«Vultur» el Carroñero | Cuento de Terror Demonológico por Milagros Gomez

«Vultur» el Carroñero | Cuento de Terror Demonológico por Milagros Gomez

Milagros Gomez

20/11/2025

Dejé el cuello clerical en la barra, un poco rezagado, y con un whisky irlandés volví a reconsiderar mi carrera en el sacerdocio. Llovía. La madera del lugar rechinaba y, bajo la tenue luz, vi cómo las cubetas del bar se llenaban lentamente con el agua que caía del techo.

Afuera, el cielo parecía desmoronarse; el estruendo alumbraba más que las luces de la calle, y yo no estaba solo: él estaba nuevamente detrás de la mesa de pool.

Mirarlo me dolía. Algo de él pertenecía a mi padre: su soledad, su clase o la frialdad con la que me registra.

Movía mi vaso en círculos, aburrido. Pero él era emocionante de ver. Mis zapatos delataban mis temblores contra los tablones.

No había brillo en esos ojos, negros y vacíos. Pero su piel brillaba tanto como la luz sobre la mesa de pool. Fumaba, y el humo vagaba solitario, como él.

Lo miré innumerables veces y terminé romantizando su sutileza. Lo cierto es que nos rodeaba la misma inconformidad. Nuestros silencios hablaban en un idioma diferente.

La tormenta se intensificó y un último estruendo se llevó consigo la luz. El bartender, mi colega, mencionó que traería una lámpara de queroseno. Solía recordarla: de joven venía a menudo y estaba situada justo frente a mi silla. Ahora, en su lugar, se encontraba el retrato de su padre. Murió de tuberculosis, la misma enfermedad que acechaba a mi amigo.

Siempre recuerdo a su padre. Por las tardes también fue el mío. Me regaló una sensación hogareña que nunca tuve. Y habilidades de barista.

Pero ahora hay una tormenta. Truenos, goteras y un ruido más: pasos de unos zapatos pesados que provenían detrás de la barra. Encontró la lámpara, finalmente. Pero fue incómodo. Corrió la silla y se sentó a mi lado.

—Dame la lámpara —le dije.

Su respiración se escuchaba agitada, como la de aquellos animales del campo. Se iluminó la zona, pero no con la lámpara, sino con el fuego de un fósforo.

Era aquel otro hombre. Sus ojos no tenían color; eran negros y caídos, como los de un ciervo. ¿Qué le pasó? Esa piel ya no brillaba: estaba arrugada y fétida. Tenía un color amarillento, casi verdoso.

Guardó la caja de fósforos en el bolsillo y, tras una profunda bocanada, exhaló el humo hacia mi rostro. Comencé a toser, no solo por el humo, sino por el hedor a podredumbre. Y escuché su risa baja, amarga y burlona.

—¿Ya no puedes fumar, cierto? El cáncer te está matando.

Helado me quedé. Nadie más que el obispo sabe que estoy muriendo. No disimulé y me levanté, enrabiado. Pero el hueso de su pierna golpeó las mías. Me retuvo.

Tosió y prendió otro fósforo. Esta vez lo vi con mayor claridad: tenía un lunar, el mismo lunar que mi colega. Parecido a una garrapata, negra y verrugosa. Era su piel como la de mi amigo. ¿También estaba enfermo?

Presionando mi pierna, se abastecía de insultos y revelaba, en su charlatanería, mis secretos sexuales. Me llamó pedófilo. Preguntó qué hice con el último. Si habían sido cómplices las monjas o si, vagamente, lo arrojé a los yuyales.

Quería matarlo y, como acto reflejo, apreté el vaso hasta cortarme. Ya no me contuvo y me abandonó en la oscuridad. Se evaporó como la humareda.

Estaba desbordado. Así me bebí, a mi gusto, el whisky de la botella y esperé impaciente al bartender.

¿Y… qué es ese ruido? No son las goteras ni mi zapato golpeando el tablón. Era la ventana. Había un pájaro que quizá buscaba refugio. Parecía un buitre.

El cristal me ponía nervioso. No era de buena calidad: empañado, con grietas viejas. Se sentía hueco con cada picotazo. Tomé de más, pero los veía. Ahora eran tres… cuatro… ¿cinco?, ¿seis?… siete.

Fui a avisar. A quien sea que esté y se haga cargo de los gastos. Llamé a Nicolás, mi colega. Tropezando llegué. Mi vista, a estas horas, era deficiente. Estaba sentado, cabizbajo. La lámpara lo alumbraba.

—¿Qué te pasa?, ¿ya estás borracho?

El chiste me duró tan poco como la sonrisa. Borrosamente lo veo rojo. De lleno conduje mi mano a su cara y me empapé con su sudor. Eso pensé. Así que toqué, apreté y no comprendía la textura: estaba tibio. Deslizaba mis dedos y los hundía, sin querer, en una… ¿carne?

Era tiernita y se movía. Enfoqué mi vista y su piel no estaba; aquellos eran sus nervios. Lo moví y sus ojos aterrizaron en mi regazo. Incrédulo, me arrastré hacia atrás. Estaban reventados y se escurrían por mi ropa.

Instintivamente busqué la pared. Aterrado, volví a un estado embrionario: me puse en posición fetal. Mi mente me estaba jugando una mala pasada. Escuchaba:

—Vultur… Ecclesia numquam vultur exsulvivit.

Era la voz de un niño. ¿Me está hablando desde el infierno?

Vultur… lo recuerdo. Sé quién es: le negué el exorcismo. Sus padres me dejaron a su cargo para exiliarlo del hogar y nombrarlo huérfano. Dije que sí: en la casa del Señor nadie puede poseer su cuerpo. Y es verdad. Hasta que lo toqué yo.

Estaba loco, en realidad. Enfermó antes de ser abandonado. Y él veía buitres. Se acercaban a él, lo pellizcaban, ansiosos por verlo padecer.

Pero ¿por qué esto ahora? Acá solo llovizna; está cesando. Tengo que llevar este cadáver y esconderlo en los yuyales.

Escuché un último estruendo. Creía que iba a estar confinado en el lugar por más tiempo. Pero no parecía la caída de un rayo; se escuchaban revoloteos. Fue el vidrio, supuse: los buitres ingresaron.

Y tuve razón. Decenas de ellos, apabullados, ensordecidos por el hambre, se dispersaron por el bar. Sus graznidos eran raros; taponaron mis oídos.

No cambié de posición. Permanecía lejos de la entrada, en la oscuridad.

El hombre me encontró y puso su mano debajo de mis brazos. Me levantó.

—¡Aliméntense, hijos míos! —gritó.

Ninguna sensación como esta. Me sentí descarapelado: como una serpiente, capas de mi piel comenzaban a desaparecer. Me ensordecía más el ruido de su pico contra mis huesos. Unos estiraron mi lengua; otros destrababan mis dientes de cuajo.

Caí al suelo, sin resistencia. Perdí la noción del tiempo; no dormía, solo deambulaba mentalmente. Las goteras eran lo único que escuchaba.

Dejó de gustarme mi piel. Me reí. Era espeluznante mi sonido. Portaba una babosa en vez de lengua, pero aún podía hacer ruido.

Tenía un plan: me deslicé por la madera hasta sentir los clavos sobresalientes en el piso y comencé a frotar mi cuerpo contra ellos. Me arranqué partes de piel. Salían tiras y tiras de piel enferma.

Y entonces tuve una intromisión: oí una puerta. Alguien entró al bar.

Me levanté cojeando. Sentir sus pasos me dolía. Oía sus zapatos hundir la madera, sin tener noción de que me encontraba en el lugar. Pero él era emocionante de escuchar.

Algo me atrajo y me provocaba temblor: era hambre. Quizá se trataba de su voz; era grave, ronca y autoritaria. Como la de mi padre.

Un impulso animal recorrió mi cuerpo y me lancé sobre él. Mordí primero su nariz, luego sus labios; los destrocé. Quería ser él. Ver como él. Ser sano otra vez.

Y lo conseguí. Tomé su vida en el bar. Toqué su cara y, cuidadosamente, con un trozo de vidrio corté la piel circularmente, guiándome por la sensación en mi yema. Me acosté finalmente junto a su cuerpo y coloqué su piel sobre mi rostro.

Encajaba.

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