Vagaba el alma por la orilla incierta,
uniendo las cenizas del olvido,
hasta que hallaste la palabra abierta
que rescató mi pulso del latido.
Ya no importaba el oro ni el tributo,
ni el orden de la ley que me nombraba,
porque Tu voz, en un segundo enjuto,
curó la soledad que me asfixiaba.
Bajaste a compartir mi pan de duelo
y a darle un nuevo norte a mi derrota,
trayendo el horizonte de Tu cielo
en esta barca que el naufragio azota.
Es Tu ternura la que nos sacude,
huracán de paz que no se frena,
la que en la herida se vierte y acude
para romper el peso de la pena.
Bastó que Tu mano tocara mi suelo
para que el mundo recobrara el brillo,
porque Tu amor no necesita el vuelo
sino el asombro de lo que es sencillo.
Es Tu ternura la que nos sacude,
un huracán de paz que no se ablanda,
que busca el centro de nuestra herida abierta
como el pastor que por amor nos manda.
Entraste en la penumbra de mi casa
sin preguntar por qué estaba vacía,
Tu luz comprende el rastro que se abrasa
y en Tu abrazo descansa mi alegría.
No fue un juicio, fue una mano abierta
que descifró mi nombre en el insulto,
dejando atrás la sombra de esa puerta
donde guardaba el miedo como indulto.
Eres el brazo que al fin nos da mano
cuando el camino se vuelve un tormento,
el pulso dulce del gesto humano
que nos devuelve por fin el aliento.
Estabas en el sueño maquetado,
antes que el tiempo fuera nuestra suerte,
y aun así Tu voz me ha rescatado
del frío abrazo de la misma muerte.
Eres la luz que la noche no alcanza,
el agua viva que apaga el desierto,
Tu voz sobre mi abismo se deslanza
de ver el cielo en un costado abierto.
No eres un eco ni una ley remota,
sino la Vida que en el pecho late,
esa verdad que al ego nos derrota
y en el amor nos libra del combate.
Se detuvo el reloj de mi quebranto
ante el asombro de Tu voz que nombra,
pues ya no soy el eco de mi llanto,
para ser luz que borra toda sombra.
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