Me harté, quereme con mi corazón prendido fuego por vos y mi alma gritándote en la cara lo que desea.

En infinidad de veces se me tachó de intenso, apurado, ahogador y mil adjetivos más que por mucho tiempo me creí. Es tan agotador caminar en puntillas de pies al hablar con alguien, constante duda de si lo que digo está bien, si no fue mucho o capaz muy poco. Como diría un famoso dicho argentino «vivir con un palo en el cul*», qué cosa horrenda temer al sentir, ¿no es horrible? Digo, tenerle pavor a que el corazón hable. Un lugar que permanece mudo tanto tiempo y cuando al fin desea comunicarse uno lo cierra y lo ahoga.

No me voy a quedar en el cuidado de no hablar por la seguridad de no espantar a nadie. En cuanto mi alma quiera gritar… lo hará. Si mi corazón quiere comunicarte… gritará. En esta manera no oculta del sentir… todo es válido. Las oportunidades de un corazón abierto y prendido son pocas, negaría que otros corazones o almas dispongan de cómo nuestros corazones deben hacer las cosas. No dejaré ganar poner en duda el rugido del alma.

Humano, animal hecho y derecho. Me muevo por instinto y siento por conexión bruta. Absolutamente nadie elige cómo, cuándo y sobre quién sentir. Aparece, nace y se desarrolla. No está sobre un control propiamente dicho. El humano nació para disfrutar sin pedir permiso y aun así están empecinados en hacerlo parecer un ser artificial. Simplemente seré humano con huevos y grito lo que pasa.

Gracias a mi amiga del alma que desactivó mi cagazo al sentir de más. Su frase me quedó en la mente para siempre «Yo sé que muchas veces te cuestionás si sentir como sentís está bien, si amar como lo hacés está bien. Y yo te digo que sí. Que ames y sientas exactamente como lo hacés, porque es el mejor regalo que le podés hacer a las personas que te tenemos cerca.»

Atte

Facundo Verardo D’Agostino

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