La dirección era Alameda San Lázaro 124. Puede sonar a un simple número de calle, de esos que se anotan en recibos de agua o en cartas viejas, pero para mí era una coordenada afectiva. Ese lugar estaba frente al colegio Calienes, donde yo hice mi kinder, aunque mis recuerdos del colegio se reducen a un amor infantil con una compañerita, una lonchera, la voz de la profesora y alguna siesta incómoda en el pupitre. Lo que sí recuerdo con nitidez es lo que había al frente: la casa de Georgina, mi bisabuela.
Decir “bisabuela” suena lejano, como hablar de alguien en sepia. Pero Georgina no era un retrato antiguo: era vida pura, cariño en estado sólido. Su casa era una fábrica de olores que todavía viajan conmigo. El dulce de membrillo burbujeando en la olla, con ese aroma dulce y ácido que parecía perfume de infancia. El té cargado, oscuro, espeso, tan fuerte que uno sentía que podía curar cualquier cansancio. Y el pan de tres puntas de Ripacha, tibio, recién horneado, que se comía caliente, con mantequilla que se derretía en segundos.
Uno podía llegar a la Alameda San Lázaro solo siguiendo la nariz. No hacía falta preguntar a nadie: los olores señalaban el camino. Y al cruzar la puerta de madera, no había protocolo: de frente venía el abrazo. Georgina no saludaba con palabras, saludaba con los brazos. Abrazos largos, apretados, que dolían un poco en las costillas pero que dejaban el alma acomodada. Era como si en esa casa uno estuviera autorizado a sentirse querido sin condiciones.
Lo más hermoso era ver cómo mi papá, el Gato Mayor, se desarmaba frente a ella. Para él, Georgina no era “su abuela”. Para él era mamá. Así le decía, con toda naturalidad y con un amor que pocas veces le vi demostrar en voz alta. Y cada vez que él la visitaba, se repetía un ritual sagrado: Georgina lo recibía con una taza de caldo, con su rodaja de rocoto. No importaba la hora ni si había comido antes: en cuanto lo veía, sacaba una taza blanca, la llenaba de ese caldo que hervía en la olla del almuerzo, y se la ponía delante.
Ese gesto era más que comida. Era una caricia líquida, un código secreto entre ellos. Mi padre tomaba ese caldo con la gratitud de un niño y la solemnidad de un adulto que sabe que en esa taza está servida la ternura de su madre. Yo, mirándolos de reojo, aprendí que a veces el amor no se dice: se sirve caliente, con hueso, en una taza humeante que sabe a hogar.
Y como si la vida quisiera añadir un toque cómico a tanta devoción, había una coincidencia de calendario: mi mamá y Georgina compartían cumpleaños. Las dos nacieron el 3 de mayo. Ese día, la casa de San Lázaro se llenaba de velas, flores y tortas duplicadas. Mi papá quedaba atrapado en la escena más graciosa de su vida: cantar el “feliz cumpleaños” a su esposa y a su abuela al mismo tiempo, con el mismo entusiasmo, como si el destino lo hubiera puesto en una prueba de equilibrio emocional. Yo lo recuerdo, torpe y cariñoso, intentando soplar velas con ambas, sin quedar mal con ninguna.
Para mí, niño de kinder en el Calienes, esas celebraciones eran un espectáculo. Mientras mis compañeros se iban a sus casas después de clases, yo, muchas veces, cruzaba la calle y entraba a un universo paralelo: mesa larga con mantel tejido a crochet por ella misma, platos servidos en fila, risas que hacían eco en las paredes de sillar. Y sobre todo, olores. Porque si algo define una casa de verdad son sus olores. Y la de Georgina tenía el suyo: mezcla de pan caliente, membrillo cocido, té humeante y ese caldo milagroso que nunca faltaba.
San Lázaro, con sus calles adoquinadas y sus faroles que parecían siempre a punto de apagarse, era el marco perfecto para esas escenas. Un barrio detenido en el tiempo, donde las paredes contaban historias y los vecinos todavía saludaban por nombre. Pero para mí, todo se resumía en la casa del 124. Esa casa olía a amor.
Hoy entiendo que los olores son los recuerdos más tercos que tenemos. Uno puede olvidar fechas de exámenes, direcciones, incluso caras. Pero nunca se olvida del olor de la casa que te hizo sentir seguro. A veces, en algún rincón del mundo, alguien hierve un té demasiado fuerte, o me cruzo con un pan tibio envuelto en servilleta, y ahí está: de golpe regreso a San Lázaro, al 124, a la puerta de madera que se abría directo a un abrazo de abuela.
Y en ese recuerdo siempre aparece él: el Gato Mayor, convertido en niño frente a Georgina. Llamándola mamá, recibiendo su taza de caldo con la devoción de quien recibe un tesoro. Esa imagen me quedó tatuada más fuerte que cualquier foto.
Las casas cambian, se venden, se remodelan o se caen. Los barrios envejecen, los colegios se pintan de colores nuevos. Pero los olores… los olores no obedecen. Se quedan, tercos, como fantasmas buenos. Y el de San Lázaro 124 es uno de esos fantasmas que me acompaña siempre: huele a dulce de membrillo, a pan de Ripacha, a té cargado, a caldo recién servido… y a abrazos que no se acaban nunca.
Porque al final, más allá de las direcciones o de las fechas, la verdadera herencia es esa: la certeza de que hubo una casa que olía a familia. Y que allí, entre tazas de caldo y abrazos apretados, aprendí que el amor puede ser tan simple como decir “mamá” con el corazón lleno, aunque se trate de tu abuela.
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