Veo por la ventana.

Corre viento.

Las hojas bailan con un particular movimiento.

Entre las nubes de repente se cuela un rayo tímido de sol, toca mi reflejo en la ventana tan solo unos segundos y se escapa, cómo quién descubre algo indebido.

Todo se vuelve demasiado interesante y curioso cuando hay cosas que hacer.

Cosas, bien, que sabemos que no queremos realizar del todo realmente.

Tengo que bajar la vista de la ventana, del viento del movimiento de las hojas del rayo de sol.

No es posible concentrarme, necesito calmar mis pensamientos colibríes que van picando cada flor de ideas que crecen en mi cabeza.

Té, un té me calmará.

Arreglo mi escena para el deber, voy por una taza de té, azúcar, cuchara.

Nada me va a desconcentrar.

¿Hay acaso algo más irritante que se hunda el hilo que carga la bolsa del té en el agua?

¿Hay acaso algo más complicado que sacar el hilo que carga la bolsa del té en el agua?

¿Hay acaso algo más desalentador que ver que ni siquiera un té sale como lo esperado?

Tengo que sacar el hilo alborotador de mi té y mi calma.

Cuchara en mano, no puedo atraparlo, me siento pescando en vano la caña con un pez.

El hilo se pierde entre la turbiedad, no puedo verlo, tengo que acercarme más a la taza.

Me encuentro un reflejo, se parece a mí.

Busca impedir que llegue a ver el hilo, me hago a un lado y se corre conmigo, trato de mirar rápido pero se precipita y mira conmigo, su mano detiene la mía, es todo, he perdido el hilo.

Hay algo sin embargo, en el reflejo que me llama.

Me invita a desafiarlo de nuevo.

Es entonces, cuando sin pensar meto rápidamente mi mano en la taza, lo que siento es increíble, el reflejo no me ha detenido, y la taza no tiene límites curvos que lógicamente contienen al té, no, es más, puedo estirar mi mano entera y girarla, no choca con nada.

Aún así, no siento el hilo.

Quizás tendré que abrirme más camino, ¿Qué tan lejos pudo haberse hundido?

Con los dedos de la otra mano, sujeto el borde de la taza y como quién trata de ponerse un chaleco por el cuello elasticado, lo estiro para poder mirar mejor.

Y, por qué no, meter mi cabeza.

Desde la silla donde me sentaba el empujón de mis piernas vino de un impulso involuntario, caí de lleno a la taza.

Siempre me había preguntado como sería flotar en el agua donde disuelven acuarela.

Esta acuarela disuelta sabía a hoja, y era de color eterno.

Sí, ese color como entre nostálgico y arena.

Como entre otoño y añejo.

Hoja de libro viejo.

Entre las hojas me encontré con una oleada, me llevó a una costa morada.

Le pregunté a los cangrejos y caracoles si habían visto un hilo de bolsa de té, los cangrejos me miraron y sospechosos caminaron de lado, y los caracoles hablaban en ecos, y yo les oía en vacío.

En la costa, había un puerto, en el puerto un cantante, trinaba al son de un instrumento de cuerdas.

¡Cuerdas! Pensé; ahí debe estar el hilo.

Me acerqué, le pregunté por el hilo del té, me dijo que para suerte mía, el instrumento estaba hecho de todas aquellas cuerdas de té perdidas.

Pero, para suerte mía, también me dijo que recién afinado no necesitaba hilo de té extraviado.

Fui a parar al hogar de una tejedora, extraño era que tejía con algodón de azúcar.

Guantes de cariño y chalecos para enamorados, no creo que el hilo del té le fuera útil para algo.

Antes de salir, me dijo que para que no se me volviera a escapar el hilo, lo atara al dedo más chico, y que si quería ella me tejía uno, sólo necesitaba que fuera a la costa en busca de los cristales de azúcar que decantaban al revolver el té, ella los refinaría para hacer algodón.

Supongo que era tanto el deseo de salir con el hilo que ya no importaba de que fuera, sólo quería tomar mi té en paz, así que caminé devuelta a la costa, y con una cuchara al hombro iba buscando los cristales de azúcar.

Triste fue ver, que el azúcar se había convertido en nácar, adornaba de color morado toda la costa, ya no tenía materia prima para un hilo nuevo.

Me senté entre los caracoles a pensar en donde buscar.

Vi un manojo de burbujas pasar, unidas por un hilo.

Lo seguí por muchas partes, cuando todas reventaron el hilo tomé, y en mis manos reventó, era burbuja también, desinflada, pero burbuja y no hilo.

Me detuve a mirar el tiempo que había perdido, me encontré sin reloj.

En una pared cercana mis oídos sintieron un tic-tac.

Un reloj de cuerda era.

Quizás mi hilo da el tiempo aquí.

Tiré de la cuerda del reloj y me di cuenta que era una cuerda infinita, y el segundero no paraba de girar, como planeta en su eje.

Claramente no era el hilo perdido.

Caminé en círculos por los números del reloj, y mientras más caminaba, no sólo pasaba el tiempo, sino que se acumulaban lamentos.

Pasa una mujer con una bolsa llena de ellos, en la costa los tira y cuando abandonaba el último se va con una gran sonrisa -que terrible debe ser cargar con tantos lamentos-.

Me acerco, ¡Nudos!

¡Los lamentos eran nudos!

Con emoción pensando que ahí encontraría mi hilo, me pusé a investigar los nudos; por fin tomaría mi té con tranquilidad.

Para mi sorpresa, los nudos no eran de hilos normales.

Eran nudos de garganta.

Eran nudos de cuerdas vocales.

Y cada uno tenía una etiqueta; «Encontrado en el pecho de un canario viudo» , «Se perdió en un cementerio», «Nació de un amor no correspondido», «El más triste, surgió el día de un hijo fallecido», un sinfín de nudos con cuerdas distintas, ninguna era la mía.

Un hombre se me acerca y me pregunta si le puedo ser de ayuda, me ofrezco para acompañarlo en su odisea, me lleva en submarino a lo más profundo de la taza.

Lúgubres bailaban las hojas del té exhalando la última gota sepia de su corazón, una danza gastada, té que solo sirve cuando va a dejar de servir, cosas que solo son útiles el instante antes de dejar de ser lo que son.

El submarino -subtérino mejor dicho- se abre, y las hojas como peces revoltosos hacen pequeños tornados alrededor antes de caer definitivamente a mis pies. Me habla el hombre desde el subtérino, me dice que hay una criatura que debo acabar; una serpiente, cuentan los caracoles y sospechan los cangrejos, que eso le dijeron que interrumpía la paz en el té.

Reconozco la criatura extraña, el hilo había pasado tanto tiempo sumergido que los movimientos propios de revolver la taza de té le había otorgado cierta movilidad de reptil.

Como un ágil pez, escapaba de mis manos.

Pasé miles de segunderos y planetas en su eje girando tratando de capturar el hilo en vano.

No perdí la esperanza, no eso no, algo tan dulce la pueden volver nácar o tejido si por ahí se decanta.

Observé de donde venían los movimientos escapistas y ondulantes de la criatura, me di cuenta que todos parecían provenir de un punto en común, la cola estaba atada a algo, de lejos parecía una cadena unida a una roca, me acerqué y me di cuenta que lo que ataba al fondo a la serpiente era la bolsa de té que yo dejé olvidada.

Un caracol me presta un cristal de azúcar, y con el filo logro desunir el castigo, la mantengo con todas mis fuerzas para que no escape de nuevo, lo ato a mi meñique como la tejedora me dijo. Con el mismo impulso de la caída salí del fondo de la taza; logré sacar el hilo.

En mi asiento me doy cuenta que mi té después de tanta búsqueda se había enfriado.

Aún así lo bebí, era un té extraordinario, sabía a nácar y a chaleco de enamorados, con notas de algún instrumento de cuerda y nudos de lamentos, y con un color nostálgico añejo arena de libro viejo.

Veo por la ventana.

Corre viento.

Las hojas bailan con un particular movimiento.

Entre las nubes de repente se cuela un rayo tímido de sol, toca mi reflejo en la ventana tan solo unos segundos y se escapa, cómo quién descubre algo indebido.

Todo se vuelve demasiado interesante y curioso cuando hay cosas que hacer.

No puedo concentrarme.

Creo que necesito otro té.

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