En la calle de los Macizos

En la calle de los Macizos

E. H. Román

03/12/2020

Sobre la línea principal, cortando abrupta, una calleja lleva al puente de los Macizos. Es de esperar, por supuesto, los afanosos coches entrando en el recodo para tomar el puente y luego, más allá, la zona comercial de altos edificios que se recortan contra el cielo limpio y soleado.

Se espera también, zancadas de pies ligeros. Hombres y mujeres, niños, acribillan la vereda sofocados por los claxons. Muy en la mañana y a principios de noche se les ve, rezagados y bulliciosos, movidos por una inercia mecánica, explayados.

Sin embargo, lo que fue antes un continuo ir y venir en una secuencia de casitas con salidos alerones en techos bajos y fachadas en argamasa, atravesadas por una calle adoquinada con cafetines a sus lados y pensiones en tres pisos, muy transitadas y hostiles, es hoy, un vaho de silencioso animal muerto, un tímido aliento en mitad de inusitadas soledades.

De pronto, todo se vio interrumpido. Una calma perpetua inundó la calle de los Macizos. Desde la arista que da a la autopista, viniendo hasta la garganta del puente, el humo de los autos y el cuchicheo de voces agrestes se recogieron, alzándose por arriba de los faroles y los grisáceos tejados, yendo a parar mucho más allá del tiempo.

Una ventana se abrió y en el alféizar, acodada, una mujer entrada en carnes se preguntó: «Cuándo terminará», y dejó escapar seguido un hondo suspiro: «¡Ahhhhh!»; cruzando la calle se vio a la hija del farmacéutico, joven enfermera con su perfecto delantal blanco, única y consabida transeúnte; los niños, muy felices, ociosos por la mordaz garantía de faltar a clases, dormían largamente; había habido en otro tiempo un consternado viejo con bastón y gafas en montura de acero que todos los días, muy temprano, en un pequeño pedazo de acera en la pensión Los Colorados, frente a un cafetín sucio y desvaído, traía una carreta llena de naranjas y dulces melocotones. Se estaba allí hasta que el sol se colgaba bien alto y luego recogía su carreta y echaba andar hacía el puente. Quería mucho a su carreta.

Así estaban las cosas en la calle de los Macizos. Todo estaba como en la espera de algo, algo que no  se sabía a ciencia cierta que era y que no llegaba.

A diario, semana a semana, mes a mes, solo la brisa, tan libre como ella, deambulaba y soplaba por allí. De cuando en cuando las sombras se deslizaban, se proyectaban tímidamente, se recogían y volvían a desaparecer.

Un hombre negro con un rostro de esos que se olvidan fácilmente caminaba con sus efectos personales bajo el brazo y, al oír un leve ruido, miró hacía la farmacia y encontró allí a dos hombres que, guardando cierta distancia, uno junto a otro, en fila india, conversaban apenas levantando un breve murmullo. Se acercó a ellos con el deseo manifiesto de oír sus voces, y preguntó:

—¿Cómo están las cosas?

Nadie respondió, sin embargo.

La voz volvió a levantarse y uno de los hombres, el de pelo hirsuto, con una voz ronca y amarga que salió detrás de un trapito azul que sostenía en la boca, dijo:

—Llevaderas, llevaderas.

En tanto, el otro hombre, vestido con pantalones y blusa raídas, empolvadas y de manchas grasientas, se deshizo en una extraña mueca y soltó un húmedo estornudo, y he aquí que, el farmacéutico, al cual le esperaban desde hacía cierto rato, asomó, trémulo y vacilante, tras las rendijas de arabescos.

—Al fin, al fin —dijo el primero, el de pelo hirsuto y que tenía un solo guante calzado en una de sus manos. Olía muy mal.

—¿Qué…qué desean?

—Tan solo es mi amigo. Se está pudriendo en fiebres. Mire no más.

Y el otro hombre, con unos ojitos pequeños y apagados, apenas si miraba, soñoliento. Tenía la cara roja.

El negro no decía nada. Solo miraba.

—¿Tan solo eso? —preguntó el farmacéutico en tono cortante, seco.

—Sí, sí, tan solo eso, Doc. Bien le digo yo que es una gripe por andar bajo la lluvia.

—No saben ustedes que no se puede ir de allá para acá, sin más.

En el momento justo, el otro hombre, famélico, no pudo contenerse más y volvióse un estrepitoso estornudo a él, no obstante, esta vez fue un largo paroxismo que lo hizo adoptar la mimesis de un soso contorsionista.

El farmacéutico, en tanto, se creyó inerme ante la posibilidad de un mal presagio y sin entender a nada, protegido por el enrejado, giró sobre sus talones y se desvaneció en la farmacia.

Afuera, los dos hombres se deshicieron en juramentos. El boticario no atendió a nada. El hombrecito negro terminó por unirse al unísono. Los gritos, veloces y cortantes, los oyó claramente el farmacéutico, pero dejó correr el tiempo mientras revisaba unos papelitos indelebles.

Al poco rato, cesaron los gritos. Ya seguro, salió al enrejado y miró la calle desierta. Los faroles, herrumbrosos, levemente se fueron encendiendo. Un perro dobló por la esquina y vino a echarse enfrente, sobre la plancha de una alcantarilla. No estaba oscuro del todo.

De repente, sintió removerse una sombra. Miró de hito en hito, rápido.

Era su hija, la joven enfermera.

Venía de quién sabe dónde, muy ojerosa y harto extenuada, se veía. El padre la tomó del brazo y fueron adentro. El padre, le habló en tono lastimero pero optimista.

—Ya pronto terminará.

—Es lo mejor.

—Ya verás. Todo volverá a como antes —dijo él, y agregó—: Como antes y mejor.

Y, en efecto, contando días más tarde, la calle, el mundo de la fluidez, poco a poco tomó de nuevo un renacer, un discurrir continuo bajo los pies y sobre la vida, cronometrada reloj en mano, y, las voces, confusas y extraviadas, llegaron a la afluencia borrosa de automóviles y esqueletos de casitas desiguales y descoloridas y siluetas en medio del olor a humo y a naranjas y melocotones, en medio de la intriga, en medio de la autopista y el puente de los Macizos.

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