Cosas del corazón

Faltaban cinco minutos para las seis de la tarde.

Había sido citado por teléfono por un hombre de voz poderosa que, tras preguntárselo tres veces, dijo llamarse Hilario.

—Sabemos de su situación desesperada y queremos ayudarle.

Nada más pude sacarle.

En mis circunstancias cualquiera se habría aferrado a una esperanza así. Todo iba tan mal que solo podía mejorar o, como mucho, seguir igual. Pasé las horas previas imaginando a un filántropo que resolviera mi ruina financiera o, mejor aún, pagara un tratamiento experimental que curase la enfermedad de mi hijo de diez años, André. O ambas cosas.

Llegó puntual.

Alto, fuerte, bien vestido. El rostro parecía cincelado a puñetazos. Un matón educado. Luego supe que era abogado.

—Represento a un hombre muy poderoso que cree que podrían ayudarse mutuamente. Vive una experiencia similar a la suya.

No hablaba como quien viene a pedir algo.
Hablaba como quien viene a cobrarlo.

Y yo no tenía nada que ofrecer.

¿Se refería a compartir el dolor? ¿Una terapia de dos?

Elvira y yo ya asistíamos a reuniones así. Servían de poco consuelo.

El camarero se acercó. Hilario pidió un whisky escocés de veinticuatro años. Yo, un café con leche. Si empezaba a beber, no pararía.

—Lo que voy a decirle es excepcional. Y confidencial. Puede negarse a escucharlo ahora. Pero si no lo hace, no podrá contarlo a nadie. Ni a su esposa.

El camarero regresó. Hilario dejó un billete de cincuenta euros.

—Quédese el cambio.
Luego me miró.
—¿Qué me dice?

—Supongo que no será ilegal.

Me sentí idiota al decirlo. Mi hijo muriéndose, el negocio hundido, la casa hipotecada… y yo preocupado por la legalidad.

Hilario bebió y se levantó.

—Le deseo lo mejor, Raúl. De corazón.

Lo sujeté del brazo.

—De acuerdo.

Me observó unos segundos y volvió a sentarse.

—Con esta gente no se puede fallar, Raúl. Acepte o no la propuesta, no puede hablar de esto con nadie. Las consecuencias serían fatales para su familia.

—De acuerdo.

Pidió dos whiskies.

—Ningún padre debería oír lo que voy a decirle. Su hijo padece una enfermedad incurable. Le quedan unos meses, y eso si se somete a tratamientos que harán de este tiempo un infierno.

Bebió.

—Mi cliente quiere ayudar. No puede curarlo. Pero sí evitar sufrimiento.

—Haría lo que fuera por mi hijo.

—Cinco millones de euros. Libres de impuestos. Bajo ciertas condiciones.

El precio llegaba.

—No veo cómo eso puede ayudar a André.

—Déjeme seguir.

Pidió otra ronda.

—Mi cliente vive algo parecido. Su hija padece una grave afección cardíaca. Le quedan días. Tal vez semanas.

—Lo siento.

—Necesita un trasplante urgente. No sirve cualquier corazón. Debe pertenecer al raro grupo Langereis. Su hijo es compatible.

Lo sabía. Ya casi había muerto por ello.

—Queremos el corazón de su hijo.

El mundo se encogió.

—Lo habíamos hablado mi esposa y yo —dije—. Donar sus órganos daría sentido a su vida.

—Esto debe hacerse en una semana.

—No entiendo…

—Luego ya no servirán. Y la niña no sobrevivirá.

La sangre me abandonó.

—¿Me está pidiendo que mate a mi hijo?

Hilario bajó la mirada.

—Estará sedado. Será casi natural.

Casi.

Me levanté.

Metió una tarjeta en mi bolsillo.

—Piénselo.

En casa André sufría una crisis.

Pálido.
Labios secos.
Respiración rota.

Me miraba.

Elvira ya había llamado a la ambulancia.

Lloramos abrazados hasta que se lo llevaron.

Yo palpé la tarjeta mientras caminaba hacia el teléfono, convenciéndome de que solo quería que todo terminara.

José Miguel Díaz V.

Moraña, enero de 2026

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