Colecta en Redes

Colecta en Redes

Magorayo

02/12/2020

I.-

No podré contar esta historia sin hacer algunas infidencias. Lo siento, necesito hacerlo para llevar adelante esta colecta en redes.

María llegó hace más o menos seis años desde Corrientes, procedente de un pueblito ribereño, Empedrado se llama. La trajo un propósito claro: operarse el labio leporino.

«En Buenos Aires están los hospitales, sólo falta trabajar para reunir el dinero», dijo la única vez que habló en forma directa de aquello; lo demás lo dijeron sus gestos, sus silencios, la vivacidad u oscuridad de su rostro y un montón de conjeturas que tejí a partir de lo que, a cuentagotas, fue relatando.

Imagino; que, desde que tiene memoria, a María la atormenta su labio leporino. Nunca supe de cuál de sus padres recibió la condición. Yo creo que a María, en su intimidad, ese tajo en medio de la boca, la hace sentir como algún tipo de entidad monstruosa. Debe creer que caminar a su lado es razón suficiente para avergonzarse. ¡Qué tontería! Sospecho que le atribuye a esa circunstancia la causa de su soledad y la vive como una herida abierta que no se aplaca. Seguro que por eso su rostro no aparece en fotografías ni en el perfil de su teléfono móvil.

María es todavía una muchacha, pero es una persona íntegra, tan reservada que parece mayor y pasa por hosca. Sus pensamientos resultan impenetrables. Resulta extraordinaria su fuerza de voluntad. Aunque ella diga «soy apenas un ser humano». Quizás, por estas notas de su personalidad al llegar aprendió el oficio con gran facilidad y soportó, sin quejarse, el calor de los hornos de la panadería. Ahora, que trabaja conmigo en el mostrador, la tarea es menos ardua. Amigas no somos, porque no habla lo suficiente, o porque no ha aprendido a pedir ayuda o a dejarse ayudar. La quiero muchísimo, pero la amistad es otra cosa, es algo más. María vive sola y lejos; cuando llueve deja las zapatillas afuera, porque llegan llenas de barro. Pero me estoy yendo por las ramas, voy a concentrarme en la historia.

II.-

Cuando en marzo anunciaron medidas de prevención con relación al COVID-19, María se ofuscó al entender pospuesto su plan de intervenirse el labio. Sin embargo, cuando debió ajustarse al uso obligatorio del barbijo, también se vio forzada a ocultar su estigma. Así, sus ojos azabache resaltaban y nada distraía a las miradas de notar su cuerpo bien torneado, apenas disimulado bajo su ropa holgada.

Un día de mayo, María llegó plena de felicidad, tenía fecha para operarse y confiaba en conseguir el dinero necesario. Sus ojos gritaban se acabó mi vida con labio leporino, cuando termine la pandemia voy a ser otra en el espejo. Su alegría era contagiosa, se colaba por su mirada y saltaba esa valla de reserva que se auto-imponía.

Y, aunque suene entrometida, voy a decirlo, su alegría también tenía como origen un nombre propio. Déjenme avanzar con esto.

La figura de María hizo de anzuelo para que Pablo volviera a ser nuestro cliente. A Pablo lo conozco del barrio, de toda la vida, vive en la otra cuadra, es el papá de Romina, la nena sorda; pobrecito, tuvo que criarla solo, no se me ocurre nada tan doloroso, ni más sacrificado. Pablo compraba en otra panadería, sólo venía a la nuestra si estaba urgido o era tarde en la noche.

Fue también por mayo, una noche lluviosa, que Pablo llegó a comprar. Estábamos cerrando. Lo atendí yo, pero se quedó mirando a María como hechizado. Trataba en vano de disimular el embrujo, pero ni siquiera pudo dejar de mirarla cuando le extendí los miñoncitos. Y desde entonces, apareció a comprar con cada nuevo día.

Empezaron a charlar muy animados, a delatarse con esa risita boba, propia de los enamorados, separados por la muralla del mostrador. Los vi tocarse las manos en forma casi imperceptible al intercambiar mercadería por billetes. Vi a Pablo esperándola una noche. Y otra noche, los adiviné caminando tomados de la mano, hasta perderse en el umbral de una casa. La última vez estaban con Romina. ¡Guau, los tres juntos!, esto va en serio, pensé.

Pero esos días de romance duraron poco, y, al tiempo, María se fue tornando más introspectiva y silenciosa. Estaba tan evasiva que espantaba.

III.-

Llegada una noche de agosto, al cerrar el local, me puse a caminar a la par de María. No le pregunté por Pablo. Hacía varias semanas que no aparecía por la panadería y no quería meter el dedo en la llaga, pero le pregunté en forma enfática qué le faltaba para su operación y cuándo era. Le dejé claro que contaba conmigo.

-No, nada de eso. Tengo que empezar de nuevo. Hubo un contratiempo- contestó.

Desde entonces pasaron cuatro meses más y Pablo no ha vuelto a pisar la panadería. María lleva media cara descubierta y la otra mitad bajo el barbijo, aunque ya casi nadie los usa. Me intriga mucho saber qué ha ocurrido, pero no me animo a preguntarle. Una vez intenté hilvanar una conversación en ese sentido y puso esa cara que muestra cuando quiere que algo permanezca sin develarse.

IV.-

Ahora estamos en la segunda quincena de este tibio noviembre. La panadería al mediodía está repleta de gente. Por el rabillo del ojo descubro que acaba de entrar Romina, la hija de Pablo. No saca número, ni nada, cruza de manera impulsiva el mostrador y abraza a María que está armando un pedido de churros.

-¡María, María, ya te puedo oír! ¡Gracias por el implante coclear! Papá te extraña…-

La jornada continúa y soy incapaz de seguir este relato o de explicar las sensaciones que acuden a mí. Esta colecta es para María; por favor, colaborá.

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