Por la mañana del jueves el colibrí visitaría la flor china por última vez.
Lo supe apenas apoyé los pies en los mosaicos y un frío subió por la columna hasta clavarse a un palmo de mi corazón. Tuve entonces la certeza de que caería enferma. Crucé los brazos sobre el pecho, caminé hacia la cama y me dejé caer de lado. Tironeé con torpeza el acolchado para taparme hasta la nariz.
Mi mamá subió al rato a lavarse los dientes y abrió la puerta para espiar si aún dormía. Los sábados nadie tenía la obligación de saltar de la cama al alba.
Me encontró hecha un ovillo debajo de las colchas. Por encima del filo de la sábana asomaban mis ojos semicerrados. Probablemente reflejando alguno de los haces de luz colándose entre las lamas de las persianas. Castañeteando, murmuré:
—M- mamá, traeme una frazada. Muero de frío.
La mano en el picaporte empujó un poco más la puerta. Sus ojos se paralizaron sobre mí. Sobreprotectora, como siempre, corrió hacia su habitación y tironeó de su cama el cubrecama con el que me abrigaría. Recién entonces se sentó en el borde de la cama y, con las palmas, tocó mi frente y las mejillas.
—Estás con fiebre.
—No mamá. Estoy helada —balbuceé.
—Yo te siento caliente. Voy por el termómetro —dijo sin escucharme.
Con el ojo libre de los pliegues de la almohada, la seguí hasta que desapareció de la vista. Me vinieron imágenes de una historia que había leído en la escuela. Una de sobrevivientes de un vuelo que había caído en el Ártico; otra, de una tripulación de aventureros atrapados entre los hielos invernales de la Antártida.
Recordé que el calor del cuerpo se liberaba por la cabeza. Pensé en los varones de mi curso, encapuchados en invierno. Con esfuerzo asomé una mano para tironear mi capucha. El malestar creciente me restaba voluntad.
Una línea de luz sucedió a una sombra entre la flor china, alcanzando mi cara a través de la rendija. Un aleteo habitó por un instante el silencio de la habitación.
Los pasos de mi mamá sonaron apresurados. Sacudió el termómetro y lo acomodó debajo de mi axila entumecida. Un zumbido agudo la hizo mirar hacia la ventana. La sentí ensimismada.
—Tenés 40 grados. Tengo que bajarte la fiebre —dijo.
—Mamá —murmuré, agotada de temblar—. Estoy helada. No tengo fiebre. Voy a morir —gemí con dificultad.
—¿Qué decís, Mariana? No seas exagerada. Esperá que busco algo para bajarte la fiebre. Vas a ver que te vas a sentir mucho mejor.
—Ma —volví a jadear—. Me hielo. No te vayas.
—Ya vuelvo. Voy a buscar algo, esperá. Voy por unos paños.
—Quedate… —expiré con dificultad.
Con menos nitidez que antes, el mismo ojo la siguió.
Unos tip-tip-tip sonaron contra el vidrio de la ventana. Lo imaginé suspendido en el aire, moviendo las alas velozmente. Lo escuché golpear una vez más el ventanal. Luego se elevó. Pasó un colibrí, pensé. Me sobrevino un alivio inesperado. Un vacío enorme habitó el silencio. No sentí más frío en mi cuerpo, aún tibio.
El batido de las alas del picaflor dejó atrás dos flores rojas rozándose entre sí.
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