por Andrés Obychniev y Carlos Arrunta
La sabana era demasiado vasta como para pertenecer al mundo. No era tierra solamente. Era un tejido vivo, una extensión que respiraba como si debajo de la hierba existiera un pulmón antiguo. Decían los viejos (los pocos que aún no habían olvidado) que alguien, en el principio, había intentado ordenar ese caos. Que quiso trazar líneas, levantar límites, nombrar las cosas. Pero la sabana rechazaba toda forma fija. Todo lo que se imponía terminaba disolviéndose, como si el mundo mismo se negara a ser domesticado.
Fue en ese tiempo sin fechas cuando surgió Iz’banya.
No nació como ciudad, sino como impulso. Primero fue un círculo de fuego. Después, un murmullo de voces que no sabían todavía lo que decían. Luego, una violencia. Manos construyendo, rompiendo, volviendo a construir. Iz’banya no era estable; vibraba. Era la edad del viril ñeque, de la euforia febril, donde cada gesto era exceso y cada palabra, un golpe.
En el centro de esa agitación, los hombres comenzaron a ver.
No mirar, ver.
Veían ideas descender como pájaros torpes. Veían pensamientos flotando sobre el ombú aéreo (un árbol que no tocaba la tierra, suspendido como un error en el cielo). Desde ahí, algo dictaba. No eran dioses aún, pero tampoco eran hombres. Eran voces del lavadero, decían, porque todo lo que tocaban quedaba lavado de sentido, vuelto espuma.
Pero no todos aceptaban esas voces.
Entre los primeros nacidos de Iz’banya hubo uno que no quiso fijar los engranajes.
Se llamaba Ispanu.
No era el más fuerte, ni el más sabio. Era, más bien, el más incómodo. Donde otros veían orden, él veía encierro. Donde otros escuchaban mandato, él oía ruido. Decía que algo estaba mal en el centro mismo de aquello que los guiaba.
—Hay un imán que habla —murmuraba—. Y todo lo que atrae, lo rompe.
Nadie entendía del todo, pero el miedo comenzaba a filtrarse.
Porque en las noches, cuando el búho batía sus alas sobre la sabana, algo se quebraba en el aire. Como si el sonido mismo hiciera añicos una presencia invisible. Algunos juraban haber visto la figura. Una entidad informe, un centro que atraía las voluntades y las torcía. Lo llamaron Yahve, aunque otros, más antiguos, lo nombraban con palabras olvidadas. Yaldabaoth, Astaroth… el demiurgo demente.
El falso creador.
El que quería fijar lo que debía fluir.
Ispanu fue el primero en enfrentarlo.
Pero no lo hizo con armas.
Descendió hacia el Kariz.
Nadie sabía exactamente qué era. Algunos lo llamaban cáliz, otros chispa, otros herida. Era un lugar (o tal vez un estado) donde el gozo no dependía de nada externo. Allí, en lo profundo de cada ser, ardía una luz que no obedecía al imán parlante.
Para llegar, había que romper.
Romper las formas, romper los nombres, romper incluso la idea de uno mismo.
Ispanu lo logró.
Y cuando regresó, ya no era el mismo.
Sus ojos no reflejaban la sabana, la atravesaban.
—El Kiristi vive —dijo simplemente.
Los otros no comprendieron. Pero sintieron.
El Kiristi no era un arconte, ni una ley. Era el logos en estado puro, sin palabra, sin estructura. Un pulso que organizaba sin imponer, que daba forma sin fijarla. Era lo opuesto al demiurgo.
Y eso desató la guerra.
No una guerra de ejércitos, sino de realidades.
Los de Iz’banya comenzaron a dividirse. Algunos seguían al imán parlante, seducidos por la promesa de orden, de permanencia, de identidad. Otros, los menos, comenzaron a romper. A desarmarse. A dejar que el Kiristi hablara en ellos sin traducirlo en leyes.
El zorro apareció entonces.
Nadie lo había visto antes. Caminaba entre los grupos, observando, riendo. Boxeaba con las sombras, provocando, confundiendo. No pertenecía a ningún bando. Decía que ambos estaban equivocados.
—El caos también puede volverse cárcel —susurraba.
Iz’banya empezó a enloquecer.
Las estructuras se levantaban y caían en el mismo día. Las voces se multiplicaban. Algunos hombres hablaban con cosas que no estaban ahí. Otros dejaban de hablar por completo. La ciudad se volvió un organismo febril, al borde de desgarrarse.
Ispanu comprendió que no bastaba con resistir.
Había que atravesar.
Subió entonces al ombú aéreo.
Nadie lo había hecho antes. El árbol no tenía raíces visibles, ni tronco sólido. Era una idea suspendida. Pero Ispanu ascendió igual, como si cada paso fuera un acto de fe en algo que no se podía nombrar.
Al llegar a la copa, lo vio.
No tenía forma definida. Era una masa de intención. Un núcleo de órdenes. El imán parlante.
Yahve.
No habló. No hizo falta.
Todo lo que era Ispanu empezó a ser atraído, fragmentado, reinterpretado. Sus recuerdos, su cuerpo, su nombre. Todo era reconfigurado para encajar en el sistema del demiurgo.
Pero algo resistió.
El Kariz.
Esa chispa no podía ser absorbida.
Y en ese punto, en ese mínimo núcleo irreductible, el Kiristi se desplegó.
No como palabra, sino como ruptura.
El búho batió sus alas.
El sonido atravesó el cielo.
Y el imán se quebró.
No explotó. No desapareció. Simplemente dejó de sostenerse.
Como una idea que pierde sentido.
Ispanu cayó desde el ombú.
Pero no murió.
Cuando tocó la sabana, la tierra lo recibió como si lo reconociera. Ya no era rey, ni héroe, ni nombre. Era otra cosa. Algo más cercano al origen que a la historia.
Iz’banya no volvió a ser la misma.
Muchos huyeron. Otros se quedaron, intentando reconstruir. Algunos insistieron en volver a fijar engranajes. Pero algo había cambiado de forma irreversible.
El orden ya no podía imponerse sin ser cuestionado.
El caos ya no podía celebrarse sin ser atravesado.
Y en medio de esa tensión, invisible pero persistente, el Kiristi seguía latiendo.
No en templos.
No en leyes.
Sino en cada instante en que alguien, como Ispanu, decidía no obedecer al imán de espíritus… y tampoco rendirse al delirio.
Sino escuchar.
Aunque no hubiera palabras.
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