Imploré tu ósculo santo, mas tu ignívoma boca pudo sino excomulgarme de tu religión, y aunque te recé ocasos y amaneceres, no hallé solaz en tu oración. Estas hirsutas palabras no encontraron a la diosa en que te convertí, y que ahora me arrojaba al infierno de tu desprecio, intentando escapar del Estigio, fallando enrevesado...
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