A dos meses tras el Año Nuevo en el Padang, los kulis visitaron el godown para el trabajo habitual.
Lucy estaba sentada fuera del godown, abrazándose dócilmente las rodillas con rostro inescrutable. Sin embargo, no estaba descansando.
Del interior de la tienda salían gritos y Bimo se dispuso a entrar.
—Solo son ellos—le comunicó ella indiferente.
Aunque Tan se sorprendió un segundo, luego se echó a reír para seguir trabajando.
—¿Es por ti? —se atrevió a preguntarle Bimo. No quería ahondar en posibles problemas conyugales con personas que no eran de su entorno familiar, pero Lucy vivía con los Wood y de seguro veía todo lo que podría estar ocurriendo.
Ella se encogió de hombros.
—Creo que es por más cosas. Todavía no puedo entenderles todo.
Cuando se giró hacia él, se le vio una huella de mano en la mejilla derecha, roja y chispeante.
—¿Qué te pasó?
—Me castigaron por hacer ruido—Lucy se encogió de hombros, como si él ya debiera saberlo.
Bimo miró sorprendido a Tan, quien también compartió su misma impresión. Bimo se fijó en la tienda, escuchando atentamente, y volvió a centrarse en Lucy.
—¿Quién? ¿El señor Wood? ¿Por qué?
—No, la esposa del Tuan—replicó molesta—. No me gusta, esa jalang—murmuró entre dientes.
—¿Ella…? —Sus ojos revotaron de la tienda y hacia Lucy de nuevo—. No digas eso, seguro solo…
—Siempre me pega, ¿no me escuchaste?—replicó Lucy con dureza, aunque sus ojos le transmitían una angustia que parecía contener con todas sus fuerzas.
—¿Quién dices que te pega? —Esta vez, el interesado fue Tan.
—La señora Wood—adelantó Bimo—. Bueno, está en su derecho, o eso creo —le dijo.
—¿Por qué? —gritó Lucy.
Tan puso una mueca de asombro y soltó una risa.
—Bueno, algo debió pasar… —tartamudeó Bimo, recordando las muñecas cubiertas de cenizas.
En el corto tiempo que llevaban juntos, Bimo había sido testigo del carácter brusco y a veces insolente de Lucy. Quizás ni ella misma se percataba. Cada pensamiento y emoción salían de su boca como una roca cuesta abajo, sin maldad. Seguramente sus amos fueron testigos y ahora solo se lo habían hecho saber. Podía ser duro la primera vez, es decir, a él también lo habían corregido de niño a pellizcos, y a Lucy le haría bien aprender a controlar su carácter. Y Meerna Wood… Debía ser una exageración de Lucy. Y si es que realmente la abofeteó, tuvo que haber un buen motivo.
—No son malas personas comparados con los esclavistas—replicó él.
—No —le replicó Lucy—. No lo entiendes.
Bimo sonrió.
—Mira —contestó—. Por lo que sé, puede que tus padres hubiesen sentido lo mismo. ¿Quién sabe? Tienes que pensar que la señora Wood es ahora como tu mamá, ¿de acuerdo?
Ella sacudió la cabeza.
Tan volvió deprisa a la carreta, como si huyera.
Y entonces, Bimo se dio cuenta de que ellos estaban allí con la puerta abierta, se dio realmente cuenta por primera vez de que quiénes eran Helmer y Meerna y lo que podían significar en la conversación que estaban manteniendo. Vieron cómo le cambiaba la cara. Pero Lucy siguió hablando, discutiendo.
Los miró de vuelta; los miró largo y tendido. Y entonces la tomó del brazo sin dudarlo.
—Demos un paseo—le dijo—. Tan, por favor vuelve solo.
—Ajá…
Miró a los dueños como si no pasara nada.
—Disculpe. Ya le bajamos todo, volvemos en un momento.
Lucy lanzó una mirada nerviosa hacia sus amos, sabiendo perfectamente por qué estaba ella tan asustada. Él también estaba asustado. Siempre lo estuvo. Lo que estaban haciendo, su amistad, era emocionante y estaba prohibido.
Bimo les dio la espalda y se la llevó con cariño.
Sabiendo por experiencia que Lucy no le contaría la verdad de inmediato, Bimo empezó con pequeñas preguntas simples, acerca de ese día. Pero en su lugar, Lucy le contó atropelladamente que estuvo todo el día sola en ese godown, que olía muy mal y por el miedo de estar sola y el asco por todos los olores se puso a llamar a su datuk… Entonces, pareció darse cuenta de algo y guardó silencio.
—¿Y después qué pasó? —insistió Bimo.
Lucy se apartó más de él apenas le preguntó cómo se llamaba su datuk.
De nuevo selló sus labios. De nuevo se sumergió en ese silencio muerto que lo llamaba a poner toda su paciencia si quería tratar con ella.
¿Y cómo la señora Wood le hizo ese golpe? Gritó porque tenía miedo, y entonces apareció la Mem y le tiró unas bofetadas. Su esposo entró corriendo y comenzaron a gritarse y ella escapó de ahí. Bimo decidió no hurgar en lo que Lucy pudo oír de la discusión, tan solo le dijo que la señora Wood no era mala; a fin de cuentas había sido ella la que le ofreció quedarse con ellos.
Caminaron un rato más hasta que consiguió subirle un poco el ánimo y la dejó regresar sola desde una esquina.
No alcanzó a preguntarle qué hacía sola en el godown. En realidad, no se le ocurrió.
Sintió cierto temor al dejarla así. Quizás los Wood tuvieran problemas, pero Lucy no necesitaba compartir sus problemas de adultos. Y quien fuera que fuese su kakek; su abuelo (datuk era grandfather; le costó recordarlo), a Lucy no debía gustarle mencionarlo: era un descubrimiento que a lo mejor lo guiaba a la procedencia de su amiga, aparte de toda la comida marina y su falta de pudor.
—Yo por eso te dije que no te metieras. ¿Te dije o no te dije? —se ufanó Tan.
Habían retomado su camino y en esos momentos se dirigían hacia Pecinan.
—¡Habría muerto o la hubieran devuelto al bazar! —objetó Bimo desde el barril de agua.
—Y no hace falta que sigas… cargando con ese problema como si fuera tuyo—respondió el hombre con una inusual serenidad de monje.,
Bimo gimió.
—Si tan solo me dijera dónde vivía antes…
—Bueno, tú no sabes en realidad cómo vivía antes, ni las circunstancias por las que se alejó de su casa. ¿O sí te lo dijo?
La verdad era que no. Ni se le había ocurrido. Fue como si acabara de percatarse de que había pisado arenas movedizas, pero que siempre estuvieron ahí ocultas en una niebla muy densa. De encontrar otro sitio para Lucy, ¿siquiera podría dar crédito a que fuera mejor que la tienda de Wood? ¿Estaría inconscientemente alejándola más de su hogar, por más malo que este hubiera sido? Esa idea lo aturdió. ¿Había sido malo su hogar?
Tan vio que se descorazonó:
—Ella no está sola. Tiene a dos adultos y ella es inteligente para sobrellevarlo. En esas cosas es mejor no meterse. Tú, escúchala, súbele los ánimos como hasta ahora, pero eso es todo lo que puedes hacer.
Bimo suspiró.
—¿Pero por qué alguien haría eso? —aludió lo de la bofetada. Ahora se le ocurría que quizás no sería la primera—. Solo porque ella… Es… Sería horrible.
—Uff, bueno… Una mujer adulta es suficiente para ocuparse de una casa del porte de esa tienda. —Tan viró la aguijada para que los bueyes doblasen la calle con él—. Pero si consigues una niña, puedes disciplinarla para ser una esclava obediente y más eficiente para el futuro. Es como entrenar a un soldado. He aprovechado el concepto en algún momento también.
No iba a seguir explicando, pero Bimo entonces le echó una mirada despectiva.
—A ver, Bimo; en teoría, nunca haría eso, es una exageración barbárica. Es decir, puedes conseguir el mismo resultado con una mujer joven y una pértiga de bambú sin tener que matarla de hambre, o si por unos katies extra tú alargaras la jornada hasta las ocho, pero sin cena incluida… ¡Lo cual tampoco haría! ¡Solo estoy diciendo que es un mal instructivo de enseñanza!
Los perros se alejaron del callejón para siempre, pero no así el mal olor. Por más que los kulis registraron la bodega en esos últimos meses, nunca encontraron la fuente, y finalmente supusieron que algún animal pequeño había muerto atrapado entre las paredes o bajo la madera del suelo.
Un día pasaba, Bimo trabajaba, aguardando con paciencia hasta volver a ver a Lucy y preguntarle por qué la señora Wood le mintió la última vez.
Dos días después de haber hallado a Lucy fuera del godown, Tan le informó que el ang moh les ordenó llevarse el viejo barril de agua, que ya tenía fugas.
—Pudo habernos dicho antes de llenarlo—se quejó Bimo. Ya no les guardaba tanta simpatía a los extranjeros y no se molestaba en ocultarlo.
Tan gruñó con acuerdo.
Ese barril llevaba ahí más tiempo que Lucy.
Cuando fueron por él, su amiga no estaba ni en la tienda ni en el godown. Bimo estuvo por preguntar, irónicamente, a Helmer Wood si estaría “limpiando las ventanas” o “en el correo”. Se calmó pensando que mientras más pronto acabasen de mover el barril, más pronto hablaría con Lucy.
—Vienes a trabajar, no a ligar—lo regañó Tan, más en broma que por disciplinarlo.
El barril estaba posicionado justo en la entrada a la trastienda. Para el dueño era cosa de abrir la puerta del godown y beber un poco de agua sin dejar el trabajo. Supuestamente el barril estaría vacío, así que los kulis no pusieron demasiado esfuerzo al colocar sus manos en la madera.
Cuando quisieron levantarlo, el barril permaneció clavado al suelo, como si siguiera con agua.
Emplearon más esfuerzo, hasta que consiguieron desprenderlo y tumbarlo para rodarlo hacia la salida.
Un olor nauseabundo brotó de un estallido, introduciéndose en sus bocas; Bimo contuvo una arcada con lágrimas en los ojos. Pensó en mariscos descompuestos, a sangre podrida. Tras el velo acuoso de su visión, aunque a oscuras, vio claramente una mancha negra en el suelo, tan redonda como el barril. Casi le recordó a los elegantes sellos de cera de las cartas inglesas, si no hubiera sido por las vísceras arrugadas y fragmentos de astillas. Al ver más de cerca, tuvo que reconocer que era sangre seca y huesos.
Acostumbrado a mantener su reticencia para los vivos antes que los muertos, Tan tomó un hueso y lo examinó, haciendo callar a Bimo de un gruñido cuando estuvo a punto de llamar a Helmer.
—Son de pescado—susurró tranquilamente.
Bimo miró hacia el sitio en donde había encontrado el cuenco con las muñecas.
Lucy tampoco estaba por ninguna parte.
Pusieron en silencio el nuevo barril. Lleno de incertidumbre, Bimo estaba con los oídos puestos en el piso de arriba, tan callado como sus dos dueños. Cuando llegaron a la calle ya era bastante tarde, y Tan dictaminó que pronto sería toque de queda, por lo que Bimo no pudo siquiera preguntar por Lucy.
Todo el trayecto se sintió como haber vuelto a Sago Lane y a su atmósfera angustiante, incluso si este era más limpio en cuanto a no dejar podrir los cadáveres o sus órganos por la calle.
Una parte de su mente razonaba que no debía temer de algunas vísceras y espinas de pescado; estaría actuando tan cobarde como dijo Mei Ying. Por otra parte, no sabía si podría esperar a reencontrarse con Lucy en cinco días.
Cuando llegó el día en que al fin podría reunirse con Lucy hacía mucho calor. Era de esos días en los que Tan madrugaba para guardar la carreta temprano y evitar el ardor del sol. Tras la mañana ocupada, a Bimo le quedaban solo un par de horas antes del toque de queda para llegar a Read Road. Las nubes cubrían el cielo y los árboles de Bukit Larangan. Bimo ahuyentaba las moscas alrededor de su cabeza con tedio cuando llegó a la tienda y empujó la puerta como un cliente más.
Oyó un tintineo y miró alrededor.
—¡Bimo! Adelante, adelante—invitó Helmer amablemente desde el mostrador. Estaba solo. Meerna estaría contando las ganancias del día en el despacho.
Bimo cerró la puerta y volvió a oír el tintineo. Hayó una pequeña campanilla arriba de su cabeza. Avanzando por el corredor, se le ocurrió cómo se sentirían los clientes de Wood, siendo observado por el dueño.
—¿Te gusta? La pusimos hace poco—dijo Helmer—. Lucy está ocupada, enseguida viene.
—Bien.
La señora Wood apareció en las escaleras. A Bimo le pareció que había estado esperándolo… Al verla de cerca, su aspecto era espantoso. Tenía heridas de rasguños por toda la cara, el pelo grasiento, pegado y con caspa. Y ahora sí que estaba seguro de que había perdido peso. Podía vérselo en la cara: las bolsas bajo los ojos, la piel estirada sobre los pómulos.
Aquella visión fue bloqueada por su peso al capturarlo en un abrazo que casi lo ahogó en sudor y perfume barato.
—¡Mi muchacho, no nos veíamos hacía tanto!
Sólo habían pasado tres días desde que él y Tan habían venido a poner el nuevo barril.
—También me alegra verla, Mem—respondió el joven cortésmente, liberándose.
—¡Míralo, tan trabajador! ¿Pero qué te trae por aquí? —preguntó la Mem con sus manos ahora descansando en sus hombros.
Bimo nunca se avergonzó de recibir tanto afecto de su parte, pero la Mem
lo ponía incómodo, aunque jamás podría decírselo; parecería descortés o infantil.
Sin embargo, decidió que no era grosero aclarar a lo que había venido; más a sabiendas de que ellos ya lo supieran…
—Vine a ver a Lucy, Mem.
La Mem asintió con una sonrisa de oreja a oreja, sin apartar las manos de Bimo. Este bajó la vista un par de veces, esperando a que ella le quitara las manos.
Helmer tosió un poco y su esposa parpadeó como si despertara de un sueño.
—Ven, hijo.—Lo arrastró suavemente hacia la puerta de vidrio sin decir nada.
Bimo supo que algo importante estaba pasando. Pero, ¿por qué ella lo arrastraría hasta la salida? Como fuera, no lo pensó más al ver la cara de la Mem… De nuevo empezó a acariciarle los brazos, mucho más duro que antes, hasta quemarle la piel. Vio sus ojos, ahora llorosos; pero no lloraba, trataba de no hacerlo al apretar su boca mientras una lágrima le corría por la cara.
A Bimo lo invadió un escalofrío al saber, sin palabras, que algo le había pasado a Lucy…
—Lucy escapó—musitó ella con voz sofocada.
Bimo disparó su mirada hacia el señor Wood, que había permanecido muy callado.
—Sí—confesó él secamente.
—¿Qué está pasando? —inquirió Bimo a su esposo—. ¡Estaba muy bien la última vez que vine!
Aún consiente del tono agresivo en su voz, no apartó sus ojos del Tuan.
Helmer permaneció parado tras el mostrador en silencio. Entonces su esposa le ordenó que subiera a terminar de contar el resto del dinero y se quedaron solos.
Bimo sintió un desconcierto quizás mayor a la vez que la mujer lo envolvió con sus piernas… Miró alrededor. La tienda estaba desordenada. No era lo que él llamaría sucio. Había paquetes sobre las mesitas y algunas legumbres secas en el suelo.
Para cuando la mujer separó sus labios secos y heridos, su voz tembló como una brisa atravesando una fina hendidura:
—Te prometo que jamás la pasó mal con nosotros. Y aun así me llamaba… me llamaba “puta”—aseveró entre dientes— y ponía otros nombres impropios a nuestras clientas… y… ella misma lo era sin que supiéramos…
—¿Que era qué…? —intentando retroceder, Bimo no entendía nada—. ¿Hace cuánto que se fue? —insistió.
—Ya han pasado varios días. No puedo decir si fue hace una semana. Fue hace tiempo… Ella no está aquí en este momento… ¡No somos malas personas! ¡Siempre vamos a la iglesia los domingos aunque no tengamos amigos! —aulló la Mem con el rostro encendido, hundiendo sus dedos en sus hombros.
Bimo no quería seguir oyendo hablar acerca de sus problemas personales, pero la señora Wood abrió su boca:
—Siempre hablaba mal de nosotros… ¡Te dijo que no esperaba un bebé! —Estaba molesta, y ahora sus ojos brillaron como agujas—. ¡La conocía como a mi hija! Iba a tener un bebé, estaba embarazada. ¡Embarazada!
Ahora Bimo estaba convencido de que la Mem se equivocaba, quizás solo en aquello, ¿pero y qué era todo lo demás?
—No lo estaba, fue un malentendido. —Quiso explicar lo mismo que Mei Ying le describió acerca de la raquítica mujer vagabunda, pero la señora no detuvo su discurso.
—Otro problema era que evadía sus quehaceres y nos estaba causando muchos problemas en general… También había estado haciéndole avances a hombres mayores que venían aquí, ¡por su dinero! —Esta vez clavó sus dedos en los hombros de Bimo hasta que este pudo sentir sus uñas.
—¿A dónde fue? —insistió Bimo, ligeramente enfadado. No quería seguir oyendo y le temblaban las piernas, pero no conseguía retorcerse sin que lo hiriera sus uñas.
—No lo sé. La última vez que la vimos la había castigado por no hacer sus quehaceres. Yo solo puse el tema en la mesa. Lo hice de la misma manera que cualquier madre que cuida de sus niños, la suya o de cualquier otra persona, por no hacer sus quehaceres. Lo de los hombres mayores… tuve que encerrarla en el despacho de arriba, tenía que mirarla como un halcón; tuve que encerrarla porque se escabullía a ese callejón. No vi… todo, pero ella sí estaba proponiéndose a hombres mayores por dinero. Si quieres…
—¿Realmente no sabe a dónde fue…? Me está haciendo daño…
Meerna gimió.
—No, mi muchacho…
—Bien. Me despido entonces—le cortó determinado, intentando en vano de zafarse—. Cualquier cosa que sepa se los haré saber.
Meerna respiró hondo, sin desprender su agarre. Bimo ahora podía sentir el sudor de sus palmas humedecer la tela de su camisa.
—Muy bien—respondió. Y en ese momento, Helmer bajó las escaleras—. Aquí está Helmer. Puedes preguntarle. —Lo miró—. Pregúntale qué hacía Lucy.
Bimo fue sutil al preguntar, aunque su persistencia de no liberarlo comenzara a enfurecerlo.
El hombrecillo que lo había recibido con una sonrisa momentos antes, en ese momento se encogió de hombros con una culpa casi infantil, sin atreverse a mirar a Bimo.
—Lucy… nos mentía siempre, y… cuando no la observábamos, se escabullía a la bodega y asaltaba la comida, e incluso había estado bebiéndose toda nuestra agua.
Bimo suspiró. No solía enfurecerse. Y menos cuando alguien se limitaba a decir la verdad. Más al recordar que hacía nada la Mem había abofeteado a Lucy en el godown. ¿Qué hizo Lucy para que la golpearan? ¿Llorar?, ¿maldecir?, ¿o algo como robar comida?
La Mem tal vez vio que pensaba y finalmente lo soltó.
Bimo dejó atrás el tintineo de la puerta. El sol apenas se había movido. ¿Cuánto tiempo estuvo? ¿Diez? ¿Quince minutos?
Se asomó al callejón y lo atravesó hasta el canal del río. Había un
kuli recogiendo una soga entre el múltiple cargamento del sampan y se le ocurrió preguntarle si había visto a una niña mestiza en esos días.
El tangren pronunció algo incomprensible, tan confundido como Bimo.
Olvidaba que no todos hablaban melayu.
Durante una semana entera, Bimo se fijaba en cada rincón de la ciudad, en cada mujer, en cada niña delgada o más alta de lo común, en pordioseras, en alguna señal con vida de Lucy. Pero sin ningún resultado, su corazón acabó por hundirse.
Lucy le había mentido y él, a su vez, no había podido ayudarla.
Sin embargo, la esperanza lo arrastró una vez más a la tienda de los Wood.
El manglar y una suave llovizna lo recibieron ante el umbral, recordando todos los momentos que compartieron estudiando y riendo.
Esta vez fue Helmer quien salió a recibirlo antes de que Bimo siquiera abriera la puerta.
El hombre tenía un ojo morado y sudaba profusamente.
—¡Deja de molestar o te demando por acoso! —lo empujó con el rostro rojo y echando saliva por los dientes.
Y cerró de un portazo antes de que Bimo pudiera defenderse.
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