Y entonces me vi paseando en bicicleta a toda velocidad, bajando una de las avenidas principales de mi barrio. No iba sola; me acompañaban mis primos, siempre presentes en los recuerdos de mi adolescencia. Mi intención no era recordar aquel momento: fue un recuerdo que llegó sin previo aviso.
Estaba paseando a mi perro por un parque cercano a mi casa algunos años después -muchos, demasiados, diría-. Un cielo encapotado nos avisaba de que la tormenta no tardaría en dejarnos a Perry y a mí caladas hasta los huesos. Y empezó a llover. Primero unas gotas tímidas, que no hacían pensar que en pocos minutos empezaría a caer «la mundial», como solíamos decir entonces.
Y fue ese olor, ese olor a tierra mojada, a primavera, el que me trasladó muchos años atrás. Me vi de nuevo en la puerta del portal donde vivíamos la mitad de la familia: antes tan unidos, ahora tan distantes. Habíamos dejado las bicicletas apoyadas en la acera y las observábamos mientras la lluvia torrencial arrastraba todo lo que encontraba a su paso por aquellas calles que eran nuestra zona de juegos habitual.
Nunca había recordado aquellos momentos hasta que el olor a lluvia me llevó, por un instante, a ese pequeño repaso de mi historia guardado en algún rincón de la memoria, donde se esconden los recuerdos que de verdad importan. Y pensé en la poca importancia que le damos al olfato, como si fuera un sentido menor, prescindible. Pero no lo es.
Ahora presto especial atención a ciertos olores, a esos que se convierten en una máquina del tiempo y te trasladan a otro momento, a otro lugar de la historia, de mi propia historia. Esa que creía olvidada y que me recuerda que, durante un tiempo, disfrutamos de las cosas más simples, en familia. Lástima que hoy solo sea un recuerdo casi borrado.
Gracias a los días de lluvia y al olor de la primavera.
Gracias por abrir ese pequeño rincón de mi memoria.
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