En el silencio de los antiguos pasillos del pensamiento resuena una confesión, acaso la más audaz de todas las herejías: la de un dios que no es dios en el sentido que los hombres han forjado para consolarse de su finitud.
La divinidad que aquí se nombra no habita catedrales ni nubes: es la savia que fluye en el tronco del olmo, la geometría inmutable de la telaraña al amanecer, la indiferencia sublime del rayo que incendia el bosque o fecunda la tierra. Es el eco de un silencio anterior a toda palabra, el alfabeto secreto que deletrea el mundo sin pronunciarse jamás.
El dios en que no creo —ese que no elige pueblos, no dibuja fronteras en mapas celestiales, no abandona ni espera— se revela igual en la belleza del jaguar y en la crueldad del parásito que devora sus entrañas. Habita en cada latido y en cada pausa entre latidos, en la sonrisa del niño y en tus lágrimas que no se secan en mi memoria.
Ese dios, en el que no creo, no traza divisiones ni propone esquemas correctos. No nos abandona porque nunca se alejó, no nos espera porque jamás se ha ido. Lo bello y lo cruel son sus máscaras simultáneas: podemos contemplarlo a cada instante, como quien descifra una escritura que siempre estuvo ahí, aguardando ser leída.
El dios en que no creo no espera confirmación, no demanda creencia, no mendiga devoción. Somos nosotros quienes proyectamos nuestras ansias y terrores en el vacío, creando espectros a nuestra imagen y semejanza, forjando ídolos que nos devuelvan el reflejo de nuestros propios miedos.
Al explorar los límites del fracaso, del miedo y la gnosis, comprendemos que al derrumbar los ídolos, el espacio que queda no es el vacío, sino la presencia abrumadora de lo que siempre estuvo: nosotros mismos y la realidad desnuda, sin velos ni nombres que la suavicen.
El dios en que no creo es más raíz que fruto, más fuente que destino; acaso es más herramienta que obra, más pregunta que respuesta.
El dios en que no creo es un espejo que tememos mirar: en su reflejo, la paradoja última —el afuera que está dentro.
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