Aprendieron a romper y coser.

Aprendieron a romper y coser.

María, Ana, Mariano, Pedro… Se fueron yendo, uno tras otro. Eran monólogos, pantallas, manifestando la Energía que conversaba en ellos. Todos llevaban a sus espaldas, las experiencias de una guerra, de tiempos de pesar y tiempos de progreso.

Llegaron a  estas calles con lo puesto y un hatillo en sus manos.

Enriquecieron su existencia, con el paso de los años. Mendigos de sus vidas, en muchas ocasiones. Otras, viviendo alegrías, o imponderables desilusiones. Tenían sus tesis, sus argumentos, para todos los temas. La sabiduría de cada aliento y muchas experiencias.

Nunca se hubieran imaginado,de seguir viviendo, el escenario en el que actuamos hoy. Tantas normas cambiantes, de un día para otro, en beneficio de, no sé sabe, que intereses. Tantas normas en que se cuestiona el significado de la ayuda.

Siempre, ayuda fue acercamiento, tender la mano, un apoyo para levantar al caído. Y estas normas dicen: Ayuda es estar alejado, incomunicado.

El mundo, de aquellas gentes, comenzaba a girar, de forma estable en aquella época, sobre los años cincuenta, cuando coincidieron en vivir, en una manzana de bloques. Sus tardes de reposo en medio del verano, en el patio bajo la sombra de los árboles del patio, Las vísperas, cada uno con su silla en ristre, disfrutando del aire fresco, en las aceras,

Hoy, las moradas aquellas, en ciudades y pueblos, son refugio, de otras gentes. Muchos, inmigrantes, de diferentes razas, nacionalidades y culturas, Las fachadas de los edificios, se remodelan con parches de cemento y humedades. Las cuerdas de los tendederos, siempre llenas, con ropas de múltiples y vivos colores, realzan los tristes defectos, de una construcción pasada de años. Olores a comidas extrañas, aromatizando los edificios. Aceites recalentados de madrugada, atravesando los huecos de las escaleras, embalsamando el aire.

Se fueron yendo muchos. Todavía quedan de aquella quinta, entre ellos Manolo, Rosa, Pepita… pero este año se fueron apagando.

Se fueron apagando encerrados en las paredes de sus casas, sin comprender.

Rosa, antaño se comía el mundo, con su energía y su carácter. Salía veinte veces a la calle, a barrer las hojas caídas de las acacias, las flores blancas qué se desprendían en primavera. A finales del estío, las pequeñas bayas que caían y eran resbalosas si las pisabas. Su discurso era una crítica constante de todo y todos. Hoy sale a toser a la ventana, con aquella tos cogida al pecho. Sin salir de casa, ni para pasear a su mascota. Su pequeño perro:”Terry”.

Su voz ha perdido fuerza, que no carácter.

A Pepita, viuda de un panadero, la cuida Milagros, también entrada en los sesenta. Juntas, dos generaciones, se pasan las horas haciendo crucigramas y mirando la televisión.

Ahora, que no hay rosas, en el rosal, de perfumadas rosas, de terciopelo, qué tapa la pequeña verja, la cual separa su vivienda del jardín, salen a mirar los vivos colores, de los diegos de noche.

Manolo, un anecdotario viviente, con cuarenta años viajando por las carreteras de España, siempre ameniza la conversación con sus chascarrillos y sus experiencias.

Él, qué hacía de su vida una historia divertida, a pesar de sus malas experiencias, en su infancia bajo los bombardeos de Lleida, y haber conocido los campos de concentración franceses y perder todos los familiares menos un tío sobreviviente de Mathausen, también se apaga.

Su continuo cansancio, su tos prolongada desde hace unos meses, minan su energía. Sabido es que ponerte en manos de médicos es para no salir de la consulta, con montañas de medicamentos qué no curan. No hacen sino paliar los síntomas.

Un hombre, que a sus ochenta y siete años, recorría, en bicicleta, 40, 50 km, hasta hace unos meses, casi a diario, no es capaz, de dar unos pasos sin quejarse. Asegura encontrarse bien, y un poco de conversación, le anima a echar mano, del largo anecdotario de su, día a día, a lo largo, de su vida octogenaria e intensa.

Aprendió cuando romper y cuando coser. Construir el mapa, de cada momento. Supo desechar el miedo, qué paraliza

No ocurre lo mismo con un mundo qué parece haber olvidado, o quizás nunca aprendió, que la libertad de cada uno, termina donde empieza la del otro.

Un mundo lleno de normas, donde se olvidó el respeto.

Un mundo que espera a que le dicten la norma, la manera de vivir, para buscar la trampa y saltarse la. La picaresca sustituyó al amor al prójimo.

Os contaría de tantos, en esa edad, de los que ya vivieron, y construyeron, a base de experiencias, una vida de valores; Los que, en su mayoría, también fueron inmigrantes un día, y qué hicieron de su dolor y sus nostalgias, meros recuerdos, van dejándonos, en un tiempo que no tiene pies ni cabeza, si no se restaura el respeto y la conciencia del amor al prójimo.

Muchos de ellos, en su bienestar conseguido, -no importa cómo-, no ven con buenos ojos, a los nuevos emigrantes, qué llenan ahora, nuestras calles, compran junto a nosotros, en los comercios o se pasean por las avenidas, disfrutando de su libertad y su osadía. Muchos se olvidaron, que también dejaron sus lugares de nacimiento y sus familias, arriesgándose a una vida mejor.

Muchos de ellos transformaron, sus momentos de una vida, en puros recuerdos y también olvidaron lo que fueron, y hoy critican, en los que ocupan las sillas vacías, que ellos desocuparon dentro del orden social.

Las espirales del tiempo ocupan nuestras calles y nuestras vidas. Y lo obviamos continuamente.

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