Lo primero fue la oscuridad. No la oscuridad serena de la noche, sino una negrura pesada, húmeda, que olía a tierra mohosa, a orín rancio y a algo dulzón y nauseabundo que no logró identificar. Emaecilda –aunque ese nombre aún no significaba nada para la conciencia que luchaba por emerger– abrió los ojos sin ver....
Seguir leyendo
12
0