Para variar, Azucena estaba regresando a su casa tarde, había caído la lluvia y qué mejor oportunidad de refugiarse con Katia y Tere en un túnel del centro donde está uno de los tianguis más entretenidos por las cosas asombrosas y raras que ofrecen. Había un dije extraño con doble imagen por un lado tenía un santo “San Ignacio de Loyola” con relieve y por otro lado el “Santo enmascarado de plata”.
— ¡Qué cosa más rara! — Les decía a sus amigas.
—Sí, hay que seguir viendo, al fin está la lluvia fuerte, sugirió Tere.
Y así seguían de manera divertida, y en ratos conversaban sobre las novedades de la escuela y la forma como Armando el pretendiente de Tere no daba el “paso uno” para lograr acercarse a ella, o sobre el próximo partido de básquetbol, donde era necesario considerar las estrategias del equipo de segundo B, que era contra el que iban a jugar el viernes en el campeonato interno, para de ahí ir al estatal. Había tanto que comentar, no alcanzaba el tiempo por lo que ameritaba llegar algo tarde a la casa.
Como todos los días, Rosario daba el último toque de limpieza a la oficina de Fernanda, una psicóloga, quien fungía como directora del colegio Nuevo Brighton, una de las preparatorias de más prestigio en la ciudad.
—¡Rosario! Qué bueno que te encuentro— Le dice Fernanda con entusiasmo pero sin mirarla a los ojos, en busca de algo en su bolsa al llegar a la oficina.
—Dígame doctora, ¿se ofrece algo?— Contesta Rosario con una expresión de disponibilidad, levanta las cejas bien marcadas en su tez morena combinada con unos pliegues recién formados por la edad, que representa a una mamá cuya hija mayor, Azucena tenía 16 años, todo en conjunto, daba una señal de que respondiera para continuar la escucha.
—Voy a darte una noticia, mira, después de haber tenido una reunión con el Consejo Técnico, se aceptó que a tu hija se le otorgue una beca para que haga en esta institución sus estudios, ¿qué te parece? Tú has dado mucho a esta institución y es lo menos que podemos hacer —le dice con un tono de empatía sin perder su compostura formal, impecable, con su traje de trazos exactos a la medida de su cuerpo que le daba elegancia en cada movimiento.
—¿De verdad, doctora? Esa ha sido una de mis ilusiones. Ya quiero ver la cara de Azucena cuando le diga, sé que le va a dar gusto.
Ese día a Rosario se le hizo largo el tiempo para llegar a casa y contarle a su hija que próximamente estaría en uno de los colegios de más prestigio en la ciudad de México.
Cuando Azucena llegó a su casa, no recibió regaño alguno por la tardanza, pues su mamá no quería “aguar» el momento para darle la sorpresa.
—Hija te tengo una noticia.
—¿Qué pasó, cuando menos es algo bueno?
—Te darán una beca para que puedas estudiar en la preparatoria donde trabajo, no tendremos que pagar nada.
—Pero mamá, yo no quiero ninguna beca, yo no la he pedido, me siento contenta en la escuela donde estoy, tengo mis amigas.
—¿No te das cuenta? Es una gran oportunidad.
Azucena, en lugar de sentarse a comer con los demás; que aparte de Rosario, estaban Beatriz y Saúl, sus hermanos menores de doce y nueve años, subió a encerrarse en su habitación, poniendo la música a todo volumen. Quería estar sola, ni los mensajes de celular tenía ganas de ver.
Ya casi finalizaba el primer año de preparatoria, la idea de Rosario era que, al empezar el segundo grado, Azucena ingresara a la escuela que le otorgaba la beca.
Fueron días recurrentes de insistencia por parte de Azucena, tratando de convencer a su mamá de no aceptar la beca y de que la dejara en la escuela donde ya estaba, pero fue inútil, a falta de su papá tenían carencias económicas, y el argumento era que por egresar de esa preparatoria ella iba a tener más elementos para poder ingresar a la universidad. Una cosa que no le dijo, es que ella pensaba que al estar ahí su hija, iba a rodearse con “gente de bien”, educada, alejados de sectores delincuenciales o de adicciones, como llegó a escuchar sobre casos con estas características en algunas preparatorias públicas.
Azucena prometió a Katia y a Tere, que no iba a dejar de comunicarse con ellas, las tres estarían preparándose para entrar a la universidad, y tomarían un curso de inglés para estar juntas por las tardes, pues les gustaba la música en inglés y pensaron que era una buena idea estudiar el idioma más en serio, entre tantas cosas que querían hacer.
Desde el primer día en la preparatoria donde recibió la beca, Azucena extrañaba a sus amigas, en cada oportunidad les mandaba mensajes de WhatsApp para decirles de su nueva escuela, empezaron las clases y todo parecía estar bien. La situación empezó a verse irregular cuando en el momento de formar equipos, sintió que nadie quería estar con ella, considerando incluso que no era la única recién llegada que viniera de otra escuela.
La maestra Selene, desde un inicio sintió empatía por la nueva alumna e intentaba contrarrestar el hermetismo que a veces se sentía en el grupo a causa de su incorporación.
—Qué pasa Azucena, ¿por qué no te has integrado en ningún equipo?— Dijo la maestra Selene dándole una palmada en el hombro, mientras, Azucena disimuló que estaba distraída y que no se daba cuenta que ya estaban formando equipos.
— Ah, sí ya voy.
La maestra la tomó de la mano y la integró a un equipo.
—Chicos, Azucena se incorporará en este equipo, pónganse de acuerdo sobre el proyecto que van a realizar.
Eran Silvia, Isabel, Andrés y Ricardo los del equipo y nada más se cruzaron miradas entre sí, pero no dijeron nada.
Para el proyecto, tenían que hacer un reportaje, visitar el museo Soumaya, y hacer entrevistas y fichas de algunas obras de arte. Quedaron de verse el sábado a las diez de la mañana.
—¿Saben? Hay que estar puntuales, saliendo podemos ir a las tiendas de la Plaza Carso, en Polanco ¿Cómo ven?— Lo dijo de manera contundente Ricardo.
—Órale wey, va— contestó presurosa Silvia.
Para Azucena fue el principio de un viacrucis de acoso silencioso, aunque no lo queramos ver así, siendo chilanga, amante de la ciudad de México, conocedora de la gente, nunca se había sentido tan incómoda andar con sus nuevos compañeros. Desde que llegaron al museo, las miradas de cómo iba vestida con sus pantalones de mezclilla desgarrados, su playera que claramente no se veía que fuera de “marca” como las que ellos usaban “ o sea, qué atrevimiento salir así”.
Cuando entraron al museo, pareciera que no iban con Azucena, ella conversaba consigo misma a través de su libreta deslizó el bolígrafo como un desahogo que en lugar de dar golpes a una almohada, encontró sabor a lo que escribía. Al final, no le encontró sentido haber ido juntos, se supone que tendrían que conversar sobre sus opiniones al arte y fue totalmente ignorada. Pensando en que esa incomodidad iba a desaparecer, que tal vez ella se estaba sugestionando, siguió con ellos en el centro comercial ubicado al lado del museo, ¡pues fue peor! Miren lo que pasó:
—¡Hola Richie!
—¡Qué tal Catherine! Mira, te presento a Isabel y a Silvia— Contestó Ricardo al encontrarse con su amiga e ignorando por completo a Azucena, que estaba en ese instante volteando hacia donde estaba una tienda de deportes.
Catherine saluda, sin dirigirse a Azucena, confirmando esta última que lo que había empezado en el museo iba a continuar así, y se complementó con diálogos entre ellos hablando de lo que les gustaba de las tiendas y de los últimos celulares, ¡como si ella no estuviera! por lo que decidió desaparecer de ahí.
Azucena elaboró su informe para la tarea y la entregó a la maestra.
—Era en equipos— Aclara Selene.
Azucena, se quedó sin decir nada, y dejó el trabajo en el escritorio.
En el receso, se empezaron a formar grupos para platicar y Azucena, nuevamente seguía sola, sin embargo se sintió bien cuando su mamá pasó llevando unos materiales de la dirección de la escuela a un salón, fue tal el gusto que le dio, que se acercó a ella, tomó una parte del material y le ayudó.
—Mira esta loca, se pone a trabajar con Chayo, la intendente ja ja ja
—Sí, es muy extraña, mejor debería de regresar a su rancho, aquí no la va a hacer.
Pasaron seis días cuando se enteraron que era la hija de Chayo, la intendente.
—Ya viene la superintendente, perdón, la subintendente— dijo Alfredo, otro compañero soltando una carcajada.
Era cierto que en esa escuela no se veía en apariencia que los alumnos fueran agresivos como agarrarse a golpes, insultar a compañeros, amenazar, cortar el pelo o esconder las cosas, nada de eso, era una forma que no iba a poder explicar a su mamá de cómo se estaba sintiendo.
—Mamá, ya no quiero ir a la escuela. No me siento a gusto. Extraño a mis amigas.
—Pero qué te hicieron, dime si te han insultado, puedo hablar con la directora.
—Ni se te ocurra, no seas ridícula, ya parece que voy a ir de chillona, simplemente no soy feliz en la escuela, ¿No es suficiente?
—Pues no me convencen tus argumentos y te aplacas— Terminó la conversación Rosario cerrando la puerta del cuarto de Azucena.
Lo extraño es que los estudiantes se llevaban bien con Rosario, la saludaban, le pedían favores, era un tanto popular, les llegaba a contar algunas anécdotas, ellos sabían que sus padres originarios de un pueblo de Guerrero, se llama Tetipac, llegaron a la Ciudad de México poco tiempo antes de que ella naciera; justamente en el año de 1968, en la época de las olimpiadas y de las tensiones derivadas de la represión del movimiento estudiantil en Tlatelolco.
Para colaborar en la revista digital de la escuela, las secciones fueron distribuidas a los equipos, y la maestra, vuelve a notar que nadie había considerado a Azucena para incluirla en su equipo, hasta a ella le incomodaba que lo hicieran de manera forzada.
—Azucena, a ti te voy a encargar que hagas la editorial de la Revista, ¿De acuerdo?
—Está bien—Respondió Azucena.
Éstas fueron las dos únicas palabras con las que contestó, y siguió escribiendo, era lo que hacía siempre o leía cuando ya no quería seguir con la conversación.
No todas las actividades tenían que hacerse en equipos, Azucena disfrutaba más del trabajo individual, en la clase de matemáticas donde el maestro Rafa, se concretaba en poner un problema matemático a resolver, y cada uno se tenía que concentrar en resolverlo, no tenía que soportar el rechazo no hablado por parte de sus compañeros. Era una especie de preparación para el examen que ya se aproximaba, donde se les presentarían problemas matemáticos similares.
—Concéntrense muy bien, porque no quiero reprobados, ya saben que si se van al extra les va a costar trabajo salir— Les advertía Rafa.
Azucena extrañaba al maestro Martín, de la anterior escuela, por la forma divertida de enseñar matemáticas, no tenían que competir, cada quien resolvía el problema y decía cómo lo había logrado a los demás, reflexionaban sobre ello, lo analizaban como unos detectives en busca de explicaciones y de ahí salían nuevas estrategias de solución, luego ponía retos tomando en cuenta las medidas del salón u otros lugares dentro y fuera de la escuela, ¡hasta del espacio! formulaba una ecuación de segundo grado, o de búsqueda de resoluciones trigonométricas a través de problemas y proyectos.
De estas cosas platicó Azucena con sus amigas de siempre, cuando se vieron en la Alameda, lo decía con mucha nostalgia y continuó ante la pregunta de por qué no convencía a su mamá de salirse del colegio.
—Es que no es fácil explicarlo, no puedo decirle a mi mamá que me discriminan por ser su hija, si le platico sería darles voz, cuando que yo reconozco el trabajo digno que hace con tanto esmero, no la quiero lastimar con prejuicios tontos de otros. ¿Saben? No me insultan pero claramente me rechazan, me ven como “la rara», y lo sentí aún más cuando todos supieron que mi mamá es la intendente. Yolanda que es la única que un poco me habla, me comentó que han tenido varias reuniones entre amigos y a mí no me invitan, critican también la colonia donde vivo.
—A mí me pasó algo parecido, bueno no a mí, a mi mamá, pero tengo la misma sensación— Aseveró Katia.
—Pues qué pasó— Apresuró a contestar Tere.
—Resulta que mi mamá trabaja en un residencial de Santa Fe, y tienen la disposición en ese lugar como acuerdo entre vecinos que las trabajadoras domésticas no pueden andar en las calles ni en los jardines que “embellecen” el lugar.
—¡No mames! eso es indigno, ¿y nadie hace nada? —contestó con impotencia Tere.
—¡ja! nada más falta que digan que no quieren verme en la escuela. Bueno en el salón, porque en la escuela tal vez si les caiga bien si hago el quehacer junto con mi mamá.
—¡Qué ridículo!
—Y mi mamá dice que la quieren en la escuela, tanto alumnos como maestros. Sí, ha de ser mientras les haga el quehacer y limpie lo que ensucian ¿no creen? — continuó acongojada Azucena.
—¡No manches! Se sienten superiores únicamente por tener lana, ¡Están engañados de una realidad que no es!— le secundó Katia.
—No todos son así, pero la mayoría se suma a esa inercia. No dejan de verme como una persona inferior, no se vale, viven en su burbuja. Muchos de ellos, solo hablan de las empresas de sus papás a la que ellos se van a hacer cargo. Con decirles que hay quienes nunca se han subido a un transporte público.
—No me digas, wey, que aburrido, ¡de lo que se pierden! —continuó Tere con una carcajada.
—Conociendo lo que traen en sus entrañas, no quiero ni mendigo su aceptación, no me identifico, más bien me dan lástima, gente tan vacía que ni conocen su historia — Concluyó Azucena.
Lo que para Azucena fue el colmo, sucedió al día siguiente, ella reconocía que no todos los de la escuela la excluían, pero eran cómplices porque por quedar bien con los demás, no le ofrecían su amistad, solo la saludaban o platicaban cosas banales, deseaban ser aceptados por la mayoría. ¡Están dormidos! Necesitan ayuda. Ellos están mal.
Así fue cuando no soportó una plática que se generó en el salón, empezaron a hablar esta vez no de marcas de productos, sino de cómo trataban a las trabajadoras domésticas en su casa, cada uno habló de una de ellas, hasta mencionaron apodos, y que se acababan el yogurt, otro que sus chanclas, y el último imitó cómo hablaba una de ellas, al mismo tiempo que decía: ¡es una india! Empezó a sentir que todo retumbaba, así como diría Silvio Rodríguez, “sintió en su cabeza cristales molidos”, salió corriendo del salón y sin avisarle a Rosario se fue a su casa.
Aunque ya había sucedido en varias ocasiones, su cuarto se convirtió en una gran refugio, nuevamente quería estar sola, se puso a escuchar su música, tenía una deuda de libros que le habían prestado, y empezó a tomar uno tras otro, sin parar, tomó otros que le habían regalado, no quería casi ni comer y seguía y seguía leyendo sus novelas, cada vez sentía un caparazón más grande que la protegía, había una novela que le estremeció, con la que se identificó, se trataba de un adolescente, que su mamá tenía cáncer, y se hacía amigo de un monstruo, ¡ah sí! así se llama el libro “Un monstruo viene a verme” de Patrick Nessel, el protagonista tenía trece años estaba sumido en una depresión y para colmo en la escuela lo molestaban, y ese monstruo le daba fuerzas, que lo hacía sentir gigante, “qué trágico lo que le pasa a Conor, el de la novela” se dijo a sí misma. “Su mamá va a morir, no se vale, es muy triste”, y empezó a llorar a más no poder.
Ella sabía que la mejor manera de salir adelante era no tener miedo, no sentirse insegura, como pasó con Conor, tenía la inteligencia, una arma poderosa que la acompañaría para enfrentar cualquier situación, confirmó que los que tenían el problema eran los que la hacían sentir mal. Entonces ¿por qué sentirse mal si ellos son los que necesitan ayuda? ¿Será que se necesita pensar en cómo ayudarles para comprenderlo? ¿A dónde los dirige esta superficialidad? ¿Cómo eliminarán la brecha que tienen para ser humanos de verdad?
En una reunión donde se citó a padres de familia, los alumnos tuvieron que esperar afuera, mientras; algunos jugaban básquetbol, otros con el celular, o simplemente platicaban, esta vez, Azucena prefirió no esperar a su mamá e ir a ver a sus amigas. En esa reunión quienes asistieron en su mayoría eran mujeres, y muy pocos hombres, cuando llegó Rosario como otra madre de familia más, se le quedaron viendo de una manera diferente que a las demás personas que iban llegando, conforme se movía sentía como si se tratara de una cámara de video vigilancia, con sus miradas, le seguían los desplazamientos que daba, algunas se veían entre sí, moviendo la cabeza preguntándose qué hacía ahí la intendente de la escuela.
En toda la reunión Rosario se sintió extraña, nunca había experimentado tal incomodidad, se escuchaban cuchicheos de personas que la volteaban a ver, ya quería que terminara. Ni siquiera intentó opinar, se le vinieron a la mente varias imágenes de Azucena, como una especie de flashazos, su semblante y las diversas maneras para decirle que no era feliz sin poder explicarlo bien. Lo había entendido, qué fuerte saber que había escenarios así, que incomodan, no le dirigieron la palabra ni para salir de la curiosidad de por qué ella estaba ahí, no se quisieron tomar esa molestia, pero al final lo supusieron y eso no les era de su agrado.
Cuando terminó la reunión Rosario respiró mejor, ya quería llegar a su casa para darle la nueva a Azucena, pero esta ocasión para decirle, que en cuanto ella quisiera, decidiera cuándo regresar a su escuela anterior.
No lo pensó dos veces Azucena, con gritos les llamó a sus amigas para darles la primicia. Antes de dejar la escuela, subió su trabajo para la revista virtual que le había encargado la maestra Selene. El día que se publicó, todos los del grupo se apresuraron a entrar a la página, pues ahí subiría el maestro Rafa el nombre de quien iba a representar a la escuela en el concurso nacional de matemáticas, pero todavía fue mayor el intercambio de WhatsApp entre ellos para compartir la sorpresa de que Azucena era la que había obtenido la más alta calificación y era ella la que tendría que participar, ¡no lo podían creer!
—¿Ya vieron quien va al concurso de Matemáticas?— Comentó Silvia poniendo un emoticón de admiración.
—No es posible, debe haber un error—Afirmó Ricardo con otro emoticón de desconcierto y un sticker de un dragón moviendo la cabeza de no aceptación y echando fuego.
Pero eso no quedó ahí, al final tenían que seguir con sus intercambios de opiniones, emoticones, stickers y gifs cuando leyeron el texto que había colocado Azucena en donde iba la editorial de la revista virtual de la escuela:
A quien corresponda.
Me llevo de esta escuela grandes enseñanzas, aprendí que así como en “La guerra de las galaxias” cada quien tiene que construir escudos para la defensa, sé que las violencias que viví, eran parte de su programa, sé que lo hicieron con buenas intenciones, el dejar que los demás se burlaran de mi condición económica, y de venir de un pueblo, querían señalar para sentirse superiores, pero mis otras escuelas, mis amigas, mi mamá, el pueblo de donde uno es, es un gran tesoro de sabiduría y encantos que no han tenido la oportunidad de conocer, les agradezco porque reconocí quién soy, tengo material para escribir una historia. Siento solidaridad por la gente tan pobre en virtudes, inteligencia y sabiduría, todos tenemos una carrera importante a la que vamos a llegar, es el poder lograr formarnos como un ser humano o humana… ustedes son víctimas, también tienen tesoros pero no lo han descubierto, van a poder lograrlo; por lo pronto gané el que reconocí quién soy, me han ayudado, y también tienen esa posibilidad.
Mis recomendaciones; un tour a los pueblos de alrededor de la ciudad, es algo así como la película “Juego de tronos” la infinidad de aventuras que encontrarán, ir a nadar a alguno de sus ríos, caminar entre montañas, subirse al transporte público, al metro, ir a los mercados, a la fonda, a los tianguis, será una gran hazaña, y verán la cantidad de anécdotas que podrán encontrar y contar, cambiarán sus ideas si estos los combinan con una de las novelas como “El héroe perdido” “Los tres mosqueteros” vaya que son aventuras. Anímense. Me voy de esta institución, pero cuenten conmigo, los invito a un paseo a mi escuela, y al pueblo de mis ancestros, a los pueblos de sus ancestros, otra gran hazaña, similar a las emocionantes andanzas de “Avatar”, van a reconocer las dimensiones de este mundo y los valores de nuestra tierra, la magia y entendimiento de lo que somos, lo propondré a la dirección de esta escuela. ¡Gracias!. Atentamente Azucena. P.d. Este mensaje no va dirigido a todos, sino a quien corresponda.
Pasó el tiempo y Azucena se convirtió en una escritora reconocida, tenía una web literaria con cientos de seguidores, donde muchos de los asiduos visitantes que esperaban sus publicaciones fueron sus compañeros de la preparatoria que marcó un pasaje de su vida.
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