Las aventuras de Super Perico
Un amo digno de su sirviente
Vigésimo sexto movimiento: Versión épica
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Super Perico adolecía de uno de los males más frecuentes de los héroes novatos: le encantaba presumir de sus aventuras. Para satisfacer su vanidad convocaba tanto a humanos como a toda clase de aves. Por precaución, iniciaba la narración con unas cuantas aclaraciones:
—¿Qué preferís, la versión verdadera o la versión épica? —preguntaba el periquito—. Están advertidos que lo cotidiano o común se torna en gesta de héroes y epopeya de todos.
Había ingeniado este artificio para obtener la licencia literaria y así evitar algún castigo de los ángeles por mentiroso o excesivo. A su propio entender, la licencia le funcionaba bastante bien; o quizá cuidaba satisfactoriamente de la redacción.
Pues eso sí, el periquito velaba por rendir el debido tributo a los ángeles y a Dios en estas versiones enriquecidas de los hechos. Quizá los angelitos también disfrutaban de la versión épica, y por ello no intervenían.
—¿Qué pasó con la amazona que vino con el viento? —preguntaba Mariazinha.
—Esa soy yo —explicó Chloe—. En realidad no hice absolutamente nada. Llegué en pericomóvil.
—La guerrera que cayó herida en la soledad del desierto cuando intentaba dar el grito de guerra, ¿murió desangrada o de hambre? —preguntó un periquito impresionado.
—Esa es Astrid, las sogas solo le hicieron un par de raspones. Yo no llamaría soledad del desierto a la quebrada de pastoreo —explicaba Chloe.
Los oyentes estaban entusiasmados. Celebraban por igual las imaginaciones de la mascota como las aclaraciones que ocasionalmente se solicitaban.
Pese a la licencia literaria, las niñas terminaron bien asustadas al finalizar la narración de nuestro héroe. No era mentira que un ser humano normal hubiera muerto acribillado por los cuatreros. Pero la versión verdadera no había conseguido provocarles dos noches de pesadillas e insomnio, como si consiguió Super Perico con su versión épica.
Como habían quedado tan asustadas, resolvieron que los días de vacaciones se alargaran a dos semanas de inactividad policíaca. Las clases escolares continuaron normalmente; excepto para Astrid, quién continuaba fugitiva. El receso coincidió con algunos festivos estudiantiles, lo que permitió al club organizar varias actividades de entretenimiento.
El ave solo las acompañó en dos ocasiones, ambas por motivo de alguna excursión. De esa forma, Super Perico continuaba con su rol de guardián protector tanto en la investigación como en el recreo. Por supuesto, no iba a participar de los juegos y manualidades para niñas que organizaba Melody, quien era la más aficionada a estos pasatiempos.
En la primera de las dos excursiones, invitaron a la banda de pajaritos que conocimos en capítulos anteriores. La misma que había «adquirido» recursos para el sustento de Astrid durante los primeros días de su fuga. El héroe aprovechó el público aviar para contar una nueva versión épica de su última aventura.
Los pajarillos quedaron encantados con la narración. Tanto así, que en recompensa organizaron una serenata compuesta con tonadas muy propias para senderismo al estilo periquito.
Su canto no se interrumpió sino hasta que llegó la hora del almuerzo, en la cima de un cerro cercano. Las niñas quedaron muy agradecidas y felices con el agasajo musical de sus invitados, que de esa forma celebraban la narración del último gran logro del club.
Al finalizar el día, el héroe se separó de sus amigas y tomó rumbo al Palacio de los Pericos. Quería aprovechar los días de reposo en sus actividades detectivescas para visitar a su madre y al resto de la bandada.
Allí todo era paz como siempre, excepto por la aparición de un nuevo e inesperado contratiempo. Las lluvias habían empozado el interior de la rústica construcción del burdo palacio.
Si bien un nuevo lago artificial y los canales internos parecían divertidos al inicio. Conforme pasaron los días el agua se empantanó, llenándose de insectos. Tomó un olor nauseabundo agravado con muy poca ventilación.
La llegada del héroe fue oportuna para reparar el problema. El agua interna era divertida, pero debía modificarse el diseño para evitar los molestos inconvenientes.
Ahora que conocía más de los humanos y sus asombrosas habilidades. El ave no dudó en pedir consejos de diseño en quien creyera pudiera colaborar con alguna buena idea. Aunque por las prevenciones que le había dado la periodista Vanesa sobre las posibles malas intenciones de su propia especie, prefirió no llevar humanos al lugar.
Luego de recopilar una gran cantidad de consejos de construcción; aunado con pericos poco exigentes, nuestro héroe se dio gusto y amplias libertades en las remodelaciones. Nuevamente los periquitos colaboraron entusiasmados.
El resultado final, aunque un tanto improvisado y más que burdo como siempre, fue celebrado y sobradamente aplaudido por todos los periquitos.
El laguillo interior, producto de las lluvias, se trasladó al exterior del palacio, con buenas entradas y salidas de agua para mantenerlo fresco. Super Perico no estaba muy seguro del efecto de las estaciones, y no entendía como aprovechar el flujo del agua. Afortunadamente, unos castores le asesoraron para evitar una futura inundación.
Los canales internos empozados se convirtieron en una fuente de irrigación continua, ahora bien iluminada y con bastante aire. De forma que nuestros periquitos, a su manera, tenían servicio de acueducto. La rapidez del movimiento del agua en tales desniveles provocaba un agua limpia y oxigenada naturalmente.
Por medio de un truco que le explicó un constructor aficionado, Super Perico aprovechó un desnivel para crear una bonita fuente de agua, que se elevaba un par de metros sobre su base. Aunque por algún error de diseño dejó de funcionar al tercer día de estrenada. Como no entendía bien su modo de operación, el proyecto de la fuente fue abandonado rápidamente, en espera de una segunda oportunidad.
En tales arquitecturas se entretuvo, mientras el CPAN disfrutaba por su parte de sus propias vacaciones detectivescas. No eran en realidad vacaciones, pues aplicaban solo al horario extra-clase. La vida escolar continuaba casi normalmente para tres de ellas.
A Melody le encantaba salir de compras. A las restantes niñas del club, también… Pero indiscutiblemente Melody era quien más lo disfrutaba, o al menos era la que más lucía su satisfacción.
Para poder salir repetidas veces, acordaban no comprar nada con excepción de la comida. Únicamente los viernes podrían comprar algunos antojos adicionales, acorde a su estrecho presupuesto. Así, durante los restantes días, compararían precios, podían mirar y preguntar todo lo que quisieran, pero nada más.
—¿Y qué buscamos? —preguntó Mariazinha.
—¿Qué tal un nuevo vestido de cosplay para Astrid? —sugirió Melody, dando continuación a la pregunta.
—Son muy caros y los hace tu vecina. No necesitamos preguntar ni comprar nada —objetó Astrid.
—Con lo que veamos le podemos dar sugerencias —insistió Melody.
A las demás les pareció una idea estupenda. Estuvieron toda la mañana visitando tiendas de ropa para conseguir conceptos para el nuevo vestido. Cada cosplay del restaurante, requería varios trajes según el número de días de trabajo, el costo del maquillaje y las temáticas elegidas por el presupuesto y la planeación.
Astrid solo trabajaba los fines de semana; pero mientras estuviera escapada de clases, quizá podría trabajar más tiempo sin ser descubierta.
De todas formas, aunque los padres de Melody no aceptaran las sugerencias para nuevos conceptos de traje. La experiencia era sumamente divertida; que era lo más importante.
La austeridad dentro de la cueva y sus incomodidades las habían educado lo suficiente para resistir la tentación de comprar. Inevitablemente adquirirían algunas cosas, pero las eligieron bien baratas. Se sintieron tranquilas de conciencia; obedeciendo su propia consigna, no estaban comprando casi nada.
El primer viernes intentaron no visitar establecimientos y ahorrar. Pero luego cambiaron de opinión, pues Melody anunció unos proyectos sencillos en foam sobre un encaje de algodón.
La pequeña artista deseaba que todas participaran. Salieron pues a comprar los materiales. Para los proyectos de foam, eligieron las hadas unicornios que seguían siendo uno de los temas favoritos de moda. Podían comprarse modelos en papel, de forma que mediante una operación de calco estaban casi seguras del éxito.
—¡De veras que me ha quedado una lindura! —admitió hasta la misma Chloe al terminar su propia versión de la unicornio Hoshi—. Con un molde cualquiera consigue lograr una preciosura.
A la mitad de las vacaciones policiales del CPAN tuvieron un segundo paseo al campo. Nuevamente, por seguridad, nuestro periquito decidió acompañarlas. Más o menos, se entretuvieron con los mismos pasatiempos y actividades que en la última ocasión. Repitieron historias épicas y serenata de pajaritos, además de su respectivo almuerzo en la cima del cerro.
—Los periquitos varones, preferimos narrar y escuchar versiones épicas —justificaba nuestro héroe sus exageraciones.
Ese mismo día, luego de despedirse de las niñas, Super Perico intentó retomar las clases con el lugarteniente Yuki. Había faltado a lecciones toda la semana, ocupado en las remodelaciones del Palacio de los Pericos.
Como llegó tarde, no recibió lecciones propiamente, pero pudo practicar con libertad en los gimnasios y cuadriláteros de combate abiertos al público inscrito en los ejercicios.
No encontró a Yuki, pero aprovechó para conversar con un niño compañero de los entrenamientos. Las lecciones no tenían restricciones de edad, y al menos, desde la presencia de nuestro héroe también permitían animales. Su amigo niño era de los asistentes más asiduos, por lo que los profesores tenían bastantes esperanzas en su entrenamiento infantil de las técnicas de combate al estilo sureño.
Super Perico intentó convencer al pequeño de ingresar al CPAN, para tener así compañía masculina también en el club. Aunque animal, ser el único varón en el grupo, le molestaba cada vez más.
En la noche, intentó persuadir también al padre del infante, pues requería de su aprobación.
Pero al papá no le interesaban los peligros a los que se exponía un policía aficionado. No le molestaban los entrenamientos con el lugarteniente Yuki. Sin embargo, su requisito para llevarlos a la práctica era ser un adulto.
—¿Cómo se llama su grupo de policías aficionados?
—No tiene nombre —el perico mintió. No quería hacerlo, pero cayó en la tentación de engañarlo.
Ante la mentira volvió a perder sus poderes. El pajarillo se convencía de que era cierto el patrón: perdía sus poderes con la falsedad.
Obedeciendo su propia consigna, no debía atenerse al perdón; había que pedirlo. Muy preocupado y arrepentido confesó inmediatamente sus intenciones:
—Perdón a Dios, a los ángeles y a usted. Le he mentido, el grupo sí tiene nombre… Se llama Club de policías aficionadas para niñas o CPAN.
Al escuchar la palabra «niñas», el padre se enfureció como si conversara con un maestro incompetente y perversamente nocivo. No disimuló su enojo y explotó en recriminaciones:
—¿Qué clase de idiota metería a su propio hijo en un club para niñas? ¡Largo de aquí! —el padre gritaba. Agregando a cada intervención, varias palabrotas más.
Muy dolido aseguró que le cambiarían el nombre al club antes de aceptar un niño. Se disculpó con muchas otras razones similares. Pero todo fue inútil, el error ya estaba hecho.
—Además, no me interesa que los secuaces del doctor Sancho enfermen a mi hijo —por fin, salía a relucir el tema de la persecución. El peligro para los policías aficionados provenía tanto en el mundo corrupto como en el supuestamente normal.
—Tenerle miedo vuelve más poderoso al doctor —respondió el ave.
Sin saberlo, el pajarillo había cometido un error en su razonamiento. La noticia le tomó completamente por sorpresa.
—¿A quién le importa ese mal hombre? le temo a sus secuaces que salen hasta en la sopa… El doctor Sancho no puede volverse más poderoso porque ya está muerto.
Al perico le cayó como un rayo la noticia. Alguna vez, había fantaseado con un futuro lejano en que él mismo derrotaría a ese científico maligno con ayuda del CPAN.
Recordaba perfectamente las amenazas que Astrid profiriera cuando estaba prisionera en el hospital. Debía ser algo bueno que la niña no se sintiera obligada a cumplir con sus propios desafíos.
—Una cosa más —terminó el padre, en tono más cariñoso. Quería darle un consejo—. Si de verdad quieres a esas niñas. No le cambies el nombre al club.
—Siguiente entrega disponible el 15 de abril del 2026
—Libro completo disponible en octubre del 2026
Ver también: Un amo digno de su sirviente, Arte Lancelot
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