Prólogo: Infestissumam – Anima y Clemens
Mientras el mundo se desplomaba en el caos, un alma se aferraba desesperadamente a lo que alguna vez fue. Los cielos ardían al rojo vivo y, en medio de un campo destruido donde la muerte acechaba en cada hoja de pasto, resonaban gritos, murmullos, lanzas que se estrellaban contra la tierra; quizá recuerdos de personas que alguna vez fueron prósperas y felices. Pero el alma ahora estaba manchada, destrozada por una ira que se intensificaba dentro de él, infiltrándose en cada rincón de su mente.
El alma avanzaba entre la desolación hacia un destino incierto. ¿Era realmente él? Cada paso que daba hacia la venganza lo alejaba un poco más de la humanidad, un paso más hacia su propia perdición.
—No puedo resistir más tiempo —murmuró—. Seremos arrastrados al otro lado.
Levantó la mirada y apuntó su arco brillante hacia el cielo, tan majestuoso y brillante como el sol, tan ardiente como el odio que fluía por sus venas. La cuerda se tensó, no por la fuerza de un brazo —pues no tenía ninguno—, sino por la infinita determinación que lo impulsaba a continuar lo que había comenzado. En un instante, la flecha voló. El sonido del disparo se desvaneció en la nada; nadie podría haberlo oído, pues el lamento de los condenados, la disonancia de miles de voces que se apagaban con el paso de los segundos, opacaron el sonido de aquel disparo perfecto.
El alma se desplomó; su determinación empezó a flaquear, empezó a preguntarse qué hacía allí. Lo que antes era ira, ahora era intriga y terror. Levantó su mano derecha al cielo y la contempló durante unos instantes. Estaba temblando. Temblaba como si esta supiera que el fin estaba cerca.
Finalmente, la flecha en lo alto explotó como una estrella en un destello deslumbrante, formando una esfera de luz colosal. En un instante, el color del cielo y de los pastizales empezó a cambiar caóticamente, danzando entre tonos rojizos, azulados y amarillos; y cuando hasta el último ser vivo presente en ese lugar llevó su mirada hacia la supernova, esta cambió su color a un negro absoluto, absorbiendo todo el color del cielo y la tierra. El cielo perdió su tonalidad, volviéndose completamente transparente y revelando millones de estrellas en el firmamento. Los pastizales se tornaron de un gris oscuro y empezaron a perder su forma; lo que antes era una majestuosa llanura verde ahora se estaba convirtiendo en tinieblas y cenizas.
Los hombres que combatían en esas tierras malditas también fueron despojados de su esencia, transformándose rápidamente en criaturas grisáceas y salvajes. Sus ojos eran negros, carentes de vida, como si aquello que los hacía humanos hubiera escapado por ellos para unirse a la supernova que la flecha había provocado en el cielo. Apenas podían mantenerse en pie; sus pieles se deshacían al mínimo contacto y, al hacerlo, no emitían sonido alguno.
El alma, que presenció esos instantes como una eternidad, temblaba aún más que antes; sabía que todo había terminado. Acurrucado en el suelo, contempló cómo la supernova se hacía cada vez más pequeña, extinguiéndose poco a poco. De pronto, todo se volvió oscuro: la luz había muerto. Un pitido agudo sonaba en sus oídos en el silencio absoluto y él era el culpable. Cerró los ojos, aguardando su destino, lamentando todo lo que había hecho en aquellos escasos segundos.
Cayó.
Una espiral infinita de tinieblas lo engulló. El frío que había sentido en la llanura devastada se volvía cada vez más seco; sentía como si su cuerpo se congelara con lentitud. No había luz ni sonido, solo una presión asfixiante que crecía con cada segundo, desgarrando su existencia, arrastrándolo más allá de los límites del pensamiento.
El abismo se abrió.
Se trataba de un horizonte donde los cielos eran de un púrpura corrupto, como si fueran un gran muro de carne lleno de ojos blancos enceguecidos, pero que se movían como si estuvieran vivos. El alma impactó contra el suelo, en un valle oscuro de materia irreconocible: de carne enrollada con roca, de nervios petrificados latiendo como un órgano colosal cuyas contracciones rítmicas hacían temblar el espacio. Cada latido era un martillo contra su mente. Aunque por fuera sentía que su carne se congelaba, por dentro ardía un fuego atroz que quemaba sus entrañas con cada intento de respirar. Se estaba sofocando. Aquí, el aire no existía. Solo había densidad, angustia y un olor a hierro mojado y aceite quemado.
El alma se percató de los murmullos.
—«Karosh… Karosh… Karosh»… —sonaba como un eco que provenía de todas partes, repetido en un idioma que el alma no comprendía.
Y entonces vinieron los primeros.
Dos figuras surgieron de la niebla de carne; su piel parecía descompuesta, pálida como la luna. No tenían rostro, solo piel tensa y garras negras y deformes. Uno de ellos arrastraba con lentitud los restos de cuerpos alargados, deformes, cuyos miembros se multiplicaban sin sentido y que aún se agitaban, como si estuvieran luchando por sus vidas.
Y detrás de ellos.
Una sombra ancha, de tres veces su tamaño. No caminaba, se deslizaba, y la niebla nauseabunda se alejaba de él, como si el plano mismo se apartara para dejarlo pasar. Su forma era indecible, pero su presencia se sentía en todos los huesos, en todas las ideas, como si cada fragmento del alma supiera, instintivamente, que estaba ante el fin de la vida.
—«Ael’sharn…» —su voz se alzó; cada palabra pesaba, como si le costara emitir cada sonido—. «Barien’orakel… shuv’el… nazir…»
El alma escuchó. No comprendió. No tenía la fuerza ni la voluntad para intentar entender. Solo podía sentir. Comprendió que las cadenas que lo sujetaban no eran de hierro, sino recuerdos: fragmentos de su vida pasada, calcinados por el fuego que respiraba. Ante aquella criatura no tenía voluntad, ni historia, ni pensamientos, ni libertad. Solo era carne, carne que pronto se uniría a los suelos que pisaba.
Pero de repente, una chispa diminuta, perdida en la lejanía púrpura, surgió como una imperfección en el caos. Una luz, débil al principio, comenzó a crecer con furia, como una estrella que estalla al nacer. Su brillo se multiplicó en segundos y, con él, las sombras de aquel lugar retrocedieron. Se retorcieron. Huyeron. Incluso Él se desvaneció en la podredumbre como barro bajo la lluvia.
Se había hecho la luz.
El suelo se abrió como un lago de oro y, bajo la superficie, almas innumerables nadaban erráticas, como insectos atrapados en ámbar vivo.
Desde el centro de esa luz emergió una figura. Un caballero ascendió. Su armadura dorada resplandecía como si hubiese sido forjada con luz pura, sin impureza ni manchas. No tenía rostro. En su lugar, dentro del yelmo, se extendía un cielo estrellado: un universo que lo observaba, profundo, negro y lleno de estrellas titilantes. Su capa flotaba tras él como una noche carmesí llena de vida, tejida con los fragmentos del firmamento, punteada por los astros que había visto justo antes de llegar a ese lugar.
El alma dejó de ahogarse. No volvió el aliento, pero sí la paz. Sin embargo, el frío persistía, más agudo, como si aquella luz revelara lo quebrado que estaba su interior.
El caballero caminaba como si pisara tierra firme, indiferente al paisaje de locura que lo rodeaba. Avanzó con gracia, con serenidad, solemne y sin apuro.
El alma no podía moverse. No podía huir, ni inclinarse, ni siquiera pensar.
Solo podía mirar, mirar cómo esa figura se detenía frente a él.
Y entonces, con lentitud, el caballero extendió su mano. Sus dedos cósmicos, cubiertos por un guante de oro pulido, se posaron sobre su frente.
Al instante del contacto, la estrella detrás del caballero explotó en un destello total, como si el universo hubiese parpadeado. El fuego, el frío, el sufrimiento: todo se evaporó.
Todo desapareció.
Cuando el alma abrió los ojos, ya no estaba en aquel lugar. Sentía algo sólido bajo su cuerpo: un suelo mucho más cálido y rígido. La sensación de frío absoluto se había transformado en un ambiente tibio, y sus pulmones parecían haberse llenado de aire por primera vez en siglos. Una voz infantil irrumpió en su mente.
—¿E…stás… bien?
Confundido y sin dejar de temblar, logró ver a un niño de cabello rojizo intenso y ojos dorados. Este sostenía una diminuta esfera de luz flotando en su mano. Pero esa no era la luz que lo había salvado, sino otra, más tenue, más cercana.
El niño lo miró con curiosidad, ajeno al horror y a la oscuridad que aún se escondía en las profundidades del alma.
—Parece que estabas teniendo pesadillas —mencionó el niño—. ¿Quieres que te traiga una manta? Parece que mueres de frío.
Al intentar moverse, el alma sintió el peso de su cuerpo, como si estuviera rodeado por «cadenas» invisibles. Sintió su corazón: había empezado a latir con fuerza, y el terror que había sentido en aquel infierno fue reemplazado por una urgencia nueva, una pregunta que retumbaba en su mente.
—¿Dónde… estoy? —susurró con dificultad, como si hubiera perdido la voz.
El niño frunció el ceño.
—Tengo una pregunta mucho mejor: ¿quién eres? —exclamó con molestia—. ¿Y qué haces en la cripta? ¿Qué les ocurre a tus ojos? Y a tus manos… y a tus pies…
—¿Q… quién eres tú? —preguntó el alma.
Ambos se observaron. El niño, aunque curioso, parecía preocupado por él.
—Está bien, está bien, te diré mi nombre, pero luego tú me dirás el tuyo, ¿de acuerdo?
—… —El alma no pronunciaba palabra; se encontraba temblando. Aún pensaba en lo que acababa de pasar y una jaqueca horrible empezaba a atormentarlo.
—Mi nombre es Clemens Cryssar.
El alma guardó silencio durante unos segundos, mirando hacia todas direcciones, intentando buscar una respuesta a la pregunta del niño y a las suyas. Sin embargo, mientras más lo intentaba, más las jaquecas lo aturdían.
—¿Y bien? —preguntó Clemens.
—No puedo… recordar… —pronunció con extrema dificultad.
—¿Eh? ¿Cómo que no? ¿No recuerdas tu propio nombre?
El dolor era cada vez más intenso; un pitido había empezado a sonar en sus oídos.
—¡Oye! Eso es trampa, yo sí te dije mi nombre… —El rostro del niño se transformó en una expresión de enojo—. Al menos podrías decirme qué haces aquí, ¿no crees? Se supone que este es el lugar prohibido.
El alma parecía tener la mirada perdida, intentaba recuperarse de las intensas jaquecas.
—Hmmm… ¿Sabes por qué estás aquí? —exclamó el niño—. Tampoco respondiste qué les ocurrió a tus ojos. ¿Acaso estás enfermo de algo contagioso? Me das miedo.
—¿En…fermo?…
—Eres demasiado raro. ¿Estás seguro de que no tienes frío?
El alma se contempló a sí mismo con más detalle; se percató de que se encontraba completamente desnudo y continuaba muy débil para ponerse de pie.
—Todos los ojos que he visto son blancos, pero los tuyos son… oscuros… —El niño hizo silencio y tomó aire exageradamente.
En ese momento, la luz que traía Clemens pareció desvanecerse.
—¡Hey! ¡Eres como mis tíos! —exclamó Clemens—. Tienes ojos dorados y cabello marrón. Aunque… hmmm… qué extraño… —murmuró Clemens—. Nunca conocí a alguien así que no sea de la familia, claro.
—…
—Escuché un ruido aquí y vine a vigilar. Creí que encontraría un monstruo, pero solo eres un chico raro. Un chico raro, muy raro.
—¿Un… monstruo?
—Y ya que no recuerdas tu nombre, deberé llamarte así —rió—. ¡No es cierto!
—…
—Hmmm, déjame ver, tu nombre será… —murmuró el niño mientras ponía cara pensativa—. Será… hmmm… ¡Ah! ¡Ya sé! Será «Solis Pueri» (Niño sol), por tus ojos brillantes… No… Eso no suena muy bien… ¿Qué te parece «Sollari»? Espera, no…
El alma dejó escapar una pequeña sonrisa; de alguna manera encontraba a Clemens muy simpático.
—Te llamaré… ¡Noxlum! —exclamó el niño.
—¿Nox…?
—Hmmm, no lo sé, no me convence… Luego pensaré en algo —exclamó Clemens—. No te preocupes, quizá solo estés cansado. Cuando hayas terminado de despertar, recordarás todo y podrás contarme tu historia. ¡Adoro las historias! Especialmente las que ocurrieron de verdad. Esas son mis favoritas.
Noxlum había empezado a temblar nuevamente, aunque por primera vez no era por miedo. Clemens vio esto y rápidamente desprendió su capa blanca y la colocó en la espalda de Noxlum.
—Oh no, debí haber traído algo para cubrirte en cuanto te vi —admitió culposamente Clemens—. Estabas completamente congelado. Intenté despertarte y empezaste a temblar de la nada.
Noxlum había dejado de escuchar a Clemens; le costaba pensar, y aquel niño hablaba demasiado. Sin embargo, recibió el regalo con una leve sonrisa.
—Tienes un cabello muy bonito —dijo Clemens con cierta emoción—. Es igual al de mi tío Lucius. Bueno, en realidad, todos ellos tienen cabello como el tuyo; yo soy el raro.
Noxlum levantó una ceja, visiblemente confundido.
—Pero tú no tienes el cabello castaño —murmuró Noxlum. Sintió calma en aquella conversación inocente, un pequeño respiro. Sin darse cuenta, la voz del niño lo distraía del vacío en su pecho.
—¿Verdad? —dijo Clemens con una risa nerviosa—. Padre dice que nos lo contará cuando crezcamos. Mi tío dice que mi mamá tenía una cabellera de fuego que ardía más que los dos soles juntos.
—¿Qué es esa bola de luz que traes?
—¿Eh? ¿Esto? ¿No sabes lo que es? —preguntó Clemens incrédulo. De repente la luz se esfumó, dejando pura oscuridad; en un instante, su mano volvió a brillar—. Es una linterna. Sirve para ver en la oscuridad.
—Oh… —Noxlum estaba totalmente confundido.
—Me la obsequió mi tío Marcus para mi cumpleaños. ¿No es genial?
—Hablas mucho de tus tíos —comentó Noxlum con un atisbo de curiosidad.
—¡Sí! Se parecen mucho a ti, solo que ellos sí tienen ojos normales —Clemens se rió con un toque de sarcasmo—. ¡Una broma! No te vayas a enfadar.
—Son… «Cryssar»… —Noxlum interrumpió; sus ojos se iluminaron con un atisbo de reconocimiento—. Eso lo recuerdo…
En ese momento, Noxlum se percató de que detrás del niño sonriente se encontraba parada una sombra enorme que parecía observarlo. Podía reconocerlo: era Él.
—«shuv’el… nazir…» —le oyó pronunciar. El terror inundó su cuerpo en un segundo y su piel se erizó como nunca antes.
—Hey, ¿estás bien? —preguntó Clemens ante el abrupto silencio de Noxlum.
Antes de que Noxlum pudiera responder, un estrépito de pasos metálicos cortó el aire y ambos miraron en dirección al sonido, alarmados. Los pasos resonaban como el retumbar de truenos en la oscuridad creciente. Clemens, con el corazón en la garganta, se dio cuenta de que el sonido pertenecía a pisadas bajando las escaleras a toda velocidad.
Clemens se puso de pie; su silueta pequeña se recortaba contra la tenue luz de su linterna. Los pasos superiores resonaban con un eco amenazante.
—Escúchame —dijo Clemens; su voz perdió todo rastro de infantilidad y adoptó un tono urgente y bajo—. Esos son los pretorianos. Si te encuentran aquí, en este lugar… no preguntarán. Mi padre… tiene reglas muy estrictas.
—¿Qué? No… —intentó decir Noxlum, paralizado por el miedo, sin despegar la mirada de la enorme sombra detrás de Clemens.
Noxlum intentó levantarse, pero las cadenas rotas y su debilidad se lo impidieron. El temblor regresó a sus manos.
—No —dijo Clemens, agachándose y, con un esfuerzo sorprendente, logró poner de pie a Noxlum—. Así. Quédate quieto. Quédate aquí.
Señaló un nicho oscuro en la pared, detrás de un sarcófago volcado: una grieta apenas visible en la piedra.
—Hay un hueco allí. Es donde yo me escondo cuando mi hermano Origen me busca —Clemens lo ayudó a arrastrarse hacia él. El espacio era estrecho, frío, pero oculto de la vista directa de la entrada—. Te dejaré mi capa. La oscuridad te gusta, ¿verdad? Tus ojos casi brillan en ella.
Noxlum, abrumado, solo pudo asentir. La jaqueca era un tambor en su frente, pero la urgencia en la voz de Clemens lo mantenía alerta, casi más que su propia sombra.
—Mañana —susurró Clemens, arrodillándose frente al nicho— parto de viaje con mi tío Lucius. Al oeste. Estaré fuera… semanas, tal vez. No creo que pueda llevarte.
La revelación cayó como una losa sobre Noxlum. Quedaría solo, en este hueco, en la oscuridad.
—Pero te protegeré —afirmó Clemens, clavando sus ojos dorados en los de Noxlum—. Esto es un secreto. Cuando regrese, te sacaré de aquí. Te encontraré un lugar seguro. ¿Bien?
Noxlum no logró responder; una avalancha de pensamientos nublaba su mente.
—Debo irme —dijo Clemens. Una sonrisa rápida y brillante iluminó su rostro.
Los pasos eran más fuertes, ya en la escalera superior de la cripta.
—Duerme si puedes. Si presionas este circulito puedes encender y apagar la linterna, ¿entiendes? —fueron las últimas palabras de Clemens antes de apagar su linterna y lanzarla nerviosamente sobre Noxlum, sumiendo la habitación en la oscuridad absoluta—. No la enciendas hasta que se vayan. Yo los distraeré.
La luz desapareció. Noxlum oyó los rápidos pasos de Clemens alejándose y luego la voz chillona y deliberadamente molesta del niño alzarse:
—¡Origen! ¡Ya te encontré! ¡Creí que había un fantasma!
—¿Princeps? —exclamó una voz adulta—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué haces aquí a esta hora?
—Solo jugaba con Origen…
—¿En medio de la oscuridad?
Las voces se mezclaron, se quejaron y finalmente se alejaron, subiendo las escaleras. El silencio volvió a la cripta, un silencio ahora mil veces más pesado.
Noxlum, acurrucado en el nicho de piedra, envuelto en la capa blanca que olía a polvo y a jardín lejano, miró fijamente la oscuridad. En la penumbra, sus ojos dorados emitían un tenue brillo, como las últimas brasas de una estrella extinguida.
La puerta resonó en un choque metálico ensordecedor. Noxlum solo podía escuchar su propio corazón y el pitido agudo que regresaba a sus oídos.
Y en el silencio, una nueva verdad, más inmediata y aterradora, tomó su lugar: estaba completamente solo.
El dolor y las náuseas nuevamente invadieron su cuerpo.
En la oscuridad absoluta, donde sus ojos dorados apenas distinguían formas, creyó verlas moverse, deslizándose más cerca con cada latido de su pecho.
Su sangre se heló. Recordó la linterna. Sus dedos, entumecidos y llenos de costras que apenas podía mover, buscaron desesperadamente el cilindro de metal frío en el suelo. Lo tomó. Presionó «el circulito» torpemente, sin resultado. Un sollozo de frustración le quemó la garganta.
Finalmente encontró el botón y lo presionó.
Un haz de luz blanca estalló, iluminando la penumbra.
No había sombra en el rincón. Al mover el haz, las sombras desaparecieron, como si se retorcieran como criaturas heridas.
No se sentía aliviado.
La linterna no parecía un escudo; era un provocador. Encendió. Apagó. Encendió. Apagó. Cada destello empeoraba su migraña, pero el miedo a la oscuridad entre destellos era peor.
En uno de esos latigazos de luz, el haz barrió la entrada de su nicho.
Y allí estaba.
Un rostro. Pálido, iluminado desde abajo por la luz temblorosa. Un hombre, quieto como la piedra, observándolo.
Al verlo, Noxlum soltó un grito ahogado. La linterna se le escapó, cayó al suelo violentamente y rodó hasta terminar apuntando hacia la nada.
El hombre no se inmutó. Inclinó la cabeza; su cabello era castaño, largo y peinado hacia atrás, mientras una enorme tela oscura cubría la mitad de su rostro. Su único ojo visible parecía de color dorado, como un destello de luz del sol atrapado en un cristal.
Parecía estudiar al niño aterrorizado: la capa blanca, el collar extraño, los ojos dorados llenos de lágrimas de pánico.
Sus labios, finos y duros, finalmente se movieron. La voz fue áspera, cargada de incredulidad:
—¿Qué demonios haces aquí? —exclamó—. Este lugar está prohibido… Muévete, te llevaré con los pretorianos.
(Comentario del autor: Gracias por leer el prologo, por favor cualquier observación/critica es bienvenida para poder mejorar la calidad)
Capítulo 1: Nunca fue una broma – Patrival I
La risa estallaba contra las vigas, los vasos chocaban, alguien cantaba desafinado mientras apuñalaba el aire con una jarra medio vacía.
En «La posada de los muertos» olía a cerveza agria, a comida de todo tipo, a tabaco barato y a sudor de cien hombres que llevaban demasiado tiempo sin quitarse la armadura.
Un cartel chirriante colgaba sobre la puerta: letras negras, pintura descascarada, la silueta de un ahorcado que parecía sonreír.
La luz del sol menor, esa bola pálida y enferma que nunca se ponía y de la que los hombres tanto se ocultaban en aquel lugar, se colaba por las rendijas y chocaba contra las lámparas de parafina dentro del establecimiento, haciendo que las sombras danzaran en las paredes de piedra, sombras que parecían cobrar vida, como si el corazón de aquellas pequeñas llamas albergara almas antiguas, atrapadas por la muerte en persona.
En la mesa más larga, marcada por quemaduras de cigarro y cuchilladas viejas, un viejo con armadura roja del alto mando contaba fichas con una sonrisa que no le cabía en la cara.
—¡Ja, ja! ¡Escalera real! Demasiado fácil, mocoso. Peor suerte para la próxima —bramó, y su voz se enredó en una nube de humo que olía a muerte lenta.
El soldado joven que acababa de perder lanzó las cartas con rabia.
El viejo recogió las fichas, sacudió la ceniza del cigarro y las medallas oxidadas tintinearon contra el metal de su coraza, siguiendo el ritmo torpe del laúd que alguien aporreaba al fondo.
—Excelente partida —dijo una voz a su espalda—. No esperaba menos del comandante don Patrival de Sánderes…
Patrival giró la silla con un crujido.
—¿¡Eh!? —exclamó sorprendido don Patrival.
—¿O debería llamarle «As»? —continuó la voz.
—¡¿Qué idiota se atreve a interrumpir al comandante?! —Don Patrival golpeó la mesa con suavidad y se giró intentando parecer dramático.
Un joven de corto cabello rojizo, portando el uniforme reglamentario del ejército real, estaba a sus espaldas. Sus ojos, azules como el hielo, lo observaban con una tranquilidad que erizaría la piel de cualquiera.
—Oh, soldado…
—Cristóbal, «Cris» Crosswell, comandante.
—¡Eso! ¡Cris! Finalmente tenemos la oportunidad de hablar. En realidad no utilizamos esos nombres durante los descansos —explicó el comandante emocionado y con un tono sarcástico—. Puedes llamarme Pato como todo el mundo… Me sorprende mucho que estés despierto, es muy tarde, solo unos pocos siguen despiertos… ¡O algunos no tanto, ja, ja!
Cris no mostró expresión alguna; giró su mirada hacia los hombres que comían, charlaban y bailaban al son de la música con las empleadas del lugar.
—En fin, bienvenido a la novena división. No sabes lo mucho que me alegra que te hayan asignado con nosotros. Vamos, no seas tan formal, siéntate, acaba de liberarse un lugar…
Cris no apartaba la mirada de las cartas sobre la mesa; su rostro parecía tallado en piedra. Don Patrival esperó; el silencio entre ellos era más pesado que el aire en esa taberna llena de sudor y humo.
—Y sí —continuó el anciano—. Por supuesto que fue una gran partida. ¡Y yo siempre gano! Ja, ja. ¿Quieres probar suerte también, muchacho? —La sonrisa de Patrival se amplió, pero sus ojos oscuros seguían con la misma emoción del principio—. Tu padre nunca pudo vencerme en este juego, pero quizá tú puedas romper el ciclo.
El silencio se prolongó, roto solo por las canciones alegres de los soldados en la taberna. Finalmente, Cris levantó la vista; sus ojos estaban fijos en los de su comandante.
—Hey, anímate, no tienes que apostar nada. Solo una partida amistosa con este viejo —agregó Patrival, empezando a barajar las cartas con manos expertas.
—Comandante, ¿no cree que sería buena idea marcharnos? Llevamos horas aquí y aún no hemos recorrido ni la mitad del camino a Campo de Flores —dijo Cris; su voz era fría como el filo de una espada.
—Probablemente tengas razón… Pero aún tenemos tiempo, además casi todos están durmiendo, y… La verdad… Ir puerta por puerta despertando a todos no suena práctico. Ven, siéntate, soldado. Es una orden; al rey no le importará que lleguemos un rato más tarde.
Cris mantuvo su postura por un momento antes de ceder y esbozar una sonrisa que parecía fingida. Se sentó frente a Patrival, sumándose a aquellos hombres compartiendo un momento de entendimiento que no requería palabras.
—¡Jaja! ¡Eso es! ¡Alguien traiga una cerveza para el soldado ahora mismo! —gritó don Pato, alzando su jarra hacia los soldados que lo rodeaban—. ¡Su padre estaría muy orgulloso! ¡Su hijo es ahora un miembro del ejército real!
El grito de vítores resonó en aquel comedor, celebrando la llegada de su nuevo compañero de armas.
—Dime, soldado, antes que nada, ¿sabes jugar a las cartas? Cualquier juego, no importa —preguntó don Pato con un tono casi burlón—. Es el rito de iniciación ser destruido por el comandante en una partida para formar parte de la novena división.
Cris levantó la mirada hacia su comandante.
—Mi padre intentó enseñarme —respondió genuinamente interesado en la conversación—. Aunque era demasiado niño para recordarlo todo.
—¿Tu viejo intentó enseñarte a jugar este juego de borrachos aun siendo un niño? —Patrival rió—. ¿Te contó que yo fui quien le enseñó a jugar? Claro que yo era solo un recluta aún.
—No estoy seguro, comandante —murmuró el joven—. No solía hablar de su trabajo.
La sonrisa del comandante se endureció; parecía que Cris había tirado la primera piedra.
«Debería tener cuidado con mis palabras a partir de ahora» —pensó el comandante.
—No lo culpo. Tuvo una vida difícil. El comandante Crosswell fue un gran hombre; un gran hombre que lo dejó todo en su trabajo, salvó a la familia real.
—Con todo respeto, comandante —interrumpió Cris—. No me hable a mí sobre él; no lo dejó todo en ese desierto de mierda, dejó una familia atrás que esperó por él hasta el último día.
Uno de los soldados que acompañaban al comandante en la mesa interrumpió:
—¿Qué pasa contigo, chico?
Otro también rompió el silencio.
—El comandante está siendo amable contigo solo porque no te conoce. ¿Y le respondes de esa forma? —agregó otro soldado.
—¡Cállense, par de borrachos inútiles! —gritó Patrival con tono alegre—. Sobre todo tú, Sevén.
—Cállese usted, don Pato —exclamó Sevén—. Al hijo de su novio sí lo trata bien.
—Yo te dije que es un viejo mareado —agregó el segundo hombre.
—Mareada quedó tu madre después de que la visité ayer —dijo Pato.
Sus hombres rompieron en risas y don Pato guiñó el ojo a Cris.
—Ignóralos…
—Sí… Está bien… —respondió Cris.
—Ah… Tu padre fue mi héroe, y mi comandante, claro; me enseñó todo lo que sé. ¿Lo sabías? Fue el héroe de todos —dijo el anciano buscando una chispa de emoción en Cris entre las miradas de quienes asentían a sus palabras.
—Mucho más que su comandante también —agregó Sevén.
Patrival fingió no haber escuchado.
El comandante lo miró fijamente, buscando en el rostro del joven algo que no terminaba de encontrar. Finalmente suspiró y asintió, dejó las cartas sobre la mesa ante la atenta mirada de sus hombres que quedaron tan quietos como estatuas. Tomó la enorme jarra de cerveza que tenía olvidada frente a él y le dio un sorbo profundo. Su sonrisa se desvaneció ante el silencio incómodo de Cris.
Patrival se inclinó hacia adelante, colocando los codos sobre la madera.
—Lo siento, muchacho… —dijo con voz baja; su mano empezó a temblar con cada recuerdo—. Sé que no es justo. Que a veces parece que nosotros, los que sobrevivimos, los que estamos abajo, celebramos mientras otros… otros solo dejan silencios.
—¿Qué carajo puede saber usted sobre mí? ¿O sobre mi familia? —exclamó Cris.
Algunos de los soldados que los acompañaban en la mesa empezaron a ponerse de pie, dejando atrás al nuevo recluta, pero la música aún mantenía el ambiente alegre.
—Lo… Lo siento, comandante, de verdad… —murmuró Cris.
Patrival, resignado, dejó escapar un suspiro largo y pesado antes de centrar su atención en las cartas nuevamente.
—Tu señor padre era más que un comandante —suspiró Patrival—. Fue como un hermano para mí. Quizá no fue el héroe del rey… pero sí fue el héroe de los hombres que pelearon a su lado. Así fue, y así será hasta el fin de los tiempos —Patrival lo miró con seriedad, y su voz se suavizó—. Yo soy quien lo lamenta; no era mi intención hablarte sobre esto, menos la primera vez que hablamos, pero tampoco quiero que pienses que estás solo en esto. Todos aquí… todos hemos perdido a alguien. Pero si estás aquí, si llevas ese nombre… es porque aún queda algo de él en ti. Algo valioso.
Cris bajó la mirada; sus ojos temblaban, no podía continuar viendo a su comandante a los ojos.
Patrival se recostó en su silla con las piernas abiertas, sacando lentamente su tabaco y encendiéndolo con manos expertas.
—No tienes que llamarlo héroe si eso duele, ¿sabes? Pero no dejes que el mundo te robe lo que queda de él. Ni su memoria… ni la tuya. Estoy realmente avergonzado por haber arruinado la noche tan deprisa…
Hizo una pausa, dio una bocanada de humo y añadió con media sonrisa:
—Ahora, como te decía sobre las cartas… —Don Pato aclaró su garganta—. Sí, tu viejo era terrible en eso. Así que si tú eres igual de malo, al menos ahí sí que no nos dejó nada útil.
Cris finalmente dejó escapar su primera sonrisa auténtica; Patrival vio esto como una bocanada de gloria, una enorme victoria que acababa de conseguir.
—Gracias… Comandante… Yo…
—Ni una palabra más. Ven, siéntate al lado mío; aprenderás a jugar por las malas, es decir, por mí.
Cris obedeció de inmediato y se acercó.
—¿Cuántos años tienes, soldado?
—Veintiséis.
—Demasiado viejo.
Cris rió; se lo veía demasiado tímido aún para decir lo que tenía que decir.
—De acuerdo, este juego es sobre caras. ¿Ves esto? —preguntó don Pato levantando un naipe a la vista de Cris.
—¿Una cara?
—Es la carta del rey. Una de las mejores que puedes tener. Combina con muchas cosas. Pero —Patrival colocó su tabaco en el cenicero— si pones esa «cara» de pocos amigos cada vez que ves un rey en tu mano, todos sabrán qué cartas tienes.
Cris se tomó unos instantes para pensar; estaba visiblemente confundido.
—Entiendo, comandante. Supongo que tiene razón —respondió el joven soldado, tomando la baraja de las manos de Patrival y examinándola con cuidado.
Observando detenidamente las cartas, Cris se percató de que algunas tenían un diseño peculiar.
—Qué diseños tan horribles —escupió.
—Las conseguí en la ciudad de Valoria hace algunos años.
—Con razón —exclamó Cris—. Todo lo que hace ese país es horrible.
El comandante levantó la vista, riendo por la primera muestra de confianza del recluta.
—En fin, soy un viejo insoportable, hijo. ¿Sabes qué? Hazme un favor —murmuró el anciano—. Ve a la barra y tráele otra cerveza a este anciano. La que tengo está asquerosa.
—Sí, señor —respondió Cris.
—Y trae una para ti también; yo te invito. No querrás estar lúcido para cuando te dé una paliza en las cartas.
El joven sonrió ligeramente y se puso de pie. Patrival aprovechó para limpiar un poco la mesa, cubierta de tabaco, restos de cerveza y polvo.
En ese momento, la puerta del comedor se abrió de golpe con una patada que resonó como un trueno. El bullicio se detuvo; todos los ojos se volvieron hacia la figura que entraba: un joven casi tan alto como la puerta, con un extravagante y desordenado cabello pelirrojo rosáceo. Vestía placas de metal de hombreras puntiagudas color morado que brillaban bajo la luz del sol menor. Su camisa blanca, elegante, se ajustaba bajo una corbata del mismo tono que sus hombros. Su capa negra ondeaba con cada paso. Sus ojos, del mismo tono rosado que su cabello, recorrían el lugar con expresión airada.
—Hmpf… Hablando de caras… —murmuró el comandante, restregándose los ojos con la yema de los dedos.
El joven había entrado armado; una larga espada vieja cubierta de óxido se blandía en su mano izquierda.
«¿Eh? ¿Qué hace con un arma del ejército real?» —pensó Patrival. Ya no había bullicio, solo murmullos. No solo él lo había reconocido.
Aunque los empleados de la entrada del establecimiento lo saludaron con mucho entusiasmo y con reverencias, los soldados solo lo observaban atentamente mientras avanzaba entre las mesas sin responder a ningún saludo.
La figura rosada caminó y se detuvo en el centro de la posada, observando a su alrededor, hasta que sus ojos se encontraron con los de don Patrival, y se dirigió hacia la mesa del comandante, quien, resignado, se levantó de inmediato.
—Pero si es el príncipe Mateo «El apostador» —exclamó el comandante, inclinándose en una reverencia breve y dolorosa—. Saludos, majestad.
Los soldados en el comedor intercambiaron miradas; solo entonces se levantaron a saludar al príncipe.
—Comandante «As» —respondió el joven con voz firme, ignorando al resto de soldados—. Con que ese apodo «Apostador» llegó hasta el ejército.
El príncipe tomó asiento donde se sentaba Cris.
—Es algo viejo ya, debo admitir —aclaró el comandante con un rostro serio, tomando asiento nuevamente ante las miradas atentas de todos en el establecimiento.
El príncipe levantó una ceja con cierta incredulidad.
—No me diga —exclamó Mateo con un tono burlesco—. Dudo mucho que a usted le hayan puesto «As» anteayer.
Patrival se mantuvo impasible.
—¿Vino usted solo?
—Claro que sí.
—Hmm… —Patrival frunció el ceño—. Es peligroso que el heredero del rey se pasee por aquí sin protección…
—Ahórrese los modales —interrumpió Mateo, visiblemente molesto—. ¿Por qué habla como si no nos conociéramos? Sabe que no necesito protección, ni siquiera la de los muros del palacio de Lamora. Aquí estoy. Estoy vivo.
—No lo dudo, majestad, pero salir solo y más aún por estos lugares…
—No es la primera vez —interrumpió el príncipe—. Solo un cobarde necesita que otro libre sus peleas por él.
El anciano suspiró.
—Sí, recuerdo lo que el rey me dijo sobre eso…
—No me diga. ¿Me guarda rencor por eso? —replicó Mateo, sonriendo.
El comandante miró fijamente al príncipe, levantando una ceja en alto.
—Usted lo dijo, soy viejo para eso, su majestad.
—No he dicho…
—Igualmente, es un honor que nos acompañe hoy —respondió don Patrival—. Aunque lamentablemente, creo que no hablo por el resto de la división.
Mateo echó un vistazo a su alrededor. Recién entonces pareció notar la tensión. Los soldados estaban molestos, cosa que no pareció importarle mucho al príncipe.
—Su majestad, el arma que trae… —empezó Patrival.
—¿Qué hay con ella? Sabía que me preguntaría; se tardó mucho en hacerlo.
—Es extraño ver al príncipe con un arma reglamentaria del ejército. ¿Por qué la tiene?
—Ese no es asunto suyo, ¿o sí? Con todo respeto —dijo mientras jugaba con las fichas sobre la mesa.
—Tiene razón, príncipe. Lo siento. Estamos algo cansados; es tarde y al menos yo no he dormido nada.
—Oh, cierto. Sobre eso iba a preguntarle, comandante. ¿Qué mierda hacen aquí usted y sus hombres en un sitio tan ordinario como este? Es extraño que…
Algunos soldados se levantaron bruscamente. Don Patrival no respondió de inmediato. La sala se llenó de murmullos indignados.
—¡Cuidado con tus palabras, chico! —gritó alguien.
—¡No te tenemos miedo, Mountgarten!
—¡El niño de alta cuna trae la lengua larga! ¡Otra vez!
El príncipe Mateo se puso de pie y gritó:
—¡¿Qué tanto aúllan?! ¡El que tenga un problema que venga a decírmelo en la cara!
El comandante rápidamente se puso de pie.
—No debe preocuparse. Nadie se atrevería a tocarle un pelo, su majestad —susurró.
—¿Eh? ¿Preocuparme dice? —exclamó Mateo devolviendo su mirada hacia los soldados que los observaban—. ¿Y por qué no? ¿Acaso estos maricones tuyos le temen a un niñito de alta cuna?
—Porque eres el príncipe… —Patrival hablaba como si estuviera explicando algo obvio.
—¿Entonces por qué vienen a una posada? ¡Reesculpiré a golpes los rostros de quienes se contengan solo por eso!
Entonces, el sonido seco de unas botas cortó el ambiente. Cris regresaba con una sola jarra de cerveza en las manos. Sus pasos eran firmes; su rostro, imperturbable.
Todos lo miraron. Incluso Mateo alzó una ceja.
—Muchas gracias, hijo —dijo Patrival, recibiendo la jarra—. ¿Y la tuya?
Cris no apartó la vista del príncipe.
—Realmente no tenía sed.
El príncipe frunció el ceño, desconcertado por la interrupción.
—Tome asiento, soldado Crosswell —ordenó el comandante.
—Parece que alguien más tomó mi lugar sin preguntar —respondió Cris tajante.
—No importa, hay más asientos, soldado —exclamó Patrival con seriedad—. Siéntese.
Cris, sorprendido por la repentina severidad de su comandante, obedeció sin una palabra, sentándose justo a su lado.
—¿Crosswell? —preguntó el príncipe, completamente sorprendido.
—Cristóbal Crosswell, su majestad.
—¿Eres algo de…
—Hijo de Dário Crosswell —respondió Cris, con una cortesía tan impecable que se volvía ofensiva—. Un placer conocerlo. ¿Cómo está la familia?
Mateo frunció el ceño, visiblemente confundido.
—Supongo que muy bien. ¿Y la suya?
«Madre mía…» —pensó Patrival.
—No tan bien como me gustaría.
—¿No? —preguntó Mateo—. Qué extraño, creí que ustedes los plebeyos solo sabían decir «Bien, gracias».
—Pues no. La verdad es que la pasamos bastante mal luego de que tu padre…
—Cris… —murmuró el comandante—. Esto no es un chiste, recuerda lo que hemos hablado.
—Nunca fue una broma para mí —escupió con una pequeña pausa—. Creo que ya sabe el resto, don «Mountbatten» —dijo Cris con un tono cada vez más cargado de desprecio.
—«Mountgarten» —corrigió Mateo, frunciendo el ceño.
—Como sea, apellidos valorianos —escupió el joven con una ferocidad que sorprendió a varios—. Un país de salvajes.
Mateo se mantuvo inerte, manteniendo la mirada en el joven soldado, apenas mayor que él.
—No me gustaría luchar con usted como sugirió —continuó Cris—. Luego dirán que fue alta traición, ¿no cree? Aunque ya que está aquí, hay algo de lo que me gustaría que charlemos.
Mateo parecía a punto de perder la paciencia, evaluando con su mirada al soldado frente a él.
—No tengo nada que hablar; estaba charlando con el comandante, no contigo.
—Yo creo que sí —continuó Cris con voz baja—. El comandante y yo estábamos por jugar a las cartas. ¿Nos acompaña? He oído que los juegos de azar son su especialidad.
«Estos dos… debo pensar algo rápido…» —pensó don Patrival; sus manos no dejaban de temblar, un tic nervioso que no podía controlar—. «¿Qué se supone que deba hacer? Si intervengo será peor; si no intervengo, estos dos se arrancarán la cabeza».
—Aunque —continuó Cris—. Usted es de la realeza. ¿Qué tanto pueden ser unas pocas monedas de un soldado comparado con la fortuna de la familia real?
—Muchachos, basta… Esto no es… —intentó decir Patrival.
Mateo pareció no haberlo pensado ni un segundo.
—Está bien, está bien, acepto. Juguemos.
—Excelente, «Apostador»… —concluyó Cris.
«Esto no puede estar pasando» —pensó el anciano, restregándose los dedos temblorosos en los ojos—. «¿Realmente creí que el príncipe cortaría por lo sano?»
Mateo retomó su asiento frente a don Patrival y Cris. Una mujer se acercó a ellos con una jarra de cerveza para el príncipe.
—Retírate, mujer; no bebo esa porquería —exclamó Mateo con un tono tajante mientras tomaba una especie de cigarrillo de su bolsillo. Con la habilidad de un fumador experto, lo encendió usando un encendedor de metal con su mano libre.
Cris lo observó con un desprecio apenas contenido.
—Deberías tener más respeto; ella solo trabaja aquí.
—Ugh, no, eso sí que no. Te acepto tu frustración extrema, pero no que te vayas por ese lado. No aguanto los chillidos de las mujeres ni de sus defensores —exclamó Mateo tajante—. Es hasta allí donde llega mi paciencia.
La camarera lo observó con un desprecio imposible de ocultar.
—¿Qué? —preguntó el príncipe—. Si fuera un cliente común y corriente, me habrías mojado con la jarra ya, ¿no? Adelante, hazlo, por favor.
La joven no respondió ni obedeció al príncipe; simplemente hizo una pequeña reverencia e intentó retirarse.
—¡Espera! Yo sí la quiero —don Patrival levantó la voz—. Lo necesito ahora más que nunca. El príncipe tiene sus vicios y yo los míos.
—Sí… Ese olor… —murmuró Cris—. Reconocería ese olor donde fuera. ¿El príncipe fumando Ferris?
—¿Qué? Es verdad —preguntó Patrival completamente sorprendido—. No lo había notado. ¿Estás fumando Ferris?
—No es el problema de ninguno de ustedes dos.
—Lo es para quienes estamos aquí dentro; huele a podrido —agregó Cris.
Mateo dirigió su mirada hacia Cris nuevamente.
—Por lo que me contaron, su padre fue un gran hombre, don Dário, y un excelente soldado además, un ejemplo para todos, todo un héroe —dijo ignorando la afirmación de Cris.
—Brindaré por eso —dijo el comandante levantando levemente su jarra, intentando aliviar la tensión.
—Sin embargo —continuó el príncipe—, no me parece bien que abuses de eso para hablarme de esa manera…
—No llamarás héroe a mi padre —interrumpió Cris—. No en mi presencia, y no con un nombre como el tuyo.
Patrival dejó de beber, bajó su jarra y se quedó observando al soldado. Mateo exhaló una bocanada de humo.
—¿Qué tiene de malo? —preguntó Mateo tranquilamente—. ¿Y qué tiene de malo mi nombre?
—¿Que qué tiene de malo? Tu familia es el motivo por el que ya no está más. Y encima de eso lo llamas héroe. Tú, al igual que el rey, llaman héroe a alguien cuya tumba su familia tuvo que vender porque no podíamos pagar el mantenimiento. Las medallas que nos enviaron a nuestra casa no nos dieron de comer —continuó—. O bueno, en realidad sí, porque las vendimos también. Nos dieron treinta escudos de plata por todas; no es mucho dinero hoy en día.
«Intervén. Di algo. Cállalo».
Pero la imagen se superpuso: un soldado joven en el desierto, también con ojos azules, pidiéndole que no lo dejara atrás.
Y él no pudo.
Entonces, como ahora, se quedó mirando cómo todo se iba a la mierda sin mover un músculo.
—No me importa —respondió.
—Hmpf… ¿Crees que no me había dado cuenta? La familia real no nos dio apoyo en ningún momento, ni siquiera cuando…
—¿No me oíste? —interrumpió Mateo—. He dicho que no me importa.
Ambos se observaron durante unos instantes; las pocas risas que lograron florecer se extinguieron en un instante.
—No lo digo por toda esa mierda que escribió la gente en el muro del palacio de Lamora, sino porque estoy seguro de que no piensas diferente —dijo el príncipe con firmeza mientras dejaba su cigarro frente a don Patrival—. Es increíble que deba explicar esto, pero simplemente no fue mi culpa, y creo que es hasta estúpido que deba explicarlo. No envié a tu padre a ninguna parte; tenía cinco años. No sé más que solo historias, pero a ustedes plebeyos les encanta inventar sus propias historias.
—¿Cómo que no tienes la culpa? ¡Tu familia tiene la culpa! ¿Plebeyo me llamas?
—Te llamo por lo que eres: un plebeyo ignorante como todos los demás.
—¡¿Cómo puedes decir eso enfrente de tus hombres?! —gritó Cris—. ¡Todos aquí juramos con nuestra vida a la corona!
—No. Me. Importa —insistió Mateo—. ¿Qué es lo que no se entiende? ¿Estás esperando una disculpa?
Patrival notó que sus hombres tenían una mirada asesina sobre el príncipe. «Se está repitiendo de nuevo…»
—Sí, claro que sí —afirmó Cris—. Si no es por mí, por tu familia, que nos llevó a un conflicto sin sentido…
—No lo haré —Mateo se recostó sobre su silla.
«Maldición, qué puta rabia. Cualquier cosa que haga podría empeorarlo todo…»
—Perder a alguien de la familia… De acuerdo… —murmuró Mateo, resignado—. Lo siento, de verdad, pero no eres el único. Supongo que eres como yo y por esto te respeto; entiendo que estés enojado. Lo que tuviste que pasar no fue…
Cris se levantó de golpe.
—¿¡Qué entiendes tú!? ¡Mi padre fue quemado vivo! ¿Cómo puedes hablar de entender si jamás… ¿¡Acaso alguna vez fuiste quemado de pies a cabeza para saberlo!?
—Cuida tu lengua, niño —ordenó el comandante—. Vete a dormir, es una…
—No, nunca me pasó —dijo Mateo con calma glacial—. Pero si me interrumpes otra vez, te aseguro que lo sabrás. Y esta vez, no serán los kaohrianos quienes te ayuden a hacerlo. ¿Jugarás o no?
Ambos se miraron fijamente durante unos segundos; el príncipe no se levantó, se mantuvo inmóvil. Cris apretaba su puño fuertemente por la rabia.
—Repartiré las cartas, ¿de acuerdo? Bajemos los humos —murmuró Patrival resignado.
El comedor estaba en un absoluto silencio.
—Me disculparé, soldado —murmuró Mateo a regañadientes.
—No me llame soldado, majestad; llámeme por mi nombre —interrumpió Cris—. Soldado Crosswell. ¿O acaso le da tanto miedo pronunciarlo?
El silencio se hizo aún más pesado.
—Lo haré cuando usted deje de llamarme príncipe y «su majestad», soldado.
Cris se mantuvo en silencio. Don Patrival fingió no escuchar y comenzó a barajar.
—¿Y su alteza viene seguido por aquí? —preguntó, intentando reconducir la conversación.
Mateo no respondió al instante; se tomó un momento para tomar aire.
—Sí… Siempre vengo aquí, en realidad. Por eso ya me conocen. Necesito descansar del silencio y el olor a aromatizantes del palacio —admitió—. Otras veces necesito despejar mi cabeza, descansar del mundo.
—¿De verdad? —preguntó Patrival—. Ya quisiera yo poder dejar todo y viajar.
Mateo no dijo palabra; levantó el cigarro de Ferris que tenía frente a él como respuesta.
—Aunque aún no me acostumbro al olor.
—Vega de Tréboles tiene ese olor todo el tiempo; lo tengo tan naturalizado que ni siquiera me percaté de lo que era, ja, ja —rió Patrival—. Aunque disculpe, ¿y el rey Matian lo sabe?
—Sí, lo sabe, y no le importa. Me gusta pensar que sabe que estaré bien, aunque sea muy inocente de mi parte.
—¿Y… sus hermanos?
—Mordred ocupado, como siempre. Casi no lo veo, aunque ahora está en Tierrasagrada; fue a ver las «Justas por la Gloria» en lugar de mi padre.
—¿El príncipe Mordred fue a Tierrasagrada? —preguntó don Patrival—. ¿Cómo es que el rey no pudo asistir a un evento tan importante? ¿Y por qué el rey lo envió a él y no a ti a atender un evento así?
Mateo bajó la mirada hacia la mesa.
—Supongo que el silencio también es una respuesta —agregó Patrival.
Cris golpeó la mesa tan fuerte que derramó la jarra de cerveza del comandante.
—No puedo creer que hablen enfrente de mí, como si nada, sobre ese… ese…
Mateo levantó la mirada de forma casi instantánea.
—Te sugiero obedecer a tu comandante, soldado… —advirtió inesperadamente, visiblemente molesto, y devolvió su mirada hacia Patrival—. En realidad, para ser justos con él, mi padre no cree que el resultado del gran maestro sea más importante que mi casamiento. De todas maneras lo felicitará en…
—Oh, ¡es verdad! Ya lo había olvidado; fue tanto tiempo desde que lo anunciaron, más de un año, ¿no es así?
—Seh… Será dentro de dos semanas…
—¡Muchísimas felicitaciones! —exclamó el comandante, quien notó ser el único feliz por el evento. Mateo sonrió, más por la emoción del comandante que por el evento en sí—. ¿Quién será la afortunada?
—¿Tú? ¿Casarte? —interrumpió Cris—. No me sorprende que pienses como piensas; eso es lo que me da más asco. No saben lo que es el amor; solo arreglan sus matrimonios por conveniencia.
—¿De qué hablas? —preguntó el príncipe indignado—. Ni siquiera sé quién es. Mi padre convocó a todas las pretendientes del reino y también extranjeras para que yo escogiera una.
—Peor aún, más horrible de lo que me pude imaginar.
—Cris… —suspiró Patrival.
—Otro anillo elegante más en la mano te vendría muy bien —continuó Cris—. Uno nuevo junto al de plata y el otro de… ¿bronce?
Patrival llevó su mirada a las manos de Mateo.
—¿Un anillo de bronce?
—Mordred —explicó el príncipe—. Mi tía se quedó el de oro desde que mi hermano falleció; el de plata es mío y Mordred me confió el suyo.
—¿Por qué? —preguntó Cris—. ¿Acaso está tan gordo que ya no le entra en la mano?
—¿Acaso conoces a Mordred? —preguntó Mateo irritado—. Raro, nunca me habló de ti. Aunque no, tiene menos barriga que tú. ¿Por qué tanto interés en los anillos? ¿Lo quieres? Ten, voy a apostarlo; si ganas la partida te lo quedas.
Mateo se quitó el anillo de bronce y lo lanzó sobre la mesa.
—Por supuesto que acepto su apuesta, príncipe —exclamó Cris con confianza—. Claro que conozco a su hermano; sé todo sobre él.
—Imposible —respondió el príncipe—. Mordred no sabe ni que existes; no perdería el tiempo con un plebeyo de baja cuna tan maleducado como tú.
Cris dejó escapar una sonrisa.
—¿Sabe qué? La gente había olvidado quién se sienta en el trono de la capital hasta que empezaron los problemas. Los más jóvenes no conocíamos su nombre; solo veíamos a su ejército marchando de acá para allá —continuó—. Aunque bueno, todos tienen nombres que empiezan con «M»; es difícil recordarlos a todos.
—Nunca había escuchado ese comentario antes —respondió Mateo sarcásticamente, tomando nuevamente el Ferris con los dedos—. Debes sentirte como el mejor comediante que pisó esta tierra.
—Ah, pero ahora todos sabemos quién les lava el culo todos los días. Todos quieren saber quiénes son los que permitieron que los salvajes quemaran sus tierras.
Mateo levantó las cejas y entrecerró los ojos.
—Quizá el rey no tiene tanto aprecio por su heredero después de todo; Mordred está en Tierrasagrada —continuó Cris.
—Ignórelo, príncipe, por favor, tenga —don Patrival acercó la baraja de cartas hacia Mateo intentando llamar su atención—. Por favor, corte la baraja.
—Soldado —el príncipe ignoró al comandante—. Estás orinando en mi pierna y diciendo que está lloviendo. Si continúas en ese camino, no terminará muy bien para ti.
Cris se mantuvo en silencio mientras el príncipe observaba la baraja. Finalmente, este exhaló una bocanada de humo y levantó la mirada, sacudiendo la ceniza de su cigarro al observar la pila de cartas frente a él, pensativo.
—Mordred es mi sangre, es mi familia, pero él tiene su lugar en la corte, don «Cristóbal Crosswell», y mi hermano menor Melric no es más que un niño insoportable. La gente espera que tome el lugar de Marcos; sin embargo, yo forjo mi propio lugar en el mundo —explicó Mateo en voz baja.
—¿A qué se refiere su majestad? —preguntó don Patrival.
—A los caminos que recorremos, comandante; los caminos que nos forjan. Mi sendero me lleva lejos de la capital, pero no por ello es menos importante —concluyó el príncipe.
Cris dejó escapar una sonrisa.
—¿De verdad? ¿A qué se debe esta reflexión ridícula acerca de los caminos? ¿Es acaso la forma en que tiene el príncipe de decir que no le interesan las tareas que le corresponden?
—Mi hermano está mejor capacitado para ocuparse de esos asuntos —admitió Mateo con impaciencia.
—¿Tu hermano menor está mejor capacitado que tú? Dígame, ¿y Mordred aceptó ocuparse de esos asuntos? O simplemente lo dejaste a su suerte con tareas que te corresponden a ti. Luego de la muerte de Marcos creí que el siguiente en la línea eras tú.
—No volverás a mencionar ese nombre enfrente de mí —la mirada del príncipe cambió; Patrival jamás lo había visto así—. Pero sí, estoy aquí porque se me encargó una tarea diferente.
—Oh, claro que sí; puedo imaginar qué tan importante es esa tarea que usted menciona, que se encuentra aquí en lugar de organizar su propio casamiento o asistir al nombramiento de la segunda persona más importante del país. Al final, todo es política; política que terminamos pagando los que estamos abajo. Algún día eso va a cambiar: ustedes no son nada sin nosotros y ese salvaje al que llamas hermano se pasea por todo el país.
El comedor empezó a llenarse de soldados en pijamas, despertados por el bullicio de la discusión.
«Si doy la voz ahora, se arma. Si no la doy, se arma igual».
Vio al teniente Sevén mirando hacia él esperando mando, y lo único que pudo hacer fue negar apenas con la cabeza.
No era decisión. Era que el cuerpo ya había elegido por él: congelarse.
Mateo observó a su oponente durante unos segundos.
—Ten mucho cuidado, Crosswell… Es tu última advertencia. ¿De verdad crees que esto va a tratarse de política? Estás en el lugar equivocado para dar discursos sobre eso.
—Solo le digo las cosas en la cara; nadie más va a hacerlo. Era eso lo que usted quería, ¿no es así? Que no lo traten como un príncipe.
«Te has excedido, Cris… Pero ahora solo el príncipe puede dar órdenes. Lo lamento tanto…» —pensó Patrival, paralizado.
—Comandante Sánderes —suspiró el príncipe mientras tomaba el anillo de bronce de la mesa y lo cambiaba por el de plata—. Fue agradable compartir esta charla con usted; sin embargo, tengo cosas que hacer —concluyó el príncipe Mateo mientras se ponía de pie y empezaba a retirarse del lugar.
Don Patrival levantó la mirada; se encontraba perplejo ante la repentina decisión del príncipe.
«Será lo mejor» —pensó—. «Que haya mantenido la calma hasta ahora es un completo milagro».
—Que el ojo del nobilísimo esté con usted —agregó.
Cris, quien parecía perplejo, se puso de pie.
—¿Qué es esto? ¿El príncipe huye de un desafío? ¡Me debes el anillo de tu hermano! ¡No este! —gritó con un tono impaciente.
—No te metas —reclamó don Patrival—. Ya tuviste tu broma; dijiste lo que tenías que decir.
—Ja, ahora entiendo todo; eso explica por qué el rey prefiere a Mordred —Cris levantó el tono.
Seguidamente, Cris tomó el anillo plateado que el príncipe le dejó y lo arrojó al suelo cerca de su camino a la salida.
—¡Cris! ¡He dicho que ya basta! —suplicó el anciano.
—Que el príncipe Mateo sea un maldito cobarde adicto al Ferris y a las apuestas explica por qué el rey preferiría a un simple bastardo que a su propio heredero.
Mateo se giró hacia Cris rápidamente.
—Mi padre murió defendiendo a la casa de Mountgarten, y aquí estás ensuciando la dignidad del que tanto se enorgullecen. Los kaohrianos no son más que unos bárbaros asquerosos que destruyen todo a su paso. ¿Cómo puedes llamar a uno familia?
Mateo no soltó palabra.
Cris rió ante la pasividad de Mateo.
—Tu familia caerá, Mountgarten —afirmó señalando al príncipe con el dedo—. La gente está empezando a despertar. ¡Tu hermano se sacrificó en vano! Y cuando eso pase, Mordred será el esclavo de alguien en alguna parte, ¡como cualquier otro asqueroso negro kaohriano!
Mateo no respondió. Solo lo miró con una expresión vacía, opaca. Como si algo dentro de él se hubiese apagado.
Y entonces se lanzó sobre él.
Atravesando la mesa en un instante.
Fue tan rápido que pocos llegaron a reaccionar. El banco cayó hacia atrás y el sonido de la madera retumbó en todo el lugar; la mesa se arrastró con un chirrido cuando el cuerpo del príncipe se estrelló contra Cris. En un parpadeo, lo tenía en el suelo. Los puños de Mateo descendían con furia salvaje. No hubo gritos, solo el crudo sonido de los golpes: carne contra hueso, hueso contra hueso.
Patrival quiso gritar «¡Basta!», pero la garganta se le cerró.
Lo único que salió fue un gemido ronco, casi animal, que nadie oyó entre los gritos.
Los soldados reaccionaron de inmediato: tiraron jarras, apartaron bancos, corrieron hacia el centro del salón.
Patrival se mantuvo inmóvil, temblando por cada extremidad de su cuerpo.
—¡Sujétalo! —gritó uno—. ¡Va a matarlo!
Dos soldados enormes se lanzaron sobre el príncipe, intentando sujetarlo por los hombros. Pero fue inútil. Mateo parecía inamovible, como si otro hombre, más grande, más violento, se hubiera apoderado de su cuerpo. Su peso era descomunal.
—¡Príncipe bastardo! —rugió uno—. ¡¿Qué mierda haces?! ¡Detente, maldito enfermo!
El bullicio en el establecimiento era ensordecedor, solo interrumpido por el eco rítmico de los golpes.
Patrival, jadeando incesantemente, finalmente reaccionó; se lanzó también sobre el príncipe. Le rodeó el cuello con un brazo, tirando hacia atrás con todas sus fuerzas.
—¡Dário! ¡Por el cielo, basta ya! ¡¡BASTA!! —gritó, ante la confundida mirada de sus hombres.
Cris forcejeaba debajo, o lo intentaba. Levantaba un brazo, luego el otro, pateaba a ciegas. Pero cada golpe lo hundía más. Su nariz estalló. Un pómulo crujió. La sangre le chorreaba por la boca, mezclada con dientes rotos. Intentó gritar, pero solo brotó una bocanada de saliva teñida de rojo. Mateo gruñía, encorvado sobre Cris como un animal. Sus ojos no eran los de un hombre. No veía ni escuchaba a nadie.
Cris, en su completo caos, tomó de la cintura de don Patrival su arma de fuego, disparando instintivamente al príncipe a través de su protector en la cintura.
El príncipe reaccionó; sus puños se detuvieron un instante en el aire, retorciéndose de dolor, siendo disparado hacia atrás por los hombres que intentaban separarlo de Cris. Rápidamente, el comedor se llenó de soldados mal vestidos que acababan de despertar.
—¡Ya no respira! —gritó un soldado, con el rostro desencajado.
—¡Alguien traiga al maldito médico!
Dos de los soldados lo redujeron fácilmente, manteniéndolo inmóvil en el suelo. Mateo observó sus manos, empapadas en sangre, con la mirada totalmente perdida y preocupada. Cris yacía en el suelo, parcialmente desfigurado. Su pecho subía y bajaba con dificultad. El comandante se arrodilló a su lado, le sostuvo la cabeza, intentando limpiar la sangre con la manga. Su voz le temblaba.
—Aguanta… por favor… No me dejes solo.
Mateo no dijo nada. No miraba a nadie. Ni siquiera parecía entender dónde estaba.
—¿¡Ese es nuestro príncipe!? —escupió uno de los soldados, sin molestarse en bajar la voz—. Ni un animal se comporta así.
Don Patrival se volvió con desdén. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¡Alguien llévelo con Julián! —ordenó Sevén, alzando la voz.
—¿A quién llevamos primero? —preguntaron los soldados al unísono.
Los soldados miraban a su comandante atentamente.
Patrival aún temblaba; no podía evitar entrar en pánico.
Ante el silencio del comandante, Sevén tomó la iniciativa.
—Lleven a los dos al campamento; al príncipe primero. Tú, despierta a Julián de inmediato para que los atienda.
Patrival no asintió; no despegó la mirada de Cris, viendo no el rostro de su subordinado, sino de su propio comandante totalmente ensangrentado. El soldado que había intervenido lo ayudó a sentarse y se colocó al lado de él.
—Tranquilo, señor. Por favor no se preocupe; él estará bien.
Patrival no respondió.
Mateo observó la escena en silencio.
—¿Yo… hice esto…? —murmuró para sí mismo, retorciéndose del dolor.
—El chico estará bien, puedo sentirlo. Díganle a Julián que le coloque las esposas antes de que despierte —ordenó Sevén, poniéndose de pie con voz firme y clara.
El silencio se apoderó del salón. Los soldados dudaron un momento, hasta que finalmente obedecieron.
—Lo llevaremos ante el rey —dijo Sevén—. Su padre debe saber lo que ha hecho su glorioso heredero. En cuanto puedan moverse, marcharemos a la capital.
Don Patrival lo observó. Su voz sonó fría, dolida.
—Todo esto… Es mi culpa… Yo permití que pasara… Otra vez.
El anciano rompió en llanto.
—Lo siento, comandante… de verdad… —susurró Mateo mientras los soldados lo levantaban del suelo.
—Silencio —replicó Sevén con voz de acero—. La persona que merece tu disculpa no puede oírte.
El rostro de Mateo estaba completamente blanco y comenzó a jadear con intensidad.
Patrival, sin poder respirar y entre lágrimas, se quedó dormido sobre Cris ante el agotamiento.
Su mejilla rozaba la sangre aún caliente del muchacho, y en su sueño roto volvió a escuchar la misma frase que lo perseguía desde hace mucho tiempo:
«Todo es un juego, comandante… y esta vez has perdido la mano».
Capítulo 2: El hijo del dolor – Mordred I
El joven príncipe se puso de pie y caminó hacia el espejo cercano de su recámara. Se observó con detenimiento, pero solo logró notar su corbata maltratada por el tiempo. Con una mueca de disgusto, se la quitó, trayendo a la mano un colgante con una piedra de color morado que ajustó con cuidado.
«Nunca me gustaron mucho, de igual modo» —pensó.
—Entonces… —exclamó una voz detrás de él—. Una montaña, muchas casas sin terminar, un hombre que se parecía mucho a usted… ¿Recuerda algo más sobre su sueño, majestad?
—Eso es todo —respondió el joven sin apartar la mirada del espejo.
—Muy bien. —El guardasueños continuó escribiendo y se puso de pie, caminando hacia la puerta—. Que tenga un buen día, príncipe Mordred.
—Buen día para usted también, don Normán —exclamó Mordred mientras el guardasueños se retiraba.
Examinó su piel oscura, buscando imperfecciones. Al no encontrar ninguna, dio media vuelta y regresó a su asiento. Se sentó recto, con las piernas cruzadas, y tomó un periódico de una mesa cercana. Las mismas páginas que ya había leído decenas de veces:
«Tierrasagrada, siete de messidor. – Hoy se celebra la última prueba de las «Justas por la Gloria», por la que se disputará el cargo de Gran Maestro de la Orden de los Ungidos.»
«Motín en las colonias de Ultramar: el Ejército Real ha sido puesto en alerta.»
«El Ferris arrasa con una zona rural de Vega de Tréboles»
«Ematia bajo toque de queda: nuevas protestas violentas en contra del Rey»
«La Ciudad de Valoria refuerza los muros del Castillo de la Santa Sede: rumores hablan sobre un problema de seguridad»
«Innovador dispositivo de última tecnología podría revolucionar el correo y el transporte aéreo.»
«Ahora que lo pienso, conozco un solo diablillo que podría quejarse de esto, aunque ya era hora. Lo que me recuerda… No he escrito la carta aún».
Tomó la taza de la mesa con la mano libre, dio un sorbo y la devolvió a su lugar.
No había terminado de hojear la siguiente página cuando la puerta se abrió de golpe.
—¡Oh! Príncipe Mordred —exclamó un hombre mayor, bien vestido—. Ya está despierto.
—Buenos días, señor Castel —replicó Mordred con tranquilidad—. Sí, desde hace algunas horas.
—Con su permiso —dijo el hombre, entrando junto a una joven ayudante—. Con esta lluvia, pensé que sería el día perfecto para dormir hasta tarde.
Mordred asintió con una mueca. «¿Entonces por qué estás despierto y vienes a intentar despertarme? ¿Para traerme el desayuno?»
La señorita que lo acompañaba parecía evitar la mirada del príncipe.
«Aunque algunas cosas no cambian, no sé si extraño Lamora».
Castel descargó una bandeja con productos de panadería envueltos en lámina dorada y postres con etiquetas de regalo.
—Cortesía de don Guil Franco, su majestad —exclamó con orgullo.
Mordred asintió, observando la escena en silencio.
—Un consejero de la orden… —aclaró Castel.
—Sí, por supuesto —afirmó el príncipe. «¿Acaso cree que no conozco a los consejeros del gran maestro?»
El príncipe se puso de pie, dejó el periódico cuidadosamente doblado y se quitó los guantes blancos. Tomó uno de los postres con elegancia, revelando un diminuto pastel envuelto en fina tela. Lo examinó unos segundos y miró a Castel.
—Ah, se llama «Enkythen» —explicó Castel—. Muy famoso en Valoria. También le llaman «pan esponja» por su textura. Está relleno de miel…
«Solo quería saber cómo se llamaba, pero gracias».
—…Además de finas especias que cultivamos nosotros mismos aquí en Tierrasagrada.
—Se ve muy apetitoso… —murmuró—. Dígame, señor Castel, el torneo no se cancelará, ¿no es así?
—No, señor. El torneo no se detiene bajo ninguna circunstancia. Es la forma que tiene el nobilísimo de probar a los competidores.
—Terminado, señor —interrumpió la joven.
Castel miró alrededor, sorprendido por la limpieza impecable.
—¡Jo! No me decepcionas para nada, pequeña Morgan. Eso es excelente. Espérame afuera, no estaremos aquí por mucho tiempo —exclamó.
«De nada, «Morgan»».
La joven se retiró del lugar con una reverencia sutil para el príncipe.
—¿Y bien? —preguntó Castel—. ¿Qué le parece?
—Creo que lo probaré luego. Muchas gracias.
—Oh, un placer, su majestad.
Mordred observó a Castel con visible confusión.
—Por cierto, dígame, ¿cuánto falta para el evento?
—Es muy temprano, creo que al menos unas siete horas, su majestad.
«No sé si tengo té para tanto tiempo» —pensó sin dejar de ver la taza casi vacía.
—Dígame, señor, ¿ya llegó el virrey Rosa de Plata?
—Hm… Si no recuerdo mal, reportaron la llegada de los virreyes Espina de Valtor; ellos fueron los primeros en llegar, luego Bradamante y Gudson, pero no de don Rosa de Plata. Tal vez tuvieron algún imprevisto en el camino, su majestad.
«Siempre llegando tarde, tal padre, tal hijo».
—¿Quiere que llame al joven Lorenzo a buscarle en cuanto llegue?
Mordred bajó la mirada, evitando el contacto visual con el señor Castel.
—Sí… Digo… Manténme informado sobre…
Castel se giró al escuchar algo a sus espaldas. Mordred levantó la vista y vio a un anciano ingresar.
—Buenos días, usted debe ser el príncipe —exclamó la figura con un tono alegre mientras ingresaba a la habitación.
—Mi señor Franco —murmuró Castel, inclinando la cabeza.
«Este castillo está lleno de ancianos» —Mordred levantó una ceja.
Don Franco entró como si nada en la habitación del príncipe, acompañado por un lacayo muy pequeño.
«Nunca había visto uno así» —pensó Mordred al verlo—. «Loren se volvería loco si lo viera».
El lacayo era más pequeño que un puño, era de color negro y tenía una sonrisa que le cubría todo el rostro, además de ojos amarillos y orejas puntiagudas; sus alas se movían a toda velocidad, lo que hacía que pareciera que estaba suspendido en el aire.
—Buenos días, don Franco —exclamó el príncipe al fin.
—¡Bienvenido a Tierrasagrada! Finalmente tengo el placer de conocerlo. Casi no lo reconozco; hace mucho tiempo que no veía un Mountgarten de cabello rojizo, pero por supuesto, sus ojos delatan su sangre real.
«Estoy seguro de que con prestar un poco de atención…»
—Veo que ya recibió mi humilde obsequio. De verdad espero que lo disfrute. Todo aquí ha sido hecho por manos locales.
«¿Incluso los bordes de oro de la cama del rey? Se ve que en Tierrasagrada no tienen tantos problemas como en la capital» —pensó—. Le agradezco mucho el gesto, don Franco.
—Por favor, llámeme Guil. Será un honor.
—Muy bien, Guil… —exclamó el príncipe—. Antes que nada, quería decirle lo mucho que lo siento por la muerte del gran maestro Quercus. No es asunto mío, pero sé que fue como un padre para usted.
Don Guil bajó las cejas, perdiendo gran parte de la felicidad en su rostro; el pequeño animal que lo acompañaba se posó en su hombro.
—Me retiro, con permiso —dijo Castel, apurado—. Señor. Majestad.
—Luego te alcanzo —bromeó Guil, recuperando la sonrisa—. Sí… Todos estamos devastados por la… repentina partida de Asurion, pero ya era un hombre muy mayor.
—Sí, sobre eso, no es que mi padre no quisiera venir. Dijo no sentirse lo bastante fuerte para volver a esta isla, no después de lo que ocurrió.
Guil observó a Mordred con interés. Hubo un breve silencio.
—Esa camisa es algo vieja, ¿no cree?
«Qué repentino, y hablar de cosas que no son mi problema».
—Si gusta —continuó Guil—, puedo obsequiarle una de las mías. La tengo hace años y nunca la he usado, y pienso que podría lucirla mejor usted, que es mucho más joven.
«Oh…» —Mordred se avergonzó—. «Ahora me siento mal…». —En realidad, esta camisa es mi favorita. Me la obsequió…
—Se la traeré en un instante. Pero antes, algo importante.
—Claro… —suspiró el príncipe—. ¿De qué se trata?
—Este amiguito llegó esta mañana con un mensaje sellado por el rey —exclamó Guil señalando al pequeño lacayo en su hombro—. Estaba exhausto, y vino aún con este clima, lo cual solo puede significar urgencia.
«Algo sobre Mateo, seguro».
—Por eso lo mandé a buscar, pero veo que no fue necesario. Eso habla bien de usted.
—Gracias, señor. Significa mucho viniendo de usted. Aunque el guardasueños se les adelantó.
—No es nada, príncipe. El mensaje trata sobre la boda del príncipe Mateo…
«Por supuesto».
—El mensaje fue enviado por el rey en persona. El Sacrador de Valoria asistirá a la ceremonia. Ya está en camino.
—¿Cómo? ¿No había confirmado que no vendría? ¿Ahora viene sin avisar? —Mordred frunció el ceño—. Qué forma más conveniente de evitar las excusas del rey.
—De igual forma, probablemente lleguen mañana o pasado, dependiendo del clima. Con esta lluvia, es posible que se retrasen, o quizá no si toman la vía rápida en Vega de Tréboles.
«Hablar de imprudencia política» —pensó.
—¿Mi padre te dijo para qué viene el Sacrador?
—No, majestad. Teorizo que es posible que quiera quedarse a bendecir la boda, si es que hay.
—Entiendo, concejal. Le agradezco mucho.
—Estoy feliz de servirle. Personalmente ya había olvidado que el príncipe Mateo iba a casarse.
—Sí… Mi padre lo anunció demasiado pronto.
—Oh… —Guil contuvo preguntas—. Dígame, ¿está feliz por su hermano? Una boda real es un gran evento.
—Supongo que sí… Realmente espero que sea un paso en la dirección correcta —la sonrisa de Mordred era tenue, pero genuina—. Quizá eso le devuelva la sonrisa a Mateo, o eso espero.
Guil sonrió.
—Se nota que lo aprecia. Usted no habla mucho, pero cuando se trata de él…
—Es mi sangre —dijo Mordred, volviendo la mirada al espejo, fijándose en sus brillantes ojos rosados.
—¿Y qué hay de usted? —continuó Guil.
—¿De mí? ¿Qué quiere decir?
—Usted también se casará. Continuará el legado de su familia algún día.
Mordred giró la mirada, buscando una respuesta apropiada.
—Nada de eso —exclamó el príncipe—. Una vez que mi padre ya no esté en este mundo y Mateo sea el rey, viviré mis días explorando el mundo, muy lejos de todo esto.
—¿Como su tío el príncipe Mavernis? —exclamó Guil con un tono despectivo.
—Estoy seguro de que le va muy bien, donde sea que esté.
—Bueno, aunque así fuera, necesitará una compañera de viaje, ¿no lo cree?
—Probablemente —suspiró.
Guil observó al príncipe durante unos segundos, con una sonrisa, y concluyó:
—En fin, lo dejo en paz, su majestad. Espero disfrute su estadía en Tierrasagrada y el «Enkythen»; lo prepararon nuestros cocineros con mucho esmero exclusivamente para usted.
—Gracias otra vez. Un placer, don Guil.
—Estoy seguro de que nos volveremos a ver.
—Sí… Si no es mucha molestia…
—¿Sí? —preguntó el concejal.
—¿Podría pedirle a don Castel un periódico de hoy y una botella de vino rosé? Cualquiera está bien, lo dejo a su criterio. Los voy a necesitar para pasar el tiempo —preguntó Mordred ligeramente avergonzado—. Y deje el lacayo aquí, voy a necesitarlo.
Don Guil parecía levemente confundido, o quizá decepcionado, pero asintió.
—Por supuesto, majestad —exclamó.
Con una reverencia, don Guil Franco se retiró, dejando atrás al pequeño animal que voló hacia una mesa cercana con una enorme sonrisa.
«Silencio… Al fin» —pensó, mientras volvía a sentarse. El bullicio de las voces finalmente fue reemplazado por el sonido de la lluvia en las afueras del castillo. «Otra mañana idéntica a las mil anteriores. A veces me pregunto si esto es vivir o simplemente esperar a que algo me mate de aburrimiento. Espero que el evento de hoy sea menos aburrido que esto».
El príncipe tomó una hoja de papel, así como una pluma que tenía cerca, y empezó a escribir:
«Hermano, sé que aún debes estar enojado conmigo por nuestra charla, pero creo que no es sano que estemos distanciados física y emocionalmente también.
No fue mi intención menospreciar tu preocupación, y créeme que sé que lo que estamos atravesando nos golpea a ambos, no solo a mí.
No soy como tú, lo siento, no sé enfrentar los problemas como lo haces tú, y ahora entiendo eso.
Estoy muy arrepentido de lo que te he dicho, me arrepiento de cada palabra, y prometo que daré lo mejor para compensarlo.
Decidí que nuestro padre no debería tener poder de influir tanto en mis emociones como para maltratar a la persona que más me quiere en el mundo, y no lo tendrá.
Hablaremos más de Marcos cuando regrese, hay muchas cosas que tenemos que trabajar, juntos, como hermanos.
Gracias por todo, cuida mi anillo.
Mordred.»
Con la carta concluida, Mordred la enrolló en un pequeño tubo de madera que llevaba el lacayo en su cuello.
—Esta carta es para Mateo Mountgarten, ¿estuviste en el palacio de Lamora, no es cierto? —preguntó el príncipe.
El lacayo asintió con una sonrisa.
—En la segunda torre más alta está su recámara; si sentiste el olor que sale de ese lugar, ya sabrás cómo buscarlo.
Nuevamente, el lacayo asintió emocionado. Luego de preparar la carta, el príncipe tomó una pequeña porción del «Enkythen» que le obsequió don Franco y se la ofreció al lacayo como pago por el envío de la carta.
Rápidamente, el lacayo emprendió vuelo entre la lluvia, desapareciendo rápidamente al entrar en contacto con la luz del día.
«Gracias».
Aunque los pensamientos del príncipe se vieron interrumpidos por golpes en la puerta de su habitación.
(Gracias por llegar hasta aquí, subiré actualizaciones todos los domingos)
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