Vi una libélula muerta.
la vi, y era yo.

Todos pasaban indiferentes
a sus alas quemadas bajo el sol.

Era yo.

Nadie pensó en la muerte
de esa libélula.

Entonces
dejé de ser yo.

El sol se comió sus alas,
las volvió una mancha más
en el concreto de una ciudad.

Estaba yo, pero
la libélula murió.

Vi a un conejo correr.
Eras tú, en la avenida.

Parecía feliz,
aunque nunca estuve segura.

Lo vi volver.

Era yo.

Pensé en las veces que fui como él,
él era tan pequeño para ser libre,
más libre
de lo que fui yo.

Vi una libélula muerta,
luego al conejo.

Ambos eran yo.

La libélula siguió muriendo.

El conejo siguió corriendo.

Nada se detuvo,
solo se olvidó.

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