Ludovico y la pandemia

Ludovico y la pandemia

Ludovico no entiende nada.

Y es que, a sus trece años, su memoria ya no le ayuda.

Hubo un tiempo en el que aprovechaba que alguien abría la puerta, para salir al jardín común y corriendo, marcaba su territorio dejando en cada planta su firma.

Sin embargo, hoy en día, por más que levanta una pata hay veces que no sale nada.

Ludovico no sabe de virus, de pandemia ni de confinamiento.

Será que, por la vejez, ya no reconoce a nadie, pues era su buen olfato el que lo guiaba.

Ya tiene la vista cansada, y como ahora todos llevan la boca tapada, los ojos y la frente no le bastan para saber si ese humano es un intruso, o un miembro de la familia.

La verdad ya no le importa, pues de por sí ya no ladra.

Abre la boca y solo un apagado aullido se le escapa.

Ahora duerme todo el día, y lo único que aún mantiene, son sus sueños, aunque la mayoría de ellos más parecen pesadillas, que buenas remembranzas.

Los felices días en que corría con su buen amigo Lucas, han quedado en el olvido, pues él es aún un cachorro y el paso ya no le aguanta.

Ya perdió toda esperanza de salir a la calle con su amo; ahora su correa le molesta y le cuesta respirar. Solo da unos cuantos pasos y de inmediato se cansa.

Además, ya no es lo mismo, antes disfrutaba oliendo cada poste, cada arbusto, cada casa y ahora, por más que trata, no logra diferenciar nada.

Él siempre había sido muy hábil para, con ayuda de su olfato, descubrir las intenciones de quien se cruzaba en su camino, pero hoy ya no logra diferenciar si las heces son de un macho, de una hembra, de un perro o de un gato, ni qué comió cada uno, ni cuándo, ni de dónde provenía, ni de si algo padecía el dueño de aquella plasta.

Era la alegría de la cuadra. Con todos tenía que ver, a todos olfateaba. Cuando alguien le agradaba, movía la cola como un saludo pero, si malas intenciones llevaba, con un gruñido le advertía que, en esa calle, un bravo perro vivía. En cambio ahora solo tristeza derrama.

Su mirada se apagó y su flácida piel le cuelga como una vieja cobija que requiere ser planchada.

Antes comía hasta piedras, y ahora cualquier cosa le hace daño.

Su estómago ya no funciona bien, y lo que antes era su comida preferida, hoy lo enferma, le hace mal, le da cólicos y lo tumba sin dejarlo salir de su casa.

Los colores de su piel ya no significan nada, el beige de su pelaje, hoy solo pinta de blanco su lomo, y el pelo se le cae a mares, como el hielo en una nevada.

Lo único que aún conserva intactos, son su lealtad impoluta, su amor incondicional a su amo y las ganas de vivir, aunque sabe que poco tiempo le queda, es un perro agradecido con lo que la vida le ha dado.

Los felices días que pasamos juntos en nuestra calle, traen a mi memoria, los buenos ratos que nos brindó su presencia, corriendo, brincando, revolcándose en el pasto.

Cuando llegó a nuestra casa contaba con cinco años. Era ya un perro adulto. Le llevó tiempo acoplarse a nosotros, y nosotros a él. Nunca habíamos tenido mascota, o al menos no por mucho tiempo.

Del último perro que tuvimos habían pasado ya muchos años. Unos diez, quizás. Lo encontramos atado a un poste y no dudamos en rescatarlo. No era un perro fino, y poco tardamos en darnos cuenta que era sordo, por lo que no ladraba. Nos encariñamos mucho con él, pero un día lo encontramos en el patio, muerto dentro de su casa.

Lo llevamos al veterinario asombrados de su repentina muerte, y el veredicto nos partió el alma; había sido envenenado. Nunca dudamos quién lo había hecho: un vecino amargado que le guardaba rencor porque en una ocasión había ensuciado su jardín. Al parecer, había ocurrido otra vez, con las consecuencias finales.

Poco tiempo después, la ley del Karma hizo justicia; al tipo le fue mal en los negocios y terminó vendiendo su casa.

Con Ludovico la cosa fue diferente. Pertenecía a unos amigos que lo querían mucho, pero no tenían tiempo de atenderlo. Día y noche estaba encerrado, solo, sin nadie que lo visitara, pues sus dueños trabajaban mucho y lo tenían muy abandonado.

Nunca más volvió a estar solo. Si teníamos que salir de viaje, por placer o por negocio, iba siempre con nosotros. Su alimentación también mejoró, cambió de comer desperdicios a comida especializada de acuerdo a su edad y su raza. Al principio parecía no encantarle, pero con el tiempo se dio cuenta que esta alimentación le caía muy bien, pues se sentía mejor, y hasta recuperó su suave pelaje.

Dejó de ser solo una mascota, para pasar a ser parte de nuestra familia.

Ahora ya no come con nosotros, ni se sienta a ver televisión acompañándonos. Se la pasa todo el día acostado. Duerme mucho y solo se levanta para comer o para hacer sus necesidades. Se mueve muy despacio, con su caminar cansado.

Sin embargo, su carácter no ha cambiado. Sigue siendo muy noble y parece no darse cuenta por lo que está pasando.

Ludovico, simplemente, no se entera ya de nada.

Nota: Mi participación en esta convocatoria no significa mi retorno al Club, solo cumplo un reto que se planteó en otro grupo de escritura en el que participo. Disculpen que no conteste comentarios, pero continúo bloqueado. Cuídense mucho, abrazos. 
#noalacensura

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