. Mi pequeño banco personal. Y me fui donde mi tío con toda la valentía del mundo.

—Te apuesto diez soles a que gana Melgar —le dije.

Mi tío se mató de risa.

Me empezó a bromear, como buen hincha de la U.

—Nos van a ganar, dice… Saqra, los vamos a golear.

Pero yo insistí.

Porque cuando uno tiene diez años no calcula. Cree. Y yo creía en Melgar como se cree en las cosas puras, sin estadísticas ni comentaristas. Creía porque era mi equipo, porque jugaba en Arequipa y porque yo tenía diez soles listos para hacer historia.

Tanto insistí que mi tío aceptó la apuesta.

Fuimos al estadio.

El viejo IV Centenario tenía una cosa especial, siempre en Preferencia Sur. No era cómodo, no era moderno, no tenía nada de esos estadios de ahora que parecen centros comerciales con grass. Era cemento, gente, bulla, olor a cancha, vendedores, radios pegadas a la oreja y señores gritando cosas que una criatura de diez años no debía repetir, aunque por supuesto las repetía después.

El partido terminó cero a cero.

Cero a cero.

Nada para nadie.

Pero ahí vino la trampa elegante de mi tío.

Como la U era visitante, él dijo que yo había perdido la apuesta.

Yo reclamé, por supuesto. Un empate es empate. Eso lo entiende cualquiera. Pero mi tío tenía más calle, más edad y más capacidad para inventar reglamentos sobre la marcha. Según él, empatar de visita era casi ganar.

Así que perdí mis diez soles.

Todavía no sé si me ganó legalmente o me estafó con cariño. Probablemente lo segundo. Pero fue una estafa bonita, de esas que uno recuerda riéndose. Diez soles menos en la alcancía, pero una historia más para la vida. Mal negocio en el momento, gran negocio con los años.

Porque eso pasa con algunas cosas. Cuando suceden parecen pequeñas. Un apodo. Una apuesta. Un partido aburrido. Un tío riéndose. Un niño molesto porque perdió diez soles.

Pero después, cuando pasa el tiempo, esas cosas se vuelven enormes. Crecen por dentro. Se acomodan en algún rincón del pecho y se quedan ahí.

Mi relación con mi tío Alberto no fue solo de infancia. No fue de esas cosas que se pierden cuando uno crece y ya no entra corriendo a la sala. El cariño siguió. En mi juventud, en mi adultez, en esos años en los que uno ya no es el sobrino chiquito, pero para ciertas personas sigue siéndolo.

Para él, de alguna manera, yo seguía siendo el Saqra.

Y eso me gustaba.

Porque hay gente que guarda una versión antigua de uno. Una versión más limpia, más desordenada, más verdadera quizás. Gente que no te mira solo como el adulto preocupado, el que trabaja, el que tiene problemas, el que anda mirando el celular. Te mira también como el niño que fuiste. El que apostaba diez soles. El que se reía con cualquier cosa. El que hacía travesuras y después ponía cara de inocente.

Mi tío Alberto era uno de esos tíos de cariño que uno no elige, pero agradece. Estaba unido a mi papá, a mi casa, a mi infancia, a ese mundo donde los adultos parecían gigantes y uno escuchaba sus bromas como si fueran parte de una película familiar.

Y la vida, que a veces tiene formas extrañas de escribir las cosas, quiso que mi tío falleciera un 3 de noviembre.

El día de mi cumpleaños.

Desde entonces, esa fecha tiene dos caras.

Por un lado, es el día en que nací. Por otro, es el día en que él se fue.

Y eso hace que uno no pueda olvidarlo nunca. Aunque quisiera. Aunque pasen los años. Aunque lleguen saludos, tortas, llamadas, mensajes de WhatsApp y esas felicitaciones con emojis que parecen piñata. En medio de todo eso, siempre aparece él.

El Gato Carrillo.

Mi tío Alberto.

El porteño de Puno.

El hincha de la U que me sacó diez soles con un empate.

El que me decía Cachiporongo, Morococho y, sobre todo, Saqra.

A veces pienso que hay personas que no se van del todo. Se van físicamente, sí. Ya no están en la mesa. Ya no llaman. Ya no hacen bromas. Ya no inventan apodos. Pero se quedan de otra manera.

Se quedan en una palabra.

En una risa.

En una anécdota.

En una fecha.

En una apuesta absurda.

En un apodo que todavía suena por dentro.

Mi tío Alberto se quedó así en mí. Como esas voces antiguas que uno no escucha con los oídos, pero igual reconoce. Como cuando alguien en la memoria te llama por un nombre que ya nadie usa, y de pronto vuelves a tener diez años.

Y yo, que ya no soy ese niño de la alcancía, que ya he perdido apuestas más grandes que diez soles y que ya tengo mis propias nostalgias encima, todavía siento que si alguien me grita desde lejos:

—¡Saqra!

Voy a voltear.

Porque hay cariños que no envejecen.

Solo se esconden un poco.

Y cuando menos lo esperas, vuelven caminando despacio, con cara de tío querido, con broma en la boca, con apodo raro, y con ese modo tan suyo de recordarte que alguna vez fuiste niño y que alguien te quiso mucho exactamente así: travieso, terco, melgariano y un poquito diablo.

Como debe ser.

Etiquetas: amistad gratitud relatos

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