¿Por qué será que la vida sabe detectar con exactitud el momento en que uno necesita que todo salga al pie de la letra, para concedernos lo contrario? Pareciera que es a propósito. Hoy necesitaba que todo fuera cronometrado, desde que empezó el día.

Sabía que Mariana iba a estar esperándome lista a las 19.30 para llegar temprano a la reserva que hicimos. Estamos cumpliendo nueve años de casados, y como me pasó desde el primero, olvidé la fecha. Es que no entiendo. ¿Por qué es tan importante recordarlo todos los años? ¿Cuál es el compromiso? Qué obsesión que tenemos con las fechas. ¿Para qué? Que alguien me explique por qué celebramos la fecha en que nació Belgrano —por ejemplo—, o peor aún, la fecha en que murió. ¿Cuál es la necesidad de estar recordando acontecimientos pasados que no van a volver a suceder? A caso cuando se llena el disco duro de la computadora, ¿no borramos lo viejo?.

Sinceramente, ni siquiera me acuerdo el día de nuestro casamiento. El estrés y la borrachera no fueron muy amigables. Me quedaron únicamente algunos borronazos de esa fiesta, que de por cierto, hoy cambiaria mil veces por un viaje all inclusive —del que seguramente también me quedarían solo borronazos—.

La cuestión es que hoy necesitaba estar temprano en casa para tener tiempo de bañarme —aunque sea— y sacarme de encima todo el olor a día común y corriente.

Son las 19.30 y estoy bajando por el ascensor para ir a buscar el auto a la playa de estacionamiento y arrancar. Con suerte voy a llegar 20.30, una hora tarde. La reserva es a las 21.00 y tenemos desde casa 45 minutos hasta el restaurant de sushi en el que tenemos guardados dos lugares para comer un menú de tres pasos que incluye piezas crudas, cocidas, empanaditas chinas y una botella de vino Suavignon blanco.

Todo perfectamente armado, como le gusta a Mariana. Cada detalle sin ni siquiera una remota posibilidad de improvisación. Así fueron las cosas desde el primer día. El problema es que si me hubiera dado cuenta en su momento, seguramente hoy no estaría yendo a festejar un aniversario del que me olvidé nueve veces.

¿Qué le voy a decir? Me colgué viendo cañas de pescar en Mercado Libre. La verdad es esa, pero seguramente el relato será que otra vez los boludos de contaduría no terminaron los informes a tiempo y me demoréCuando uno miente, generalmente lo hace por el otro y no por uno mismo. Quienes mentimos, usamos este recurso para evitar dolores ajenos.

Voy pasando la garita de la playa de estacionamiento y el sereno me mira como si supiera todo. Desde atrás del vidrio, agacha la cabeza para saludarme y con su mirada me dice: que le sea leve, jefe. Lo saludo con una sonrisa cómplice y le envidio el televisor 15 pulgadas que tiene prendido en un programa de Guido Kaczka —el único canal que debe sintonizar ese aparato viejo—, le envidio también el mate jarrito enlozado y despintado, el termo Lumilagro del que sale humito, y también lo envidio porque sé que su turno recién está empezando. Tiene una noche completa para disfrutar la libertad de estar solo. Encima van a pagarle un sueldo. Qué envidia me da la gente que sabe estar sola. Aunque siempre quise, no pude. Aun no entiendo por qué, creo que debe ser algo que viene desde adentro, desde el carozo.

Entro al auto, pongo el celular sobre el soporte pegado al parabrisas, conecto el bluetooth y mientras voy saliendo de la playa le pido a Siri que llame a Mariana. Cuando cruzo la barrera para salir a la calle, bajo un poco la ventanilla: vos sí tenés vida, le digo al sereno. Me mira y se ríe mientras sorbe un mate lleno de espuma. Levanta la mano a medio abrir como diciendo hasta mañana. Entre los dedos tiene un bizcocho a punto de ser comido.

Decime que estás llegando, Rodrigo, me ruega Mariana desde la pantalla. Está en el baño dándose los últimos retoques de maquillaje sobre los pómulos. El celular apoyado en el espejo. Tiene el pelo casi seco, hace rato salió de ducharse. Que linda es. En un toque estoy, le digo. Pasa que los boludos de contaduría. Me corta la llamada.

A mi cerebro le lleva dos o tres segundos darse cuenta de que me ha cortado a propósito y no fue un error de satélites. Siri, llama a Mariana, le digo nuevamente al celular —que si tuviera vida, estaría gozando de verme en esta situación—. Mariana atiende, le noto el llanto contenido. ¿Ves que siempre hacés lo mismo? sos un forro. Esta mañana dijimos sin retrasos. No se puede con vos, Rodrigo. Y seguramente vas a tener mil excusas, problemas de otros y bla bla bla. ¿No te da un poco de cosa ser tan egoísta? Yo por dentro pienso que si fuera egoísta en este momento estaría adentro de la garita tomando mates con el sereno de la playa.

No te pongas así, le digo, tampoco es para tanto, estoy yendo. Si querés ni siquiera me baño, salimos al toque. En el fondo, sé que es injusto para ella —despampanante para la ocasión—, tener que salir conmigo lleno de olor a oficina y rutina. Te aviso cuando estoy llegando así cerrás todo y me esperás afuera, ¿sí? Un beso, contesta ella, y corta de nuevo. La persona que corta las llamadas tiene el poder. Siempre sentí que yo no iba a ser capaz de terminar esta relación —ninguna otra tampoco—.

Hay quienes no nacemos para terminar, somos un cúmulo de cuestiones empezadas, colgadas en la espalda, esperando deshilacharse para caer de repente al suelo y quedar allí tiradas para siempre. Porque quienes no nacemos para terminar, tampoco nacemos para recoger lo que se cae.

Voy sobre la avenida que se va a transformar en ruta dentro de algunos minutos. Como si fuera un avión que se prepara para cruzar el océano durante la noche, las luces de las calles se van atenuando para quedar más cómodas. Las ventanas de los departamentos se van cerrando de a poco. Alcanzo a ver una bandada de tordos que vuelan en forma, pasan por arriba del auto y se posan sobre un fresno en la vereda. Ellos también van a terminar el día, y en horario. La ventaja de los animales es que no tienen relojes que los apuren.

Siento ganas de atrasarme aún más. Quiero disfrutar del ojo del huracán, este momento de calma entre los quilombos que tuve durante el día, y los que voy a tener cuando llegue a casa. Quiero dedicarle el tiempo que se merece a esta falsa tranquilidad. ¿Total? ¿Qué más puede empeorar? El sushi no se enfría más de lo que ya está. Mi relación con mariana tampoco.

Aliviano un poco el pie del acelerador y pienso en el anaranjado del atardecer.

Algunas cuadras después me frena un semáforo en rojo. Del lado derecho de mi auto se detiene un taxi. El chofer se ríe y gesticula —en claro cortejo— con la pasajera de atrás. Llevan las ventanillas cerradas, imposible escuchar lo que dicen. Se ríen. Pienso en el pavo real y en cómo levanta sus plumas cuando desea una hembra. Parecer lo que no somos. O mostrar lo que en realidad somos.

A mi izquierda frena un palio gris, adentro una mujer sola. Está escuchando música, y por cómo se mueve, la disfruta. Canta, hace percusiones en el volante, gesticula con la libertad que nos da pensar que nadie nos está mirando.  Debe tener más o menos mi edad, 44, 45 años, en ninguna de sus manos le veo anillo de casamiento —qué inteligente, pienso—. Tiene el pelo largo, morocho con rulos no tan rulos. Lleva puestos anteojos de esos que con el sol se oscurecen, pero no del todo. Puedo verle detrás de los cristales dos hermosos ojos marrones, de los más comunes, pero que puestos en una buena cara, se convierten en casi exóticos. Al fin y al cabo, con los ojos pasa lo mismo que con casi todas las cosas, lo que verdaderamente importa es la persona que los lleva puestos. Dos aros grandes se mueven al ritmo de la cabeza, que se mueve al ritmo de alguna melodía.

Tiene puesta una remera amarilla con el cuello estirado, no logro darme cuenta si es una cuestión de moda o realmente es una prenda vieja. Trato de ver el estampado en el pecho, pero no quiero que crea que le estoy mirando las tetas. La remera tiene dibujada una tortuga ninja saltando. Debe ser vieja.

El asiento trasero del auto —con una sábana oficiando de cobertor— está lleno de cajas abiertas con libros, ollas, ropa, portarretratos. Se estará mudando, que buena vida debe llevar, casa nueva. Se irá sola, me imagino. Seguramente se ha separado y está empezando de nuevo en un departamento céntrico, piso alto, balcón que da a la calle. Va a poner una mesita afuera, donde irá a invitar seguramente amigos y algo más. Sigo imaginando mientras la veo bailar sentada como si estuviera en cámara lenta full HD.

Qué buenas están las segundas oportunidades. Empezar desde cero sin cometer los errores que ya cometimos tantas veces. Pienso que no me he dado segundas oportunidades en mi vida. Llegar a los cuarenta y tanto de años es como comprar un espejo que se encarga —todos los días— de mostrarnos las cosas que no hicimos. Esas pequeñas espinas que tenemos clavadas en diferentes partes del cuerpo y de vez en cuando nos recuerdan que están ahí, esperando que las saquemos.

Sigo contemplando a la chica del Palio disfrutar de su vida cuando ella gira la cabeza y me ve mirarla, se ríe sutilmente como diciendo ¡te enganché! me estás mirando a mí, y sabés que la estoy pasando bien. Con el dedo gordo y el índice forma una pistola, me apunta y dispara, sopla el humo que sale del caño, y me tira un beso. Casi como un acto reflejo miro el semáforo y lo único que deseo es que nunca más cambie al verde. Que se frene el universo en este mismo momento, menos ella y yo. Vamos a bajar de los autos con todo el mundo en pausa. Una banda de sonido estará tocando Jazz y en el aire habrá perfumes de azahares. Voy a sacar un ramo de margaritas de la florería que hay en esta misma esquina —no voy a pagarlo, porque el mundo estará detenido— y se lo voy a regalar.

Quiero entrar al mejor restaurant —donde todos estén en pausa también—, sentarnos y tomar el champán más caro. Hablar, besarnos, hacer el amor sobre la mesa, tirarle champán en las tetas, sobre la remera amarilla. Total, el mundo se aquietará para ser completamente nuestro.

Me enamoro perdidamente de alguien que acabo de ver por primera vez en mi vida. El tiempo es el suficiente como para imaginarme un futuro juntos. Una casa con patio en un barrio donde no haga falta tener medianera, viajes, noches de cine, hijos. Qué lindos saldrían, ambos tenemos buena nariz.

¿Le gustará café o mates a la mañana? ¿Es la persona que estuve esperando toda la vida? Creo que sí.

Ella me tiró un beso, soy su hombre. Está esperando que baje del auto, abra la puerta del suyo y suba en el asiento del acompañante para irnos juntos a empezar una vida nueva en ese departamento que ella alquiló, porque sabía que íbamos a encontrarnos en este semáforo a esta hora. ¡Es así! Hay gente que presiente lo que va a pasar y se prepara. ¿Cómo no me di cuenta? La vida tenía preparado esto para mí. Pienso en llamar a Mariana y decirle que no voy a llegar, ni ahora ni nunca. Que se olvide de lo nuestro y haga de su vida lo que tenga ganas. Ni siquiera pienso pelear por las cosas que hemos comprado juntos. Voy a dejarle la casa, no me importa. El tiempo pone todo en su lugar y a cada uno de nosotros también. Este semáforo en rojo es el verde para que yo arranque una nueva historia, lo sé.

Pienso también en llamar a ese restaurant y cancelar la reserva, aún es temprano. Ellos no tienen por qué pagar los platos rotos de una pareja que se cae a pedazos. ¿Y si voy con mi nuevo amor? ¿Le gustará el sushi? ¿Cómo hacemos? ¿Vamos en el auto de ella, o en el mío? ¿De qué lado de la cama dormirá ella? Voy a tener que hacer algo con mis ronquidos.

Ambos autos siguen frenados, mientras por la senda peatonal cruzan quienes también van volviendo a sus casas en este atardecer que ya casi es noche. Un tipo la mira demasiado, me doy cuenta que ella le gusta. La mira y se ríe. ¿La conocerá? Va cruzando por el frente de mi auto y se acerca al Palio. Si ella da vuelta su cabeza van a cruzar miradas. El tipo lleva una bolsa de súper con dos botellas de vino. Tiene ventaja, él ya está preparado para invitarla. Seguramente la conoce. No es que yo sea celoso, nunca lo fui, pero tampoco me gusta que me arrebaten lo mío. Que cada uno juegue con las cartas que le tocaron en la repartija. Lo miro fijo para hacerle notar mi disgusto, él ni siquiera se percata de que yo existo. A veces la mirada de una persona ejerce cierta presión sobre el observado y lo obliga a mirar. En este caso, no soy amenaza para este hombre que está totalmente dispuesto a sacarme lo más importante de mi vida. Que injusto todo. Cruza por el frente del auto de ella y sigue caminando hasta llegar al otro lado de la calle, desaparece por una vereda angosta. El peligro ha pasado. Seguramente es gay, si no, no tiene explicación que no se haya subido al Palio.

Mientras tanto vuelvo a ella, ¡hola mi amor! Le digo en mis pensamientos. Ella me sigue mirando y deja ver una sonrisa chiquita, como de quien no quiere entregarse completa. Una mueca a punto de desaparecer. Desde el disparo de la pistola hasta este momento, han pasado con suerte cinco segundos. A veces pienso que nos sorprendemos de la velocidad de la inteligencia artificial y sus computadoras, pero cuando al cerebro humano se le inyectan los líquidos correctos, puede ser mucho más veloz que cualquier procesador de último modelo.

Voy a bajarme de este auto ya mismo. Voy a abrir la puerta del Palio, y voy a entrar directamente a besarla. Sé que ella está esperando eso. Me lo dicen sus ojos. Voy a decirle todo lo que siento. Ella va a arrancar y vamos a partir juntos a nuestra Nueva vida. Mi auto quedará abandonado frente a ese semáforo con la puerta abierta, como quedará todo lo que soy hasta ahora, esperando que alguien se lo lleve. No voy a agarrar la campera que tengo en el asiento de atrás, compraré ropa nueva. Quiero empezar todo de cero.

Agarro fuerte y decidido la palanca de cambios, pongo punto muerto, levanto el freno de mano. Abro la guantera y tomo la billetera, el estuche de los lentes y el celular. Me saco el cinturón de seguridad. ¡Qué felices vamos a ser! Nosotros y la familia que vamos a formar. Su madre seguramente es tan bella como ella. ¿Mi suegro me querrá? No dejamos de mirarnos a los ojos. Levanto el pestillo del seguro y abro la puerta. Bajo un pie del auto y comienzo a despedirme de mi yo del pasado. ¡Va a suceder!. No deja de mirarme, yo tampoco a ella. Estamos muy enamorados. El amor es así, hierve de golpe como una cafetera a la mañana, y libera todo ese perfume a hogar, a calma, a película con final feliz.

En el momento que pongo ambos pies sobre la calle y quiero abrir la puerta del Palio, con cara de susto ella baja su seguro trabando todas las puertas del vehículo. El sonido de los pestillos me retumba en los oídos como el martillo de un juez sentenciando la condena a cadena perpetua en la cárcel más peligrosa del mundo. Todo pasa en cámara lenta, sus gestos cambian, de pronto somos dos desconocidos nuevamente. Subiendo el mentón con desprecio, me indica que mire hacia el semáforo, se ha puesto en verde. Arranca despacio, me despide como se saluda a alguien a quien se le tiene lástima. Se va en dirección directa al sol, que también se va.

Estoy parado al lado de mi auto, con la puerta abierta y el alma reventada. Los de atrás me tocan bocina y se contagian unos a otros, como si fuera la última tarde de la historia. Para mí lo es.

Subo, cierro la puerta, me ajusto el cinturón de la misma forma que vuelvo a sujetarme a la vida que me tocó. Pongo primera, saco el freno de mano y arranco. Tengo que apurarme, no quiero llegar tarde.

Los del restaurant no tienen por qué pagar mis platos rotos.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS